La cosa pública

Hoy, en uno de mis cada vez más frecuentes ataques de asociabilidad, decidí ir a comer un bocadillo a un bar en lugar de quedarme en la cafetería del trabajo como habitualmente. En la mesa de al lado había un par de tipos tomando cañas. Uno hablaba acaloradamente y a voz en grito, imposible no escucharlo. «Los impuestos son un robo», decía. «Te maman las perras, y ¿pa’qué? Pa’nada. Nada. Porque ya me dirás tú a mí que me dan a mí. No me dan nada. Eso es pa’ dar comer a los políticos que son gentuza y una panda de mangantes todos». Comentó algo de una herencia y de la contribución de tres garajes y dos casas. El compañero asentía en silencio. Entonces entró un hombre que parecía conocerlo. «Usted es profesor de filosofía, ¿no?», preguntó. Quería clases particulares para su hija a la que, según explicó, se le había atragantado la asignatura y veía peligrar la selectividad. Para mi sorpresa, resultó que sí era profesor de filosofía. Contestó, sin embargo, que no tenía tiempo para clases particulares porque «entre las clases de instituto de lunes a viernes y las de preparación de oposiciones de los fines de semana no me queda ni un minuto libre»

Y así están las cabezas. Y los estómagos.

Post-post: en realidad no me sorprendió en absoluto, para qué engañarnos.

Esas pequeñas cosas

Todo empieza en la infancia. Son gestos, palabras escuchadas pero, sobre todo, jamás oídas. Detalles que no puedes precisar bien y que no cuentas para que no traten de resentida o exagerada. Seré yo y mi circunstancias, piensas, pero has crecido creyendo que no tienes demasiadas habilidades y que si has conseguido algo de reconocimiento ha sido por suerte. Entonces un día te da por leer artículos académicos y descubres que no existen diferencias significativas en el Coeficiente Intelectual entre hombres y mujeres, pero las mujeres tienden a subestimar sistemáticamente su propia inteligencia mientras los hombres la sobreestiman. Vaya, te dices a ti misma, entonces no soy yo, sino el entorno donde todos nos socializamos. Y comprendes a continuación que esa autopercepción negativa ha actuado como freno y que probablemente no has intentado cosas porque no te creías capaz, aunque no existieran normas o vetos externos que te lo impidieran.

Pero pese a todo has estudiado, por supuesto, y, aunque no lo piensas mucho, sabes que ha sido gracias a todas las feministas que lucharon antes de que tú nacieras, y de las que nadie se acuerda excepto para decir que ellas sí eran buenas feministas, porque querían cosas importantes de verdad, no como las de ahora, que sólo se preocupan del lenguaje y que se enfadan, ingratas, si un «caballero» pretende cederles el asiento en la guagua. Eso es lo que oyes, ojo, no es que tú lo creas, aunque reconoces que a veces se te ha pasado por la cabeza que algunas exageran y que no es para tanto porque a ti nadie te ha impedido nada, aunque recuerdas que tu hermana mayor te contó una vez que a tu padre no le hacía gracia que fuera a la universidad y tuvo que intervenir el abuelo, que se volvió moderno con la edad. Pero tú eres de otra generación y se daba por hecho que ibas a estudiar algo de ciencias y no sólo nadie te puso ninguna pega sino que además tu padre lo contaba orgulloso. Bueno, es verdad que eso de que las mujeres son peores en matemáticas era un lugar común, y también que un profesor decía en clase que las pocas chicas que había estaban buscando marido, pero era un vejestorio al que nadie tomaba en serio. Y no es menos cierto que otro llegaba a veces medio borracho y se permitía comentar tu aspecto y te miraba las tetas pero no lo comentabas mucho para que no te llamaran presumida porque «a ver si te crees que estás tan buena».

Después conseguiste un trabajo y por supuesto que cobras lo mismo que tus colegas, no se te pasa por la cabeza que pueda ser de otra manera. Claro, que te das cuenta de que hay empleos peor pagados que el tuyo, el de limpieza el peor, y sólo hay limpiadoras, no sabes muy bien por qué. En tu trabajo es distinto, ahí estás en minoría, pero te han contado que a las mujeres no les interesan los temas técnicos y te has quedado más tranquila con la explicación porque si a ti nadie te ha impedido hacer los que haces, a ellas tampoco, razonas. A veces estás incómoda, es cierto, porque sientes que tus sugerencias no se toman muy en serio. Reconoces, eso sí, que tienes muchas dudas y asumes que puedes estar equivocada. Lo raro es que has visto que la misma idea se ha aprobado cuando la ha expresado un compañero aunque a lo mejor es que no te oyen bien porque tu voz no es tan potente como la de ellos y te interrumpen en las reuniones. Un día te quejaste y te dijeron que eras demasiado educada y en el fondo lo sentiste como un elogio porque lo peor que te pude pasar es que te llamen mandona, como a tu compañera, de la que se dice que los pone a todos «derechitos como velas» porque es muy buena liderando a su equipo. De todas maneras, te da la impresión de que con frecuencia las decisiones se toman fuera porque «los muchachos» suelen irse de cañas al salir y curiosamente al día siguiente siempre están de acuerdo en todo. Nunca te piden que vayas con ellos pero cada uno es libre de pasar su tiempo de ocio con quien quiera, faltaría más, y sería el colmo del patetismo que te autoinvitases. Además, se supone que tu puedes ir con «las chicas» pero solo son dos y nunca propones nada porque sabes que a tu compañera le supondría un problema organizarse con los chiquillos para poder irse de cervezas.

Tú siempre te has creído muy moderna pero intuyes que las cosas han sido algo más difíciles para ti y, sin embargo, te cuesta precisar exactamente por qué. Para ti fue una sorpresa enterarte de que el año en que naciste aún no había igualdad legal pero sabes que ahora sí la hay. Es difícil de explicar. Son esas «pequeñas cosas».

Los libros de texto y el derecho a la educación

Hace más de un mes que empezó el curso y hay un niño que aún no tiene mesa y silla. Los compañeros las llevaron el primer día de clase  así que él es el único que tiene que sentarse en el suelo. No son las mesas más baratas ni las sillas más cómodas, pero son todas del mismo modelo, tal y como se les indicó a los padres en una circular. Hay una niña con una mesa más vieja y una etiqueta sobre el tablero donde se señala que ha sido cedida por el gobierno. La madre tuvo que dedicar muchas mañanas a llevar papeles de un lado a otro para solicitar unos muebles para su hija porque con lo que gana no le daba para comprarlos. Y es paradójico, porque por el obligado papeleo ha tenido que perder días de trabajo y no está segura de haber hecho un buen negocio. De todas maneras no le da muchas vueltas porque se alegra de que su niña no haya tenido que pasar la vergüenza de ese otro chiquito, que conoce del barrio; ese que no llevó silla ni mesa y se sienta en el suelo. Claro que no le hace gracia que le hayan puesto una etiqueta a la mesa, porque los niños son niños y se dan cuenta de todo. Tampoco entiende que no le hayan dejado llevar la mesa y la silla del nieto de su vecina, un par de cursos mayor. Es verdad que la mesa vieja tenía una gaveta un poco más pequeña y que la nueva incorpora un ganchito para colgar la mochila, pero se ve que no era muy importante porque su hija le dice que no lo usan nunca. Se consuela pensando que peor lo tiene el niño que ha de sentarse en el suelo. Y no es que la madre haya sido más dejada. Ella también fue de peregrinación de ventanilla en ventanilla pero le decían que no le podían dar los muebles porque le faltaba un papel, uno que certificase que era vecina del municipio. La cuestión es que para conseguirlo, le explican, necesita la cédula de habitabilidad pero no se la pueden dar porque su domicilio no es habitable, aunque en la práctica sí lo es porque ¿acaso no lo está habitando? Recuerda que una vez vivió en un sitio normal pero después la desahuciaron y se mudó a casa de la madre donde pasó algo que no quiere contar y acabó okupando, con ka, un piso que cuando llegó ya no tenía ni las piezas del baño ni los cables, que son de cobre y se pagan muy bien, por lo visto. La única conclusión posible, piensa, es que se puede ser tan pobre que ni siquiera sea posible demostrar la propia pobreza. Entre una cosa y otra empezaron las clases y el niño, que sigue sin mesa y silla, cuenta que pasa las horas de brazos cruzados porque todos trabajan en sus mesas y a él no le mandan tareas porque dice la maestra que desde el suelo no se puede aprender, que tiene que decirle a su madre que le compre los muebles de una vez, que hay que ver que irresponsable. Irresponsable o no, les ha pedido a los profesores que provisionalmente le dejen usar una silla y una mesa que tienen en un trastero pero le han dicho que no, por no sé qué de un copy right. Hace más de un mes que empezó el curso para todos menos para un niño, que no ha podido llevar una mesa y una silla y se sienta en el suelo.

Cámbiese mesa y silla por libros de texto y tenemos un caso real que a día de hoy sigue sin solucionarse. Es una anécdota, una historia de dar pena que no es representativa del sistema, dirán algunos. Sin embargo, es suficiente este único caso para demostrar que en nuestro país se está vulnerando un derecho humano fundamental como es el acceso a la educación gratuita. Y no es por falta de presupuesto sino básicamente por estupidez y desidia.

Amor

Una compañera de trabajo hablaba de los éxitos académicos de su hijo, que está haciendo un máster en Londres a diez mil libras el semestre. Decía estar muy orgullosa de él y supongo que tiene motivos para estarlo. Continuaba muy vehementemente exponiendo las razones, o mejor dicho, la razón, por la que al chico le ha ido bien: ha sido criado con mucho amor. Siempre tuvo el apoyo y el cariño de sus padres, añadía, y gracias a eso adquirió la autoestima y la seguridad necesarias para superar con éxito los retos a los que se ha ido enfrentando. El amor, esa es la clave, concluía mi compañera.

¿Será que los pobres no quieren a sus hijos?

Aquí Sting se preguntaba lo mismo sobre los rusos:

Hacia los 10 años…

«(…) a los niños les gusta saber cómo funcionan las cosas y las niñas comienzan a preocuparse por su aspecto personal»

Volumen 1 del temario de las oposiciones del Cuerpo de Maestros de la Editorial MAD, página 25.


Los niños no se preocupan de su aspecto personal. Que alguien les diga a los del Real Madrid que paren de vender camisetas de Cristiano Ronaldo, que no es negocio.

A las niñas no les gusta saber cómo funcionan las cosas. Las niñas son así, no insistan, que no les interesa eso, hombre ya.

O te preocupas por tu aspecto personal, o por saber cómo funcionan las cosas: las dos cosas no puede ser. Por eso a los centros de investigación hay que ir despeinado y con ropa pasada de moda, para investigar cómo funcionan las cosas. Eso los hombres, claro, porque a las mujeres nos dejan de interesar cómo funcionan las cosas hacia los 10 años de edad.

Ningún hogar sin lumbre, ningún español sin opinión

repeticiones

Aumento de la probabilidad de repetir curso para los estudiante con un rendimiento similar en matemáticas, lectura y ciencias. Los estudiantes desfavorecidos se refieren a los estudiantes que se encuentran en el cuartil inferior del índice PISA de estatus económico, social y cultural. El grupo de comparación se compone de estudiantes favorecidos, es decir, los que se encuentran en el cuartil superior de este índice PISA.

Todo español lleva dentro un entrenador de fútbol y un ministro de educación. No sé en el fútbol, pero en educación, aunque el aspirante a experto hable con total convicción, lo habitual es que las opiniones que se escuchan no tengan ninguna base sólida. Este documento de PISA desmiente alguna de las más populares:

«Los alumnos no se esfuerzan porque pasan de curso hagan lo que hagan. Si repitieran ya verías tú como espabilaban. Lo que hace falta para mejorar el sistema es ponerse serio y hacer repetir a los que no vayan bien.»

Según los resultados de PISA 2012, el 12% de los estudiantes de 15 años en todos los países de la OCDE tuvieron que repetir un curso al menos una vez durante su escolarización obligatoria. Sin embargo, en España más del 30% de los estudiantes de quince años había repetido curso alguna vez.

Curiosamente, en la práctica, la repetición de curso no ha proporcionado beneficios claros para los estudiantes repetidores o para los sistemas escolares en general. La repetición de curso es además una forma costosa de lidiar con el bajo rendimiento: los estudiantes que repiten tienen más posibilidades de abandonar los estudios, o de permanecer más tiempo en el sistema educativo.

«Antes los estudios se tomaban en serio y los malos estudiantes repetían. Con la LOGSE todo cambió y ahora pasan todos aunque solo hayan aprobado la Gimnasia»

Mientras que en la mayoría de los países que en 2003 tenían tasas de repetición de curso mayores al 20%, estas bajaron en una media de 3,5 puntos porcentuales antes de 2012, en España las tasas de repetición aumentaron en ese mismo período.

«Los Jonathan y las Jessicas lastran el sistema educativo porque todo está pensando para atenderlos, cuando en el fondo lo que ellos quieren es hacerse ricos sin estudiar, metiéndose en el Gran Hermano.»

Las probabilidades de repetir curso son notablemente mayores entre los estudiantes con dificultades socioeconómicas que entre los que cuentan con más recursos, aun habiendo similar rendimiento en matemáticas, lectura y ciencia. En España hay tres veces más repetidores por cada no repetidor en el grupo de los desfavorecidos, que por cada no repetidor del grupo de aquellos con más recursos y similar rendimiento. Esto se ve claro en la figura de arriba. Dicho en plata, a los chicos de familias más desfavorecidas se los quitan del medio con más facilidad que a lo otros, aun habiendo demostrado capacidades similares. Esto quiere decir que se se está castigando otra cosa. Habría que reflexionar el qué.

En definitiva, aunque el experto de campo y playa nos haga creer que tiene un ministro en su interior, la realidad es que no es otra cosa que un ciudadano mal informado. Lo malo es que dentro de los ministros de educación viven también con frecuencia ciudadanos mal informados. O mal intencionados, que todo es posible.

Haber estudiado

Última hora de la tarde de un día caluroso. Barbacoa en casa con jardín. Un chiquillo corretea descalzo por el césped, con el pelo pajizo y el típico moreno de piscina privada y clases de tenis. Míralo, dice el padre, parece un niño de Las Tres Mil Viviendas. Las Tres Mil Viviendas, jiji-jaja. Al hombre la imagen le parece tan alejada de su realidad como – y probablemente a causa de eso– terriblemente hilarante. La misma conexión mental podría haberlo llevado a decir «míralo, parece un chimpancé», porque no ha pensado exactamente en un niño, no al menos en uno como el suyo. Ha pensado en el pequeño salvaje de una reserva de gente que-no-son-como-nosotros, en una criaturilla entrañable (¡quiérala antes de que crezca!) a la que revolver el pelo en el muy improbable caso de que sus vidas lleguen a cruzarse. Ellos no son como nosotros. Y nosotros somos mejores, naturalmente. Ellos quieren ser así.

tres-mil-viviendas--644x362

Edificios de las Tres Mil Viviendas, barriada sevillana prototipo de polígono de extrarradio, que algunos encuentran graciosa.

La gente cultivada tiene contradicciones interesantes. Un chascarrillo machista u homófobo puede suponer la ruina social en según qué ambientes (una habilidad social básica es saber dónde hay que disimular) y, sin embargo, el clasismo no solo es tolerado sino que suele ser celebrado como se celebran los gestos de reafirmación identitaria. O los goles, que viene a ser lo mismo. Esta actitud, que no es otra cosa que conciencia de clase alta, ha pasado a estar bien vista por un mecanismo sencillo pero a la vez tremendamente poderoso: lo que antes se asumía como privilegio, ahora es visto como mérito. «La gente es pobre porque es vaga, a mí nadie me ha regalado nada, yo me he ganado lo mío». ¿Significa eso que el padre de la barbacoa cree realmente que el hipotético niño de las Tres Mil Viviendas tiene las mismas oportunidades que el suyo? Es evidente que no, porque, si lo creyera, dejaría actuar a la naturaleza y no se molestaría en buscarle colegios privados o cursos de idiomas en el extranjero. ¿Acepta entonces que hay quien tiene muchas más dificultades para aspirar a buenos trabajos pero merece vivir tan dignamente como cualquiera? Pues tampoco, porque para que la economía funcione –dicen los economistas serios– los sueldos deben estar ligados a la productividad y todos sabemos que un director general de-lo-que-sea es más productivo que una cajera de supermercado. Una vez aceptado el engaño de que lo que impide prosperar a los vecinos de los polígonos y otros entornos marginales son sus propios defectos individuales, es relativamente sencillo pasar a ridiculizar sus hábitos (previamente uniformizados y parodiados): si te gusta el reaggeton te mereces limpiar casas ajenas por seiscientos euros al mes; si ves el Gran Hermano, a menos que lo comentes con un grupo de universitarios con calculada ironía y fingida indiferencia, tienes que servir mesas hasta que se haya ido el último cliente cobrando media jornada. Si no, ¿para qué estudié?, se pregunta el recién licenciado. Eso mismo digo yo, ¿para qué crees que estudiaste?

Sobre los supuestos errores que impiden a los pobres salir de la pobreza, Édouard Louis escribió: [mi madre] no se percataba de que lo que ella llamaba sus errores, encajaba en un conjunto de mecanismos completamente lógicos, casi dispuestos de antemano, implacables. No se daba cuenta de que su familia, sus padres, sus hermanos y hermanas, e incluso sus hijos, y casi todos los vecinos del pueblo, habían tenido los mismos problemas, que lo que ella llamaba errores no eran, en realidad, sino la más acabada expresión del desarrollo normal de las cosas. Para que el relato funcione es preciso negar la existencia de estos mecanismos también desde dentro, como le ocurría a la madre de Édouard. Surge así el mito del ascensor social. «Si uno del barrio pudo, yo también puedo». Un solo ejemplo inspirador – y eso el poder lo sabe bien–, es más efectivo para contener a las masas que mil antidisturbios: ante la falta de oportunidades, los problemas sociales se asumen como individuales, y aquí paz y después gloria. Y desde luego que es justo (y necesario) que existan oportunidades para llegar hasta donde la capacidad y las ganas permitan, porque todos tenemos derecho a aspirar a la felicidad y porque la sociedad en su conjunto se beneficia de ese talento. Sin embargo, nada justifica que los que, por las razones que sean, permanezcan en los pisos bajos de la pirámide social, se vean privados de sus derechos sociales más básicos.

Mientras vemos que los derechos desaparecen, las clases medias huyen hacia delante. En frenética carrera, tratan de mantenerse en los pisos de la pirámide donde siempre han estado y que perciben como propios. Niños de cinco años estudiando chino. Jóvenes encadenando un máster con otro y aceptando prácticas no remuneradas, con la esperanza de conseguir alguno de los cada vez más escasos empleos decentes. Sálvese quien pueda. Han escogido una solución individual, no colectiva. Conciben la educación, no como medio de enriquecimiento humano, sino para justificar las desigualdades. Desigualdades que se sostienen en una suerte de autoengaño que no hubiera sido posible sin cierta dosis de egoísmo y de soberbia. A todos nos gusta creer que nos hemos ganado lo que tenemos con nuestro esfuerzo, aunque no sea del todo cierto. Mientras tanto, en alguna junta de administración o consejo de ministros, alguien decidirá que debemos prescindir de algún otro derecho, al que llamará privilegio.

Haber estudiado.

Entradas relacionadas: