Archivo mensual: enero 2012

En la imposición está el gusto

El decreto 126/2007, del 24 de mayo, recoge los objetivos de la educación primaria en Canarias. Uno de estos objetivos es el siguiente:

Conocer, apreciar y respetar los aspectos culturales, históricos, geográficos, naturales, sociales y lingüísticos más relevantes de la Comunidad Autónoma de Canarias, así como de su entorno, valorando las posibilidades de acción para su conservación.

Y digo yo que conocer está bien y respetar también, pero… ¿apreciar? ¿Es legítimo fijar como objetivo que el alumno aprecie algo? Quizás esté buscando tres pies al gato, pero noto cierta prepotencia al exigir actitudes que deben ser manifestación exclusiva de la voluntad del individuo y no de una imposición externa. Una cosa es considerar que algo es digno de estima y otra bien distinta que haya que estimarlo por decreto. Por no hablar de la parte de “la Comunidad Autónoma de Canarias, así como de su entorno” (¿es que hay que apreciar la cultura de – digamos – Cabo Verde y Mauritania pero no la andaluza y la francesa?). En fin, que tire la primera piedra quien esté libre de localismos más o menos folclóricos. El caso es que, a veces con buena voluntad y a veces sin ella, la moderna pedagogía no solo pretende regular las acciones de educandos y educadores, sino también sus pensamientos. Hace unos días, la profesora de una de esas asignaturas de “rellenar papeles” (que suspendí), me decía que para aprobar tenía que gustarme la disciplina que ella impartía. Lo cierto es que suspendí porque lo hice fatal, no porque no me gustara, pero no dejan de sorprenderme las convicciones casi religiosas que tienen algunos sobre temas que caen fuera de su competencia. O peor, el que no se den cuenta de que hay temas que no son de su competencia.

Paisaje, obra de Banksy (extraída de igargoyle.com)

Obviamente, es inevitable que la escuela acabe por moldear cierta visión del mundo: la escuela influye – en cierto modo condiciona – y no puede ser de otra manera dada su naturaleza. El papel adoctrinador de la institución escolar es conocido y tan viejo como el mundo. Sin embargo, creo que las pretensiones de cientificidad de las actuales corrientes pedagógicas las están haciendo derivar hacia posiciones autoritarias precisamente porque tratan de ocultar la ineludible dimensión ideológica de la educación. Quiero decir, que la inevitable presencia de lo ideológico en los discursos pedagógicos no tiene por qué ir en su contra sino que, paradójicamente, es la negación de esa presencia lo que vuelve ilegítimas y peligrosas las teorizaciones. La pedagogía no es una ciencia, como tampoco lo son la filosofía y el derecho, por mucho que así lo piensen muchos pedagogos movidos, creo, por un lamentable complejo de inferioridad. Tratar de aplicar el método científico en cualquier ámbito, y a toda costa, no trae nada bueno como desgraciadamente sabemos los que sufrimos los nada predecibles vaivenes del “mercado” y como saben en otras latitudes – o longitudes – aquellos que han padecido los caprichos del materialismo dialéctico.

Pero bueno, bien pensado, creo que mi profesora se equivocaba radicalmente: mi problema no es que no me gusten las cosas de la pedagogía sino que me las tomo demasiado en serio. Al fin y al cabo, hay asuntos que ni siquiera tienen la entidad suficiente como para que valga la pena divagar sobre ellos. Debería haber hecho como todo el mundo y haber memorizado los ítems que tuvo a bien de escribir en los powerpoints que puso a nuestra disposición. Ay.

Entradas relacionadas:

Anuncios

Educar hoy

¿Cómo se puede decir a los niños que la honradez y la justicia son valores a los que aspirar, que tienen que ser honestos en el colegio y en la vida, que con esfuerzo podrán tener una vida mejor, que tienen que ser generosos y solidarios y que son más importantes los derechos humanos que el dinero, sin que a una le dé un ataque de risa (o llanto)?

Entradas relacionadas:

La decadencia del planeta Plutón

En 2006 la Unión Astronómica Internacional decidió en asamblea eliminar a Plutón de la lista de planetas del sistema solar. ¿Qué ocurrió? ¿Por qué Plutón perdió su condición de planeta? Esta es la verdadera crónica de la gloria y posterior decadencia del planeta Plutón.

A principios del siglo XX solo se conocían ocho planetas en el sistema solar: Mercurio, Venus, La Tierra, Marte, Júpiter, Urano y Neptuno. El último en ser descubierto hasta entonces, Neptuno, lo fue gracias a los cálculos de dos matemáticos que supusieron que debía haber otro planeta más exterior a Urano que perturbaba su movimiento. Si pensaron esto fue porque cada vez que observaban Urano con sus telescopios, no lo encontraban exactamente en el lugar donde se suponía que tenía que estar de acuerdo a sus cálculos. Y tenían razón: se desviaba de la órbita prevista porque había otro planeta, al que llamaron Neptuno, que lo atraía ligeramente hacia sí. Pues bien, cuando los astrónomos comenzaron a observar Neptuno, se dieron cuenta de que tampoco les cuadraban las cuentas así que de nuevo pensaron que había otro planeta más allá. Y muchos se pusieron a buscar ese misterioso planeta X.

Uno de los que lo buscó con más empeño fue Percival Lowell, un adinerado bostoniano aficionado a la astronomía (y también matemático), que fundó su propio observatorio en Flagstaff, Arizona. Curiosamente, en Estados Unidos no es raro que los millonarios financien instalaciones astronómicas. Los telescopios Keck, unos de los más grandes del mundo, fueron patrocinados por un magnate del aceite; la fundación del empresario de rodamientos y presidente de General Motors, Alfred P. Sloan, financia un fructífero programa de sondeo del cielo y el que fuera vicepresidente de google ha creado una red mundial de telescopios que ha bautizado como Las Cumbres. En España los millonarios invierten en fútbol o en Suiza. Bueno, pues decíamos que Percival Lowell tenía su propio observatorio pero profesionalmente había caído en desgracia por defender la teoría de que en Marte había canales construidos por seres inteligentes para llevar el agua desde los casquetes polares hasta las regiones desérticas marcianas. Lowell creyó ver canales pero en realidad eran manchas sobre la superficie del planeta distorsionadas por los instrumentos de observación. El caso es que después de este fiasco, el hombre pasó los últimos años de su vida tratando de encontrar el planeta X, aquel que supuestamente perturbaba la órbita de Neptuno. Por desgracia murió en 1916 sin encontrar nada. Pero como el tema de los marcianos había manchado la reputación del observatorio, los responsables de Flagstaff contrataron a un joven astrónomo (sin título) para que siguiera trabajando en el asunto del planeta y así tratar de resarcirse con un descubrimiento importante. El joven, llamado Clyde Tombaugh, tuvo más suerte que Lowell y descubrió el ansiado planeta X. Lo que pasa que no se trataba de un gigante gaseoso, ni mucho menos, sino más bien de algo parecido a una roca helada. Además, el hallazgo fue una casualidad porque más tarde se confirmó que no había nada raro en la órbita de Neptuno: simplemente se habían equivocado en los cálculos. Con todo, la noticia fue un bombazo y la opinión pública acogió entusiasmada al nuevo planeta que además fue el primero descubierto en Estados Unidos, país que en 1930 – fecha del descubrimiento – pugnaba por ser la nueva potencia mundial. El planeta se bautizó como Plutón,  dios de inframundo, quizás como homenaje a Percival Lowell, cuyas iniciales coinciden con las primeras letras del nombre del nuevo planeta. Plutón fue un planeta mediático y hasta el perro Pluto de Disney se llamó así por él.

Dibujo de Plutón comparado con la Tierra y la Luna (imagen extraída de http://www.boskowan.com/blanensko/)

Enseguida se vio que Plutón no era un planeta como los otros. No solo es minúsculo (como se ve en la figura) sino que tampoco orbita en el mismo plano que los demás planetas. Su órbita es tan irregular que pasa largos períodos más cerca de la Tierra que Neptuno, tanto es así, que en la mayor parte de la década de los ochenta y los noventa Neptuno fue de hecho el planeta más remoto del sistema solar. Por si fuera poco, en la década pasada comenzaron a descubrirse objetos similares a Plutón en el sistema solar exterior:  en 2002 fue descubierto 50000 Quaoar, un objeto transneptuniano algo mayor que medio Plutón. En 2004, a una distancia mucho mayor del Sol, fue detectado 90377 Sedna y en 2005 se anunció el descubrimiento de Eris, cuyo diámetro es superior al de Plutón. Se cree que tanto Plutón como los cuerpos similares a él son en realidad los objetos de mayor tamaño que se han localizado hasta ahora en una región de desechos galácticos denominada cinturón de Kuiper. El cinturón de Kuiper es el origen de los llamados cometas de período corto, por ejemplo, del cometa Halley.

Representación del cinturón de Kuiper con las órbitas de Plutón y otros planetas (imagen extraída de http://www.cnes.fr)

Así las cosas, los astrónomos de la Unión Astronómica Internacional (UAI) trataron en conferencia si Plutón debía seguir llamándose planeta. Y decidieron que, puesto que no se ajustaba a la definición oficial de planeta, debía ser considerado como planeta enano. A partir de ese momento, todos los niños del mundo deberían memorizar un nombre menos al estudiar los planetas del sistema solar. La nueva clasificación de los planetas y los cuerpos del sistema solar acordada por la IAU se recoge en la wikipedia. Es ésta:

Un planeta es un cuerpo celeste que (a) está en órbita alrededor del Sol, (b) tiene suficiente masa para que su propia gravedad supere las fuerzas de cuerpo rígido de manera que adquiera un equilibrio hidrostático (forma prácticamente redonda), (c) ha limpiado la vecindad de su órbita.

Un planeta enano es un cuerpo celeste que (a) está en órbita alrededor del Sol, (b) tiene suficiente masa para que su propia gravedad supere las fuerzas de cuerpo rígido de manera que adquiera un equilibrio hidrostático (forma casi redonda), (c) no ha limpiado la vecindad de su órbita y (d) no es un satélite.

Todos los otros objetos que orbitan al Sol se deben denominar colectivamente “Cuerpos Pequeños del Sistema Solar”.

Entradas relacionadas:

¿Hay necesidad?

Buscando información para un trabajo, me he encontrado con lo de abajo, que pertenece al borrador de un Proyecto Educativo de Centro (PEC), en este caso, de un Instituto de Secundaria. El PEC, según copio de unos apuntes, “es el documento que da unidad de criterios a la actuación de la organización escolar y define las finalidades de la Comunidad Educativa en cuanto al tipo de persona que queremos formar (valores, principios de identidad, pautas de conducta, etc.)”.

1. Formato físico del cuaderno:
1.1. Cuaderno de anillas o grapas en primero y segundo de ESO.
1.2. Cuaderno en forma de cartapacio a partir de tercero de ESO bajo criterio de cada profesor y/o departamento.
1.3. Uso de hojas cuadriculadas.

2. Instrumentos de trabajo:
2.1. Bolígrafo azul y/o negro y lápiz.
2.2. Uso de corrector de forma moderada (una o dos palabras).
2.3. Correcciones mediante tachones de forma moderada para frases o párrafos.

Me pregunto si se podrá usar bolígrafo BIC. Y en caso afirmativo, ¿deberá ser BIC naranja, que escribe fino, o BIC cristal, que escribe normal? No se sabrá hasta que las comisiones correspondientes no lo hayan debatido y consensuado, todo concretado en el contexto donde nos movemos, claro.

Entradas relacionadas:

Diversión atómica

El otro día, trasteando en Internet, di con este curioso juguete: “El laboratorio de energía atómica”. Es uno de esos juegos educativos que reúnen materiales e instrumentos para que los niños realicen sencillas experiencias de laboratorio, como el mítico Quimicefa, solo que en este caso  la idea es experimentar… ¡con materiales radiactivos! Nada más y nada menos. Estuvo a la venta en Estados Unidos entre 1951 y 1952 al precio de 50 dólares. La verdad es que el estuche es precioso pero da un poco de miedo meterlo en casa. ¿Sería realmente seguro? Y, lo que es más importante, ¿sería realmente divertido?

El contenido de la caja es asombroso: cuatro tipos de mineral de uranio, una muestra de Plomo-210, una de Rutenio-106, otra de Zinc-65 y una última de  Polonio-210: isótopos del Plomo, Rutenio, Zinc y Polonio, respectivamente, es decir, estos mismos elementos pero con diferente número de neutrones en sus núcleos. Además, el juguete incluye un espintaroscopio, una cámara de niebla, un contador Geiger, un manual, un libro de historietas y un informe del gobierno sobre la prospección de uranio.

El 'laboratorio de energía atómica' (imagen extraída de http://www.orau.org)

Lo que tienen en común los elementos del juego es que todos son radiactivos. La radiactividad es la desintegración del núcleo, el minúsculo centro del átomo donde se concentra casi toda su masa y energía. Esta desintegración se produce de forma súbita y aleatoria y libera muchísima energía. Los pequeños fragmentos que salen despedidos en la desintegración conforman lo que conocemos como radiación. Es como si el núcleo atómico explotara y la radiación fuera la metralla que sale despedida. Cuando estos pequeñísimos fragmentos chocan con otros materiales, pueden arrancarles electrones a sus átomos – es decir, ionizarlos – produciendo curiosos efectos como impresiones en placas fotográficas o fluorescencias; además pueden atravesar cuerpos opacos a la luz ordinaria. Las radiaciones también pueden penetrar en nuestro cuerpo y destruir células. Pueden ser de tres tipos: las partículas alfa compuestas por dos neutrones y dos protones (o sea, núcleos de helio) que son poco penetrantes, aunque muy ionizantes y muy energéticas; los rayos beta, que son flujos de electrones con un poder de ionización no tan elevado como el de las partículas alfa pero más penetrantes que éstas; y la radiación gamma, que es en realidad radiación electromagnética (o sea, un tipo de luz), con un increíble poder de penetración  por lo que se necesitan capas muy gruesas de plomo u hormigón para detenerlas.

El núcleo de un átomo solo puede desintegrarse una vez, y después desaparece, así que todos los materiales radiactivos dejarán de serlo algún día. El tiempo que tarda su radiactividad en llegar a la mitad de su nivel original es la llamada  semivida. En realidad, la radiactividad es un fenómeno con el que podemos convivir tan campantes, todo depende de la dosis y de la semivida del isótopo en cuestión. Por ejemplo, en el cuerpo humano tenemos una fuente de radiactividad que es el Carbono-14, que obtenemos de los alimentos que ingerimos, y que tiene una semivida de miles de años. Cada desintegración de un átomo de este isótopo emite un rayo beta que daña las células circundantes. Cuando morimos y dejamos de ingerir alimentos, el Carbono-14 se desintegra sin que nada lo sustituya así que cuanto más tiempo pase, menos de este isótopo habrá. Midiendo la cantidad de Carbono-14 de un resto arqueológico podemos determinar su antigüedad: ésta es la famosa prueba del Carbono-14.

Volviendo al juego, hay otra una fuente de rayos beta, el Rutenio-106, cuya semivida es de solo 373 días, mucho menor que la del Carbono-14, lo cual no es muy tranquilizador para los niños porque al desintegrarse rápido puede emitir una dosis elevada de radiación en poco tiempo. El kit también contiene una fuente de rayos gamma, el Zinc 65, con una semivida de 244 días, y una de partículas alfa, el Polonio-210. Este último isótopo se ha hecho famoso porque con él se envenenó al ex-agente secreto ruso Alexander Litvinenko. La semivida del Polonio-210 es de solo 100 días, característica que lo convierte en el veneno ideal: es tiempo suficiente para que después de adquirido siga siendo potente a la hora de administrarlo, pero no tanto como para no llegar a ver sus efectos. Vamos, que en este caso sí podríamos decir aquello de “juegos de Polonio… juegos de villanos”.

Entradas relacionadas:

Bailar con la más pública

Ayer los alumnos de tercero tuvimos una reunión para que se nos asignara una escuela en donde realizar las prácticas de la carrera. Había una lista de centros entre los que teníamos que ir eligiendo por orden, de mejor a peor expediente académico. La alumna con mejores notas escogía primero y así. Pues bien, las primeras elecciones correspondieron a colegios privados o concertados: nadie parecía querer los públicos. Como mi expediente es prácticamente el peor de la clase, cuando me tocó elegir ya sólo quedaban un par de centros públicos y nada más. Era lo que quería, de cualquier modo. Pero me ha llamado la atención que los futuros maestros también renieguen del sistema público. O que piensen que el sistema público reniega de ellos – oposición mediante – y  quieran hacer “amigos” en las privadas  y concertadas con vistas a futuras contrataciones. Es comprensible, supongo, pero no he podido evitar sentir un cierto desasosiego. Estoy contenta con el colegio que me ha tocado, en cualquier caso.

Entradas relacionadas:

Lugares comunes

Esta entrada del maravilloso blogProfesor en la secundaria” me hizo recordar algo que había leído en un libro del que ya he escrito aquí, “Superficiales“, de Nicholas Carr. Recuerda el autor que antiguamente existía la costumbre de llevar ‘libros de lugares comunes’ que consistían en cuadernos donde los lectores iban copiando los pasajes que les llamaban la atención de los libros que leían, añadiendo a su vez comentarios propios. La idea era conservar ideas y datos considerados enriquecedores para futura referencia e imagino que también para reflexionar sobre ellos.

La costumbre parece que se remonta a Aristóteles. En la retórica clásica los argumentos se obtenían de diversas fuentes de información o tópicos, considerados como categorías que ayudaban a ordenar los pensamientos y hacer argumentaciones. Son tópicos todas las ideas propias o heredadas de la cultura en general, susceptibles de ser utilizadas en el discurso, tales como leyes, comparaciones, definiciones, relaciones de causa efecto y, en la actualidad, conocimientos científicos y datos estadísticos. Aristóteles en su Retórica incluyó consejos para que los estudiantes pudieran contar con un buen conjunto de tópicos que les sirvieran en sus discursos. Más tarde, el mismo  Erasmo recomendaba a cada lector tener un cuaderno de citas memorables. Estos cuadernos de  ‘lugares comunes’ se convirtieron en imprescindibles en las escuelas del Renacimiento. Todo estudiante llevaba uno. La idea se generalizó entre cierto tipo de lector ilustrado. Francis Bacon, John Milton , John Locke, Thomas Jefferson y Walt Whitman llevaban cuadernos de lugares comunes.

Cuaderno de lugares comunes de Walt Whitman (imagen extraída de notasparalectorescuriosos.blogspot.com)

Es una idea que me encanta y que curiosamente vuelve a tener vigencia con Internet. Cuando guardamos un texto que nos inspira en un bookmark o escribimos comentarios a una entrada de un blog que nos gusta, estamos haciendo algo parecido a un cuaderno de lugares comunes. He pensado que puede ser un actividad bonita para niños de Primaria. Quizás compleja pero creo que viable y hasta entretenida para algunos. En este caso, podría ser un cuadernillo de papel, para poder llevarlo a todos lados, en donde anotar no sólo cosas que leen sino frases que escuchan, pintadas en muros y hasta frases o diálogos de dibujos animados o películas que de un modo u otro les hayan llamado la atención. Si pudieran escribir alguna reflexión que les susciten los textos, mejor que mejor. Los pensamientos ajenos estimulan los propios.

Aunque se podría decir que muchas entradas del blog recogen citas o fragmentos de libros que he leído,  he decidido hacerlo más sistemáticamente abriendo un cuaderno de lugares comunes digital en esta misma bitácora (aquí). Espero que sea interesante.

Entradas relacionadas: