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La biblioteca universal

En Borges verbal, Jorge Luis Borges narra la siguiente anécdota:

Nuestra Biblioteca Nacional [de la Argentina] tiene 900.000 volúmenes. La biblioteca de Lussok, una pequeña ciudad de Texas al borde del desierto, tiene dos millones. Encontré allí libros de literatura anglosajona que no había hallado en ninguna parte. Me los regalaron. Luego me dijeron que había una sección argentina y que pidiera algunos libros. Entonces yo pedí algunos títulos fáciles (“El Facundo”, “Don Segundo Sombra”). Y me dijeron: «No, pida algo más difícil». Bueno, dije, voy a hacer la prueba. A ver, “El imperio Jesuítico”, de Lugones, del que no tenemos ejemplar en la Biblioteca Nacional. Entonces viene la bibliotecaria, una muchacha alta, rubia, texana, y dice: «Quiere la primera o la segunda edición». Tenían las dos. Quiere decir que una persona sin salir de su pueblo (que es digamos como Los Toldos) [en la provincia argentina de La Pampa] puede estudiar cualquier cosa. Tiene todas las posibilidades. Pero, en medio de todo eso, hay un sistema educativo absurdo que lo desperdicia.

¿Qué hubiera dicho de haber conocido Internet? Probablemente algo parecido.

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El mecanismo del botijo

Siempre que escucho la expresión “es más simple que el mecanismo del botijo” pienso que el pobre botijo no merece esa consideración de paradigma de lo sencillo. El mecanismo del botijo es simple, sí, pero sobre todo es muy ingenioso.

Empecemos hablando del sudor. El sudor es básicamente agua segregada por unas glándulas, llamadas sudoríparas, que tienen los mamíferos en la piel. Como el agua necesita energía para pasar de estado líquido a gaseoso, o sea, para evaporarse, cuando el sudor de nuestra piel se evapora, extrae energía del cuerpo, en forma de calor, y nos refrescamos.  Gracias a este proceso de transpiración, conseguimos regular la temperatura corporal cuando hace calor o cuando realizamos alguna actividad física intensa. El único  mamífero que no tiene apenas glándulas sudoríparas es el cerdo y por esa razón necesita remojar su piel para refrescarse, recurriendo a los baños de barro cuando no le queda más remedio. Este hábito le ha dado al pobre guarro, puerco, cochino o gorrino fama de sucio.

Botijos

Un par de botijos (imagen extraída de la tienda virtual de la Alfarería La Fábrica, de Pereruela, Zamora)

Y volvamos ahora a los botijos. Los botijos están hechos de barro poroso por lo que parte del agua que contienen se filtra a través de sus paredes. Y entonces ocurre lo mismo que con el sudor: al evaporarse, el agua extrae calor lo que hace que el contenido del botijo se refresque. En definitiva, el botijo es una máquina frigorífica porque consigue extraer el calor de un foco más o menos frio (el agua) para cederlo a otro más caliente (el aire de un día de verano, por ejemplo). El sentido común – y la primera ley de la termodinámica – nos dice que este proceso es imposible a menos que haya un aporte adicional de energía. En el caso del botijo, esta energía la aporta el sol que evapora el agua de sus paredes.

En resumen, si queremos enfriar algo tenemos dos soluciones: ponerlo en contacto con algo más frio, por ejemplo de un bloque de hielo o nieve como se hacía en las neveras antiguas – de ahí el término ‘nevera’ -,  o aportar trabajo para hacer que el calor pase de un cuerpo a otro que está más caliente, que es lo que ocurre en el botijo o en las neveras modernas. Los modernos frigoríficos tienen un circuito cerrado por el que circula un líquido que se ve comprimiendo y expandiendo, evaporando y condensando, de tal manera que se va extrayendo calor del interior de la nevera. Para que esto ocurra, lógicamente, hace falta energía y por eso hay que enchufar las neveras a la corriente. ¿Y no se podría fabricar un frigorífico que funcionase con la energía del Sol, como los botijos?

Refrigerador construido usando dos vasijas y arena húmeda (imagen extraída de http://www.shtfmovement.com).

Al nigeriano Mohammed Bah Abba se le ocurrió la idea de meter una vasija de barro dentro de otra mayor y rellenar de arena el espacio entre ambas. La arena se moja y se procura que esté siempre húmeda de tal manera que el agua que se filtra a través de la pared de la vasija grande se evapora y enfría el interior de la vasija pequeña, al igual que ocurría en el botijo. El ingenio permite tener los alimentos refrigerados – y por tanto conservarlos mucho más tiempo – también en los lugares sin acceso a la electricidad.

Moraleja, no subestimemos el mecanismo del botijo.

Nota: yo al botijo siempre lo he llamado porrón pero por los visto un porrón es otra cosa.

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Sándwiches de excelencia

A falta de encontrar algo de tiempo para retomar la actividad normal del blog, no me resisto a comentar una noticia con la que me he topado hoy ojeando la prensa local. Incluye el periódico un pequeño reportaje sobre las dos alumnas que han sacado las mejores notas de bachillerato y PAU en la provincia. Las chicas cuentan lo que quieren estudiar, hablan de sus aficiones, sus inquietudes… lo típico. El detalle que me ha parecido  conmovedor a la par que trágico (y que por algún motivo sólo se recoge en la edición impresa del diario) es que la Universidad de La Laguna (ULL) ha prometido regalar a las muchachas, en caso que se matriculen en esa prestigiosa institución, nada más y nada menos que ¡una sandwichera! No ha trascendido ni la marca ni el modelo del electrodoméstico.

Parece ser que desde hace unos años la ULL venía regalando ordenadores a los alumnos más brillantes y que este curso la tradición se ha roto a causa de la crisis económica. Es un orgullo ver como la falta de medios no ha impedido a los responsables de la institución seguir obrando con brillantez y, sobre todo,  con sentido práctico. ¿Estaremos ante un nuevo paradigma pedagógico basado en las TAC (Tecnologías de la Alimentación y el Calentamiento)?   Hoy debemos decir alto y claro que los pequeños electrodomésticos han traído incalculables beneficios a generaciones de estudiantes y sin embargo  hasta ahora habían sido los grandes olvidados del sistema educativo. Quiero dar fe con un testimonio personal: mi vida académica hubiera sido infinitamente más penosa si esta  obra de arte industrial no hubiera entrado en mi cocina hace ya muchos años.

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Viejas tecnologías (IV)

Las cartas que copio a continuación se recogen en el libro ¡Ojalá lo supiera!, una recopilación de correspondencia mantenida por el premio Nobel de Física, Richard Feynman, y seleccionada por su hija Michelle. Además de por ser un grandísimo físico y una persona muy singular, Feynman es conocido por su contribución a la enseñanza de las ciencias. Se dice que estaba particularmente orgulloso de la Medalla Oersted a la Enseñanza que ganó en 1972. Entre otras curiosidades, en el libro se puede leer el análisis que hizo de una serie de libros de texto para enseñanza primaria a petición de la Junta de Educación del Estado de California. Las cartas que copio aquí me han hecho gracia, en primer lugar, por el entusiasmo de Feynman, y en segundo lugar, por lo primitivo que nos parece ahora el teléfono.

Carta enviada por un profesor de Física a Richard Feynman en 1966:

Estimado doctor Feynman:
Soy profesor de física en Northwestern Wisconsin, y doy cuatro clases de Física PSSC al día. Debido a nuestra situación geográfica, es extraordinariamente difícil para mis alumnos poder hablar o visitar fácilmente a científicos y personas que investigan.
He pensado que, con su cooperación, sería posible que tuvieran una experiencia que, estoy seguro, recordarán durante mucho tiempo. Me preguntaba si usted consideraría alguna vez en el futuro dar una charla a mis alumnos mediante una conexión telefónica a larga distancia a una hora convenida. Me daría una gran alegría si esa llamada encajara en su agenda y yo pudiera reunir a todos mis alumnos en nuestro auditorio de modo que pudieran escucharle y posiblemente hacerle algunas preguntas. Yo podría hacer todos los arreglos a través de nuestra compañía telefónica local. He pensado que, si usted quisiera, podría hablar a los estudiantes durante 20 o 25 minutos y darles luego la oportunidad de hacerle algunas preguntas. El tiempo total empleado sería de 35 a 40 minutos.
Esto es un experimento total por nuestra parte, pero pienso que sería muy estimulante para mis 130 alumnos de física, que representan la mitad de nuestra clase junior.
Si usted cree que podría robar tiempo a su apretada agenda para un experimento como éste, tendría mucho gusto en comunicarme con usted con más detalle cuando más le convenga. Agradeciendo su amable consideración, quedo atentamente,
Thomas J. Ritzinger

Y esta fue a contestación de Feynman:

Estimado señor Ritzinger:
¡Qué maravillosa idea! Suena terriblemente cara, pero si usted lo dice estoy de acuerdo.
En cualquier caso, intentemos esa gran llamada telefónica. Creo que funcionaría mejor si yo no hago otra cosa que responder a preguntas durante los 35 o 40 minutos. Probablemente me volveré loco tratando de explicar las cosas sin una pizarra. Pero suena divertido y me gustaría intentarlo.
Miércoles y jueves por la tarde y martes por la mañana son malos para mí. Otros momentos están bien, excepto 2 de abril y 22-27 de abril, en que voy a ir a Nueva York.
¡Una idea grande y original que nunca he oído antes! (¿cuánto cuesta?).
Afectuosamente,
Richard P. Feynman

El 25 de abril de 1966, Tom Ritzinger escribió para darles las gracias a Feynman. Decía que “los más jóvenes estaban muy emocionados y los comentarios tras nuestra conversación me demuestran que sacaron mucho provecho de sus respuestas y comentarios”.

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Viejas tecnologías (III)

Conversación entre el consejero de educación de Canarias y un niño, grabada a micrófono abierto (imagen extraída de archipielagomachango.com).

El otro día fuimos con los niños de Primero a la sala de ordenadores para que practicaran las sumas con un programa didáctico preparado al efecto. Se dedicaron a apretar botones a lo tonto. Curiosamente, ninguno construyó el concepto de suma ni el algoritmo de la adición.

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Viejas tecnologías (II)

(Extraído de docente2punto0.blogspot.com)

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Viejas tecnologías (I)

Al final el libro resultó ser una tecnología con bastantes prestaciones:

  • Para acceder a la información sólo hay que abrirlo.
  • Puede almacenar cientos de páginas de texto.
  • Se puede avanzar y retroceder en el texto con un simple movimiento de muñeca.
  • La información queda almacenada todo el tiempo que uno quiera.