La cosa pública

Hoy, en uno de mis cada vez más frecuentes ataques de asociabilidad, decidí ir a comer un bocadillo a un bar en lugar de quedarme en la cafetería del trabajo como habitualmente. En la mesa de al lado había un par de tipos tomando cañas. Uno hablaba acaloradamente y a voz en grito, imposible no escucharlo. «Los impuestos son un robo», decía. «Te maman las perras, y ¿pa’qué? Pa’nada. Nada. Porque ya me dirás tú a mí que me dan a mí. No me dan nada. Eso es pa’ dar comer a los políticos que son gentuza y una panda de mangantes todos». Comentó algo de una herencia y de la contribución de tres garajes y dos casas. El compañero asentía en silencio. Entonces entró un hombre que parecía conocerlo. «Usted es profesor de filosofía, ¿no?», preguntó. Quería clases particulares para su hija a la que, según explicó, se le había atragantado la asignatura y veía peligrar la selectividad. Para mi sorpresa, resultó que sí era profesor de filosofía. Contestó, sin embargo, que no tenía tiempo para clases particulares porque «entre las clases de instituto de lunes a viernes y las de preparación de oposiciones de los fines de semana no me queda ni un minuto libre»

Y así están las cabezas. Y los estómagos.

Post-post: en realidad no me sorprendió en absoluto, para qué engañarnos.

4 Respuestas a “La cosa pública

  1. Hay que ser muy burro para pensar que los impuestos no revierten en ti mismo. Pero siendo profesor de filosofía… no tiene perdón. Con profesores así no sé quién quiere que den clases de ciudadanía. 🙂

    En fin. Así están las cosas.

  2. El fuego es mi gran aliado ante momentos como ese.

  3. Me pregunto cuántos profesores de filosofía no comen de los impuestos. ¿El 2%, tirando por alto?

    En fin, luego que por qué está la enseñanza como está.
    (Y que cómo es que los nuevos que entran ya traen asimilados los vicios tradicionales)

  4. Desde luego no tiene perdón pero no pensaba tanto en el sueldo del tipo sino en el hecho de que trabaja en un sistema de educación público supuestamente ofreciendo algo a alguien. En fin, quise olvidarme de las tonterías de la gente y me encontré dos platos llenos.

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