Archivo de la etiqueta: escuela

La institución escolar, por ejemplo

El verdadero heroísmo es incompatible a priori con el público o con los aplausos e incluso con la mera atención del hombre de la calle. De hecho, cuanto menos convencionalmente heroico o emocionante o llamativo o incluso interesante y cautivador parece ser un trabajo, mayor es su potencial para convertirse en escenario de heroísmo verdadero, y por tanto para reportar una especie de placer al que no se acerca nada que puedan ustedes imaginar.

Olvídense de esa idea profana de que la información es buena. De que cuanta más información, mejor. El listín telefónico contiene información a mansalva, pero si lo que están buscando es un número de teléfono, el 99,9 por ciento de esa información no es más que un estorbo.

Un tipo con claustrofobia se va poniendo más y más grave hasta que tiene tanta claustrofobia que se pone a chillar y a montar un escándalo, así que lo agarran y lo llevan a un manicomio, y en el manicomio le ponen una camisa de fuerza y lo aíslan en un un cuartucho diminuto con un desagüe en el suelo, un cuarto del tamaño de un armario que salta a la vista que tiene que ser lo peor del mundo para un claustrofóbico, pero ellos le explican a través de una rendija de la puerta que son las reglas y procedimientos, que cada vez que alguien grita lo tienen que aislar. Y entonces sí que el tipo está jodido, está claro que va a pasar la vida ahí dentro porque mientras grite y se intente noquear a sí mismo contra las paredes lo van a dejar en ese cuartucho diminuto, y mientras esté en el cuartucho va a gritar, porque el problema es precisamente que es claustrofóbico. El tipo es el ejemplo viviente de que hay casos en que las reglas y procedimientos tienen que dejar cierto margen de maniobra, porque si no, de vez en cuando se va a producir alguna cagada ridícula y alguien va a vivir un auténtico infierno.

Aprendí que el mundo de los hombres tal como existe hoy en día es una burocracia. Se trata de una verdad obvia, por supuesto, aunque también es una verdad que causa enorme sufrimiento a quienes no la conocen.
Pero lo que es mas importante, descubrí  – de la única manera en que un hombre aprende  realmente las cosas importantes – el verdadero talento que se requiere para triunfar en una burocracia. Me refiero a triunfar de verdad: a que te vaya bien, a marcar la diferencia, a servir. Descubrí la clave. La clave no es la eficiencia, ni la probidad, ni la reflexión ni la sabiduría. No es la astucia política, el don de gentes, el cociente intelectual puro y duro, la lealtad, la amplitud de miras ni ninguna de esas cualidades que el mundo burocrático llama virtudes y que buscan en sus tests. La clave es cierta capacidad que subyace a todas esas cualidades, más o menos  igual que la capacidad de respirar o de bombear aire subyace a todos los pensamientos y acciones.
La clave burocrática subyacente es la capacidad para soportar el aburrimiento. Para operar con eficiencia en un entorno que descarta todo lo que es vital y humano. Para respirar, por así decirlo, sin aire.
La clave es la capacidad, ya sea innata o condicionada, para encontrar el otro lado del trabajo de a pie, de lo nimio, de lo que no tiene sentido, de lo repetitivo  de lo absurdamente complejo. Para ser, en pocas palabras, inmune al aburrimiento.

De David Foster Wallace en “El rey pálido”.

Entradas relacionadas:

Anuncios

Métodos de estudio

Echando un vistazo a un blog sobre educación del periódico El País, en el que no había reparado hasta ahora, me encuentro con una serie de pautas que muchos pedagogos (¿nueve de cada diez?) dicen que hay que seguir para estudiar. No es la primera vez que veo listas similares. De hecho, este es el tipo de cosas que se enseñan en los cursillos de técnicas de estudio —previo pago de una módica cantidad— y hasta juraría que se me examinó de algo similar en varias asignaturas de la carrera de Magisterio. Los pasos en cuestión son variaciones de los que se detallan en el blog:

1. Realizar una primera lectura para explorar el tema del libro o de los apuntes que se van a estudiar, sin subrayar.

2. Hacer una segunda lectura más profunda, ya subrayando lo más importante. Éste consiste en jerarquizar las ideas y en ir marcándolas de diferentes modos, con varios colores incluso, según su importancia.

3. Posteriormente, hay que realizar un esquema de las ideas principales del tema o un resumen. Si el tema es muy largo, es mejor optar por el resumen. Pero conviene alternar la forma de trabajar los temas, es decir, combinar los resúmenes, esquemas y lecturas en profundidad.

4. El esquema o el resumen hay que aprendérselo. Se puede hacer leyéndolo unas cuantas veces o incluso repitiéndolo en voz alta.

5. Es sobre éstos sobre los que debe repasar en el futuro el estudiante, más cerca del examen. De ahí la importancia de saber hacer buenos esquemas o resúmenes, con los conceptos realmente importantes. Además, es algo que al estudiante que lo sepa hacer bien le puede servir para toda la vida, para aprenderse desde una conferencia que tenga que impartir a saber exponer las ideas relevantes ante un tribunal de doctorado. El que aprende a estudiar bien desde niño, adquiere la habilidad de jerarquizar ideas muy bien.

6. Volver a leer todo una vez para comprobar que el esquema o resumen está bien organizado y que no se ha olvidado nada importante.

7. Cuando se empieza una asignatura, conviene organizar un plan de estudio hasta el examen. Por ejemplo, si la prueba es al cabo de dos meses, hay que repasar periódicamente los esquemas y resúmenes, como decíamos antes.

8. Por último, conviene recordar que no hay que estudiar en el último momento sobre los originales, es decir, el libro o los apuntes. Ya no le hará falta al alumno, a no ser para alguna consulta puntual sobre algo que no entienda o en lo que quiera profundizar. Se estudia sobre lo que el estudiante ha elaborado.

Siguiendo estas indicaciones el éxito está asegurado. Pedagógicamente testado, queridos niños y jóvenes.

Ahora bien, si lo que se pretende es estudiar para aprender algo de verdad, siento decir que el método no funciona. La prueba está en que los que lo han seguido en su etapa escolar y universitaria, no son capaces de darse cuenta de que detrás de esos ocho inocentes ítems se esconde una determinada —y paupérrima— concepción de la enseñanza: memorística, acrítica, pasiva y repetitiva. La exaltación de los apuntes como única fuente de conocimiento nos aleja de los que deberían ser los objetivos básicos de la educación escolar: entender lo que se lee, construir argumentos, resolver problemas… En lugar de retos que nos obliguen a pensar, se nos presentan unos apuntes con el pensamiento de Aristóteles preparado para ser condensado en diez ítems —ni uno más, ni uno menos— y subrayado con colores para finalmente ‘ser aprendido’. Como se dice en este magnífico artículo (que agradezco a Aloe haber enlazado una vez y que recomiendo encarecidamente leer), el sistema de aprendizaje, “repite lo que te he dicho y no cambies ni una coma”, es digno de una sociedad jerárquica en la que el saber viene de arriba y hay que “aprendérselo” todo (quizá esto explique la obsesión de unos y otros por controlar la educación para crear “adeptos”). A los pedagogos les habrá servido para aprobar Pedagogía. Yo lo seguiría si me fuera a presentar a unas oposiciones (que son aquellos exámenes que había cuando vivíamos por encima de nuestras posibilidades), pero esto sólo nos indica que hay que desconfiar de la formación recibida por los pedagogos y de las aptitudes exigidas a los funcionarios (que son esas personas que en tiempos remotos accedieron a un empleo público tras aprobar un examen). Y no digo que necesariamente los primeros no estén formados ni que los segundos no sean aptos para la labor que realizan. Digo, simplemente, que haber seguido el método de estudio en ocho pasos recomendado por ‘los expertos’, no lo asegura. Porque no es honesto presentar el estudio como sinónimo de ‘entrenar para pasar una prueba’ o ‘memorizar una serie de cosas’.

Conste que aprender a hacer esquemas, a jerarquizar las ideas y a memorizar está muy bien, pero desde luego no es la única habilidad que se debe esperar de un estudiante. En algunos casos será necesario, pero no es de ningún modo suficiente. Además, tiene gracia que el sistema de estudio se pretenda universal cuando como mínimo se trata de una serie de indicaciones útiles para tratar un tipo de contenidos determinado de una manera determinada. Invito a los señores pedagogos que lo recomiendan, que traten de aprender a resolver ecuaciones, a redactar una carta o a crear un algoritmo para un programa de ordenador —por poner tres ejemplos— siguiendo estos pasos. Lo curioso es que este tipo de cosas se las he oído sobre todo a los que abominan de la memorización, asunto que te explican mediante ítems en un PowerPoint que tienes que memorizar.

¿Y que propongo yo (que me creo muy lista pero en realidad no)? Pues la verdad es que no puedo dar un método que sirva para todos los campos, todos los niveles y todo tipo de persona. Si acaso, daría unas indicaciones generales como que para estudiar —en su sentido más amplio— es importante tener tranquilidad, buena luz, descanso y cosas así. Después hace falta atención y concentración para leer, a veces resumir o esquematizar, subrayar, comparar con otras fuentes, relacionar con otros temas, escribir con volcabulario propio, tratar de resolver problemas o preguntas, de realizar algún proyecto o de defender un argumento con los conocimientos que se han introducido… y otras posibles tareas que nos lleven a cumplir los objetivos que se han propuesto que deberán apuntar más allá de a aprobar un simple examen.

Entradas relacionadas:

¿Qué hacemos con los niños?

Mi amiga K. me manda un texto que no puede dejar indiferente a nadie. ¿Qué estamos haciendo con los niños?


Hace algún tiempo que me vienen preocupando diversas cuestiones relacionadas con lo que hoy en día llamamos educación, y se me ocurre que este blog puede ser un buen lugar para comentar mis dudas, recibir consejos, intercambiar angustias e indignaciones y quizás – al menos esa es mi secreta esperanza- contactar con algunas personas que estén interesadas en “hacer algo”. Mis preocupaciones van en la línea: Hiperactividad, Autismo, críos medicados… ¿qué diablos estamos haciéndoles a los niños?

Quiero empezar resumiendo mi experiencia como madre. Desde hace poco más de cuatro años soy la mamá de un niño muy inteligente; un crío, al que hoy en día, dados como somos a poner etiquetas, se clasificaría como “superdotado” o “de altas capacidades”. Como la gran mayoría de estos críos, fue un bebé “complicado”, entendiéndose por complicado enormemente exigente: dormía poquísimo, requería constante atención, muchísimo contacto físico así como incesante estimulación. ¡Pero, ojo!, que con estimulación no me refiero ni mucho menos a toda esa serie de paquetes de “estimulación precoz” y chorradas varias que saturan actualmente los mercados … A mi hijo, lo que lo hacía feliz, era simplemente que le hiciéramos caso: que lo cogiéramos en brazos, le sonriéramos, jugáramos con él y, sobre todo, que constantemente le contáramos y explicásemos; y daba completamente igual el qué, porque evidentemente, con sus pocos días de vida, todo para él era nuevo y excitante:

– “Ahora cielito, vamos a prepararte el baño; como tú eres chiquitín, no te bañas aquí, en esta bañera tan grandota, como papá y mamá, sino que tienes una bañerita especial, chiquita como tú … mira, y ahora la llenamos de agua ¿ves? Y la temperatura debe ser de unos 37 grados … mira, esto es un termómetro, que es un aparatito que se usa para medir la temperatura”.- Y el nené, con un par de semanas, escuchaba atentamente con los ojitos de par en par, mientras daba manotazos y pataditas de entusiamo.

– “Ahora te vamos a preparar la comidita, ¿vale rey?; un potajito, muy rico … y ¿qué necesitamos? Mira, estos son unas papitas, mira, aquí están …tócalas tú, ¿ves? … y esto unos tomatitos, mira son rojos y redonditos, a ver ¡acarícialos así! Ves, que suavitos son … “- Y el nené miraba super concentrado y tocaba obediente los tomates .” y aquí, las zanahorias .. mira, naranjadas y alargadas (anda una rima)” – ¡Y aquí ya sí que el niño se partía de risa!.

En fin, que mientras todo fuera así (y todo esto, por supuesto, con él en brazos, para que no se perdiera detalle), él era la mismísima imagen de la felicidad: el bebé más tranquilo y encantador del mundo. Ahora bien ¡ay de quien intentara “aparcarlo” ni por un minuto!

Otra de sus particularidades era que le molestaban enormemente el desorden y el ruido. Para estar feliz el niño necesitaba una vida bien estructurada, en la que personas y cosas estuvieran “en su sitio”. Cualquier alteración del entorno (que yo cambiara los muebles de sitio al limpiar, o que pusiera el jarrón en otra mesa) iba acompañado de explosiones de llanto. De la misma manera lo alteraban los cambios en las costumbres o la rutina diaria. Siempre fue un bebé grande, fuerte y lleno de energía, así que sus explosiones podían convertirse en verdaderos dramas … a menos que, uno entendiera lo que le pasaba y se lo explicase.

Les pongo un ejemplo. Un buen día me levanto de la cama, voy al baño y cuando vuelvo, el niño empieza a llorar; no me deja acercarme y me mira con verdadero terror; no hay manera de calmarlo, no sabemos que hacer y nos comienza a rondar la idea de llevarlo a urgencias. Pero yo no creo que le duela nada, parece más bien que algo no le gusta (o mejor dicho, que lo asusta). Intentamos hablar con él “¿qué te molesta cariño?” y parece que se calma por un segundo … le voy señalando partes de mi cuerpo, el pelo, las manos, los pies – ninguna reacción-, pero en cuando me toco la camiseta se calla y me mira atentamente; me quito la camiseta, la tiro al suelo y el nené sonríe aliviado y extiende los bracitos a mamá; ya en brazos y entre mimos le pregunto que le daba tanto miedo ¿no le gustaba la camiseta ? – se pone serio-, ¿era el color? ¿tenía manchas? Y él señala a la camiseta y a su padre: y caigo en la cuenta : ¡es que con las prisas me puse la camiseta de su papá! Se lo digo, y sonríe y suspira aliviado como alguien a quien acaban de quitar un enorme peso de encima. Y entonces le explicamos, entre mimos y caricias, que las cosas se pueden compartir y que papá me presta la camiseta con gusto. ¡y ya está, se acabó el drama! El nené tenía 8 meses.

Anécdotas de estas podría contar muchísimas; se fueron repitiendo hasta que después de muchas muchas explicaciones y muchos mimos, desaparecieron; supongo que simplemente cuando el crío acumuló la experiencia necesaria para procesar todo lo que le extrañaba. A los dos años era en ese sentido un niño de lo más normal.

Como ya he dicho, además del desorden, también reaccionaba violentamente ante el ruido; en particular al ruido de fondo: lloraba si encendíamos la radio en casa o en el coche (con la TV ni siquiera lo intentamos) y se asustaba en cumpleaños y reuniones. Y palabras como muerte, guerra, accidente o dolor no se podían mencionar en su presencia. Así que apagamos la radios, no fuimos a muchas fiestas y nos abstuvimos de hablar de determinados temas delante del niño. Y a todo se fue acostumbrando poco a poco.

Pero lo que a mí me parece importante resaltar en nuestra experiencia, es que lo difícil no ha sido ocuparse del niño, sino luchar contra “la reacción del medio”. Médicos, familia, amigos … todo el mundo vio desde el principio en nuestro hijo a un niño problemático (y, por supuesto, hiperactividad, autismo o asperger eran palabras que salían en cada conversación). El niño se desarrollaba además de manera muy rápida y sus habilidades motoras y cognitivas eran las de un crío mucho mayor: con nueve meses ya correteaba por la casa y con un añito sus juguetes preferidos eran los legos, los juegos de construcción en general – con los que levantaba ya torres tan altas como él, los puzles (de 30-40 piezas) y los libros, reconocía las letras, los números y las figuras geométricas y distinguía perfectamente los colores.

Y un niño así, que probablemente hace treinta o cuarenta años hubiera despertado comentarios – al menos en el ambiente de pueblo en el que yo me crié- del estilo: “Mira tú, que espabilado que es el jodío” o “anda con el niño, este llega lejos ¿eh?” Hoy en día no ha dejado de oír: “¡Uy! Pero que crío más raro ¿no?” , “anda, otro Asperger”. Y, por cierto, debo apuntar que no me muevo en un ambiente especialmente “marginal”; tanto el padre como yo somos físicos y trabajamos en la Universidad. Y no bastaba con calificar al niño de loco y autista, sino que además, todo el mundo sabía cual era el camino a seguir con él: que el niño lloraba porque el jarrón no estaba en su sitio, pues nada, a sentarlo delante del jarrón hasta que se acostumbre; que no le gusta la música de fondo, pues a ponérsela, y alto; que no le gusta la palabra muerte, pues a hablar de asesinatos delante de él; que llora si ve imágenes violentas, pues a sentarlo delante de la tele cuando pasan el telediario: ¡Ah! Es que a todo ha de acostumbrarse. Porque eso es justo lo que hoy en día se espera de los críos: que a todo se acostumbren, que aguanten todo sin rechistar; que sean “funcionales”, que no molesten, y lo más importante, que se puedan dejar “aparcados” la mayor parte del tiempo en guarderías, colegios, clases de inglés o campamentos de vacaciones.

Ni que decir tiene que no hicimos caso y seguimos tratando al niño como nosotros creíamos que se debería hacer. Como probablemente lleven haciendo los padres desde que el mundo es mundo: siempre ha habido niños que duermen 18 horas y otros que no pegan ojo, niños que no sueltan la teta y niños a los que no es posible amamantar, niños tranquilitos, a los que sientas en una sillita y allí te esperaban pacientes y niños que en cuanto te despistas un segundo andan ya haciendo equilibrios en la escalera. Antes, a lo sumo, había críos más fáciles y más difíciles, niños tranquilos y niños inquietos, niños fuertes y niños mimosos, niños malos y niños buenos… Hoy en día hay niños normales y niños enfermos. Y a los “enfermos” se les droga.

A los dos años, cuando ya leía y contaba, el pediatra nos aconsejó consultar con un psiquiatra infantil: teníamos un niño superdotado, nos dijo, y hoy en día se sabe que estos críos son muy sensibles y es aconsejable que uno los tenga digamos “controlados”. Curiosa nuestra experiencia en la consulta. A la psiquiatra no le faltó sino llorar cuando nos dijo que teníamos, efectivamente, un hijo superdotado. Con cara de circunstancias y como quien transmite una condena, nos comunicó que nuestro hijo era un genio: que jamás había visto nada parecido y que ¡qué pena! ¡pobrecito el nene y pobrecitos sus padres! ¡qué desgracia!¡qué dura es la vida que le espera! ¡jamás se va a integrar en un grupo!¡el colegio para él será un pesadilla!- ¿Ustedes se imaginan esta charlita con el papá de Leonardo Da Vinci, de Goethe o de Newton?. Yo, la verdad es que no. No sé que en que mundo hemos llegado a vivir, en el que la inteligencia se considera un problema ¡y bien gordo!… Y después de eso, hemos pasado por muchos psicólogos, pedagogos, pediatra … y todos con la misma cantinela … ¡ay, qué pena de niño, tan pequeñito y leyendo y multiplicando! (Y no estoy exagerando ni fisco!)

Eso sí, una vez los médicos hubieron puesto la etiqueta de “superdotación”, no se cansaban de repetirnos lo bien que lo habíamos hecho. Porque claro, no hay quien discuta que cuanto más inteligente es un crío, más temprana y más notable es su reacción al medio: más son las cosas que percibe y más violentamente reacciona si algo no le gusta. De hecho, es un clásico de los niños precoces el reaccionar a palabras como muerte (entienden conceptos abstractos, pero no tienen la experiencia para “procesarlos”), es también típico que les moleste el desorden (simplemente se quedan con todo y se quejan cuando uno se los ha cambiado), y el ruido, por supuesto, ya que un niño espabilado intenta entenderlo todo y claro, si recibe demasiados estímulos, pues se confunde y se cansa.

Pero lo más sorprendente de todo es que después de haber hablado con decenas de psiquiatras, psicólogos y pedagogos, de haber visitado decenas de colegios (muchos con programas especiales para niños de altas capacidades), después de asociarme a distintos grupos de papás de niños de altas capacidades, es que, increíblemente, no he conseguido encontrar un sólo crío como el mío. Por lo visto, estos niños hoy en día no existen. Hay por supuesto, muchos adolescentes y jóvenes, que fueron niños así. Pero, niños pequeños, no hemos conseguido hasta hoy encontrar ninguno.

Lo que a mí me preocupa, lo que me quita el sueño es ¿dónde están los demás niños como él? ¿qué estamos haciendo con ellos?

Desde mi experiencia, lo único que se me ocurre es que muchos niños no están preparados para la vida que les queremos dar. No resisten las horas delante del televisor, el estrés de levantarse temprano y estar todo el día alejados de sus seres queridos, el continuo ajetreo de una guardería, donde al menos veinte críos lloran, saltan y se quejan a la vez… Se frustran, se cansan, se llenan de miedos y angustias desde temprano… y cuando llega la hora del cole, y no conseguimos que se comporten como soldaditos, cuando no bailan al son que nuestro absurdo y frenético ritmo les marca, cuando los pobres,como pueden, se intentan quejar … entonces le cae el famoso diagnóstico: TDAH. Y la pastillita …

Entradas relacionadas:

El Jonathan y la Jessica

A muchos de los profesores que conozco les encanta contar anécdotas sobre los alumnos de entornos marginales o, simplemente, de clase media-baja. Las Jessicas y los Jonathan, los llaman. La Jessica se enteró por el Tuenti que el novio se los ponía con la Melanie y acabaron enganchadas de los pelos en el patio. El Jonathan estaba viendo un vídeo de zombies en clase de tecnología. A los Jonathanes y a las Jessicas no les gusta leer, mucho menos estudiar; su vocabulario es muy limitado y no suelen prestar atención a lo que se les dice. Y los padres son todavía peores, nos cuentan. ¿Te puedes creer que sólo vienen a preguntar por qué has suspendido al niño? Concluyen los profesores que es muy difícil trabajar con chicos así, que no se esfuerzan, que no tienen interés por nada y que encima faltan al respeto. Con las aulas llenas de Jessicas y Jonathanes ¿a quién le extrañan los resultados de PISA?

Y es verdad: tiene que ser muy difícil trabajar con chicos así. Dificilísimo. Tan difícil que es posible que ni siquiera el mejor profesional con la mejor voluntad del mundo consiga hacer de ellos unas personas mínimamente formadas y responsables. Pero desde luego Jonathan y Jessica no son los enemigos. Tampoco se merecen ser carne de chascarrillo clasista escasamente disimulado. De hecho, el sistema se debe, sobre todo, a las Jessicas y los Jonathanes de este mundo, porque son los que menos recursos tienen, si no de dinero, sí culturales. Por eso, artículos como este publicado hace ya algún tiempo en la web de Deseducativos, donde un profesor se lamentaba de que sus alumnos arrabaleros no sabían tomar apuntes, me producen desasosiego. Primero, porque el recurso supuestamente humorístico de referirse a los estudiantes como Jennifer – ¿será la hermana de Jessica? – y Jonathan, denota en realidad una actitud bastante soberbia y clasista. Lo que viene a decir nuestro indignado profesor, en el fondo, es que con unos hipotéticos Borja Mari y Mari Pili, estas cosas no pasarían, porque de todos es sabido que los que no han crecido en un polígono tienen otras inquietudes de orden superior. Segundo, porque el discurso esconde una de la mañas más rancias de la tradición educativa española: no es malo que los alumnos no entiendan lo que leen y no sean capaces de hilvanar dos pensamientos, no, lo realmente terrible es que no sepan tomar apuntes. Apuntes que, al tratarse de un material propio, es mucho más sencillo su estudio, su comprensión y su memorización. El pensamiento de Platón condensado en los cinco ítems expuestos por el profesor. No cuatro, ni seis: cinco. Tomen nota, muchachos.

En la misma línea va este extracto de un artículo de Le Monde que he encontrado en el blog de Sergio del Molino (los invito a que lean su post, que es mucho más interesante y está mejor escrito que este):

Nuestra época tiene la pasión del documento “bruto”. Tiende a creer que para asir el mundo “real” son preferibles las anécdotas vacuas y las citas soltadas tal cual, a las investigaciones eruditas. De ahí la proliferación de publicaciones que husmean en los archivos o de testimonios sin acompañamiento de un elemental aparato crítico. Incluso se reivindica esta actitud: en este libro, dicen los autores, no hemos teorizado, eso se lo dejamos a los “especialistas”. Pero llega el caso en el que esa postura se vuelve contra su autor.

Vean el breve volumen publicado bajo el título Mots d’excuse (Notas de excusa). Antiguo docente, Patrice Romain propone una selección de los correos que los padres de sus alumnos le han enviado en el transcurso de dos decenios de enseñanza. Después de mucho tiempo, el profesor de escuela había cogido la costumbre de exhibir estas pequeñas notas en la sala de los profesores para hacer reír a sus colegas. Un día, tuvo la idea de publicarlas, con su sintaxis y ortografía originales. Después de su aparición, el 26 de agosto, el librito ha encontrado un fuerte eco. Periódicos y radios citan jugosos extractos y su autor ha sido invitado al Telediario de France 2. Interrogado por Le Monde, confía: “Este libro ha sido escrito con mucha ternura, he elegido los textos más pintorescos, es un guiño destinado a hacer sonreír”. Pero en la lectura no hay nada que produzca realmente regocijo. Página tras página, estas notas voladas, estas palabras íntimas que no estaban destinadas a ser publicadas hacen aflorar la vida frágil, la violencia de lo cotidiano. ¿Quieren reírse? “Señor director, disculpe a Sophie V. por su ausencia no he podido presentarme con ella porque su padre me ha encerrado y no puedo salir”. ¿Una buena carcajada? “Aura que es el ramadan, ¿ba ha dejarnos tranquilos con sus istorias de vurlarse de brahim? Espero que sí. Grassias por su respeto”. ¿Aún no se han reído? “Como nos han echado de la seguridad social, no he podido llevar a Cyril al médico. Espero que me disculpe por su diarrea”.

Como prueba de esa “ternura”, Patrice Romain confiesa que, progresivamente, él mismo ha cambiado su forma de ver estas notas de excusa: “Es verdad, en la relectura, es menos divertido, uno se dice: “Esto refleja la miseria de nuestra sociedad. Es un poco duro, pero es una fotografía”. Cierto. Pero toda la perversión viene justamente del hecho de que ninguna fotografía es neutra, y estas se presentan sin leyenda. En su desorden aparente, las “notas de excusa” dejan entrever una sociedad de orden, un universo donde cualquier reto a las reglas se sanciona con la exclusión de los más débiles, los que son “inexcusables”. Para entenderlo, habría hecho falta inscribir estas escrituras precarias en su contexto cultural y social. “La restitución fascinada no es suficiente”, remarcó la historiadora Ariette Fargue en su magnífico ensayo Le Goût de l’archive. Decididamente, el documento bruto no es más “objetivo” ni más “verdadero”. Simplemente, es “brutal”.

Citando una vez más a Camus, el profesor debe hacer sentir a los niños que son dignos de descubrir el mundo.  Pero, ¿cómo hacerlo cuando los mundos parecen tan diferentes? Yo no tengo la solución. Tampoco estoy segura de poder hacerlo mejor que otros. Lo que sí sé es que Jessica y Jonathan no son un lastre para el sistema. Son, por el contrario, los que con más fuerza justifican la existencia de un sistema público, obligatorio y gratuito. Conviene no olvidarlo.

Entradas relacionadas:

El adversario y Monsieur Lazhar

Acabo de terminar “El adversario“, un libro de Emmanuel Carrère sobre la espeluznante historia de Jean-Claude Romand, el ciudadano francés que en 1993 mató a sus hijos, a su mujer y a sus padres, e intentó, sin éxito, quitarse la vida. Las investigaciones tras los asesinatos revelaron algo sorprendente: el doctor Romand no era quien decía ser. No era un alto funcionario de la Organización Mundial de la Salud en Ginebra; tampoco era médico; ni siquiera llegó jamás a aprobar el segundo curso de medicina. Jean-Claude Romand se inventó una vida entera. Hizo creer a todos que por su condición de funcionario de la OMS podía abrir cuentas en Suiza con condiciones ventajosas, y  amigos y parientes no dudaron en confiarle alegremente sus ahorros. De ellos vivía. Disfrutaba así de una situación acomodada, con casa y jardín, en un pueblo residencial de altos funcionarios y diplomáticos, próximo a la frontera. Todo parecía idílico. Pero llegó un día en que creyó no poder seguir sosteniendo la impostura y decidió matar a aquellos en los que veía reflejada su propia vergüenza.

Cubierta de la novela de Emmanuel Carrère, El adversario (imagen extraída de http://aventuraenlaisla.blogspot.com.es).

Cubierta de la novela de Emmanuel Carrère, El adversario (imagen extraída de aventuraenlaisla.blogspot.com.es).

Esta es una historia trágica que admite muchas lecturas. ¿Cuál es la naturaleza de los asesinos? ¿Quiénes somos realmente? ¿Qué define nuestra identidad? Sin embargo, a mí me ha hecho pensar en el desapego. Aunque no hay más culpable que el propio Jean-Claude, los sucesos nos muestran la cara amarga de una sociedad deshumanizada y aséptica. Porque, en el fondo, las mentiras del falso médico eran lo suficientemente chapuceras como para ser descubiertas por cualquiera que hubiera mostrado un mínimo interés por su vida. Pero nuestro protagonista tenía compañeros de estudios que no lo echaban de menos cuando faltaba a los exámenes. Tenía padres  a los que no extrañó su actitud huidiza. Tenía una mujer que jamás lo llamó al despacho ni lo acompañó al médico cuando este declaró – mintiendo nuevamente – padecer cáncer. Ni siquiera la amante pareció mostrar especial sensibilidad ante los problemas de salud de Jean-Claude, que ella creía reales. Me pregunto si el exceso de respeto hacia la individualidad ajena no esconde cierta dosis de egoísmo ¿Dónde termina la consideración y empieza la indiferencia?

Todo esto me ha hecho recordar una anécdota de la infancia. Cuando tenía cinco o seis años, me destrocé un pie al meterlo por accidente entre la cadena y la rueda de la bicicleta, yendo de paquete con mi hermana. Recuerdo que mientras mi padre me llevaba en brazos por el pasillo, en la que fue mi primera visita a un hospital, me decía que no mirara a las habitaciones, tratando de evitar, supongo, que viera alguna escena desagradable. La experiencia me sirvió para aprender dos cosas: en primer lugar, que el sufrimiento ajeno puede hacer daño y en ocasiones está permitido ignorarlo; y, en segundo lugar, que hay que mantener los pies alejados de las ruedas cuando se va en bicicleta. El caso es que, como en el hospital, en la hipercivilizada Europa del doctor Romand, nadie quiere mirar dentro de las habitaciones. Para no sentir la penosa emoción ante el dolor ajeno – la impaciencia del corazón decía Stephan Zweig –  la hemos  intelectualizado y transformado en corrección política. El egoismo se viste con la piel de cordero del supuesto respeto a la libertad individual. Nos hemos convertido en seres asépticos y plastificados con la mirada fija en el fondo del pasillo.

Esta situación se ha trasladado a la escuela, donde el espíritu Disney pugna por imponerse. El miedo, o quizás la impaciencia del corazón, llevan a los educadores a ocultar a los niños, con las mejores intenciones, el dolor, el sufrimiento y la muerte. Pero olvidan que muchos ya los llevan con ellos. Este es uno de los temas de la maravillosa película canadiense “Profesor Lazhar“. En una escuela primaria, un niño encuentra colgada de una viga a una maestra que se ha ahorcado en su propia aula. Se trata de situación traumática para todos, pero no se permite hablar abiertamente de ella. Las preguntas, el duelo, hay que dejarlos para la hora de después de matemáticas y antes del recreo, que es cuando la dirección del centro ha  programado unas clases especiales con una psicóloga. Trabajar con niños es como tratar con material radiactivo: no los puedes tocar, dice un profesor en la película refiriéndose al contacto físico, aunque bien podría haber hablado de las emociones: no se les puede tocar el alma.  Solo el sustituto de la profesora muerta, Monsieur Lazhar, quien a su vez vivió una situación muy dolorosa en Argelia que lo llevó al exilio, es capaz de acercarse a los temores de los niños, animándolos a contar sus experiencias. Su actitud choca con el entorno: queremos que enseñe a nuestra hija, no que la eduque, dicen unos padres, olvidando que tal cosa es imposible, porque todo educa, por acción o por omisión, para bien o para mal. La corrección política, el respeto mal entendido, están dejando a los niños sin el abrigo moral que necesitan.

Entradas relacionadas:

Saber más por viejo que por maestro

Ha salido en el períodico (aquí, aquí y aquí) que el 86% de los aspirantes a maestro en las últimas oposiciones celebradas en la Comunidad de Madrid no superó una prueba de conocimientos diseñada para un nivel de primaria. Nos cuentan que solo el 7% de los examinados supo decir cuántos gramos hay en dos kilogramos y 30 gramos, y que solo el 2% enumeró correctamente las provincias que atraviesan los ríos Duero, Ebro y Guadalquivir. Debo confesar que no tengo claro si yo misma hubiera sido capaz de nombrar todas y cada una de las provincias en cuestión, si bien yo vi un río por primera vez cumplidos los veinte y no puedo evitar seguir encontrando cierto grado de exotismo en esos accidentes geográficos. En cualquier caso, la prueba hace evidente que el nivel de los graduados en Magisterio es lamentable, aunque para darse cuenta de eso a los señores evaluadores les habría bastado con un simple comentario de texto con el que comprobar si los aspirantes a profesor de primaria eran capaces de hilar dos ideas. No saber que el Duero pasa por Burgos denota cierta ignorancia, no digo que no, pero no creo que sea para tirarse de los pelos. Yo en Magisterio he llegado a ver cosas infinitamente peores, amaneceres más allá de Orión, podríamos decir, y no solo por parte de los alumnos. El hecho de que  existan unas escuelas de educación en las que los encargados de enseñar a otros cómo enseñar, no solo no sean capaces de hacerlo, sino tampoco de evaluar, seleccionar o diagnosticar problemas, es cuanto menos inquietante. Sin embargo no suele haber autocrítica por ese lado. Pero los hechos no son nuevos y no me sorprenden en absoluto. Queda claro una vez más que urge mejorar la formación de los maestros, piezas clave del sistema educativo.  Me uno al coro de ciudadanos escandalizados aunque al mismo tiempo me pregunto  si realmente a la gente le preocupa la preparación de los maestros y de los profesores en general. Me temo que no demasiado.

En primer lugar, existe una especie de acuerdo tácito entre estudiantes  y profesores de Magisterio por el que los primeros no cuestionan nada y los segundos no exigen. Don’t ask, don’t tell. Los títulos académicos siguen vendiéndose bastante baratos en cuanto a exigencia se refiere. Por otro lado, la preparación de los maestros o sus conocimientos no suelen ser tenidos en cuenta por casi nadie. Yo jamás he oído a un padre decir que ha escogido tal escuela para sus hijos porque allí van a tener buenos maestros. Los que quieren —o pueden— elegir suelen hacerlo, bien por cuestiones sociales, ideológicas o religiosas, bien por considerar que un determinado centro ofrece algo diferente, como idiomas o una jornada escolar determinada, nunca pensando que el nivel de sus maestros pueda ser mejor que en otras escuelas. Se puede elegir médico en la Seguridad Social pero no profesor de primaria. Los maestros son intercambiables. También es cierto que el rechazo que ellos mismos han mostrado a todo intento de evaluación profesional objetiva no ha ayudado a mejorar esta idea. Tampoco parece que la preparación sea un criterio determinante en la selección del profesorado. Al sistema público se accede por oposición, lo que en principio no está mal. Ahora bien, no es raro que al final acabe pesando más la experiencia docente que la propia prueba objetiva. No hay que olvidar que los  sindicatos defienden a los trabajadores, no a los parados, y presionan por ahí. Hay intentos de cambiar esta situación y de hecho la prueba que comentamos ahora apunta en ese sentido.  Y no me parece mal aunque el asunto de los ríos lo veo más bien irrelevante. En cuanto a la experiencia, para determinar en qué casos es realmente valiosa haría falta un sistema de evaluación sistemática del profesorado pero como algo así no existe, se trata de una simple medida de tiempo, y ni el tiempo ni la perseverancia aseguran que alguien esté preparado.  Respecto a los centros privados y concertados, hay que estar fuera de este mundo para creer que los conocimientos pesan más que otras cuestiones como los contactos personales o la ideología. Hace poco un compañero me comentaba sin rubor que, pese a que la cosa está fatal, veía factible encontrar trabajo porque lleva muchos años dando catequesis en su parroquia y puede conseguir una recomendación del mismísimo obispo. Así siguen las cosas al sur de los Pirineos, y lo que te rondaré, morena.

Moraleja: el maestro es malo si usted lo deja. O sea, la formación de los maestros seguirá siendo mala mientras a nadie le moleste especialmente que así sea. De vez en cuando se publicarán artículos como el de hoy, algunos se rasgarán las vestiduras, otros escribiremos en  un blog, y poco más.

No viene al caso, pero dejo una canción que siempre me pone de buen humor. ¡Con ustedes la gran Etta James interpretando el éxito de Sonny & Cher “I Got You Babe”!

Entradas relacionadas:

Las claves de la creatividad

La creatividad es sin duda uno de los conceptos más difíciles de definir y sobre los que más confusión hay. Todos la encarecemos, pero nadie sabe exactamente a qué nos referimos cuando hablamos de ella.

¿Qué es la creatividad? ¿Podemos aprender a ser más creativos? El genial John Cleese, conocido miembro de los Monty Python, abordó este tema en esta conferencia de 1991:

Aunque realmente lo mejor es escuchar al propio Cleese, para los que no tengan tiempo de ver los 36 minutos de vídeo, recojo aquí las ideas principales.

En primer lugar – dice – la creatividad no es un talento sino una forma de proceder. Las personas más creativas parecen tener la habilidad de ponerse en un estado particular que permite poner en funcionamiento su creatividad natural. Esta facilidad es descrita como una “habilidad para jugar”. Define dos modos de trabajo:  un “modo cerrado o activo, que exige concentración para lograr metas concretas; y un “modo abierto que, por el contrario, requiere un estado de absoluta relajación y mayor predisposición al humor y a la contemplación. La creatividad sólo es posible en el modo abierto, lo que no significa que una persona creativa deba, o pueda, estar siempre en tal estado. Por el contrario, cualquier idea original se malograría si el individuo no fuera capaz de cambiar al modo de trabajo “cerrado” activo y concentrado. Lo que define a una persona creativa sería entonces la capacidad de cambiar de modo de trabajo.

Específicamente destaca los cinco pasos necesarios para conseguir, o al menos intentar llegar a ese estado particular, lúdico, que precisa la creatividad:

  1. Espacio para retirarse dejando a un lado las responsabilidades habituales y conseguir alguna predisposición a la indagación y al juego.
  2. Tiempo para crear ese espacio de tranquilidad.
  3. Tiempo para pensar y – muy importante- para aprender a superar la presión de tener que dar una respuesta o tomar una decisión de manera inmediata.
  4. Autoconfianza: nada perjudica más a la creatividad que el miedo a cometer algún error.
  5. Humor: necesario para buscar distintas relaciones, para conectar ideas diferentes de forma que generen nuevos significados.

Tan importante como entender cómo se fomenta, es detectar qué puede impedir el surgimiento de pensamientos creativos. Cleese se refiere al mundo de la empresa pero creo que sus conclusiones son fácilmente extrapolables a la escuela. Lo primero que según él mata la creatividad, es el exceso de solemnidad, la falta de humor. Tampoco ayuda la crítica no constructiva, es decir, la que tiene como único objeto escarnecer al que se equivoca sin analizar cómo mejorar lo que está errado. Y por último, nos dice, nada obstaculiza más la creatividad que exigirle a la gente que siempre esté haciendo cosas: alguien continuamente ocupado difícilmente va a tener tiempo para pensar.

Y esto es lo que ha dicho John Cleese. Ahora hablaré yo de creatividad, sobre todo en relación a la educación escolar. Abajo he listado las que yo considero que son las claves de la creatividad. Por completitud, repito también los puntos en los que coincido con lo antes expuesto. En todo español hay un entrenador de fútbol y en todo bloguero hay un ministro de educación:

  1. Hay que desconfiar de los que dicen que su objetivo principal es fomentar la creatividad y el sentido crítico: harán lo mismo de siempre, pero con mucha menos gracia.
  2. No hay que agobiarse. No se puede ser creativo todo el santo día.
  3. Para llegar a tener un pensamiento original hay que pensar algo; es necesario, pues, saber pensar y saber algo.
  4. El humor es bueno. El humor es, en sí mismo, la manifestación de un pensamiento original. Es más, el sentido del humor es signo de inteligencia. Eso de que los superdotados no gozan de mucho sentido del humor es, creo, un mito. Que a alguien no le haga gracia que un señor se vista de mujer y grite, no significa que no tenga sentido del humor.
  5. No es bueno que toda actividad sea dirigida. Por el contrario, hay que permitir y fomentar la actividad espontánea, libre de aceptar o rechazar, que permite descubrir aspectos desconocidos de la propia subjetividad, sostenida en la ficción, y separada del orden de lo útil, o, como decíamos cuando todavía había pesetas, el juego.
  6. La creatividad requiere capacidad para concentrar la atención y mantenerla fija en un punto durante largo tiempo. Una mente dispersa raramente podrá ser creativa. Pasar demasiado tiempo con la cabeza delante de la pantalla de un ordenador no ayuda.
  7. Los mundos imaginarios creados por otros y ofrecidos como merchandising no son imaginarios. No al menos para el que los recibe. Pasar demasiado tiempo con la cabeza delante de la pantalla de un televisor no ayuda.
  8. La creación, de lo que sea, requiere de un entorno tranquilo y agradable. Los colleges de Oxford están rodeados de jardines mientras mi facultad estaba al lado de una autopista. Ahí dejo el dato.

Entradas relacionadas: