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Todo persevera en su estado a menos que se aplique una fuerza

Ahora que acaba de salir el informe PISA de 2012, se ha vuelto a abrir el debate del lamentable estado de nuestra educación. De lo que se habla poco, creo, es de las enormes diferencias territoriales, responsables en gran medida del mal papel del sistema educativo español en el contexto internacional. Mientras que en matemáticas los resultados de Castilla y León o Navarra están por encima de la media de la OCDE, al nivel de países como Bélgica o Alemania, Extremadura, a la cola de la distribución, se sitúa 33 puntos por debajo de la media de los países desarrollados. Mucho peor les fue a los estudiantes canarios en la pasada evaluación PISA (Canarias no participó en PISA 2012) en la que obtuvieron 61 puntos menos que el promedio de la OCDE y 38 menos que el español. Estas diferencias equivalen a un retraso de un año y medio en la escolarización con respecto a sus compañeros de los países desarrollados de rendimiento medio y de más de un año respecto al alumno español medio.

En definitiva, aunque en general los resultados de la evaluación PISA no son maravillosos, tampoco sería justo decir que el rendimiento de los alumnos de regiones como Castilla y León, Navarra o Madrid es malo. El tradicional discurso  catastrofista, sin embargo, sí es aplicable a las regiones insulares y del sur de la península.

Es un lugar común decir que España es un país igualitario pero, si algo destacaría yo de estos datos, es que el nuestro es un país profundamente desigual. La supuesta equidad del sistema español está basada en el hecho de que no se trata demasiado mal a los peores alumnos (la dispersión por la izquierda es similar a la del resto de países de la OCDE) pero pésimamente mal a los mejores (la dispersión por la derecha es de las más bajas del mundo desarrollado porque el porcentaje de alumnos con alto nivel de competencias es prácticamente testimonial). En cuanto a las diferencias territoriales, ninguna ley educativa desde la primera regulación impulsada por el ministro Moyano en 1855, parece haber servido para disminuirlas. Los siguientes gráficos son reveladores. En el primero se muestra el rendimiento en matemáticas correspondiente a la evaluación PISA de 2012 frente a la tasa de alfabetización en 1860 (se puede ampliar pinchando sobre la figura):

Relación entre el nivel de alfabetización en 1860 y las puntuaciones de PISA de matemáticas para diferentes CCAA. Imagen extraída de este artículo.

Relación entre el nivel de alfabetización en 1860 y las puntuaciones de PISA en matemáticas para diferentes CCAA. Imagen extraída de ‘eldiario.es’.

El siguiente es similar pero mostrando ahora los resultados de comprensión lectora de PISA 2009. Canarias es la comunidad que peor lo hizo en 2009 pero es que en 1860 era también la región con mayor porcentaje de analfabetos: nada más y nada menos que el 87% de los canarios no sabía leer ni escribir a mediados del siglo XIX.

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Relación entre el nivel de alfabetización en 1860 y las puntuaciones de PISA en competencia lectora para diferentes CCAA. (Imagen extraída de ‘Nada es gratis’)

Aunque en las figuras anteriores las correlaciones parecen evidentes, un análisis algo más detallado advierte de que más que una relación lineal entre los resultados educativos actuales y la tasa de alfabetización en 1860, lo que hay es un efecto norte-sur. Si bien las comunidades del sur han mantenido un rendimiento medio, sostenido en el tiempo, inferior a las comunidades del norte, en el sur el efecto lineal de las tasas de analfabetismo desaparece, mientras que en el norte la correlación es muy pequeña y no significativa.

Relación entre el nivel de alfabetización en 1860 y las puntuaciones de PISA en competencia lectora para diferentes CCAA, en rojo las del sur y en azul las del norte. Se han superpuesto las rectas de regresión lineal para ambas muestras  (Imagen extraída del blog del IFiE).

Relación entre el nivel de alfabetización en 1860 y las puntuaciones de PISA en competencia lectora para diferentes CCAA, en rojo las del sur y en azul las del norte. Se han superpuesto las rectas de regresión lineal para ambas muestras (Imagen extraída del ‘blog del IFIE’).

En cualquier caso, creo que la conclusión sigue estando clara: hasta la fecha, ningún sistema educativo ha sido capaz de superar las diferencias históricas que aún perviven en nuestra sociedad. Un buen sistema educativo debería haber reducido el peso de los factores socioeconómicos en los resultados académicos. Lo que vemos, sin embargo, es que seguimos moviéndonos por una especie de inercia histórica en la que el modelo de sociedad ha cambiado mucho menos de lo que con frecuencia nos quieren hacer creer. Quizás porque realmente nadie se ha tomado realmente en serio la importancia de la educación para el desarrollo de la sociedad y como motor de movilidad social.

Ahora voy a hacer una serie de simplificaciones pero creo que no me voy a desviar mucho de la realidad. El sistema  económico español podría calificarse como neo-caciquismo o capitalismo de amiguetes. Aunque es indudable que el país se ha desarrollado considerablemente el último siglo y medio (pasar en Canarias del 87% de analfabetismo en 1860 a prácticamente cero en la actualidad es un logro que merece ser destacado), los sectores claves de la sociedad siguen controlados por unas élites cuya composición no ha cambiado demasiado o, al menos, no demasiado para lo que se esperaría de un país desarrollado que se dice democrático. En consecuencia, tanto a estas élites como a los que quieren progresar dentro del sistema,  les beneficiará más conservar, reforzar o crear relaciones sociales útiles que una buena formación académica. Por eso, las clases medias se han preocupado más de mantener a sus hijos separados de los de las clases menos favorecidas que de demandar, por ejemplo, un profesorado mejor preparado o un curriculum realmente formativo. Y por eso, el discurso falsamente progresista del pedagogo-LOGSE, profeta del buen rollo y de la educación emocional, pudo calar con relativa facilidad: al final no es tan importante lo que el niño haga en la escuela sino con quien lo haga, y no es tan importante lo que aprenda sino el título que consiga. Al mismo tiempo, la enseñanza ha sido tradicionalmente una de las pocas salidas laborales honrosas para las clases medias ilustradas —sobre todo en aquellas regiones poco industrializadas—, a las que ha interesado mantener ciertos blindajes corporativistas. Por eso, en el acceso a la función docente se ha primado más la capacidad de aguantar dentro del sistema que el propio mérito académico o profesional. Lo que casi nunca se dice es que  “aguantar”, ya sea dedicando tiempo a preparar unas oposiciones o con trabajos irregulares como interino, es un lujo que no todos se pueden permitir. Y por eso, no es tampoco raro que como colectivo los profesores hayan antepuesto sus intereses a los de los alumnos. Es el caso, por ejemplo, de la jornada intensiva, que indudablemente viene bien al profesor pero probablemente no a los niños. “La pública para mí, la concertada para mis hijos”, piensan muchos profesores. Con la LOGSE nunca se alcanzó una auténtica igualdad de oportunidades pero sí llenó las aulas de niños difíciles, lo que a la larga no solo ha resultado ser bastante caro, sino molesto para los  beneficiarios tradicionales del sistema educativo. “La educación pública ha dejado de contribuir a la sociedad“, dijo el ministro Wert en un alarde de cinismo y sinceridad. Por eso, ahora con la LOMCE se habla de dar la vuelta a la tortilla, cuando en realidad no se trata de acabar con el fracaso, sino de servirse de él para ahorrar y al mismo tiempo legitimar las desigualdades sociales. Ni las repeticiones, ni las expulsiones, ni los diferentes itinerarios, van a mejorar la calidad de la educación porque, ni son prácticas nuevas, ni han servido nunca para nada. Si acaso cambiará la retórica: ahora se hablará de excelencia como antes se hablaba de equidad, pero serán discursos vacíos en ambos casos. Porque si algo vuelve a dejar claro PISA es que las leyes educativas no influyen tanto como nuestra propia inercia como sociedad. Como reza la primera ley de Newton, todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que sea obligado a cambiar su estado por fuerzas impresas sobre él.

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Especial Primero de Mayo

El día internacional del trabajo, que se celebra el 1 de mayo, es festivo en España y en muchos otros países. Se estableció por acuerdo del Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional celebrado en París en 1889. Es una jornada de reivindicación de los derechos de los trabajadores y de homenaje a los trabajadores ejecutados en 1886 en la ciudad de Chicago por pedir la jornada de trabajo de 8 horas. ¿Será Bangladesh el nuevo Chicago? Esto es lo que ocurrió entonces:

Chicago en el siglo XIX

A finales del XIX se habían levantado en el extrarradio de Chicago barrios de infraviviendas en las que se hacinaban los obreros fabriles. Aunque muchos de estos trabajadores eran campesinos sin tierra llegados del centro del país, el Chicago de la época era, en cierto modo, una ciudad de “extranjeros” arrastrados por el sistema económico a la periferia de una ciudad industrial para sobrevivir. La gran mayoría de los proletarios, especialmente en ciudades como Chicago, eran de Alemania, Irlanda, Bohemia , Francia, Polonia y Rusia. Muchos eran campesinos analfabetos pero otros ya tenían conciencia política y habían participado en Europa en revueltas reivindicativas, en especial los venidos de Alemania.

En 1871 un gran incendio destruye la ciudad de Chicago. Mueren 300 personas y mas de 100.000 pierden sus casas. Este desastre aviva la tensión social y así en el primer invierno tras el incendio, miles de trabajadores sin hogar y hambrientos a causa del incendio, se manifiestan pidiendo ayuda. Muchos llevaban en pancartas el lema “Pan o sangre”. Recibieron sangre: la revuelta fue reprimida violentamente por la policía.

Durante los últimos años de la década de 1870, una organización denominada Noble Orden de los Caballeros del Trabajo (NOCT) cobró notable influencia en los barrios obreros de la ciudad. Los caballeros, entre cuyos dirigentes eran mayoría los militantes de la futura Federación Americana del Trabajo se ganaron el aprecio y el respeto de miles de personas debido sobre todo al apoyo que se prestaban entre ellos y a los asalariados que estaban en apuros o caían enfermos, a los que habían sido despedidos o a los que sufrían algún tipo de sanción por parte de los empresarios. En los debates que acostumbraban a suscitarse en los actos y reuniones que convocaba la NOCT, casi siempre destacaba un asunto: las largas jornadas laborales que cubrían los trabajadores en las fábricas de más de 10 horas y con frecuencias de 12 y hasta de 14 horas durante 6 días a la semana.

La huelga del Primero de Mayo

Tras años de penurias y abusos crecientes, en la primavera de 1886 los laboristas de Chicago celebraron varias reuniones, establecieron contacto con otros colectivos y convocaron una marcha para emplazar a los empresarios y a las autoridades a que a partir del 1 de mayo la jornada laboral se redujese a 8 horas diarias. Si no aceptaban, se pondrían en huelga indefinida. Finalmente, los anarquistas liderados por Albert Parsons, decidieron sumarse a las movilizaciones a lo que se habían negado en un principio por considerar que, si bien la limitación de la jornada ayudaría a aliviar las injusticias, para eliminarlas completamente la única solución era suprimir la propiedad privada y abolir el trabajo asalariado. Durante las jornadas previas al día 1, mientras la AFL trataba de convencer al mayor número posible de asalariados para que se sumaran a la huelga, los empresarios amenzaban con cerrar las fábricas anunciando en algunos casos que procederían a su deslocalización. Para sorpresa de todos -también de los convocantes- a la marcha por las 8 horas acudieron en torno a 75.000 personas, que pasearon por las principales calles de la ciudad anunciando la nueva jornada laboral. Y lo que es más importante, en torno al 30% de empresas aceptaron la propuesta e instauraron las 8 horas (aunque también es cierto que la reducción de jornada sólo se mantuvo una semana en la mayoría de las fábricas).

Los sucesos de McCormick

El día 3, el anarquista August Spies pronunció una arenga ante unos 5.000 huelguistas y propuso acudir en masa a la planta industrial McCormick, fabricante de maquinaria agrícola, cuyos trabajadores estaban en huelga desde hacía tres meses porque el propietario había decidido restarles parte del salario para financiar la construcción de una iglesia. Pese a la huelga, la producción de McCormick seguía a buen ritmo gracias a los pistoleros y los esquiroles contratados por la empresa. Los huelguistas, con la intención de paralizar la industria, se reunieron pacíficamente delante del portón de acceso a McCormick. Sin embargo, salieron los rompehuelgas contratados y se desató una batalla campal. Entonces, inesperadamente, compareció una compañía de la policía que nada más llegar y sin previo aviso, disparó contra las filas de los manifestantes, causando seis muertos y un número indeterminado de heridos.

Los sucesos de Haymarket

Apenas dos horas después, varios trabajadores militantes o simpatizantes anarquistas, editaron y repartieron por la ciudad miles de octavillas informando de la masacre y haciendo un llamamiento para acudir a las siete y media de la tarde del día siguiente a una concentración de protesta en el parque de Haymarket. El alcalde de Chicago asumió su cuota de responsabilidad por la actuación policial en los incidentes de McCormick y no sólo autorizó la concentración sino que también acudió a la cita para escuchar a los oradores.

Octavillas repartidas por un grupo de simpatizantes anaquistas convocando a una concentración en la Plaza de Hymarket. A la izquierdas, las primeras que se imprimieron y a la derecha, el mensaje corregido eliminando la referencia al enfrentamiento violento “Workingmen arm yourselves and appear in full force”. El mensaje fue redactado en inglés y en alemán (imágenes extraidas de la wikipedia: Haymarket_affair).

Octavillas repartidas por un grupo de simpatizantes anaquistas convocando a una concentración en la Plaza de Hymarket. A la izquierda, las primeras que se imprimieron y a la derecha, el mensaje corregido eliminando la referencia al enfrentamiento violento “Workingmen arm yourselves and appear in full force”. El mensaje fue redactado en inglés y en alemán (imágenes extraidas de la wikipedia: Haymarket_affair).

El acto terminó pasadas las nueve de la noche y sólo un cuarto de hora después de finalizar el último parlamento el inspector jefe de policía, John Bonfield, consideró que los asistentes tardaban demasiado en abandonar el parque y ordenó a los casi 200 efectivos que habían acudido, paradójicamente, para evitar desordenes, que cargaran contra los reunidos. En medio de la confusión, alguien lanzó una bomba contra la policía, causando la muerte a un oficial e hiriendo a media docena de agentes cuyos compañeros dispararon a su vez contra la muchedumbre. Nunca fue posible establecer el número exacto de muertos y heridos aunque se habló de ocho policías muertos, la mayoría por “fuego amigo”.

Las autoridades declararon el estado de sitio. En los días sucesivos se efectuaron decenas de registros y la policía dijo haber impedido una insurrección armada al descubrir y desmantelar varios arsenales con todo tipo de armas, desde revólveres hasta ametralladoras pasando por bombas e incluso torpedos submarinos.

Los mártires de Chicago

Tras los sucesos, los anarquistas fueron considerados los principales instigadores de la revolución probablemente porque constituían el colectivo obrero mejor organizado y porque en ocasiones había recurrido a la violencia, en forma de palizas a esquiroles y a empresarios considerados explotadores, para defender sus reivindicaciones.

Los ocho mártires de Chicago, de izquierda a derecha, de arriba abajo: Georg Engel, Samuel Fielden, Aldolf Fischer, Louis Linng, Oscar Neebe, Albert Parsons, Michael Schwab y Auguste Spies.

Los ocho mártires de Chicago, de izquierda a derecha, de arriba abajo: Georg Engel, Samuel Fielden, Aldolf Fischer, Louis Linng, Oscar Neebe, Albert Parsons, Michael Schwab y Auguste Spies. (Imagen extraída de gargantas-libertarias.blogspot.com)

El 21 de junio de ese mismo año, sin instrucción regular e incumpliendo numerosos preceptos procesales, 8 de los 31 anarquistas inicialmente acusados fueron juzgados por todos los delitos imaginables. Tres de los reos fueron condenados a largas penas de prisión y los otros cinco, a morir ahorcados.
Los ocho mártires de Chicago, como fueron bautizados y son históricamente conocidos, fueron:

  • Georg Engel  (50 años, alemán, tipógrafo), condenado a la horca.
  • Samuel Fielden (39 años, inglés, obrero del textil), cadena perpetua.
  • Adolf Fischer (30 años, alemán, periodista) condenado a la horca;
  • Louis Linng (22 años, alemán, carpintero), condenado a la horca. Se suicidó en su celda antes de ser ejecutada la sentencia.
  • Oscar Neebe  (36 años, estadounidense, agente comercial), condenado a quince años de trabajos forzados.
  • Albert Parsons (39 años, estadounidense, periodista), condenado a la horca.
  • Michael Schwab (33 años, alemán, tipógrafo), condenado a cadena perpetua.
  • Auguste Spies (31 años, alemán, periodista), condenado a la horca.

El juicio y las condenas provocaron un escándalo de alcance internacional, sobre todo en Alemania, pues cinco de los ocho condenados eran ciudadanos de este país. Siete años después de dictar sentencia, el juicio fue oficialmente declarado nulo y los tres encarcelados fueron liberados.

Lucy, la mujer de Alber Parsons, fue una famosa actvista feminista que trabajó hasta su muerte en defensa de los derechos de las mujeres y de los trabajadores. En 1920 el departamento de policía de Chicago la describió como “más peligrosa que mil insurrectos”. Lucy Parsons nació en Texas como esclava, hija de una mexicana negra y de un indio americano de la nación Creek. En 1870 conoció a Albert Parsons, un ex-soldado confederado con el que se casó ilegalmente debido a que la ley de la época prohibía los matrimonios interraciales. Por este motivo y por su compromiso a favor de los derechos de los negros sufrieron múltiples ataques y amenazas y decidieron trasladarse de Texas a Chicago. Allí los Parsons se volvieron figuras activas en organizaciones libertarias, primeramente involucrándose en el movimiento obrero pero también participando de formas de activismo revolucionario en favor de presos políticos, afrodescendientes, indigentes y mujeres. Ambos contribuyeron con una serie de periódicos con artículos y reseñas. Lucy escribió para el periódico The Socialist y The Alarm, el diario de la Asociación Internacional de los Trabajadores que el matrimonio junto con otros colaboradores fundaron en 1883.

El día del Trabajo

Tres años más tarde de estos hechos, el primer congreso de la Internacional Socialista, en París, decidió que todos los días 1 de mayo se conmemorara el Día de la Solidaridad Internacional – tal es la denominación original -, que más tarde pasó a denominarse Día Internacional de la Clase Trabajadora. Ya recientemente, la mayoría de los sindicatos de casi todos los países han asumido explícita o implícitamente la supuesta inconveniencia de apelar al internacionalismo y, además, en muchos casos han retirado el concepto clase y el título de la conmemoración más habitual es un simple Día de los Trabajadores (durante la dictadura franquista, en España la denominación oficial era Día del Trabajo). Sin embargo, en Norteamérica, incluido Canadá, el 1 de mayo se celebra el Día de la Ley.

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La curiosidad como fuerza vital

Acabo de terminar de leer “Dios, el diablo y la aventura“, un libro de Javier Reverte sobre las andanzas del jesuita español Pedro Páez, que a principios del siglo XVII se hizo cargo de la misión jesuita de Etiopía y logró la conversión al catolicismo del emperador Susinios y -por ende- de su pueblo. El Reino de Aksum, que abarcaba gran parte de la actual Etiopía, había adoptado oficialmente el cristianismo ya en el siglo IV. En los tiempos de Pedro Páez los etiopes eran ortodoxos, con un abuna, o arzobispo, nombrado por el patriarca copto de Alejandría. En la actualidad en el país hay mayoría de cristianos ortodoxos porque lo cierto es que la etapa católica duró muy poco: tras morir  Susinios, su hijo volvió rápidamente al redil copto. Dentro de las iglesias cristianas, la de Etiopía es la más cercana a la tradición judía, no en vano sus emperadores decían ser descendientes directos del Rey Salomón y la Reina de Saba. El último, Haile Selassie, es considerado además Mesías por los rastafaris.

La historia que cuenta el libro es apasionante, pero yo me he quedado fascinada sobre todo con la personalidad del protagonista, Pedro Páez. Este hombre, además de una inteligencia superior, tenía una curiosidad y unas ganas de aprender a prueba de bomba. Reverte escribe su historia basándose directamente en el libro “Historia de Etiopía” del propio Páez. Cuenta que en su primer intento de llegar a Etiopía desde Goa, él y su compañero, el también jesuita Antonio de Montserrat, fueron apresados por los turcos y posteriormente regalados como esclavos a un sultán árabe. Con él, descalzos y atados a la cola de un camello, atravesaron la región de Hadramaut y el desierto de Rub-al-Khali, que en árabe significa “habitación vacía”, en alusión a que es una extensión de arena absolutamente yerma y descomunal (es la mayor extensión de arena del mundo, de hecho). La zona es tan inhóspita que sólo tres siglos más tarde fue “descubierta” por exploradores europeos. Pues bien, Páez la atravesó en las circunstancias más penosas posibles y aún así tuvo presencia de ánimo para escribir sobre la naturaleza de la región y sus gentes, todo desde el punto de vista de un investigador. El siguiente destino de los jesuitas fue una prisión donde nuestro protagonista pasó los siguientes dos años encadenado a una pared de piedra (Montserrat se libró de las cadenas en consideración a su edad). Sobre esta etapa escribió: “Viendo que me daban tiempo mientras estábamos presos, procuré aprender la lengua árabe, y leer y escribir en ella, lo que nos aprovechó mucho después.” Por lo visto también aprendió hebreo y algo de chino. Lo increíble es que ¡sólo se le ocurrió destacar que le dio tiempo de aprender idiomas!

No dudo de que su fe le diera fuerzas para soportar todos estos padecimientos (al fin y al cabo era un sacerdote misionero) pero tengo la impresión de que lo que de verdad lo ayudó fue esa curiosidad y ganas de aprender que tenía. Por mi parte, no veo la vida como un valle de lágrimas pero desde luego creo que cultivar el cerebro -estudiar, pensar, aprender- es la mejor manera de sobrellevarla. Y es gratis. Y sólo depende de nosotros. La curiosidad es un gran incentivo para seguir adelante en los malos momentos (al menos es mejor que los power point con amaneceres y frases de Paulo Coelho, ¿no?).

Esto es lo que queda de la iglesia-palacio construida por Pedro Páez. La imagen es de Miquel Silvestre (extraída de su blog)

Esto es lo que queda de la iglesia-palacio construida por Pedro Páez. La imagen es de Miquel Silvestre (extraída de su blog)

Pedro Páez fue el primero en escribir sobre el café. Fue también el primer europeo que alcanzó a ver las fuentes del Nilo Azul (“confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver antiguamente el Rey Ciro y su hijo Cambises, el Gran Alejandro y el famoso Julio César”, escribió). Hizo los planos y dirigió la construcción de una iglesia-palacio, considerada por los etíopes como una de las maravillas del mundo -de estilo entre el clásico-renacentista y el barroco- , y además lo hizo con herramientas que él mismo construyó. Tradujo innumerables libros del amárico o gue’ez (el idioma litúrgico de la iglesia ortodoxa) a otras lenguas europeas y viceversa. Fue consejero del emperador y muchas cosas más.

Mientras esto ocurría, de España, -de Castilla-, se contaba(*) lo siguiente: “de los 11480 pobladores que había en Burgos en 1591, 8615 eran hidalgos, otros 1475 clérigos y 983 religiosos. Teniendo en cuenta que las gentes de la iglesia tenían también exención del trabajo y contaban con fueros propios -no podían, por ejemplo, ser juzgados en tribunales civiles o militares- los números están claros: sólo podían trabajar 407 personas de los 11480 habitantes de la ciudad y no sabemos cuántos de ellos eran mujeres, niños y ancianos. ”  ¿De aquellos barros, estos lodos?

(*) en el libro “Las comunidades de Castilla” de Antonio Maravall.

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