Archivo mensual: octubre 2012

El deporte a escala 1:20

En España tenemos un Ministerio de Educación, Cultura y Deporte pero una Secretaría de Estado de Investigación, Desarrollo e Investigación (aka Ciencia) dependiente del Ministerio de Economía. O sea, que según como se han organizado las cosas, la ciencia tiene que ver con el dinero, y debe ser apoyada por los poderes públicos en cuanto que es una potencial fuente de riqueza, mientras que el deporte es considerado enriquecedor y formativo en sí mismo. Estaríamos, en el segundo caso, en el nivel superior de la pirámide Maslow, ese que se refiere a la “motivación de crecimiento”, la “necesidad de ser” y la “autorrealización”. La ciencia, por el contrario, parece residir en la base de la pirámide, la de las necesidades pedestres  aunque – también es verdad – más básicas. ¿Es esto cierto?

No es del todo cierto en el caso de la ciencia. Por un lado, la ciencia de hoy es la tecnología del mañana, y la tecnología trae bienestar y riqueza. De hecho, si nos la hubiéramos tomado más en serio, otro gallo nos estaría cantado ahora en este país. Pero la investigación científica va mucho más allá. El simple afán de buscar el conocimiento nos transporta a el nivel superior de autorrealización. La ciencia es mucho más que una actividad económica. Es alimento para el alma, por usar una metáfora común. ¿Y el deporte? El deporte es divertido y saludable. Practicarlo es bueno, no voy a ser yo quien lo niegue. Mi admirado Albert Camus (que siendo niño jugaba al fútbol en el puesto de portero para no desgastar mucho los zapatos) escribió lo siguiente: “después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol.” Tiene razón Camus: el deporte es, además, educativo. Por todas estas razones la sociedad debe alentar la práctica del deporte, por ejemplo, con infraestructuras. Fin del cuento.

Sería el fin del cuento si no fuera necesario abrir otro capítulo dedicado al deporte profesional, también patrocinado, de una u otra manera, por los poderes públicos. El deporte profesional supone la exaltación de la competitividad extrema. Alguien con cualidades excepcionales, tras mucho trabajo y esfuerzo compite por ser el mejor en algo y cobra por ello. Otras personas, los espectadores,  disfrutan del espectáculo y celebran las victorias del deportista. Perfecto. Lo que no creo es que los deportistas deban ser considerados ejemplos a seguir por el hecho de serlo. Es que se esfuerzan mucho, algunos hacen unos sacrificios enormes y además está bien buscar un objetivo con tenacidad, dirán ustedes. Indudablemente, pero a la larga hacen todo eso para tener la admiración de la gente, para que alguien les cuelgue una medalla o les dé una copa. Y por mucho dinero en muchos casos, aunque en otros no tanto. ¿No es un poco pueril dedicar la juventud a buscar la admiración ajena por ser el más rápido, el más alto, el más fuerte? ¿No es un comportamiento básicamente vanidoso? En cualquier caso, aunque lo parezca, no critico a los deportistas. Digo esto para señalar que el deporte profesional es el típico ejemplo de sublimación, es decir, un mecanismo para convertir impulsos bastante primitivos – por parte del deportista y del espectador – en una actividad cultural de carácter superior.

Siempre he tenido la sensación de que el mundo está al revés. El deporte profesional exalta al vencedor cuando lo importante realmente es participar, no ganar, porque los beneficios están en la práctica. En la investigación, sin embargo, hay que hacer las cosas bien: lo importante es ganar, entendiendo ganar como avanzar y crear. Para que esto ocurra, por supuesto, la sociedad tiene que participar y hay que extender, en la medida de lo posible, la práctica científica. Lo que realmente da la medida del progreso y desarrollo de un país, es su cultura – también su cultura científica -. Los triunfos deportivos podrán halagar el orgullo patriótico o alegrar una tarde de domingo, pero no necesariamente son un indicativo de que la población general se beneficia de la práctica del deporte.

El futbolín como metáfora: un campo de fútbol a escala (imagen extraída de linoleo.wordpress.com)

– Interlocutor: Este es el típico discurso de columnista de dominical snob que se cree más listo que la masa. Y además está más oido que La Marsellesa: los aficionados a los deportes son unos incultos y bla, bla, bla…

– Cristina: No es eso lo que pienso. Sólo digo que el deporte profesional no debería tener apoyo público, o al menos mucho menos que el actual. También creo se le da muchísima importancia a los deportes pero eso no significa que piense que los aficionados sean unos ceporros. Habrá de todo. Es más, está claro que la victoria de tal o cual equipo o deportista hace inmensamente feliz a mucha gente y esto no tiene nada de malo. ¡No está la vida para despreciar motivos de alegría! Nick Hornby explica muy bien esta sensación en su libro “Fiebre en las gradas” (que yo leí para documentarme para un trabajo sobre fútbol) al respecto de la alegría que sintió cuando su equipo, el Arsenal, ganó la liga inglesa de fútbol:

“El símil sexual se entiende bastante bien, pero no acaba de encajar. Un orgasmo, por muy obviamente placentero que sea, es algo familiar, que se puede incluso repetir y que es previsible, al menos en el caso de un hombre. (…) Ninguno de los momentos que la gente suele describir como los mejores momentos de sus vidas son en modo alguno análogos. Dar a luz debe de ser algo extraordinariamente conmovedor, pero carece del elemento de sorpresa, que es crucial, y además es algo que dura demasiado. Ver cumplida una ambición personal –un ascenso, un premio, lo que sea – no entraña ese factor muy de última hora (…). ¿Qué otra experiencia podría aportar ese atributo de lo repentino? Puede que ganar un premio enorme en la lotería, pero es que ganar una fortuna es algo que afecta a una parte de la psique radicalmente distinta, y carece del éxtasis comunitario que se tiene en el fútbol. Hay que llegar a la conclusión de que no hay literalmente nada que lo describa. He agotado todas las opciones disponibles. No recuerdo ninguna otra cosa que haya podido codiciar durante veinte años, ¿hay algo que se puede codiciar razonablemente durante tantísimo tiempo?…”

Lo que yo digo es que se puede alcanzar el mismo éxtasis deportivo con muchos menos recursos. Mi padre es aficionado de un equipo que jamás ha pasado de la Tercera División y les aseguro que el día que suba de categoría sentirá una alegría parecida a la que sintió Hornby. Por eso propongo redimensionar el fútbol (en general todos los deportes, pero en España deporte es fútbol) a una escala 1:20. En lugar de dedicarle 20 minutos en el telediario, dedicarle 1;  en lugar de pedir prestados a Caja Madrid (hoy en Bankia – ahí dejo el dato) 76,5 millones de euros para el fichaje de Cristiano Ronaldo, pedir 3,8; en lugar de darle a cada jugador 600.000 euros cuando ganan un mundial, darles 30.000; en lugar de que Hacienda (que somos todos – pero unos más que otros) perdone a los clubes 752 millones de euros, que les perdone… bueno, en este caso que no les perdone nada. Y así seguro que tendríamos más recursos para ciencia y educación. Por ejemplo.

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The knowledge, my friend, is blowing in the wind

“Saber algo es probablemente una idea obsoleta. En realidad no necesitas saber nada. Puedes averiguarlo por tus propios medios en el momento en que lo necesites. El trabajo del profesor es señalar a las mentes jóvenes qué tipo de pregunta deben hacerse. El profesor no tiene que dar ninguna respuesta, porque las respuestas están en todas partes. “

Dicho por Sugata Mitra, catedrático de Tecnología Aplicada a la Educación en la Universidad de Newcastle, Reino Unido, y leído aquí.

Y pregunto yo, ¿el conocimiento generado al encontrar esas respuestas – que están en todas partes – queda también obsoleto? ¿Para qué buscar respuestas si no necesitamos saber nada? El profesor que señala las preguntas a las mentes jóvenes, ¿cómo lo hace, si él mismo no sabe nada? ¿Estamos ante un problema de incompletitud?

Qué manía con que el conocimiento puede ser transmitido por todo el mundo menos por el profesor. No sé si es un problema de autoestima o la constatación de una realidad. En el caso de algunos, es lo segundo seguro.

Ya lo decía Bob Dylan, las respuestas están blowing in the wind. Lo que pasa es que él se refería a otro tipo de respuestas. Me temo.

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La tecnología por dentro: controlar o ser controlado

Cuando los currículum escolares hablan de “competencia digital” sólo tienen en cuenta la perspectiva del usuario. Se enseña a navegar por internet, ofimática y a lo sumo a usar algún software ya creado para un fin específico. A mi juicio este modelo falla por varias razones. En primer lugar porque entorpece el aprendizaje de lo que yo considero que son aspectos básicos de la educación (como he tratado aquí, aquí, aquí y aquí). Además, manejar un ordenador o un dispositivo electrónico es casi intuitivo y se prevé que cada vez lo sea más, de modo que una vez el niño haya alcanzado las capacidades básicas que se espera adquiera en la escuela (que pueda concentrarse en una tarea un tiempo razonable, entienda lo que lee, sea capaz hacer razonamientos más o menos complejos…) no le va a costar nada ser un usuario “digital” competente. Lo paradójico es que el acercamiento a las nuevas tecnologías en la escuela, tal y como se plantea hoy, tampoco prepara a los alumnos para la tecnología del mañana. Con suerte ganarán cierta soltura con las de hoy, pero todo cambia muy rápidamente y si sólo se les ofrece la perspectiva del usuario, inevitablemente verán el hardware y el software como “cajas negras” que alguien les va a ir poniendo por delante. No controlarán las tecnologías sino que, en cierto modo, serán controlados por ellas.

Sin embargo, estamos rodeados de electrónica. La tecnologías digitales han transformado para siempre nuestro mundo y la escuela no puede permanecer ajena a esta realidad. Desde hace algún tiempo vengo pensando en cómo acercar “desde dentro” la tecnología a los niños de forma sencilla y barata. La respuesta la he encontrado en Arduino, una plataforma  para la creación de prototipos electrónicos que permite la recogida de datos desde distintos sensores o interruptores y el control de luces, motores y otros muchos actuadores físicos. Estos dispositivos pueden trabajar autónomamente o comunicarse vía software con un ordenador. Las placas se pueden comprar listas para usar a un precio muy razonable, una de sus mayores ventajas. Además el software es abierto y multiplataforma, o sea, puede funcionar en Windows, Mac OS y Linux. Como dice uno de sus creadores en esta entrevista, Arduino es simplemente un sistema educativo, muy sencillo y eficiente. Es una extraordinaria herramienta para aprender.

Ahora estoy a la espera de que llegue la placa Arduino que he encargado para mi entretenimiento personal además de para aprender, no vayan a pensar mis lectores que yo soy una experta en estas cosas. Espero poder poner algún proyectillo de los que vaya haciendo en mi otro blog. Por ahora, los dejo con este vídeo donde tres niñas de once años trabajan con Arduino en un sistema de “alerta para ratones”. Maravilloso.

Post-post: en este magnífico blog hay un post sobre otra aplicación de Arduino.

Editado (26/10/2012): en mi otro blog he puesto una actividad para controlar un pequeño motor con una placa Arduino.

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No le robéis a los niños

Que una mala educación condiciona el futuro de una persona, al no dejarle desarrollar todas sus capacidades, es cosa sabida. Sin embargo, una mala educación puede afectar a niveles mucho más profundos. Y es que creo que se está robando a los niños algo muy importante. Me refiero a la posibilidad de disfrutar aprendiendo, de explorar esa dimensión imaginativa necesaria para comprender el mundo y para soportarlo. Vivimos –hemos vivido– en una sociedad consumista donde lo importante es rodearse de objetos. La alegría se compra. No hay felicidad sin gasto. Los mundos imaginarios son creados por otros, para después ser construidos a medida y ofrecidos como parques temáticos en paquetes con todo incluido. Vivimos  como consumidores, no como ciudadanos, y educamos a los niños en consecuencia. En el colegio donde hice la prácticas llevaron a los niños de sexto –en temporada de clases, para más inri–  a Disneyland® Resort Paris, popularmente conocido como Eurodisney. Algunos salían de la isla por primera vez, y quién sabe cuando volverán a hacerlo al precio que se está poniendo volar, pero no visitaron ningún parque natural, ningún pueblo o ninguna ciudad real: se metieron en una especie de escenario, concebido por los creativos de Disney S.A., donde obtuvieron diversión a cambio de dinero y se llevaron fotos y merchandising en lugar de auténticas vivencias. Yo no voy a decirles a los padres lo que tienen que hacer con sus hijos, pero me parece que la escuela no debería fomentar estas cosas que, como poco, denotan una pobreza cultural alarmante cuyas consecuencias pagarán al final los niños. La infancia ha pasado a ser un segmento del mercado sobre el que se han edificado emporios empresariales y,  como los adultos, los más pequeños han aprendido a valorar los productos, no por lo que son, sino por el estatus que se consigue al poseerlos. Pero si formar consumidores es cuestionable, formar consumidores, cuando deja de haber medios para consumir, es criminal.

Disneyland Paris (imagen extraída de http://www.pequeocio.com)

Porque estamos hablando de niños que crecerán en el país de la eurozona con más desigualdad social, donde los servicios sociales atienden ya a ocho millones de personas, donde una de cada cuatro personas en edad de trabajar está desempleada (una de cada tres en Canarias) y donde un tercio de los que trabajan queda al borde de la pobreza al cobrar a lo sumo el salario mínimo. Esto no quiere decir que echarse en brazos del consumismo desaforado sea bueno mientras haya posibles. Lo que ocurre es que, cuando no los hay, la situación de indefensión de los niños se hace más evidente. No hay nada más irresponsable que educar a un niño para hacerle creer que su propia autoestima depende de tener tal o cual y después arrancárselo o no dejarle acceder a esos bienes cuyo valor se ha sobredimensionado más allá de lo razonable. Por eso me ponen de mal humor los vídeos como el que colgué el otro día, un nuevo ejemplo de publicidad encubierta en supuestos valores educativos. ¿Qué pinta Telefónica en la escuela? Hay que asumirlo: los placeres que se pueden conseguir con dinero cada vez estarán al alcance de menos personas. Ahora podemos seguir alimentando el sistema con consumidores frustrados o cambiar el paradigma y educar para disfrutar de lo que no cuesta nada pero vale mucho.

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Es la educación que quieren

A veces cometo el error de conectarme a los blogs de algunos de los profesores que tuve en Magisterio. Hoy me he encontrado con este vídeo:

Esta es la educación que por lo visto quiere Fundación Telefónica: una educación subordinada al mercado en general y a Telefónica en particular.

A propósito del vídeo me hago las siguientes preguntas dos punto cero:

¿Por qué los abanderados de la educación 2.0 prefieren acudir a encuentros internacionales en lugar de comunicarse a través de la red? ¿Por qué los que más apología hacen de la red 2.0 jamás contestan a los comentario en sus blogs? ¿Qué es exactamente la escuela 2.0? ¿Por qué Telefónica en lugar de rebajar sus tarifas – que son las más altas de Europa – se dedica a patrocinar vídeos de propaganda?

A mi la red me parece una maravilla y reconozco que las (ya no tan) nuevas tecnologías ofrecen herramientas valiosísimas para la enseñanza. Pero no hay necesidad de dedicar una canción al concepto… a menos que se quiera vender algo, claro.

Post post: Hay que reconocer que la canción es pegadiza.

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El injusto olvido del laboratorio escolar

España es un país aconfesional y su sistema educativo es constructivista. No lo digo yo, lo dice la ley. Ahora bien, ¿de qué se habla cuando se habla de constructivismo? Honestamente creo que nadie termina de tenerlo claro. El constructivismo tal y como se explica en las escuelas de Magisterio es, desde mi punto de vista, totalmente inviable. Porque no se puede construir de ‘la nada’. Para construir realmente algo hace falta tener cierto andamiaje, entendido no sólo una serie de conocimientos previos sino también como un conjunto habilidades, digamos intelectuales, que un niño pequeño no tiene y que cuesta años desarrollar. Un constructivista coherente tendría que dedicar años y años a intentar que cada niño diese un pequeñísimo paso en el conocimiento, en una suerte de reinvención continua de la rueda, y es evidente que algo así no funcionaría. Con todo, el paradigma constructivista tiene cosas positivas, como la importancia de los preconceptos  en el aprendizaje y la pedagogía activa. Además, creo que todos estamos de acuerdo en que el aprendizaje tendrá que acabar siendo significativo (aunque quizás haya que asumir que no siempre se pueda llegar a él de modo directo sino haciendo escalas). El constructivismo no es sinónimo de activismo pedagógico pero entiendo que una pedagogía constructivista debería ser fundamentalmente activa. Y sin embargo no es esto lo que se fomenta. Si fuera así, las escuelas estarían llenas de talleres y laboratorios y los niños pasarían más tiempo pensando e investigando. Pero ya no hay laboratorios en los colegios (al menos en el colegio donde hice las prácticas no lo había). Por el contrario, y por motivos que se me escapan, la Congregación del Santo Constructivismo ha eliminado los laboratorios escolares de sus altares para sustituirlos por los nuevos ídolos de pies de silicio: las tecnologías de la información y la comunicación (Santa Tic y San Pecé). Me resulta paradójico que se hable de constructivismo al mismo tiempo que se le da un valor desmesurado a la información, sobre todo si viene de Internet y se presenta en forma de fragmentos deslavazados y dispersos. Así, ha ganado fuerza el llamado maestro mediador, representado por figuras tan pintorescas como la del curador de contenidos o el profesor DJ, al mismo tiempo que la del maestro activo, o maestro que-prepara-actividades-y-enseña, ha caído en desgracia. Creo que es un error. Y por eso concluyo al final que yo debo de ser más constructivista que los mismísimos logsianos. La pedagogía te da sorpresas, sorpresas te da la pedagogía.

Para llegar aquí no me he caído de ningún caballo (como hice la EGB con las monjas puedo dar un montón de referencias bíblicas y parecer culta – tomen nota los diseñadores del currículo) sino  que modestamente he tratado de usar el sentido común. Y el sentido común dice que para enseñar algo primero hay que entenderlo, después pensar qué es exactamente lo que queremos que los niños aprendan y para qué, y ahí diseñar el método más adecuado considerando las características de cada uno. Así, teniendo en cuenta que  un niño de primaria normalmente tendrá dificultades para asimilar contenidos con alto nivel de formalización, lo mejor es basar las clases de ciencia en experimentos donde haya que manipular. Hands-on science, como dicen los anglófonos. ¿No es absurdo enseñar un youtube con las partes de una flor pudiendo ver  y tocar la flor?

Modelo con luz de las fases lunares de la empresa japonesa ArTec (imagen tomada de su página web)

Veamos un ejemplo. El otro día Pseudópodo comparaba en su blog dos diagramas aparecidos en libros de texto para explicar las fases de la luna. Uno era de 1964 y otro de hace un año o dos. El segundo era más simple pero mucho más confuso hasta el punto de entorpecer, más que ayudar, la comprensión de las fases lunares. El esquema antiguo tampoco era especialmente clarificador pero al menos no contenía errores graves. El caso es que puede que ahora seamos constructivistas pero seguimos usando los mismos métodos que hace cincuenta años. ¿No sería muchísimo mejor usar un modelo de este estilo (como el de la figura) para mostrar las fases de la luna y una vez comprendidas pasar a manejar esquemas más abstractos? Cualquier maestro medio mañoso puede fabricar algo así con una lámpara y dos pelotitas de corcho, en caso de que la escuela no pueda gastar los 9.99 dólares (más gastos de envío) que cuesta el juguete. No niego que haya buenos libros o vídeos como éste, aunque sigo pensando que en este caso la manipulación, entendida en su sentido literal, es más efectiva y más estimulante porque pone a funcionar las neuronas. Un proyecto interesante sería el de coger el curriculum de ciencias de Primaria (de Conocimiento del Medio, sección ciencia) y construir, para cada tema, pequeños experimentos o  modelos con materiales sencillos. ¿No sería mejor apoyar al gremio de los ferreteros en lugar de al de los editores?

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Nada nuevo bajo el sol

Acabo de terminar de leer ‘El profesor’, el libro donde Frank McCourt, autor del archifamoso ‘Las cenizas de Ángela’, cuenta sus experiencias como profesor de instituto en Nueva York entre los años cincuenta y ochenta del siglo pasado. He de decir que tengo un plan de austeridad particular que entre otras medidas recoge la de no comprar más libros y apañarme con los que voy sacando de la biblioteca (sí, yo como el gobierno he recortado del capítulo ‘educación y cultura’) pero éste lo tenían casi regalado, en una mesa con libros de  autoayuda de saldo, y decidí llevármelo. No me arrepiento. Es una historia contada con mucho humor y amor por la profesión que  hubiera merecido un lugar más digno en la librería.  Al final, además de disfrutar, me he quedado con la idea que ya intuía de que a enseñar se aprende enseñando y, sobre todo, de que no hay nada nuevo bajo este sol que nos alumbra. Leer al profesor McCourt es como escuchar a los profesores de instituto -en activo – que conozco.

Frank McCourt (imagen extraída de http://www.eurowon.com)

Sobre los adolescentes, sus pocas ganas de trabajar y la falta de disciplina en las aulas:

Es la era de Eisenhower y los periódicos hablan del gran descontento de los adolescentes americanos. Son  «los hijos perdidos de los hijos perdidos de la generación perdida». (…) Sueltan discursos desesperados. La vida no tiene sentido. Todos los adultos son unos farsantes. ¿De qué sirve la vida, en todo caso? No tienen ninguna ilusión por el futuro (…) Hay tanto descontento entre los adolescentes que forman bandas y tienen peleas con otras bandas (…).

Sobre los pedagogos:

Los profesores de pedagogía de la Universidad de Nueva York nunca hablaban en sus lecciones de cómo resolver las situaciones de bocadillos voladores. Hablaban de teorías y filosofía de la educación, de imperativos morales y éticos, de la necesidad de dirigirse a todo el niño, de la gestalt, nada menos, las necesidades percibidas del niño, pero nunca de los momentos críticos en el aula.

Sobre la burocracia y la mala organización de los centros escolares:

No tenía ninguna filosofía de la educación concreta, salvo el hecho de que me sentía incómodo con los burócratas, con los de arriba, que habían huido de las aulas sólo para volverse contra los ocupantes de esas aulas, profesores y alumnos, y fastidiarlos. Nunca quise rellenar sus impresos, seguir sus directrices, administrar sus exámenes, tolerar sus intromisiones, ceñirme a sus programas ni a sus planes de estudio.

Y sobre qué significa enseñar:

Discuto conmigo mismo: «Estás contando historias, cuando deberías estar enseñando»
«Estoy enseñando, contar historias es enseñar.»
«Contar historias es una pérdida de tiempo.»
(…)
«Eres un farsante. Estás defraudando a nuestros hijos.»

Lo dicho, nada nuevo bajo el sol. Aunque una diferencia sí hay: Frank McCourt fue nombrado “profesor del año de América” en 1976. Estas cosas nos pueden sonar algo ridículas, pero al menos alguien se molestó en dar valor a su trabajo, ¿no?

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