Archivo mensual: septiembre 2012

¿Divulgación o didáctica?

Hace poco, Coquejj enlazó en un comentario la siguiente anécdota atribuida a Ernesto Sábato(*):

Alguien me pide una explicación de la teoría de Einstein. Con mucho entusiasmo, le hablo de tensores y geodésicas tetradimensionales.

– No he entendido una sola palabra – me dice, estupefacto.

Reflexiono unos instantes y luego, con menos entusiasmo, le doy una explicación menos técnica, conservando algunas geodésicas, pero haciendo intervenir aviadores y disparos de revólver.

– Ya entiendo casi todo – me dice mi amigo, con bastante alegría -. Pero hay algo que todavía no entiendo: esas geodésicas, esas coordenadas …

Deprimido, me sumo en una larga concentración mental y termino por abandonar para siempre las geodésicas y las coordenadas; con verdadera ferocidad, me dedico exclusivamente a aviadores que fuman mientras viajan con la velocidad de la luz, jefes de estación que disparan un revólver con la mano derecha y verifican tiempos con un cronómetro que tienen en la mano izquierda, trenes y campanas.

– Ahora sí, ahora entiendo la relatividad! – exclama mi amigo con alegría.

– Sí, – le respondo amargamente -, pero ahora no es más la relatividad.

La historia da pie a preguntarse hasta dónde debe llegar la divulgación. Si es necesario desvirtuar una idea para que pueda ser entendida por la gente, lo que se acaba transmitiendo finalmente ya no es la idea y el asunto deja de tener sentido. La divulgación no debería ser otra cosa que la explicación de teorías o conceptos de la forma más didáctica posible pero sin perder por eso su esencia. Yo no sé hasta qué punto es honrado limitarse a dar ejemplos y símiles por muy ingeniosos que estos sean.  Como me dijo una amiga el otro día hablando de este tema, poner a la Barbie subiendo y bajando unas colinas en un patinete rosa no va a hacer que la gente acabe comprendiendo lo qué es una superficie de Riemann porque se trata de un concepto complejo que quizás sólo llegue a entender de verdad cinco personas (entre las cuales no me encuentro – añado yo ahora no sin cierto sonrojo). Hay conocimientos que precisan de una base previa y que no se pueden asimilar si ésta no se posee. Y esto es válido para todas las áreas del saber, no sólo para la ciencia. ¿Puedo hacerme una idea cabal de la filosofía de Kant leyendo el Reader Digest’s? Y lo que también es importante ¿la lectura de un artículo sobre Kant en una revista ligera o un blog me aporta algo realmente valioso más allá de algún lugar común para amenizar una conversación de bar? Richard Feynman tiene una buena respuesta para esta pregunta:  Yo creo que deberíamos enseñar maravillas, y que el propósito del conocimiento es apreciar todavía más las maravillas. Y que el conocimiento consiste simplemente en situar la maravilla en el marco adecuado de la naturaleza.O sea, yo entiendo que la divulgación es la transmisión de una maravilla – “fíjate que el tiempo para dos observadores distintos puede ser distinto”, por ejemplo – pero después es responsabilidad del oyente situar esa maravilla en el marco adecuado, o sea, convertirla en  conocimiento.

En cualquier caso, la labor del divulgador es muy seria. Para explicar didácticamente un concepto hay que entenderlo en profundidad. Se dice que no  se entiende realmente algo hasta que no se es capaz de explicárselo a un niño. No creo eso que se dice de algunos profesores: “sabe mucho pero no lo sabe explicar”. No, si sabe mucho tiene que saber explicarlo. Otra cosa es que lo haga con más o menos gracia. Por otro lado, para divulgar una idea es necesario explicarla en términos más sencillos de lo que hace la formulación original. El objetivo es hacerse entender, no demostrar que uno es muy listo o hacer ver que la ciencia (o la filosofía, o lo que sea) es cosa sólo de iniciados. Si uno cree esto último – quizás con razón, no sé – debería dedicarse a otra cosa. Además, un divulgador no debería jamás caer en la tentación de sobreinterpretar las teorías (la física cuántica no explica que a uno le guste el chocolate) ni de trascender del ámbito que éstas abarcan (las inhomogeneidades del fondo cósmico de microondas no tiene nada que ver con la posible existencia, o no, de Dios). Por último, otro pecado del divulgador es el de centrarse en las consecuencias más llamativas o espectaculares de una teoría. Es un error porque se pervierten las ideas sin sacar ninguna ventaja: nada hay más espectacular que el propio espectáculo  y competir con él es una batalla perdida de antemano. Al final, creo que esto de la divulgación no es tanto difundir el trabajo que los científicos hacen, como de hacerlo didácticamente. Por eso, un divulgador científico es básicamente un profesor, aunque a lo mejor no le guste esta denominación.

Y así, burla burlando, he escrito un post sobre divulgación sin nombrar ni una sola vez a Punset 🙂

(*) Anécdota intrascendente sobre Ernesto Sábato: hace ya bastantes años andaba yo de mochilera por Sudamérica y estando en la provincia argentina de Misiones  decidí visitar las ruinas de las misiones que los jesuitas establecieron en la zona y que dan nombre a la región (maravillosas).  Había que esperar en la entrada a que se reuniera un número mínimo de personas para pasar todos acompañados de un guía. En mi grupo había un señor mayor cuya cara me sonaba muchísimo. Estaba segura de conocerlo pero no sabía de qué. ¿Sería algún familiar de Elizabeth, la amiga que me acogió en Buenos Aires? ¿Sería alguno de los viejillos que jugaban al ajedrez en el bar donde acostumbrábamos a parar? El caso es que lo saludé, “hola, qué tal está”, pero me debió de ver cara de no saber bien quién era y me contesto “sí, soy Ernesto Sábato”. Así me dijo: “soy Ernesto Sábato”. Vaya, pensé, cruzar el Atlántico y seguir haciendo el ridículo al otro lado.

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Sobre cómo Mary Poppins tomó la escuela

Voy a hacer una confesión: en ciertos ambientes me da vergüenza decir que quiero ser maestra, hasta el punto de que algunas personas de mi entorno más cercano no saben que he pasado los últimos tres años estudiando la carrera de Magisterio. Sé que decir esto no habla demasiado bien de mí y es algo que tendré que trabajar, pero además de mi posible falta de madurez – que no niego – está el hecho de que el oficio de maestro tiene muy poca consideración social. Y no debería ser así. No porque yo crea que merezca el aplauso de nadie – mi egocentrismo tiene un límite – sino porque detrás de la falta de aprecio a la profesión están muchos de los problemas de la educación en España. Hoy parece haber unanimidad en señalar que la clave del éxito del sistema educativo finlandés está en la preparación de sus maestros y en el reconocimiento social que estos tienen. Yo añadiría que el valor que la sociedad da al conocimiento y al esfuerzo tienen también mucho que ver (todo está relacionado, de hecho), pero no es viable esperar a que cambie la sociedad para que cambie el sistema educativo. Lo más probable es que ocurra al revés, y que sea la mejora de la enseñanza la que impulse un cambio de valores de la sociedad en su conjunto ¿Que ocurre para que la figura del maestro sea tan poco valorada? ¿Siempre ha sido así?

La primera pregunta es más difícil de contestar así que voy a empezar por la segunda. No siempre ha sido así. Cuando una parte importante de la población era analfabeta, es de suponer que cualquier profesión letrada tuviera cierto prestigio. Los maestros cobraban poco pero gozaban de más consideración de la que se les tiene hoy. Además, antes de que el acceso a la educación superior se generalizase, sólo las escuelas de magisterio, y quizás los seminarios, actuaban como trampolín social porque ofrecían a los niños de las clases populares la oportunidad de beneficiarse de unos estudios a los que de otra forma no hubieran tenido acceso. Así, por pura estadística, es de imaginar que en la selección de los maestros hubiera un cierto sesgo positivo porque a las escuelas normales accedían los individuos de mayor capacidad y no los más pudientes, como ocurría en las otras carreras. Creo, sin embargo, que lo anterior era aplicable a los hombres pero no a las mujeres. Antes, cuando la educación segregada era la norma, ser maestra y ser maestro no era de hecho la misma cosa. De las primeras no se esperaba que tuvieran especiales conocimientos de nada porque a las niñas bastaba con enseñarles lo más básico. No hay que olvidar que hasta 1910 no se permitió la matriculación de alumnas en la universidad. Si había selección para el acceso de las mujeres a la profesión, no era tanto por los  méritos intelectuales, sino por cuestiones de orden social: las maestras eran jovencitas antes de encontrar marido o mujeres que no podían – o querían – casarse. Este fue el caso de Gabriela Mistral, quien nunca me ha gustado como poeta y quien, dicho sea de paso, empezó a ejercer sin haber estudiado si quiera Magisterio porque no tenía dinero para pagarse la carrera. Se me ocurre que la consideración que tenía el maestro no la tenía la maestra, cuya situación puede que incluso moviera a compasión al pensarse que no había podido formar una familia y había tenido que conformarse con cuidar a los hijos de otros. Todo esto a grandes rasgos. Habrá quien me diga que he simplificado mucho las cosas pero no creo que la realidad se alejara mucho de la situación que he descrito.

Mary Poppins

Mary Poppins herself (imagen extraída de http://www.laverdadyotrasmentiras.com).

¿Y qué ocurrió después? Pues creo que a medida que la educación superior se fue generalizando, aquellos hombres que aspiraban a un oficio no manual tuvieron muchas más facilidades para acceder a los estudios correspondientes y se decantaron mayoritariamente por profesiones más prestigiosas y mejor pagadas que la de maestro. Mientras tanto, las mujeres se siguieron acercando al magisterio a mi juicio por razones diversas: porque hasta quizás los últimos años setenta del siglo pasado todavía había ciertas reticencias a que las mujeres aspiraran a otro tipo de carreras; por las facilidades para conciliar ese trabajo con la vida familiar; porque muchas veces el empleo de la mujer ha sido ‘complementario’ por lo que en sus elecciones han tenido menos peso cuestiones como el prestigio y el salario; y, por último, quizás por una preferencia innata de las mujeres hacia el trabajo con niños. Así, la enseñanza primaria se fue feminizando al mismo tiempo que la presencia mayoritaria de mujeres en las primeras etapas educativas coincidía con el triunfo de las  modernas pedagogías del ‘café para todos’, del desprecio a los conocimientos y de la falsa igualdad, un escenario que encaja perfectamente con el de la escuela entendida como mundo de mujeres donde lo que cuenta no es tanto la formación de la maestra y su capacidad sino el cumplir un cierto rol maternal. Esta escuela, de la que no se espera que sea lugar de enriquecimiento sino de recogida de niños, precisa de maestros – no necesariamente mujeres – que sean como Mary Poppins, es decir, cuidadores alegres y pizpiretos. El sistema no necesita profesores que enseñen sino que asuman el papel de madre – aun siendo eventualmente hombres, insisto – porque de lo que se trata es de cuidar a los niños, no de enseñar. Esto quedó claro cuando Esperanza Aguirre (que acaba de dimitir) sugirió que los profesores de primaria cuidaran los comedores escolares. ¿Se le hubiera ocurrido a alguien pedir a los médicos que repartieran la comida en los hospitales? El maripopismo, que yo defino como aquella ideología que tiene a Mary Poppins como referente, ha triunfado en el sistema educativo. Y yo no me identifico con este modelo. No quiero decir que no pueda ser ‘maternal’ como la que más, pero pienso que el papel de un maestro no es el de decirle a un niño que se coma la sopa. Mientras esta siga siendo la filosofía que guíe nuestro sistema educativo, no debemos esperar grandes cosas de él.

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Primer año de blog

Hoy hace justo un año que escribí mi primer post en esta bitácora. Aunque ya antes había llevado un blog, “El traje nuevo…” empezó como trabajo de clase de una asignatura llamada “Nuevas tecnologías aplicadas a la educación” en la que supuestamente se exhortaba a los alumnos a reflexionar críticamente sobre el papel de los medios y de las Nuevas Tecnologías en nuestra sociedad y sus implicaciones socioeducativas. Enseguida quedó claro que no había ningún interés en que reflexionásemos y mucho menos en que lo hiciéramos críticamente.  Digamos que el blog pasó por las ciber-estancias académicas con más pena que gloria. Con todo, creo que me ha enriquecido más que los tres años de carrera… lo que no habla tan bien de él como mal de la carrera. Pues eso, que hoy toca felicitar al blog y agradecer a los que lo han seguido todo este tiempo. Como cantamos en mi casa: “Epidermis tu yu“.

Imagen extraída de http://www.pro-party.cz

Post-post: ¿Interesarán a los lectores los aniversarios blogueriles? ¿El aumento de la actividad meta-bloguera marca el inicio de la decadencia de un blog? ¿Seré como aquellos artistas que graban dos discos y uno de ellos es un ‘grandes éxitos’?

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En cualquier tiempo, en cualquier lugar

A los que piensan que los maestros no son más que cuidadores de niños; a los que dicen que deben ser mediadores o curadores de contenidos; a estos que, en nombre de no sé qué libertad,  dudan de que la escuela deba ser obligatoria y a aquellos que, en nombre de no sé qué mercados, dudan de que deba ser gratuita; a los que declaran que el único objetivo de la escuela es la formación humana, como si  olvidando la dimensión intelectual de la persona fuera posible tal cosa… yo les haría leer el libro “El primer hombre” de Albert Camus, del que ya he hablado en este blog.

Ahora nos escandalizamos – con razón – por los recortes en la escuela pública, pero lo cierto es que ya hace tiempo que nos habíamos olvidado de que un sistema educativo de calidad es imprescindible para conseguir la movilidad social real y de paso – o como consecuencia –  avanzar como sociedad en todos los sentidos. La educación es sobre todo un asunto de generosidad. Generosidad en lo que respecta a los  recursos, sí, pero generosidad humana e intelectual también. El maestro debe hacer sentir a los niños que son dignos de descubrir el mundo,  citando a Camus. Y además, queridos políticos y pedagogos de cuello blanco, hay que tener humildad para reconocer el talento ajeno, aunque así  colaboren a conseguir que los hijos de las clases populares acaben ocupando sus despachos oficiales o sus cátedras universitarias. Ustedes hablan de igualdad pero hay que entender clasismo. Hablan de libertad y hay que entender  mansedumbre. No, no se trata de elegir entre educación y libertad. Sin educación, no hay libertad; y la libertad no hace ni más ni menos felices a los hombres; los hace, sencillamente, hombres, como dicen que dijo Manuel Azaña. Precisamente por eso, Albert Camus se refería a sí mismo como el ‘primer hombre’ y, por esta razón, estuvo siempre agradecido al maestro que lo ayudó. A este maestro, llamado Louis Germain, dedicó Camus el discurso del Premio Nobel que ganó en 1957. Unos días más tarde, le escribió esta carta (que a mí me emociona bastante, qué le vamos a hacer):

Querido señor Germain:

Esperé a que se apagara un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continuarán siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.

Lo abrazo con todas mis fuerzas.

Albert Camus.

Hay sobre este mismo tema un árticulo de Manuel Vicent que recomiendo leer y del que extraigo unas líneas:

En cualquier tiempo, en cualquier lugar, hubo un niño superdotado que se encontró con un buen maestro como el señor Germain. (…) En cualquier tiempo, en cualquier lugar, hubo un maestro de escuela que un día puso la mano en el hombro de ese niño e hizo todo lo posible para que su talento no se desperdiciara. Convenció a los padres, pobres y analfabetos, de que su hijo debía estudiar y lo preparó personalmente para el ingreso en el instituto.

¿Y los que no somos superdotados? Todos necesitamos oportunidades para desarrollar el talento que sin duda tenemos. Además, también sería una inmensa pérdida para nosotros no poder disfrutar de la obra de autores como Albert Camus. Pocas profesiones hay más bonitas que la de maestro de escuela porque en cualquier tiempo, en cualquier lugar… ¿y por qué no puede ser siempre, en todo lugar?

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