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Hablando de ciencia

El lenguaje científico y el literario no tienen mucho en común. El primero tiene que ser objetivo, claro y, sobre todo, preciso. El lenguaje literario, por otro lado, además de comunicar, tiene que emocionar o impresionar al destinatario. En literatura ya no es necesario atenerse al sentido preciso de las palabras, sino que el autor puede atribuirles un significado subjetivo y, además, puede usar recursos lingüísticos que le permitan ‘expresar’ y no sólo informar de algo. También es verdad que en ciencia, sobre todo al hablar de fenómenos nuevos o alejados de la experiencia cotidiana, la  metáfora se convierte en un recurso muy valioso, cuando no imprescindible. Hasta hay quien dice (metafóricamente) que el  trabajo científico consiste en encontrar las metáforas de la naturaleza. En cualquier caso, al hablar o escribir de ciencia, se debe ser muy cuidadoso, hay que andar con pies de plomo para tratar de comunicar de la manera más objetiva posible un determinado aspecto de la realidad. Esto no es nada fácil, desde luego, y de hecho entender de qué manera influye el lenguaje en nuestra percepción de las cosas es un problema filosófico de primer orden en el que yo no voy a entrar, entre otras cosas, porque no tendría nada que aportar (habría que preguntarle a Wittgenstein, que es el que sabe de eso). Lo que yo quiero explicar aquí es, simplemente, que el lenguaje científico es un registro propio de un público especializado: los científicos. Ahora bien, el público de un profesor de ciencias no es especializado (a veces tampoco lo es el propio profesor) y además no puede limitarse a informar de algo, sino que tiene que tratar de ‘llegar’ al alumno, de emocionarlo en cierto modo. En definitiva, un profesor – y lo mismo se puede decir de un divulgador – tiene que hacer literatura: explicar es, básicamente, contar una historia. Para contar una buena historia es imprescindible usar ciertos recursos, como la analogía, eso sí, teniendo cuidado con los excesos.

Las analogías con objetos o situaciones de la vida cotidiana sirven para explicar lo que no se conoce o no se puede experimentar. Por ejemplo, parece poco probable que a Newton se le ocurriera la ley de la gravitación universal viendo caer una manzana, como cuenta la leyenda. Lo que sí es posible es que utilizara esa historia para explicársela a la mujer de su asistente, por quien sentía cierto aprecio (algo raro en Newton, que por lo visto no apreciaba a casi nadie). Los símiles y analogías dejan de tener sentido, sin embargo, cuando lo que se quiere explicar se compara con algo que tampoco se conoce, como hacen los malos escritores cuando califican algo de ‘dantesco’ o ‘kafkiano’, ignorando si el lector ha leído o no a Dante y Kafka, o cuando se dice que algo es ‘un infierno’, como si el infierno fuera un lugar conocido. Algo así es lo que hace Punset cuando, en un atrevido ejercicio de divulgación creativa, trata de explicar el enamoramiento comparándolo con el entrelazamiento cuántico («Los que hemos intentado penetrar en las raíces del amor, aquellos que hemos comprobado multitud de veces lo que les pasaba por dentro a dos seres enamorados, debemos agradecerles a los físicos cuánticos lo que nos han regalado sin saberlo. El concepto de dos bits afectados el uno por el otro, a pesar de estar en hemisferios distintos, ha dado lugar en física cuántica al llamado ‘entanglement’ o ‘compactación’»). No sé que será más difícil de entender, si el enamoramiento o el entralazamiento cuántico pero, desde luego, él no ayuda a aclarar estos términos. También hay que tener cuidado con usar las analogías precisas. Por ejemplo, en esta noticia nos cuentan que el telescopio Hubble ha fotografiado una ‘guardería de estrellas’ refiriéndose al lugar donde se forman. Guardería sería el símil adecuado si estuviéramos hablando de un hipotético sitio adonde, por ejemplo, migraran temporalmente las estrellas cuando son jóvenes, pero en este caso se trataría más bien de un ‘paritorio de estrellas’, algo que quizás consideraron que no quedaba tan bien en el titular. En cualquier caso, el concepto de lugar donde se forman las estrellas es lo suficientemente comprensible (creo) como para que no haga falta usar una analogía. En la misma línea, aunque ya rayando el absurdo, está la noticia que encontré hace poco donde calificaban una galaxia como ‘gay’ por poseer no sé qué propiedad que ahora no recuerdo. Tampoco puedo encontrar la fuente al artículo aunque sí uno de “El Mundo Today” increíblemente parecido (el apocalipsis llegará el día que no sepamos distinguir las noticias ‘serias’ de las de El Mundo Today).

Al final, yo he llegado a la conclusión de que todos estos malentendidos se deben, sencillamente, a que se quiere explicar algo que no se entiende bien: para explicar algo en condiciones es necesario y (casi) suficiente dominar los conceptos que se pretende trasmitir. Eso del profesor que sabe mucho pero que no lo sabe explicar es, creo, un mito. La prueba de fuego para saber si realmente entendemos algo profundamente es, primero, tratar de explicárselo a un niño y, segundo, intentar responder a sus preguntas. No conseguirlo es señal de que hay que seguir dándole vueltas a esas ideas.

En realidad, todo esto era para decir que he encontrado a un muchacho que explica maravillosamente, en unos vídeos que ha colgado en internet (en inglés, eso sí) muchos conceptos de química y física, al nivel de los últimos cursos de primaria y primeros de secundaria. Para él, la ciencia debería ser una historia, como explica en esta conferencias TED. Abajo pongo el vídeo donde cuenta qué son los isótopos usando una analogía que creo que sí es acertada. ¡Ojalá en su día me hubieran explicado a mí las cosas de esta forma!

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¿Divulgación o didáctica?

Hace poco, Coquejj enlazó en un comentario la siguiente anécdota atribuida a Ernesto Sábato(*):

Alguien me pide una explicación de la teoría de Einstein. Con mucho entusiasmo, le hablo de tensores y geodésicas tetradimensionales.

– No he entendido una sola palabra – me dice, estupefacto.

Reflexiono unos instantes y luego, con menos entusiasmo, le doy una explicación menos técnica, conservando algunas geodésicas, pero haciendo intervenir aviadores y disparos de revólver.

– Ya entiendo casi todo – me dice mi amigo, con bastante alegría -. Pero hay algo que todavía no entiendo: esas geodésicas, esas coordenadas …

Deprimido, me sumo en una larga concentración mental y termino por abandonar para siempre las geodésicas y las coordenadas; con verdadera ferocidad, me dedico exclusivamente a aviadores que fuman mientras viajan con la velocidad de la luz, jefes de estación que disparan un revólver con la mano derecha y verifican tiempos con un cronómetro que tienen en la mano izquierda, trenes y campanas.

– Ahora sí, ahora entiendo la relatividad! – exclama mi amigo con alegría.

– Sí, – le respondo amargamente -, pero ahora no es más la relatividad.

La historia da pie a preguntarse hasta dónde debe llegar la divulgación. Si es necesario desvirtuar una idea para que pueda ser entendida por la gente, lo que se acaba transmitiendo finalmente ya no es la idea y el asunto deja de tener sentido. La divulgación no debería ser otra cosa que la explicación de teorías o conceptos de la forma más didáctica posible pero sin perder por eso su esencia. Yo no sé hasta qué punto es honrado limitarse a dar ejemplos y símiles por muy ingeniosos que estos sean.  Como me dijo una amiga el otro día hablando de este tema, poner a la Barbie subiendo y bajando unas colinas en un patinete rosa no va a hacer que la gente acabe comprendiendo lo qué es una superficie de Riemann porque se trata de un concepto complejo que quizás sólo llegue a entender de verdad cinco personas (entre las cuales no me encuentro – añado yo ahora no sin cierto sonrojo). Hay conocimientos que precisan de una base previa y que no se pueden asimilar si ésta no se posee. Y esto es válido para todas las áreas del saber, no sólo para la ciencia. ¿Puedo hacerme una idea cabal de la filosofía de Kant leyendo el Reader Digest’s? Y lo que también es importante ¿la lectura de un artículo sobre Kant en una revista ligera o un blog me aporta algo realmente valioso más allá de algún lugar común para amenizar una conversación de bar? Richard Feynman tiene una buena respuesta para esta pregunta:  Yo creo que deberíamos enseñar maravillas, y que el propósito del conocimiento es apreciar todavía más las maravillas. Y que el conocimiento consiste simplemente en situar la maravilla en el marco adecuado de la naturaleza.O sea, yo entiendo que la divulgación es la transmisión de una maravilla – “fíjate que el tiempo para dos observadores distintos puede ser distinto”, por ejemplo – pero después es responsabilidad del oyente situar esa maravilla en el marco adecuado, o sea, convertirla en  conocimiento.

En cualquier caso, la labor del divulgador es muy seria. Para explicar didácticamente un concepto hay que entenderlo en profundidad. Se dice que no  se entiende realmente algo hasta que no se es capaz de explicárselo a un niño. No creo eso que se dice de algunos profesores: “sabe mucho pero no lo sabe explicar”. No, si sabe mucho tiene que saber explicarlo. Otra cosa es que lo haga con más o menos gracia. Por otro lado, para divulgar una idea es necesario explicarla en términos más sencillos de lo que hace la formulación original. El objetivo es hacerse entender, no demostrar que uno es muy listo o hacer ver que la ciencia (o la filosofía, o lo que sea) es cosa sólo de iniciados. Si uno cree esto último – quizás con razón, no sé – debería dedicarse a otra cosa. Además, un divulgador no debería jamás caer en la tentación de sobreinterpretar las teorías (la física cuántica no explica que a uno le guste el chocolate) ni de trascender del ámbito que éstas abarcan (las inhomogeneidades del fondo cósmico de microondas no tiene nada que ver con la posible existencia, o no, de Dios). Por último, otro pecado del divulgador es el de centrarse en las consecuencias más llamativas o espectaculares de una teoría. Es un error porque se pervierten las ideas sin sacar ninguna ventaja: nada hay más espectacular que el propio espectáculo  y competir con él es una batalla perdida de antemano. Al final, creo que esto de la divulgación no es tanto difundir el trabajo que los científicos hacen, como de hacerlo didácticamente. Por eso, un divulgador científico es básicamente un profesor, aunque a lo mejor no le guste esta denominación.

Y así, burla burlando, he escrito un post sobre divulgación sin nombrar ni una sola vez a Punset 🙂

(*) Anécdota intrascendente sobre Ernesto Sábato: hace ya bastantes años andaba yo de mochilera por Sudamérica y estando en la provincia argentina de Misiones  decidí visitar las ruinas de las misiones que los jesuitas establecieron en la zona y que dan nombre a la región (maravillosas).  Había que esperar en la entrada a que se reuniera un número mínimo de personas para pasar todos acompañados de un guía. En mi grupo había un señor mayor cuya cara me sonaba muchísimo. Estaba segura de conocerlo pero no sabía de qué. ¿Sería algún familiar de Elizabeth, la amiga que me acogió en Buenos Aires? ¿Sería alguno de los viejillos que jugaban al ajedrez en el bar donde acostumbrábamos a parar? El caso es que lo saludé, “hola, qué tal está”, pero me debió de ver cara de no saber bien quién era y me contesto “sí, soy Ernesto Sábato”. Así me dijo: “soy Ernesto Sábato”. Vaya, pensé, cruzar el Atlántico y seguir haciendo el ridículo al otro lado.

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Lo que enseñan los expertos

Durante la carrera solo he ido a clase aquellos días en que me ha tocado exponer algún trabajo (cuatro o cinco veces a lo sumo) pero nunca pensé que me estuviera perdiendo nada especialmente valioso. Sin embargo, ahora que me obligan a asistir a unos seminarios semanales relacionados con las prácticas, me estoy dando cuenta de que las lecciones de los expertos son insustituibles. Hoy se habló del constructivismo. Como las clases de los pedagogos suelen ser mortalmente aburridas (cuanto más énfasis ponen los expertos en educación en explicar a los demás cómo dar sus clases, peores profesores son ellos mismos) se me ocurrió intervenir diciendo algo así como que es muy ingenuo pensar que se puede construir todo el conocimiento a partir de la observación. Por ejemplo, dije, por mucho que nos pongamos a experimentar con bolitas de diferentes masas, jamás seremos capaces de deducir por nosotros mismos las leyes de Newton. Pues bien, según mi profesor, un niño de primaria sí es capaz de hacerlo: bastaría con que el maestro diseñara un experimento adecuado (y preparara una Unidad Didáctica – le faltó decir). Después ha añadido que en educación no vale el sentido común sino que hay que actuar de acuerdo a los dictados de la ciencia y me hizo saber que mi  argumento no tenía valor porque en lugar de exponer un hecho científico me había limitado a dar una opinión. Por último, me animó a estudiar cómo el cerebro construye el conocimiento para lo que me recomendó no sé qué libro de  Eduardo Punset.

Estas son las cosas que los expertos en educación enseñan a los futuros maestros.

Post post: en el blog de Pseudópodo hay una entrada muy buena sobre este tema.

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