Archivo mensual: julio 2012

Una temporada para silbar

Una temporada para silbar

Portada de “Una temporada para silbar” de Ivan Doig (imagen extraida de http://www.librosdelasteroide.com)

Acabo de terminar “Una temporada para silbar” de Ivan Doug, un autor que desconocía por completo. La verdad es que saqué la novela de la biblioteca prácticamente a ciegas pero he acabado encantada. Se trata de una delicioso relato sobre el papel de las escuelas rurales en la vida de las pequeñas comunidades, en este caso, del Salvaje Oeste Americano de principios del siglo XX.

Marias Coulee, Montana, 1909. Un granjero viudo y padre de tres hijos, contrata a un ama de llaves algo excéntrica que llega al pueblo con su hermano Morris, un relamido urbanita fuera de lugar en la rural Montana. Por azares de la vida – la maestra se fuga con el predicador – Morris acaba siendo contratado como profesor en la escuela local. Sus métodos encandilan a la chiquillería  en general y en particular al joven Paul, para cuya familia trabaja la hermana del maestro.

El libro destila mucho amor por la profesión de enseñante y por la naturaleza. Guarda cierto aroma a las historias del Gran Norte de Jack London, con quizás un toque de telenovela y algo de misterio. Me ha tenido enganchada un par de días.

En la página de la editorial he encontrado el enlace al siguiente vídeo. Se trata de una versión de “Follow the Drinking Gourd“, una de las canciones que los niños de la escuela rural de Marias Coulee cantaban en la “noche del cometa”, la fiesta que el maestro organizó con motivo del paso del Cometa Halley de 1910. Copio la nota del traductor (Juan Tafur) sobre esta canción:

Canción popular de la época de la guerra civil americana. Según la tradición, los esclavos que se fugaban de las plantaciones del Sur camuflaban en la letra los hitos de la ruta hacia el Norte, donde les aguardaba la libertad. El título “Sigue la calabaza del agua” hace referencia a las calabazas huecas que usaban para beber y era el nombre en clave de la Estrella Polar.

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Esperando al Sputnik

En 1957 la Unión Soviética puso en órbita el Sputnik 1, el primer satélite artificial de la historia y primero de una serie de cuatro lanzados con éxito por los soviéticos. El segundo Sputnik, lanzado el mismo año, fue la primera nave espacial que transportó un ser vivo: la perra Laika.

Spitnik 2

Dibujo del Sputnik 2 con la perra Laika, obra de Magnus Lupus (image extraída de devianart.com).

El hito no sólo marcó el inicio de la era espacial sino que puso en evidencia la supremacía de la tecnología soviética de aquel momento. Los estadounidenses, en un ejemplar ejercicio de autocrítica, explicaron el éxito soviético como fruto de un sistema educativo mucho más eficiente en las enseñanzas científicas y técnicas, asumiendo sus propias carencias en estas cuestiones. En plena guerra fría, ver que la URSS había tomado la delantera en la carrera espacial alarmó a los políticos y a la opinión pública de tal modo que se puso en marcha una ambiciosa reforma  encaminada a mejorar la enseñanza de las ciencias. Como parte de la reforma se creó una agencia de promoción científica, la National Science Foundation (NSF) que, entre otras  cosas,  financiaba proyectos sobre didáctica de las ciencias con el objetivo final de formar más y mejores investigadores. Para facilitar la enseñanza de las ciencias experimentales se dotó masivamente a los centros de laboratorios escolares, poniendo el énfasis en la experimentación como medio para asentar los conceptos considerados básicos y no tanto en la adquisición de información. En cuanto a las matemáticas, se llevaron a las escuelas contenidos con un alto nivel de formalización, en lo que se llamó la matemática moderna.

Es difícil decir si la reforma post-Sputnik elevó el nivel de conocimientos en materia de ciencia del americano medio, pero lo que está claro es que desde entonces Estados Unidos es la mayor potencia mundial en cuanto a ciencia se refiere. En una sociedad tecnológica como la nuestra, la máxima de que el conocimiento nos hace libres cobra más sentido en lo que se refiere al  conocimiento científico: o comprendemos la naturaleza de nuestro entorno y los fundamentos de las herramientas que utilizamos, o estamos a expensas de otros.  Pero además, la formación científica puede verse como una inversión, no ya humana, sino económica.

Con más de cinco millones de desempleados, no invento nada al decir que España necesita un cambio de modelo productivo. Unos y otros hablan de un  nuevo modelo basado en el conocimiento, pero ninguno ha abordado realmente en serio el problema de la educación científica y técnica en nuestro país. Los planes de escuela 2.0, a mi juicio, simplemente forman en el uso de determinadas herramientas, no en la comprensión real de la tecnología. Y lo mismo se puede decir de muchos de los nuevos contenidos introducidos en las sucesivas  reformas de la educación secundaria. Pero si con programas como el ADO, España fue capaz de, en veinte años, pasar de la nada a convertirse en una potencia deportiva europea, no veo razón para que no pueda llegar a ser también una potencia científica y tecnológica. Quizás nos haga falta un Sputnik sociológico para reaccionar.

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Optimismo

Yo no sé nada de filosofía, ni de ética, así que pido que me perdonen si lo que  van a leer les suena obvio, excesivamente simple o insufriblemente cursi. Yo no sé nada de ética, repito, pero sí sé reconocer cuándo una persona es decente y cuándo una actitud es  coherente. Porque supongo que hay cosas que no se enseñan sino que se transmiten. Una aprende a ser honrada y a respetar el trabajo ajeno cuando su madre la envía a la tienda del barrio con un poco de dinero metido en un sobre, al descubrir que se han equivocado con el cambio a su favor.  Y a ser atenta con la gente al ver a su padre desvivirse por ayudar a un desconocido que ha encontrado perdido en la calle.  Y una aprende que para tener una buena vida no hacen falta grandes alharacas materiales ni por supuesto gastar lo que no se tiene. Y al final, una aprendió, si no a ser buena persona, al menos a que tiene el deber de intentarlo.

La bondad según El Roto (imagen extraída de notebloc.wordpress.com)

Siempre ha habido buenas y malas personas bajo este sol que nos alumbra. Sin embargo, creo que la bondad, como valor al que aspirar, cayó en desgracia en los tiempos de la burbuja que tan lejanos nos parecen ahora. Hablar de bondad pasó a ser cosas de monjitas y de abueletes sensibleros. Lo bondadoso se comenzó a identificar con lo estúpido y lo simplón. Solidario y tolerante, sí, que suena bien y no compromete a tanto, pero bueno no, que suena a película de Pablito Calvo. Unos confundieron la ética con la estética haciendo suyos ciertos valores, no por convencimiento, sino porque lo contrario suponía el suicidio social en ciertos ambientes. Así hubo quien proclamó la justicia social en eslóganes y camisetas aún careciendo de la más mínima empatía por el sufrimiento ajeno. Otros proclamaron – cínica aunque coherentemente – que la bondad era una debilidad impropia de personas triunfadoras y acuñaron el término ‘buenismo’, convirtiendo en defecto la virtud.

Y la escuela no ha sido ajena a los vaivenes sociales. Se empezó a hablar de que la formación humana es más importante a la formación en contenidos (¡como si ambas cosas fueran incompatibles!) pero los valores, digamos estéticos u ornamentales, como la tolerancia y el respeto a cualquier opinión, pasaron a dominar sobre la justicia y la búsqueda de la verdad, es decir, sobre aquello que nos hace verdaderamente decentes. Ahora hablamos de sostenibilidad mientras compramos cantidades ingentes de material escolar no reutilizable (ocho libros, ocho, para escribir y recortar tuvieron los niños de primero de primaria el curso que yo hice las prácticas). Encarecemos la creatividad y el sentido crítico pero nos basamos en actividades repetitivas y mecánicas e ignoramos al que destaca o es diferente. Consideramos encomiable la dedicación a los niños pero los sentamos a colorear (colorear fichas es el equivalente escolar de ponerlos delante de la televisión para que no molesten). Defendemos la escuela pública sólo porque ofrece mejores condiciones laborales que la privada, no porque le confiemos la educación de nuestros hijos. Criticamos  la sociedad consumista y materialista pero llevamos a los niños a Eurodisney en viaje de fin curso. Hablamos de libertad y espontaneidad pero les diseñamos la agenda como si de actividades cuarteleras se tratase. Hacemos proselitismo del diálogo y la no violencia pero nos dirigimos a ellos a gritos. Alabamos el arte y la alta cultura y decoramos las aulas con figuras sacadas de la televisión.

Decía Bertrand Russell que hay dos maneras de no hacer el bien: por maldad o por desconocimiento (Russell era un genio pero hay que reconocer que esto lo podría haber dicho cualquiera). Pues bien, la escuela tampoco parece ser capaz de ofrecer los conocimientos necesarios para conducirse por la vida de manera ética y racional. A los niños ya no se les habla de la maravillas de la naturaleza. No, ahora ya no se explica cómo son y cómo viven los gorilas y los delfines: sólo se dice que hay que protegerlos. No se les cuenta lo necesaria que es el agua y qué propiedades tiene: se les cuenta que hay que ahorrarla.

A falta de ejemplos y de conocimientos, intentamos transmitir valores con presentaciones PowerPoint o con dibujos para colorear, como si el contacto directo con las personas nos fuera a manchar las manos. Nos han hecho pensar que los principios éticos elementales definen esta o aquella postura ideológica y ahora nos da miedo defenderlos, no vaya a ser que nos acusen de politizar la escuela. Y tanta asepsia al final sólo lleva a una sociedad compuesta por individuos sin valores.

– Interlocutor: ¿Y por qué has llamado optimismo a esta entrada si has pintado un panorama desolador?
– Cristina: Porque en estos tiempos que corren un título así de impactante puede hacer subir las visitas del blog.  Porque creo sinceramente en la bondad individual como motor de la sociedad (de una sociedad justa, se entiende). Porque no debemos subestimar la importancia que tienen las pequeñas acciones en los grandes cambios. Y, sobre todo, porque creo que en la educación está la solución a mucho de nuestros males. Si no lo creyera, no hubiera pensado jamás en dedicarme a esto. Porque al final tienen que ganar los buenos.

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Siempre hay tiempo para la lírica

Becquer dijo a su amada “poesía eres tú”. La poesía es un arma cargada de futuro, nos recordó Gabriel Celaya. Y sin contradecir a tan ilustres poetas, yo afirmo que la poesía es también una maravillosa herramienta educativa y un poderosísimo estímulo intelectual.

En primer lugar, si hablamos de niños pequeños, aquellos que están acostumbrados a escuchar rimas y aliteraciones acaban teniendo una conciencia fonética más desarrollada y aprenden a leer con más facilidad. Entrenando las habilidades para percibir la melodía, la cadencia y el ritmo de las rimas infantiles, se mejoran también notablemente las capacidades lingüísticas de los más pequeños. No lo dice sólo el sentido común, sino que hay estudios que lo corroboran.

Por otro lado, no cabe duda de que la metáfora aparece inextricablemente unida al desarrollo del pensamiento. No sólo amplía nuestro registro expresivo sino que, probablemente, sólo metafóricamente es posible predecir y describir nuevos fenómenos. Por eso la poesía no es sólo un asunto de “letras”: la metáfora también  juega un papel imprescindible en la función creativa de la ciencia en cuanto que contribuye a entender y explicar mejor las complejidades del mundo real. Ciencias y letras comparten la naturaleza metafórica del lenguaje porque está en la base misma de todo razonamiento.

También me parece que la memorización de poemas es una actividad altamente educativa (¡achtung: anatema pedagógico!) porque a día de hoy está más que demostrado que el mero acto de recordar  modifica el cerebro – con la formación de nuevas conexiones y sus proteinas correspondientes – facilitando así el aprendizaje futuro de nuevas ideas y habilidades.

Y claro, la poesía, como todo arte, enriquece nuestra experiencia porque conmueve, emociona, despierta conciencias, evoca otros mundos y otras sensaciones, sorprende, acompaña… En resumen, como cantaba Mari Trini, ¿quién no escribió un poema huyendo de la soledad?

Esta película no es para niños… pero es maravillosamente poética.

Digresión: últimamente he pensado que la depresión que estamos padeciendo como sociedad quizás se parezca al estado de ánimo que se vivió en 1898 tras la pérdida de las últimas colonias. Ese sentimiento trágico de desamparo afectó y estimuló a una generación de poetas. ¿Será el comienzo de este siglo también rico en poesía? Y si es así, ¿cómo bautizaremos a nuestros nuevos poetas?  ¿Generación de la resaca postconsumista? ¿Generación del estado del malestar? ¿O tal vez generación del 2008, como recuerdo del año en que íbamos a reformar el capitalismo?

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El proyecto ECIENDE

El proyecto ENCIENDE es una iniciativa de la Confederación de Sociedades Científicas de España para promover y facilitar la enseñanza de las ciencias en las etapas más tempranas del sistema educativo.

Hasta donde yo sé es un proyecto relativamente nuevo aunque ya han surgido de él  inciativas muy interesantes, como un informe sobre el estado de la enseñanza de las ciencias en España y un  portal que trata de ser un punto de encuentro de todos aquellos interesados en este tema: maestros, investigadores, padres, divulgadores… El canal de comunicación entre científicos y maestros es sencillo pero efectivo: hay una sección de “ofertas” donde los primeros se ofrecen para colaborar con escuelas, y otra de “demandas” donde los maestros solicitan colaboración para llevar a cabo proyectos de ciencia en los centros escolares. Es muy interesante también la sección de proyectos didácticos aunque por ahora no haya demasiados.

Animo a todos los maestros e investigadores que leen mi blog (si los hubiera o hubiese – que no sé yo) a que participen en este programa, sobre todo porque no se trata de la típica declaración de intenciones sino que promueven – y creo que logran – la participación activa de los profesionales que realmente saben de este tema: educadores y profesionales con formación científica.

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La historia del ojo

El ojo es un órgano tan maravilloso que al propio Darwin casi le parecía imposible que se hubiese podido formar por selección natural. La siguiente afirmación, recogida en “La evolución de las especies“, ha dado pie a los creacionistas a argumentar que el mismísimo padre de la Teoría de la Evolución apoyaba la idea del diseño inteligente, al menos respecto a lo que el ojo se refiere:

Parece absurdo de todo punto – lo confieso espontáneamente- suponer que el ojo, con todas sus inimitables disposiciones para acomodar el foco a diferentes distancias, para admitir cantidad variable de luz y para la corrección de las aberraciones esférica y cromática, pudo haberse formado por selección natural.

La afirmación de Darwin, sin embargo, trata de hacer notar que una cosa es lo que nuestro sentido común nos hace creer y otra lo que realmente puede ser. Darwin sigue escribiendo:

Cuando se dijo por primera vez que el Sol estaba quieto y la Tierra giraba a su alrededor, el sentido común de la humanidad declaró falsa esta doctrina; pero el antiguo adagio de vox populi, vox Dei, como sabe todo filósofo, no puede admitirse en la ciencia. La razón me dice que sí se puede demostrar que existen muchas gradaciones, desde un ojo sencillo e imperfecto a un ojo completo y perfecto, siendo cada grado útil al animal que lo posea, como ocurre ciertamente; si además el ojo alguna vez varía y las variaciones son hereditarias, como ocurre también ciertamente, y si estas variaciones son útiles a un animal en condiciones variables de la vida, entonces la dificultad de creer que un ojo perfecto y complejo pudo formarse por selección natural, aún cuando insuperable para nuestra imaginación, no tendría que considerarse como destructora de nuestra teoría.

La evolución del ojo humano, y probablemente de todos los vertebrados, parte de estructuras fotosensibles simples procedentes de tejido cerebral. Una especie de ojo muy primitivo puede ser la “mancha ocular” formada por los orgánulos sensibles a la luz de algunos organismos unicelulares como la euglena. La euglena únicamente detecta la luz pero no puede saber de dónde procede ni mucho menos distinguir formas. Un órgano de la visión algo más complejo aparece ya en algunos animales pluricelulares como los anélidos, donde un grupo de células sensibles a la luz se conectan con fibras nerviosas. Si las células fotosensibles se disponen en forma de copa, será posible detectar de dónde proceden los rayos de luz. Algunos gasterópodos tienen ojos de este tipo. La copa se puede ir cerrando hasta formar una cavidad esférica, a modo de cámara oscura, y complicarse más aún con una lente a la entrada.

Mi propio ojo. ¿Qué es poesía? Dices mientras clavas en mi pupila tu pupila…

Todo esto lo vi – con mis propios ojos – en un documental sobre Charles Darwin (yo no tengo tele, pero cuando voy a algún lugar donde sí hay, suelo verla con agrado – confieso). No encuentro el documental en el youtube pero he encontrado este otro vídeo que es muy ilustrativo:

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El mal ojo de Percival Lowell

Cuentan que hasta al menos los años cincuenta del siglo pasado, la idea de que la superficie marciana estaba surcada por canales para llevar agua de un punto a otro del planeta estaba tan arraigada en el gran público que en todos los artículos y conferencias sobre Marte, los autores comenzaban desmintiéndola. Eran los tiempos en los que la emisión radiofónica de “La guerra de los mundos” sembraba el pánico en Nueva York. Quizás ahora suene ingenuo, pero para mí que temer una invasión de marcianos es muchísimo más interesante y lógico que tener miedo a que suba la prima de riesgo. Los miedos ya no son lo que eran. ¿Qué efecto tendría hoy en día la retrasmisión de una invasión marciana vía Twitter?

Para entender la locura marciana hay que remontarse a 1877 cuando el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli escribió que la superficie del planeta rojo estaba cubierta por unas manchas oscuras y alargadas a las que llamó canali. La palabra italiana canali fue traducida al inglés como canal – que parece que tiene la connotación de estructura de origen artificial – en lugar de como channel, que hubiera sido lo más adecuado. El asunto de los canali alimentó la fantasía de Percival Lowell, un rico bostoniano aficionado a la astronomía, quien construyó su propio observatorio en Flagstaff, Arizona, para investigar el fenómeno. Y fue allí mismo donde años más tarde se descubriría el planeta Plutón, pero esto es otra historia.

Percival Lowell observando Marte con su telescopio en Flagstaff, Arizona. (Foto extraída de la wikipedia).

Aunque ya a finales del siglo XIX se empezaron a usar placas fotográficas en astronomía, Lowell miraba directamente por el ocular de su telescopio y trataba de dibujar al mismo tiempo lo que iba viendo. Para poder observar Marte con detalle esperó a que el planeta estuviera en su punto más próximo a la Tierra y además había elegido Flagstaff por su cielo oscuro, limpio y estable. Pero, pese a todo, es de imaginar que a Lowell no le fuera nada fácil hacer un mapa detallado de la superficie del planeta. Al final, adonde no llegó su ojo, sí lo hizo – desgraciadamente – su imaginación, y así pudo trazar mapas de Marte donde identificaba más de quinientos canales. Estos trabajos fueron recogidos en un libro publicado en 1894 al que tituló – cómo no – ‘Marte’, que dio alas a la idea de que el planeta rojo albergaba vida inteligente. En este libro se basó H.G. Well para escribir su famosa novela “La guerra de los mundos“.

Uno de los mapas de Marte dibujados por Lowell (imagen extraída de oneminuteastronomer.com).

Ya entonces muchos astrónomos negaron la existencia de los canales marcianos, alegando que se trataba de ilusiones ópticas: pequeñas manchas oscuras e irregulares pueden ser interpretadas por el cerebro como líneas largas y rectas. Al astrónomo británico Edward Maunder se le ocurrió poner a prueba esta hipótesis, dibujando unos círculos con marchitas borrosas e irregulares en su interior y pidiendo a los niños de una escuela que dibujasen lo que veían: todos los niños dibujaron líneas rectas, similares a las que habían trazado Schiaparelli y Lowell en sus mapas.

La historia de los canales marcianos es bastante conocida. Lo que menos gente sabe es que Lowell también creyó encontrar canales en Venus. Tampoco hay canales en este planeta pero esta vez lo que Lowell vio sí fue algo real y no una mera ilusión óptica. Para entender qué ocurrió hay que empezar diciendo que Lowell necesitaba ver con mucho detalle la superficie de los planetas y por lo tanto las imágenes tenían que ser lo más nítidas posible. Como es inevitable que la turbulencia atmosférica las degrade, los astrónomos tienen bastante cuidado de emplazar sus telescopios en aquellos lugares donde la atmósfera no molesta demasiado. Por eso Lowell se fue a Arizona, aunque ahora se sabe que su elección no fue la más adecuada. Además, el telescopio de Flagstaff era realmente grande para la época. Tenía una lente de 61 centímetros de diámetro y eso era muy bueno porque permitía recoger mucha luz de las fuentes. Lo que ocurre es que cuanto mayor es la apertura del telescopio, mayor es la masa de aire potencialmente turbulenta que tiene que atravesar la luz, y por tanto peor es la calidad de la imagen obtenida. Por eso Lowell tenía la costumbre de diafragmar o reducir la apertura de su telescopio. Así obtenía una una imagen más nítida aunque a costa de perder luz. Era tanto su afán por observar los más mínimos detalles de Venus, que redujo la apertura de su telescopio hasta los 5 cm. Él no lo supo, pero diafragmando su telescopio de este modo tan radical, había construido un oftalmoscopio. El oftalmoscopio es el instrumento que permite ver ampliado el fondo del ojo, donde se encuentra la retina. Los canales venusianos que Lowell creyó ver no eran otra cosa que los vasos sanguíneos de su propio ojo irrigando la retina. Lo curioso es que estas venas se ven mucho más claras en personas hipertensas y Lowell lo era. De hecho, murió años más tarde de un ataque al corazón.

A la izquieda, uno de los dibulos de Lowell de la superficie de Venus y a la derecha una fotografía de la retina de un ojo, irrigada por una red de vasos sanguíneos procedentes del nervio óptico (imagen extraída de asociacionhubble.org)

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