Archivo mensual: mayo 2013

La metafísica del gato

Uno de los objetivos, si no la tarea primordial, de los movimientos religiosos ha sido siempre el de redondear la siempre incompleta comprensión de la insatisfactoria y perpleja situación en la que el hombre se encuentra en el mundo: cerrar la desconcertante ‘apertura’ de la perspectiva resultante de la mera experiencia, con vistas a aumentar su confianza en la vida y fortalecer su natural benevolencia y simpatía hacia el prójimo, innatas según creo, pero supeditadas a las desventuras personales y a los zarpazos de la miseria. (…)

Las disputas que estallaron entre ellas [ciencia y religión] son demasiado conocidas como para requerir más comentarios. (…) Por deplorables que fueran tales disputas reflejaban un interés mutuo. Los científicos por una parte, y los metafísicos por otra, tanto oficiales como eruditos, eran conscientes de que sus esfuerzos por afianzar el propio punto de vista se referían después de todo al mismo objeto: el hombre y su mundo. Se percibía aún como una necesidad la clarificación de la divergencia de opiniones, algo que todavía no se ha alcanzado. La relativa tregua a la que hoy asistimos, al menos entre la gente culta, no ha sido fruto de una armonización de ambos puntos de vista, el estrictamente científico y el metafísico, sino más bien de la decisión de ignorarse mutuamente, no sin cierta dosis de desprecio. (…) Es patéticamente divertido ver como los unos sólo toman en serio la información científica, mientras los otros clasifican la ciencia entre las actividades mundanas, cuyos hallazgos son menos trascendentes y tienen, lógicamente, que dar paso, en caso de desacuerdo, al conocimiento superior obtenido a través del conocimiento puro y la revelación. Uno lamenta ver a género humano esforzándose por alcanzar el mismo objetivo siguiendo dos tortuosos senderos diferentes y difíciles, con anteojeras y muros de separación, y con pocas intenciones de aunar fuerzas y alcanzar, si no un entero conocimiento de la naturaleza y la situación humana, al menos el conocimiento consolador de la intrínseca unidad de nuestra búsqueda. Es algo deplorable, digo, y es en todo caso un triste espectáculo, en la medida en que obviamente reduce la magnitud de lo que podría alcanzarse si todo el poder del pensamiento a nuestra disposición estuviera unido sin cortes. No obstante, el perjuicio podría quizás tolerarse si la metáfora que he utilizado fuera en realidad apropiada, es decir, si verdaderamente hubiera dos grupos de personas que siguen dos senderos. Pero no es así. Muchos de nosotros no hemos decidido aún cuál de ellos seguir. A pesar suyo, cuando no con desesperación, muchos se encuentran decantándose alternativamente por una u otra perspectiva. No es ciertamente habitual que una completa educación científica satisfaga enteramente el anhelo innato de estabilización religiosa o filosófica, frente a las vicisitudes de la vida cotidiana, como si ello bastara para sentirse feliz. Lo que suele suceder es que la ciencia basta para poner en tela de juicio las convicciones religiosas populares, pero no para reemplazarlas por otra cosa. De ahí el fenómeno grotesco de mentes altamente competentes, con buena formación científica pero con una perspectiva filosófica increíblemente infantil, subdesarrollada o atrofiada.

Si se vive en condiciones moderadamente seguras y confortable, y se las toma como norma general de lo que es la vida humana (…), uno parece manejarse bastante bien sin ninguna perspectiva filosófica; si no indefinidamente, al menos hasta que uno envejece, llega a la decrepitud y comienza a ver la muerte como una realidad. Pero  mientras las primeras etapas del rápido avance material que vino como consecuencia de la ciencia moderna parecieron inaugurar una era de paz, seguridad y progreso, este estado de cosas ya no rige. Lamentablemente las cosas han cambiado. Mucha gente, incluso poblaciones enteras, se han visto privadas de seguridad y confort, han sido despojadas de casi todo y se enfrentan a un sombrío futuro al igual que aquellos de sus hijos que no han perecido. La mera supervivencia del hombre, no digamos el progreso continuo, han dejado de estar asegurados. La miseria personal, las esperanzas enterradas, los inminentes desastres y la desconfianza respecto a las leyes de prudencia y honestidad basta para hacer que los hombres se aferren a una vaga esperanza (sea o no probable) de que el ‘mundo’ o la ‘vida’ de la experiencia se inserte en un contexto de más alta significación por más que sea inescrutable.

Erwin Schrödinger en “La naturaleza y los griegos”, libro basado en un curso impartido por él en 1948.

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La vergüenza de Arquímedes

Se quejaba el otro día Fernando Savater en uno de sus artículos, de que nuestro sistema educativo está  totalmente enfocado a lo práctico, a lo útil, a lo rentable. Según él, ése es el verdadero problema de la universidad actual, bajo las pautas abierta o encubiertamente mercantilistas dictadas por Bolonia. Me pregunto dónde ha estado metido este hombre todo este tiempo para afirmar semejante cosa. ¡El verdadero problema! Estoy segura de que cualquiera que haya conocido la universidad española, y sea mínimamente honesto consigo mismo, no dudará en reconocer que los problemas de la enseñanza superior son múltiples y variados pero, desde luego, el exceso de utilidad de los contenidos nunca ha sido uno de ellos. Ni siquiera ahora, cuando – es cierto -, se está dando mucho más peso a lo (aparentemente) práctico. Sigue diciendo Savater que el objetivo de los planes de estudio viene dictado hoy en gran medida por las exigencias de las empresas que pueden ofrecer colocación a los graduados. Y creo que aquí se vuelve a equivocar. Yo diría que los planes de estudio vienen dictados – hoy como ayer – por los departamentos universitarios, y que responden sobre todo a sus luchas internas de poder, no a los intereses de las empresas, y no digamos a los de los alumnos. ¡Ojalá a los graduados les sirviera al menos para encontrar colocación! Eso que habríamos ganado. La realidad es que han cambiado algo las formas, pero en el fondo están los mismos, enseñando lo mismo, que no es otra cosa que aquello que conocen y que saben hacer. Dicho esto, yo tampoco creo que  se deba supeditar la escuela, o la universidad, al mercado, pero tampoco debe dar la espalda a la sociedad, cerrada en su círculo de autocomplacencia.

El hecho de que alguien como Savater opine sobre este tema en estos términos pone de manifiesto, una vez más, que lo que ciertas élites intelectuales conocen como cultura y conocimiento, así en general, se refiere a su pequeño campo de intereses y a su particular visión academicista del mundo. Es cierto que no todo en la vida ha de servir para ‘algo’. Ahora bien, ¿puede decir Savater seriamente que el objetivo de unos estudios de ingeniería industrial debe ser el simple afán de saber y de indagar sin objetivo inmediato práctico? ¿Deben estar los planes de estudios de medicina orientados a proporcionar una formación humanista en el sentido amplio del término, o conviene que los futuros médicos adquieran conocimientos y destrezas prácticas con las que ayudar a prevenir y curar enfermedades? Es más, me resulta curioso que utilice los términos ‘práctico’ y ‘rentable’ indistintamente, porque no tienen demasiado que ver. Saber instalar una placa solar en casa para uso doméstico es muy práctico pero seguro que ni  las compañías eléctricas  ni el gremio de instaladores lo consideran rentable. En cualquier caso, la buena educación siempre es rentable a largo a plazo. Hay una clara correlación entre el desarrollo económico y la calidad de la enseñanza y la investigación que se hace en un país (por ejemplo, estos gráficos son muy claros a este respecto). Es decir, que la buena educación se puede defender incluso usando criterios estrictamente económicos. Pero es que además, aunque no lo fuera, la educación es un derecho: todos debemos tener la oportunidad de aprender, de enriquecer nuestra vida, de abrir nuestro mundo. El conocimiento tiene valor por sí mismo y no sólo como medio para conseguir un puesto de trabajo. En esto estoy de acuerdo con el artículo (¿cómo no estarlo?), lo que ocurre es que cuando se leen cosas como que el verdadero problema de la universidad es que el sistema está demasiado enfocado a lo práctico, no me queda otro remedio que entender dos cosas: 1) que el autor considera que antes de esa supuesta deriva utilitarista la universidad sí proporcionaba una formación “humanista” en el sentido amplio y sí satisfacía la curiosidad intelectual o el afán de conocer; y 2) que piensa que el verdadero conocimiento no puede nunca ser práctico. Respecto a la primera afirmación, los datos empíricos la desmienten fácilmente, en tanto que la segunda, no es otra cosa que una nueva vuelta de tuerca al espíritu del hidalgo castellano, aquel que consideraba indignas las tareas prácticas. Como le pasaba a Arquímedes.

Arquímedes embarcado. Imagen extraída de www.divulgon.com.ar

Arquímedes embarcado. Imagen extraída de http://www.divulgon.com.ar

Arquímedes era un gran matemático pero además sentía debilidad por los ingenios mecánicos, algo que, en aquellos tiempos, estaba muy mal visto entre las personas de su clase. Inventó multitud de artilugios útiles como el tornillo sin fin, para llevar el agua a zonas elevadas,  y la polea.  También fue suyo el diseño del mayor barco de transporte de la antigüedad así como la formulación matemática de la ley de la palanca y muchas de sus aplicaciones prácticas. Pero si hoy sabemos esto es porque lo contaron otras personas, porque al propio Arquímedes le daba vergüenza dedicarse a actividades tan vulgares como diseñar y fabricar mecanismos  y no se atrevió a escribir nada sobre ellos. Solo hizo una excepción al describir un modelo mecánico del sol, la luna y los planetas, y esto, probablemente, porque era un instrumento sin utilidad práctica y por tanto considerado menos indigno de su condición. No tengo ninguna duda de que a Arquímedes lo guiaba su curiosidad intelectual y su afán de conocer y que disfrutaba enormemente experimentando con sus artilugios. Dos mil trescientos años más tarde, debería sonar ridículo avergonzarse por unos logros intelectuales tan impresionantes. ¿No suena ridículo?

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Valorar el dinero

Pequeña princesa con papeletas para convertirse en niña de papá. Crédito: Saverio Truglia.

Pequeña princesa valorando el dinerillo. Crédito: Saverio Truglia.

No sé muy bien como ocurrió, pero el otro día me topé en Internet con un programa de tele-realidad llamado ‘Hijos de papá’, que quizás ya no se siga emitiendo. Y no sólo lo vi, sino que busqué otros capítulos. (Hecha esta bochornosa confesión, aprovecho para decir también que me gusta una canción de El Puma). El caso es que los protagonistas del programa en cuestión son jóvenes retoños de padres ricos que aparentemente viven sin más preocupación que la de en qué gastar dinero. Ninis con Lamborghinis. Los muchachos sobreactúan y es evidente que ninguno tiene muchas luces. Todo está montado para que el espectador se escandalice y se sienta moralmente superior a los hijos de papá. Las escenas de superficialidad y lujo se suceden con algún que otro momento emotivo que responde al clásico ‘los ricos también lloran’. Nada nuevo bajo el sol. Y, también, como muchos otros productos televisivos, la cosa tiene intención moralizante. El espectador debe saber que la actitud de los jóvenes imitadores de Paris Hilton no es la adecuada y hay que ayudarlos, por tanto, a corregir su comportamiento. Y aquí viene lo más sorprendente. Porque parece ser que lo único susceptible a ser reformado, el único problema de estos chicos, es que no valoran el dinero. Y el dinero, por lo visto, ha de ser valorado. Los padres ricos – en su mayoría empresarios de la construcción y la hostelería – sí lo valoran y piden a los señores de la tele que los ayuden a enderezar a sus retoños para que terminen haciendo lo propio. Ellos son padres ejemplares – superpapás que han dado una vida maravillosa a sus hijos (sic) – que dan tanto valor al dinero que pasan el tiempo ganándolo, y no estando con ellos (los ricos en ocasiones lloran), y que dedican su esfuerzo a sobornar concejales, defraudar a hacienda y evadir capitales (afirmaciones que en este país no son prejuicios, sino, desgraciadamente, verdades estadísticas). ¿Y cómo pueden aprender sus frívolos vástagos a valorar el parné? Pues los papás han de buscarles trabajos donde hacer el paripé mientras van valorando el dinerito que, mira niño, a algunos les cuesta mucho ganar. Porque por algún motivo es mejor simular que se trabaja, apartando a otros que sí son capaces de aportar algo con su esfuerzo, que vivir tranquilamente del cuento. Para mí es menos dañino ser parásito social que saboteador: se empieza así, y se acaba en un consejo de administración de algo o de asesor en Telefónica. Pero debe ser que yo tampoco valoro el dinero (y así me va). Por otro lado, y como todo el mundo sabe, lo valorable se valora mejor cuando el simulacro sucede ante la mirada del telespectador que con bastante  probabilidad estará en el paro (otra verdad estadística).  Sin olvidar que también se aprende a valorar el dinero conociendo las verdades de la vida. Igual que María Antonieta tuvo que aprender que los pobres no tenían pan (pues que coman pasteles), nuestros ninis-chic han de saber que hay pobres que no tienen casa. Afortunadamente no faltan desahuciados a los que ir a visitar con cámaras de televisión para valorar un rato con ellos. Quién sabe si el incidente que María Antonieta tuvo con la guillotina, no se debió a que no valoró lo suficiente. Una vez valorado el asunto, ya no hay problema en seguir consumiendo hasta el paroxismo y en tener la cabeza vacía. Y, sobre todo, no hay problema en que sus papás sigan explotando al prójimo. En definitiva, que al final acabé empatizando con los hijos de papá, porque al menos ellos sí saben que el dinero no tiene ningún valor.

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Especial Primero de Mayo

El día internacional del trabajo, que se celebra el 1 de mayo, es festivo en España y en muchos otros países. Se estableció por acuerdo del Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional celebrado en París en 1889. Es una jornada de reivindicación de los derechos de los trabajadores y de homenaje a los trabajadores ejecutados en 1886 en la ciudad de Chicago por pedir la jornada de trabajo de 8 horas. ¿Será Bangladesh el nuevo Chicago? Esto es lo que ocurrió entonces:

Chicago en el siglo XIX

A finales del XIX se habían levantado en el extrarradio de Chicago barrios de infraviviendas en las que se hacinaban los obreros fabriles. Aunque muchos de estos trabajadores eran campesinos sin tierra llegados del centro del país, el Chicago de la época era, en cierto modo, una ciudad de “extranjeros” arrastrados por el sistema económico a la periferia de una ciudad industrial para sobrevivir. La gran mayoría de los proletarios, especialmente en ciudades como Chicago, eran de Alemania, Irlanda, Bohemia , Francia, Polonia y Rusia. Muchos eran campesinos analfabetos pero otros ya tenían conciencia política y habían participado en Europa en revueltas reivindicativas, en especial los venidos de Alemania.

En 1871 un gran incendio destruye la ciudad de Chicago. Mueren 300 personas y mas de 100.000 pierden sus casas. Este desastre aviva la tensión social y así en el primer invierno tras el incendio, miles de trabajadores sin hogar y hambrientos a causa del incendio, se manifiestan pidiendo ayuda. Muchos llevaban en pancartas el lema “Pan o sangre”. Recibieron sangre: la revuelta fue reprimida violentamente por la policía.

Durante los últimos años de la década de 1870, una organización denominada Noble Orden de los Caballeros del Trabajo (NOCT) cobró notable influencia en los barrios obreros de la ciudad. Los caballeros, entre cuyos dirigentes eran mayoría los militantes de la futura Federación Americana del Trabajo se ganaron el aprecio y el respeto de miles de personas debido sobre todo al apoyo que se prestaban entre ellos y a los asalariados que estaban en apuros o caían enfermos, a los que habían sido despedidos o a los que sufrían algún tipo de sanción por parte de los empresarios. En los debates que acostumbraban a suscitarse en los actos y reuniones que convocaba la NOCT, casi siempre destacaba un asunto: las largas jornadas laborales que cubrían los trabajadores en las fábricas de más de 10 horas y con frecuencias de 12 y hasta de 14 horas durante 6 días a la semana.

La huelga del Primero de Mayo

Tras años de penurias y abusos crecientes, en la primavera de 1886 los laboristas de Chicago celebraron varias reuniones, establecieron contacto con otros colectivos y convocaron una marcha para emplazar a los empresarios y a las autoridades a que a partir del 1 de mayo la jornada laboral se redujese a 8 horas diarias. Si no aceptaban, se pondrían en huelga indefinida. Finalmente, los anarquistas liderados por Albert Parsons, decidieron sumarse a las movilizaciones a lo que se habían negado en un principio por considerar que, si bien la limitación de la jornada ayudaría a aliviar las injusticias, para eliminarlas completamente la única solución era suprimir la propiedad privada y abolir el trabajo asalariado. Durante las jornadas previas al día 1, mientras la AFL trataba de convencer al mayor número posible de asalariados para que se sumaran a la huelga, los empresarios amenzaban con cerrar las fábricas anunciando en algunos casos que procederían a su deslocalización. Para sorpresa de todos -también de los convocantes- a la marcha por las 8 horas acudieron en torno a 75.000 personas, que pasearon por las principales calles de la ciudad anunciando la nueva jornada laboral. Y lo que es más importante, en torno al 30% de empresas aceptaron la propuesta e instauraron las 8 horas (aunque también es cierto que la reducción de jornada sólo se mantuvo una semana en la mayoría de las fábricas).

Los sucesos de McCormick

El día 3, el anarquista August Spies pronunció una arenga ante unos 5.000 huelguistas y propuso acudir en masa a la planta industrial McCormick, fabricante de maquinaria agrícola, cuyos trabajadores estaban en huelga desde hacía tres meses porque el propietario había decidido restarles parte del salario para financiar la construcción de una iglesia. Pese a la huelga, la producción de McCormick seguía a buen ritmo gracias a los pistoleros y los esquiroles contratados por la empresa. Los huelguistas, con la intención de paralizar la industria, se reunieron pacíficamente delante del portón de acceso a McCormick. Sin embargo, salieron los rompehuelgas contratados y se desató una batalla campal. Entonces, inesperadamente, compareció una compañía de la policía que nada más llegar y sin previo aviso, disparó contra las filas de los manifestantes, causando seis muertos y un número indeterminado de heridos.

Los sucesos de Haymarket

Apenas dos horas después, varios trabajadores militantes o simpatizantes anarquistas, editaron y repartieron por la ciudad miles de octavillas informando de la masacre y haciendo un llamamiento para acudir a las siete y media de la tarde del día siguiente a una concentración de protesta en el parque de Haymarket. El alcalde de Chicago asumió su cuota de responsabilidad por la actuación policial en los incidentes de McCormick y no sólo autorizó la concentración sino que también acudió a la cita para escuchar a los oradores.

Octavillas repartidas por un grupo de simpatizantes anaquistas convocando a una concentración en la Plaza de Hymarket. A la izquierdas, las primeras que se imprimieron y a la derecha, el mensaje corregido eliminando la referencia al enfrentamiento violento “Workingmen arm yourselves and appear in full force”. El mensaje fue redactado en inglés y en alemán (imágenes extraidas de la wikipedia: Haymarket_affair).

Octavillas repartidas por un grupo de simpatizantes anaquistas convocando a una concentración en la Plaza de Hymarket. A la izquierda, las primeras que se imprimieron y a la derecha, el mensaje corregido eliminando la referencia al enfrentamiento violento “Workingmen arm yourselves and appear in full force”. El mensaje fue redactado en inglés y en alemán (imágenes extraidas de la wikipedia: Haymarket_affair).

El acto terminó pasadas las nueve de la noche y sólo un cuarto de hora después de finalizar el último parlamento el inspector jefe de policía, John Bonfield, consideró que los asistentes tardaban demasiado en abandonar el parque y ordenó a los casi 200 efectivos que habían acudido, paradójicamente, para evitar desordenes, que cargaran contra los reunidos. En medio de la confusión, alguien lanzó una bomba contra la policía, causando la muerte a un oficial e hiriendo a media docena de agentes cuyos compañeros dispararon a su vez contra la muchedumbre. Nunca fue posible establecer el número exacto de muertos y heridos aunque se habló de ocho policías muertos, la mayoría por “fuego amigo”.

Las autoridades declararon el estado de sitio. En los días sucesivos se efectuaron decenas de registros y la policía dijo haber impedido una insurrección armada al descubrir y desmantelar varios arsenales con todo tipo de armas, desde revólveres hasta ametralladoras pasando por bombas e incluso torpedos submarinos.

Los mártires de Chicago

Tras los sucesos, los anarquistas fueron considerados los principales instigadores de la revolución probablemente porque constituían el colectivo obrero mejor organizado y porque en ocasiones había recurrido a la violencia, en forma de palizas a esquiroles y a empresarios considerados explotadores, para defender sus reivindicaciones.

Los ocho mártires de Chicago, de izquierda a derecha, de arriba abajo: Georg Engel, Samuel Fielden, Aldolf Fischer, Louis Linng, Oscar Neebe, Albert Parsons, Michael Schwab y Auguste Spies.

Los ocho mártires de Chicago, de izquierda a derecha, de arriba abajo: Georg Engel, Samuel Fielden, Aldolf Fischer, Louis Linng, Oscar Neebe, Albert Parsons, Michael Schwab y Auguste Spies. (Imagen extraída de gargantas-libertarias.blogspot.com)

El 21 de junio de ese mismo año, sin instrucción regular e incumpliendo numerosos preceptos procesales, 8 de los 31 anarquistas inicialmente acusados fueron juzgados por todos los delitos imaginables. Tres de los reos fueron condenados a largas penas de prisión y los otros cinco, a morir ahorcados.
Los ocho mártires de Chicago, como fueron bautizados y son históricamente conocidos, fueron:

  • Georg Engel  (50 años, alemán, tipógrafo), condenado a la horca.
  • Samuel Fielden (39 años, inglés, obrero del textil), cadena perpetua.
  • Adolf Fischer (30 años, alemán, periodista) condenado a la horca;
  • Louis Linng (22 años, alemán, carpintero), condenado a la horca. Se suicidó en su celda antes de ser ejecutada la sentencia.
  • Oscar Neebe  (36 años, estadounidense, agente comercial), condenado a quince años de trabajos forzados.
  • Albert Parsons (39 años, estadounidense, periodista), condenado a la horca.
  • Michael Schwab (33 años, alemán, tipógrafo), condenado a cadena perpetua.
  • Auguste Spies (31 años, alemán, periodista), condenado a la horca.

El juicio y las condenas provocaron un escándalo de alcance internacional, sobre todo en Alemania, pues cinco de los ocho condenados eran ciudadanos de este país. Siete años después de dictar sentencia, el juicio fue oficialmente declarado nulo y los tres encarcelados fueron liberados.

Lucy, la mujer de Alber Parsons, fue una famosa actvista feminista que trabajó hasta su muerte en defensa de los derechos de las mujeres y de los trabajadores. En 1920 el departamento de policía de Chicago la describió como “más peligrosa que mil insurrectos”. Lucy Parsons nació en Texas como esclava, hija de una mexicana negra y de un indio americano de la nación Creek. En 1870 conoció a Albert Parsons, un ex-soldado confederado con el que se casó ilegalmente debido a que la ley de la época prohibía los matrimonios interraciales. Por este motivo y por su compromiso a favor de los derechos de los negros sufrieron múltiples ataques y amenazas y decidieron trasladarse de Texas a Chicago. Allí los Parsons se volvieron figuras activas en organizaciones libertarias, primeramente involucrándose en el movimiento obrero pero también participando de formas de activismo revolucionario en favor de presos políticos, afrodescendientes, indigentes y mujeres. Ambos contribuyeron con una serie de periódicos con artículos y reseñas. Lucy escribió para el periódico The Socialist y The Alarm, el diario de la Asociación Internacional de los Trabajadores que el matrimonio junto con otros colaboradores fundaron en 1883.

El día del Trabajo

Tres años más tarde de estos hechos, el primer congreso de la Internacional Socialista, en París, decidió que todos los días 1 de mayo se conmemorara el Día de la Solidaridad Internacional – tal es la denominación original -, que más tarde pasó a denominarse Día Internacional de la Clase Trabajadora. Ya recientemente, la mayoría de los sindicatos de casi todos los países han asumido explícita o implícitamente la supuesta inconveniencia de apelar al internacionalismo y, además, en muchos casos han retirado el concepto clase y el título de la conmemoración más habitual es un simple Día de los Trabajadores (durante la dictadura franquista, en España la denominación oficial era Día del Trabajo). Sin embargo, en Norteamérica, incluido Canadá, el 1 de mayo se celebra el Día de la Ley.

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