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El árbol Garoé

Hoy vengo a hablar de un árbol. Esta entrada sobre el árbol de Santa María de Tule, que no conocía, me ha hecho recordar la historia del árbol Garoé, uno de mis árboles preferidos y me ha apetecido recuperar algo que escribí hace algún tiempo, que puede ser interesante para niños… y grandes.

En tiempos de la conquista de la isla de El Hierro (hoy presente en los medios por la erupción este octubre de un volcán submarino) no había otra fuente de agua que un árbol al que llamaban Garoé. El árbol proporcionaba agua a todos los habitantes de la isla, incluyendo el ganado, así que no de extrañar que fuera considerado una deidad por los bimbaches o antiguos pobladores de El Hierro. Esto no es una leyenda. Por ejemplo, ya se habla de la existencia del árbol sagrado en la crónica que escribió Fray Bartolomé de las Casas en su ruta hacia Ámerica. El Garoé tenía un diámetro de metro y medio aproximadamente y era un espécimen absolutamente excepcional. De hecho, hoy día no existe en la isla ningún otro árbol de esta especie con un tronco tan ancho. Se piensa que era una laurácea, más exactamente un espécimen de “Ocotea Foetens”, un laurel endémico de las Isla de Madeira y Canarias. Lo que hacía especial al Garoé era su capacidad para captar el agua de las nieblas. La explicación del fenómeno es la siguiente: los vientos alisios, de componente Noreste, afectan de forma constante a las Islas Canarias, aunque predominantemente en el verano. La capa inferior del alisio, fresca y húmeda por su recorrido sobre el mar, asciende al entrar en contacto con la orografía insular. En su ascenso, el aire se condensa dando lugar a nubes que se encuentran con la tapadera de la capa superior del alisio, más cálida y seca. Precisamente esta línea llamada de inversión térmica porque el aire está más caliente arriba – lo contrario de lo habitual – es el límite de lo que se conoce por “Mar de Nubes” o “Mar de Niebla”. Así, el encuentro de las nubes con el relieve produce ligeras lloviznas y la conocida como “lluvia horizontal” que es como se conoce al hecho de que las plantas condensen la humedad del ambiente formando gotas de agua. En la Isla de El Hierro, el Mar de Niebla sólo existe entre los 600 y 1.500 metros y el lugar donde se encontraba el árbol Garoé está a unos 1000 metros. La captación de agua por los árboles es todavía más importante cuando los especímenes están aislados o agrupados en pequeños bosquecillos porque entonces la turbulencia a su alrededor es máxima.

Representación del árbol Garoé. Lamentablemente no encuentro la fuente original; yo la he extraído de http://www.islaelhierro.com/turismo/garoe.html

Cuentan que cuando los bimbaches vieron llegar la expedición franco española de Juan de Bethencourt, decidieron en asamblea cubrir las copas del Garoé para que no fuera descubierto por los extranjeros, quienes quizás desistieran de la empresa de conquistar la isla si no encontraban agua. Todo se hizo según lo acordado no sin antes haber guardado reservas de agua suficientes para un par de semanas. El ardid surtió efecto y al poco tiempo los conquistadores comenzaron a sufrir las penalidades de la sed. Fue entonces cuando una aborigen, llamada Agarfa, se enamoró de un joven expedicionario andaluz y dejándose llevar por la pasión reveló el valioso secreto del Garoé. Los bimbaches viendo como su árbol sagrado estaba en manos extrañas decidieron secuestrar a Agarfa del campamento extranjero para ajusticiarla. Pero ya era demasiado tarde y, al final, Armiche, Rey de Hero, decidió rendir  homenaje al conquistador Juan de Bethencourt, lo que no evitó que al poco tiempo fuera cautivo, junto a sus más fieles vasallos, por los mismos a los que había prometido amistad. Existe una endecha (o romance de origen medieval) sobre Agarfa en lengua aborigen que fue compuesto por los descendiente de los bimbaches. Uno de los versos (según transcribió Torriani) dice así:

-“Mimerahaná, ziná zinuhá, ahemen aten haran hua, zu Agarfú finere nuzá.”

(¿Qué traes? ¿Qué llevas ahí? Pero ¿qué importa la leche, el agua y el pan si Agarfa no quiere mirarme?).

Porque, para colmo, la pérfida Agarfa era amada intensamente por el valiente Tincos, distinguido en las luchas contra los piratas que llegaban al Hierro para capturar isleños y venderlos como esclavos. Como ella no le correspondía, Tincos pasaba largos ratos sin comer contestando de esa manera a quienes le llevaban alimentos.

El Garoé fue arrancado de cuajo por un huracán en 1610. Los habitantes de la isla enviaron entonces una carta al rey de España (¿Felipe III?) con la esperanza de que les enviara ayuda. Desgraciadamente, como en ella hablaban de un árbol sagrado, nadie los tomó en serio por pensar que se trataba de una simple superstición. Muchos murieron de sed. En 1949 se plantó un til en el emplazamiento del Garoé original que ha ido creciendo con el paso del tiempo.

Y como bonus arbóreo, copio (de aquí) un poema de Mario Benedetti que me encanta:

De árbol a árbol (Mario Benedetti)

Seguro que los diarios
no lo preguntarán
¿los árboles serán
acaso solidarios?

¿Digamos el olivo de Jaén
con el terco quebracho de Entre Ríos?
¿O el triste sauce de Tacuarembó
con el castaño de Campos Elíseos?

¿Qué se revelarán de árbol a árbol?
¿Desde Westfalia avisará la encina
al demacrado alerce del Tirol
que administre mejor su trementina?

Seguro que los diarios
no lo preguntarán
¿los árboles serán
acaso solidarios?

¿Se sentirá el ombú en su pampa húmeda
un hermano de la ceiba antillana?
¿Los de ese bosque y los de aquel jardín
permutarán insectos y hojarasca?

¿Se dirán copa a copa que aquel muérdago
otrora tan sagrado entre los galos
usaba chupadores de corteza
como el menos cordial de los parásitos?

¿Sabrán por fin los cedros libaneses
que su voraz y sádico enemigo
no es el ébano gris de Camerún
ni el arrayán bastardo ni el morisco

ni la palma lineal de Camagüey
sino las hachas de los leñadores
la sierra de las grandes madereras
el rayo como látigo en la noche?

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El Efecto Olegario

Olegario no sólo fue un as del presentimiento, sino que además siempre estuvo muy orgulloso de su poder. A veces se quedaba absorto por un instante, y luego decía: “Mañana va a llover”. Y llovía. Otras veces se rascaba la nuca y anunciaba: “El martes saldrá el 57 a la cabeza”. Y el martes salía el 57 a la cabeza. Entre sus amigos gozaba de una admiración sin límites.

Algunos de ellos recuerdan el más famoso de sus aciertos. Caminaban con él frente a la Universidad, cuando de pronto el aire matutino fue atravesado por el sonido y la furia de los bomberos. Olegario sonrió de modo casi imperceptible, y dijo: “Es posible que mi casa se esté quemando”.

Llamaron un taxi y encargaron al chofer que siguiera de cerca a los bomberos. Éstos tomaron por Rivera, y Olegario dijo: “Es casi seguro que mi casa se esté quemando”. Los amigos guardaron un respetuoso y afable silencio; tanto lo admiraban.

Los bomberos siguieron por Pereyra y la nerviosidad llegó a su colmo. Cuando doblaron por la calle en que vivía Olegario, los amigos se pusieron tiesos de expectativa. Por fin, frente mismo a la llameante casa de Olegario, el carro de bomberos se detuvo y los hombres comenzaron rápida y serenamente los preparativos de rigor. De vez en cuando, desde las ventanas de la planta alta, alguna astilla volaba por los aires.

Con toda parsimonia, Olegario bajó del taxi. Se acomodó el nudo de la corbata, y luego, con un aire de humilde vencedor, se aprestó a recibir las felicitaciones y los abrazos de sus buenos amigos.

Los Bomberos (cuento completo)

Mario Benedetti

Este maravilloso cuentito de Mario Benedetti ilustra muy bien cierto estado de ánimo. ¿Quién no se ha sentido alguna vez como Olegario? Pues bien, la ciencia ha estudiado la conexión entre los sentimientos de Olegario y  los subsistemas cuánticos de su redes neurológicas y ha establecido un patrón de comportamiento universal conocido como Efecto Olegario (“Olegario and the firemen: an approach from the quantum neurology“, E. Punset, 2009)

El llamado Efecto Olegario (EO) consiste en sentir orgullo y satisfacción  (“Christmas Speech” John Charles the First, 2010; and references therein) por haber previsto cierta situación a pesar de que ésta nos es adversa. Mediante el EO, los disgustos por los trances desagradables quedan  minimizados y subordinados al placer intelectual de haber formulado una hipótesis y haberla visto confirmada. Por supuesto, para que el EO sea completo, además de autosatisfacción el sujeto deberá sentir la admiración y el respeto de sus semejantes que, como los amigos de Olegario, experimentarán el EO vicariamente.

El Efecto Olegario, que algunos estudios describen como caso extremo del llamado Síndrome Nosiyasabíayo, fue documentado por primera vez por Edward A. Murphy. Al estudiar los efectos de sus famosas leyes, este investigador registró  episodios de incotenible e inexplicable alegría y orgullo en sujetos que vivían experiencias donde se confirmaba una o varias leyes de Murphy. Sus resultados se recogen en un trabajo pionero de obligada referencia para todos los estudiosos del EO: “The unexpected emergence of happiness and pride in adverse situations: A case of Oligarism?” (E.A. Murphy et al., 1949).

Aunque se han documentados casos de EO en distintos ámbitos, sin que se haya podido establecer un patrón de condiciones previas para su aparación, su ocurrencia en ambientes universitarios es significativa. En particular, el 96% de  una amplia muestra de alumnos que demostraron poseer un profundo conocimiento de las pautas  comportamentales del profesorado, sintieron EO al comprobar que sus resultados académicos eran malos pero cumplían sus expectativas (“Why to write an original essay if the evaluator is unable to distinguish between a good paper and any dodgy material copy-pasted from The Lazy’s Corner?”, X. Student, 2011).