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La campana perdida de Gauss

Un maestro manda un ejercicio a sus pequeños alumnos de siete años con la idea de mantenerlos ocupados mientras él se dedica a otra tarea. Se trata de calcular la suma de todos los números del 1 al 100: 1+2+3+4+… y así sucesivamente hasta 100. La clase queda en silencio cuando los niños se ponen manos a la obra, pero no pasa ni un minuto y ya hay uno que parece estar en babia. ¿Por qué no trabajas?, le pregunta el maestro. Es que ya he terminado – dice el crío -, la suma de todos los números del 1 al 100 es 5050. Los hechos ocurrieron a finales del siglo XVIII y el niño de la historia es Carl Friedich Gauss.

El pequeño Gauss, antes de comenzar a sumar mecánicamente como habían hecho sus compañeros, se paró a reflexionar sobre el problema. En seguida se dio cuenta de una curiosa propiedad: la suma del primer y último término de la serie (1+100=101) era igual a la suma del segundo y el penúltimo (2+99=101) y así sucesivamente:

1 , 2 , 3 , 4 . . . . . . . . . 97 , 98 , 99 , 100

1+100 = 2+99 = 3+98 = 4+97 = … = 101

Para tener el resutado final, se necesita repetir esta suma 50 veces, porque el último par a sumar es el 50+51. Es decir, el resultados será 50 veces 101, o 5050.

El maestro entendió que tenía un alumno especialmente dotado para las matemáticas y no dudó en hablar con sus padres para que le permitieran recibir clases complementarias de esta materia después de las clases ordinarias. Su talento también llegó a oídos del duque de Brunswick, quien pagó los estudios posteriores del joven Gauss, que de otro modo no podría haber continuado en la escuela porque su famila carecía de medios. De haber vivido hoy, Gauss no hubiera necesitado la ayuda de ningún duque para seguir estudiando. Sin embargo, quizás en la escuela, coloreando fichas, nadie hubiera descubierto su talento.

A Gauss se le conoce como Príncipe de las matemáticas, porque sus trabajos en este campo fueron muy numerosos e increíblemente brillantes. Una de sus contribuciones es la curva de distribución normal, también llamada gaussiana o campana de Gauss. La gaussiana representa la distribución de numerosos fenómenos aleatorios, humanos o naturales. Por ejemplo, la estatura, el coeficiente intelectual, los errores en las medidas de un experimento, el tamaño de los tornillos fabricados con una máquina o el peso de los paquetes de harina envasados en un molino, siguen una distribución normal.

Curva de distribución normal en torno a la media de desviación. (Figura extraída de la wikipedia).

Curva de distribución normal en torno a la media, μ, de desviación σ. (Figura extraída de la wikipedia).

La distribución normal tiene algunas propiedades interesantes. Si a cada uno de los valores de una distribución, le restamos el valor medio, elevamos al cuadrado cada una de estas diferencias, calculamos su suma y dividimos el resultado entre el número de valores, obtenemos una cantidad llamada ‘varianza’. La raíz cuadrada de la varianza es la desviación típica, o desviación estándar, un valor que da cuenta de la dispersión de los datos respecto a la media y que se suele denotar con la letra griega sigma (σ). Pues bien, en una distribución normal, el 68.2% de los valores se encuentran a una desviación estándar de la media (es la región pintada de azul oscuro en la figura). Es complicado dar definiciones precisas de conceptos tan complejos como la inteligencia o la capacidad de aprendizaje pero, a grandes rasgos, podemos decir que un 68.2% de los estudiantes tienen capacidades promedio dentro de una sigma. La educación escolar está diseñada fundamentalmente para atender a esta mayoría. Sin embargo, hay un 31.8% de escolares fuera de esta “normalidad”. Si en el año 2012 había unos 290.000 niños escolarizados en Canarias en los niveles de infantil y primaria, podemos decir que aproximadamente 92.000 niños se alejaban de la media en más de una desviación estándar. De ellos, más de 12.000 se encontraban entre dos y tres  desviaciones estándar. Incluso en los casos extremos, en las alas de la campana de Gauss, hay una población lo suficientemente importante como para que su presencia no pase desapercibida en las escuelas. Así, en Canarias en el año 2012 tuvo que haber unos 290 escolares cuyas capacidades eran más de tres desviaciones estándar menores que la media y otros tantos con capacidades más de tres sigmas mayores que la media. Este último quizás era el caso de Gauss. ¿Donde están todos estos niños?

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¿Qué hacemos con los niños?

Mi amiga K. me manda un texto que no puede dejar indiferente a nadie. ¿Qué estamos haciendo con los niños?


Hace algún tiempo que me vienen preocupando diversas cuestiones relacionadas con lo que hoy en día llamamos educación, y se me ocurre que este blog puede ser un buen lugar para comentar mis dudas, recibir consejos, intercambiar angustias e indignaciones y quizás – al menos esa es mi secreta esperanza- contactar con algunas personas que estén interesadas en “hacer algo”. Mis preocupaciones van en la línea: Hiperactividad, Autismo, críos medicados… ¿qué diablos estamos haciéndoles a los niños?

Quiero empezar resumiendo mi experiencia como madre. Desde hace poco más de cuatro años soy la mamá de un niño muy inteligente; un crío, al que hoy en día, dados como somos a poner etiquetas, se clasificaría como “superdotado” o “de altas capacidades”. Como la gran mayoría de estos críos, fue un bebé “complicado”, entendiéndose por complicado enormemente exigente: dormía poquísimo, requería constante atención, muchísimo contacto físico así como incesante estimulación. ¡Pero, ojo!, que con estimulación no me refiero ni mucho menos a toda esa serie de paquetes de “estimulación precoz” y chorradas varias que saturan actualmente los mercados … A mi hijo, lo que lo hacía feliz, era simplemente que le hiciéramos caso: que lo cogiéramos en brazos, le sonriéramos, jugáramos con él y, sobre todo, que constantemente le contáramos y explicásemos; y daba completamente igual el qué, porque evidentemente, con sus pocos días de vida, todo para él era nuevo y excitante:

– “Ahora cielito, vamos a prepararte el baño; como tú eres chiquitín, no te bañas aquí, en esta bañera tan grandota, como papá y mamá, sino que tienes una bañerita especial, chiquita como tú … mira, y ahora la llenamos de agua ¿ves? Y la temperatura debe ser de unos 37 grados … mira, esto es un termómetro, que es un aparatito que se usa para medir la temperatura”.- Y el nené, con un par de semanas, escuchaba atentamente con los ojitos de par en par, mientras daba manotazos y pataditas de entusiamo.

– “Ahora te vamos a preparar la comidita, ¿vale rey?; un potajito, muy rico … y ¿qué necesitamos? Mira, estos son unas papitas, mira, aquí están …tócalas tú, ¿ves? … y esto unos tomatitos, mira son rojos y redonditos, a ver ¡acarícialos así! Ves, que suavitos son … “- Y el nené miraba super concentrado y tocaba obediente los tomates .” y aquí, las zanahorias .. mira, naranjadas y alargadas (anda una rima)” – ¡Y aquí ya sí que el niño se partía de risa!.

En fin, que mientras todo fuera así (y todo esto, por supuesto, con él en brazos, para que no se perdiera detalle), él era la mismísima imagen de la felicidad: el bebé más tranquilo y encantador del mundo. Ahora bien ¡ay de quien intentara “aparcarlo” ni por un minuto!

Otra de sus particularidades era que le molestaban enormemente el desorden y el ruido. Para estar feliz el niño necesitaba una vida bien estructurada, en la que personas y cosas estuvieran “en su sitio”. Cualquier alteración del entorno (que yo cambiara los muebles de sitio al limpiar, o que pusiera el jarrón en otra mesa) iba acompañado de explosiones de llanto. De la misma manera lo alteraban los cambios en las costumbres o la rutina diaria. Siempre fue un bebé grande, fuerte y lleno de energía, así que sus explosiones podían convertirse en verdaderos dramas … a menos que, uno entendiera lo que le pasaba y se lo explicase.

Les pongo un ejemplo. Un buen día me levanto de la cama, voy al baño y cuando vuelvo, el niño empieza a llorar; no me deja acercarme y me mira con verdadero terror; no hay manera de calmarlo, no sabemos que hacer y nos comienza a rondar la idea de llevarlo a urgencias. Pero yo no creo que le duela nada, parece más bien que algo no le gusta (o mejor dicho, que lo asusta). Intentamos hablar con él “¿qué te molesta cariño?” y parece que se calma por un segundo … le voy señalando partes de mi cuerpo, el pelo, las manos, los pies – ninguna reacción-, pero en cuando me toco la camiseta se calla y me mira atentamente; me quito la camiseta, la tiro al suelo y el nené sonríe aliviado y extiende los bracitos a mamá; ya en brazos y entre mimos le pregunto que le daba tanto miedo ¿no le gustaba la camiseta ? – se pone serio-, ¿era el color? ¿tenía manchas? Y él señala a la camiseta y a su padre: y caigo en la cuenta : ¡es que con las prisas me puse la camiseta de su papá! Se lo digo, y sonríe y suspira aliviado como alguien a quien acaban de quitar un enorme peso de encima. Y entonces le explicamos, entre mimos y caricias, que las cosas se pueden compartir y que papá me presta la camiseta con gusto. ¡y ya está, se acabó el drama! El nené tenía 8 meses.

Anécdotas de estas podría contar muchísimas; se fueron repitiendo hasta que después de muchas muchas explicaciones y muchos mimos, desaparecieron; supongo que simplemente cuando el crío acumuló la experiencia necesaria para procesar todo lo que le extrañaba. A los dos años era en ese sentido un niño de lo más normal.

Como ya he dicho, además del desorden, también reaccionaba violentamente ante el ruido; en particular al ruido de fondo: lloraba si encendíamos la radio en casa o en el coche (con la TV ni siquiera lo intentamos) y se asustaba en cumpleaños y reuniones. Y palabras como muerte, guerra, accidente o dolor no se podían mencionar en su presencia. Así que apagamos la radios, no fuimos a muchas fiestas y nos abstuvimos de hablar de determinados temas delante del niño. Y a todo se fue acostumbrando poco a poco.

Pero lo que a mí me parece importante resaltar en nuestra experiencia, es que lo difícil no ha sido ocuparse del niño, sino luchar contra “la reacción del medio”. Médicos, familia, amigos … todo el mundo vio desde el principio en nuestro hijo a un niño problemático (y, por supuesto, hiperactividad, autismo o asperger eran palabras que salían en cada conversación). El niño se desarrollaba además de manera muy rápida y sus habilidades motoras y cognitivas eran las de un crío mucho mayor: con nueve meses ya correteaba por la casa y con un añito sus juguetes preferidos eran los legos, los juegos de construcción en general – con los que levantaba ya torres tan altas como él, los puzles (de 30-40 piezas) y los libros, reconocía las letras, los números y las figuras geométricas y distinguía perfectamente los colores.

Y un niño así, que probablemente hace treinta o cuarenta años hubiera despertado comentarios – al menos en el ambiente de pueblo en el que yo me crié- del estilo: “Mira tú, que espabilado que es el jodío” o “anda con el niño, este llega lejos ¿eh?” Hoy en día no ha dejado de oír: “¡Uy! Pero que crío más raro ¿no?” , “anda, otro Asperger”. Y, por cierto, debo apuntar que no me muevo en un ambiente especialmente “marginal”; tanto el padre como yo somos físicos y trabajamos en la Universidad. Y no bastaba con calificar al niño de loco y autista, sino que además, todo el mundo sabía cual era el camino a seguir con él: que el niño lloraba porque el jarrón no estaba en su sitio, pues nada, a sentarlo delante del jarrón hasta que se acostumbre; que no le gusta la música de fondo, pues a ponérsela, y alto; que no le gusta la palabra muerte, pues a hablar de asesinatos delante de él; que llora si ve imágenes violentas, pues a sentarlo delante de la tele cuando pasan el telediario: ¡Ah! Es que a todo ha de acostumbrarse. Porque eso es justo lo que hoy en día se espera de los críos: que a todo se acostumbren, que aguanten todo sin rechistar; que sean “funcionales”, que no molesten, y lo más importante, que se puedan dejar “aparcados” la mayor parte del tiempo en guarderías, colegios, clases de inglés o campamentos de vacaciones.

Ni que decir tiene que no hicimos caso y seguimos tratando al niño como nosotros creíamos que se debería hacer. Como probablemente lleven haciendo los padres desde que el mundo es mundo: siempre ha habido niños que duermen 18 horas y otros que no pegan ojo, niños que no sueltan la teta y niños a los que no es posible amamantar, niños tranquilitos, a los que sientas en una sillita y allí te esperaban pacientes y niños que en cuanto te despistas un segundo andan ya haciendo equilibrios en la escalera. Antes, a lo sumo, había críos más fáciles y más difíciles, niños tranquilos y niños inquietos, niños fuertes y niños mimosos, niños malos y niños buenos… Hoy en día hay niños normales y niños enfermos. Y a los “enfermos” se les droga.

A los dos años, cuando ya leía y contaba, el pediatra nos aconsejó consultar con un psiquiatra infantil: teníamos un niño superdotado, nos dijo, y hoy en día se sabe que estos críos son muy sensibles y es aconsejable que uno los tenga digamos “controlados”. Curiosa nuestra experiencia en la consulta. A la psiquiatra no le faltó sino llorar cuando nos dijo que teníamos, efectivamente, un hijo superdotado. Con cara de circunstancias y como quien transmite una condena, nos comunicó que nuestro hijo era un genio: que jamás había visto nada parecido y que ¡qué pena! ¡pobrecito el nene y pobrecitos sus padres! ¡qué desgracia!¡qué dura es la vida que le espera! ¡jamás se va a integrar en un grupo!¡el colegio para él será un pesadilla!- ¿Ustedes se imaginan esta charlita con el papá de Leonardo Da Vinci, de Goethe o de Newton?. Yo, la verdad es que no. No sé que en que mundo hemos llegado a vivir, en el que la inteligencia se considera un problema ¡y bien gordo!… Y después de eso, hemos pasado por muchos psicólogos, pedagogos, pediatra … y todos con la misma cantinela … ¡ay, qué pena de niño, tan pequeñito y leyendo y multiplicando! (Y no estoy exagerando ni fisco!)

Eso sí, una vez los médicos hubieron puesto la etiqueta de “superdotación”, no se cansaban de repetirnos lo bien que lo habíamos hecho. Porque claro, no hay quien discuta que cuanto más inteligente es un crío, más temprana y más notable es su reacción al medio: más son las cosas que percibe y más violentamente reacciona si algo no le gusta. De hecho, es un clásico de los niños precoces el reaccionar a palabras como muerte (entienden conceptos abstractos, pero no tienen la experiencia para “procesarlos”), es también típico que les moleste el desorden (simplemente se quedan con todo y se quejan cuando uno se los ha cambiado), y el ruido, por supuesto, ya que un niño espabilado intenta entenderlo todo y claro, si recibe demasiados estímulos, pues se confunde y se cansa.

Pero lo más sorprendente de todo es que después de haber hablado con decenas de psiquiatras, psicólogos y pedagogos, de haber visitado decenas de colegios (muchos con programas especiales para niños de altas capacidades), después de asociarme a distintos grupos de papás de niños de altas capacidades, es que, increíblemente, no he conseguido encontrar un sólo crío como el mío. Por lo visto, estos niños hoy en día no existen. Hay por supuesto, muchos adolescentes y jóvenes, que fueron niños así. Pero, niños pequeños, no hemos conseguido hasta hoy encontrar ninguno.

Lo que a mí me preocupa, lo que me quita el sueño es ¿dónde están los demás niños como él? ¿qué estamos haciendo con ellos?

Desde mi experiencia, lo único que se me ocurre es que muchos niños no están preparados para la vida que les queremos dar. No resisten las horas delante del televisor, el estrés de levantarse temprano y estar todo el día alejados de sus seres queridos, el continuo ajetreo de una guardería, donde al menos veinte críos lloran, saltan y se quejan a la vez… Se frustran, se cansan, se llenan de miedos y angustias desde temprano… y cuando llega la hora del cole, y no conseguimos que se comporten como soldaditos, cuando no bailan al son que nuestro absurdo y frenético ritmo les marca, cuando los pobres,como pueden, se intentan quejar … entonces le cae el famoso diagnóstico: TDAH. Y la pastillita …

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La guillotina

Antoine Lavoisier es considerado el fundador de la química moderna. Entre otras muchas cosas, gracias al estudio sistemático de las reacciones químicas, descubrió que la masa siempre se conserva aunque la materia cambie de forma; explicó el proceso de la combustión y de la respiración; dio nombre al oxígeno y al hidrógeno, predijo la existencia del silicio y supo que el azufre era un elemento, no un compuesto; colaboró en la elaboración de una nueva nomenclatura química, muy similar a la actual, y elaboró la primera lista ordenada de elementos. En 1771 Lavoisier se casó con Marie-Anne Pierrette Paulze. Él tenía 28 años y la novia sólo 13. Desde el principio Marie-Anne se convirtió en una activa colaboradora de su marido, trabajando con él en el laboratorio y traduciendo al francés las obras de, entre otros, Joseph Priestley, Henry Cavendish y Georg Stahl, lo que sin duda fue de gran ayuda para Lavoisier.

Pero con Marie-Anne vino también un regalo envenenado: un trabajo en la Ferme Générale – la compañía que cobraba los impuestos para la monarquía a cambio de una generosísima participación en  lo conseguido -, donde también trabajaba su padre, suegro de Antoine. Los recaudadores, fermiers généraux,  tenían una pésima reputación entre la población sobre todo por la forma, a menudo brutal, que tenían de tratar a los contribuyentes. El caso es que, tras la revolución francesa, durante el reinado del terror, Antoine Lavoisier fue guillotinado por su condición de recaudador.

lavoisier

Retrato de Lavoisier – todavía con la cabeza sobre sus hombros – junto a su esposa, realizado por Jacques-Louis David en 1788.

Se cuenta que al tratar de interceder por Lavoisier apelando a sus geniales contribuciones a la química, los revolucionarios contestaron: “La República no necesita ni sabios ni químicos”. No hace falta decir que los logros intelectuales no hacen a nadie merecedor de un diferente trato ante la justicia – o la injusticia – pero desde luego es mal síntoma que una sociedad crea que no necesita sabios. O químicos.

Viendo el estado del sistema educativo español, no puedo evitar pensar en el pobre Lavoisier. A los 9 años el porcentaje de niños excelentes en lectura es en España del  4%, frente al 10 % del promedio de la OCDE, y la situación al cumplir los 15 años es muy similar. Como nada hace suponer que la proporción de personas con altas capacidades intelectuales – o la distribución de la inteligencia en general – sea distinta aquí  que en otros lugares, no queda otra que pensar que gran parte del talento es guillotinado por el sistema antes siquiera de que llegue a desarrollarse. España no necesita ni sabios ni químicos.

Me pregunto por qué en este país existe tanto miedo al diferente, sobre todo cuando la diferencia viene del logro intelectual. Decir que alguien es superdotado suele provocar irrisión o falta de comprensión en el mejor de los casos. Los escasos programas de atención a las altas capacidades, además de fallar en el diagnóstico, insisten en no separar a los superdotados de su barrio y de una escuela donde es imposible atenderlos. ¿Tan terrible sería crear aulas o  centros especiales para ellos? ¿A quién se pretende proteger con estas medidas, a estos chicos o a los que temen que el talento ajeno les pueda hacer perder sus privilegios? Para gran parte de la sociedad no hay mayor pecado que el mal llamado elitismo. Incluso hablar de inteligencia está mal visto por cierta pedagogía autodenominada progresista, como si se tratase de una condición vergonzosa que hubiera que esconder. Por mi parte, no tengo ningún problema en reconocer que hay muchísimas personas más inteligentes que yo, como asumo que hay gente más guapa, más ágil y que canta mejor que servidora (la humanidad entera en este último caso, me temo). Sin embargo, sufro al ver como hay cargos de responsabilidad ocupados por personas cuyas capacidades les llegan justitas para hacer la o con un canuto. O como se tiene la desvergüenza de llamar caza de  talentos al enchufismo y la corrupción. O como se ve natural que se sorteen los puestos de trabajo, aceptando con resignación que nuestro papel en la sociedad no depende de lo que sepamos hacer sino del azar en algunos casos, y de los contactos en otros. Un país que desprecia y margina a sus elementos más brillantes, que guillotina el ingenio, no puede aspirar a otra cosa que a seguir zozobrando en el mar de la mediocridad.

Como dijo Lagrange sobre Lavoisier: “Sólo ha hecho falta un instante para cortarle la cabeza; pero Francia no será capaz de producir otra semejante en un siglo”. Me pregunto cuánto tardará España en producir si quiera una cabeza semejante a las de estos dos genios.

Editado: me he enterado aquí de que hace poco salió un artículo en El País sobre este tema. Cae en un muchos tópicos (como la foto que lo ilustra) pero sirve para hacerse una idea del estado de la cuestión.

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Leo Messi en el equipo del barrio

Ahora que los resultados del FC Barcelona lo colocan como el mejor equipo de fútbol del mundo, todos alaban su programa de formación de futbolistas y en particular su academia conocida como La Masía. En la Masía conviven, separados de sus familias, niños y jóvenes con especiales cualidades para el fútbol que aspiran a ser profesionales de este deporte. Allí el club les ofrece una excelente formación deportiva a juzgar por el número de jugadores de la primera división que han pasado por esa escuela, entre ellos Leo Messi, considerado el mejor del mundo a día de hoy.

Plantilla del equipo Alevín A del FC Barcelona de fútbol (foto extraída de la página oficial del equipo: fcbarcelona.es)

A nadie se le ocurre decir que en esa academia se segrega a los niños, que no es igualitaria, que no está bien enviar a los chicos fuera de casa porque lo bueno es que crezcan en su barrio, en el entorno que conocen. Nadie va a pensar tampoco que lo importante no es el rendimiento de los muchachos sino su interés en el fútbol. Ni que sus entrenadores tienen que motivarlos en lugar de exigirles esfuerzo.  Y es que, curiosamente, en los sitios como La Masía no se practica el constructivismo ni se considera que la exigencia atenta contra la libertad y la espontaneidad de los chicos. Como dice Jean-Claude Michéa en “La escuela de la ignorancia“, el Capital no bromea con la pedagogía cuando se trata de asuntos serios que necesitan resultados reales, como cuando el deporte deja de ser un juego y una fiesta y se convierte en una industria donde sólo es rentable la victoria. Además, resulta extraño que en estos casos el origen popular de la mayor parte de los deportistas nunca se contemple como un impedimento para este rigor pedagógico tradicional.

Siempre me ha llamado la atención los diferentes códigos que rigen cuando se trata de educación deportiva o intelectual. Por algún motivo, el rigor pedagógico ha pasado de las escuelas a los campos de  deporte. Obviamente una sociedad sana debería tener un sistema educativo donde tengan cabida todos, también los menos dotados para los asuntos académicos, y cuanto mejor sea la educación ofrecida, mejor. Pero un buen sistema debería al mismo tiempo intentar que cada alumno llegue hasta donde su capacidad y su mérito le permitan. Pienso en los niños – llamados ahora – de altas capacidades intelectuales, e imagino que tienen que ser muy frustrante para ellos, no solo no encontrar estímulos intelectuales de ningún tipo en la escuela, sino además sentir el propio talento como un lastre. El de ellos es un camino solitario y además lo saben. Por eso me cuesta entender que los programas de atención a la diversidad en España se insista tanto en no separar a los chicos de altas capacidades de sus compañeros, de su barrio y de una escuela donde es imposible atenderlos. Se dice que es por su estabilidad emocional pero no sé qué estabilidad pueden tener unos muchachos que sienten la soledad más extrema porque son conscientes de que sus compañeros no los pueden acompañar, y no digo solo acompañarlos a la hora de resolver problemas de matemáticas, sino, sobre todo, en sus miedos y en su particular visión del mundo. ¿Por qué la sociedad ve normal que los niños dejen su casa para darle patadas a un balón o para coger una raqueta de tenis y ve aberrante que existan programas especiales para los que tienen altas capacidades intelectuales? Y, yendo mucho más a ras de suelo, ¿por qué cuando yo entrenaba a baloncesto en el colegio se veía lógico que hubiera varios equipos separados por niveles que incluso entrenaban en patios diferentes, y hubo que dar marcha atrás – por la oposición de los padres – al proyecto  de hacer clases especiales de ampliación de diferentes disciplinas académicas?

Dejando a un lado la cuestión de las aspiraciones y las frustraciones personales, la realidad es que para que una sociedad funcione, se deberá asegurar que los puestos de mayor responsabilidad en todos los ámbitos estén ocupados por la gente realmente más capaz. Si tuviera que ser sometida a una operación quirúrgica (toquemos madera) obviamente querré que el médico que me atienda esté realmente preparado; querré que tenga todas las cualidades que se necesitan para su profesión y además que haya recibido una educación rigurosa y exigente, no que en la escuela haya mostrado una actitud dialogante en la resolución de conflictos e interés  por las manifestaciones folclóricas de su región. Y es que la búsqueda de la excelencia nos beneficia a todos, y no necesariamente más a los más dotados intelectualmente. De hecho, creo que es evidente que la sociedad se enriquecería infinitamente más de una élite científica, técnica y de gestión que fuera realmente sobresaliente, de lo que lo hace de una élite deportiva. Al fin y al cabo, los éxitos deportivos alimentan la vanidad de los deportistas y alegran algunas tardes de domingo a algunas personas (asuntos contra los que no tengo nada que objetar, conste); sin embargo, la excelencia en otros ámbitos se traduce en bienestar real para todos. Yo no creo que España sea un país mejor desde que tiene una selección de fútbol campeona del mundo, un jugador de tenis excelente, un piloto de Fórmula 1 y no sé cuántos deportistas con opciones de medalla en las olimpiadas: para mí estas cuestiones son anecdóticas. España seguirá siendo un país de pena con carencias importantes mientras su sistema educativo siga maltratando a los individuos de mayor capacidad.

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