La línea roja

Huckleberry Finn tenía un dilema moral: delatar al esclavo fugitivo Jim y vivir tranquilo, o ayudarlo y asumir las consecuencias de contravenir las normas. Lo que hace es un maravilloso ejemplo de humanidad:

Todo el mundo se enteraría de que Huck Finn había ayudado a un negro a conseguir la libertad, y si volvía a ver a alguien del pueblo tendría que ser para agacharme y lamerle las botas de vergüenza. Así son las cosas, alguien hace algo que está mal y después no quiere cargar con las consecuencias.

(…)

De manera que estaba lleno de problemas, todos los problemas del mundo y no sabía que hacer. Por fin tuve una idea y me dije: “Voy a escribir una carta y después intentaré rezar”. Y bueno, me sentí asombrado de como me volví a sentir ligero como una pluma inmediatamente y sin más problemas. Así que agarré una hoja de papel y un lápiz, sintiéndome muy contento y animado, y me senté a escribir: «Señorita Watson, su negro fugitivo Jim está aquí dos millas debajo de Pikesville y lo tiene el señor Phelps, que se lo devolverá por la recompensa si lo manda a buscar».

Me sentí bueno y limpio de pecado por primera vez en mi vida y comprendí que ahora podía rezar. Pero no lo hice enseguida, sino que solté el papel y me quedé sentado, pensando en lo afortunado que era que todo hubiese sucedido así, y cuan cerca había estado de perderme e ir al infierno. Y seguí pensando. Y me puse a pensar en nuestro viaje por el río. Y vi a Jim delante de mí, continuamente, de día y de noche, a veces a la luz de la luna, a veces en plena tempestad, flotando delante, hablando y cantando, y riendo.

Pero no sé por qué no pude encontrar nada que me endureciera el corazón contra él, sino todo lo contrario. Le había visto hacer mi guardia después de la suya, en vez de despertarme, para que yo pudiera seguir durmiendo. Vi lo contento que se puso cuando regresé saliendo de la niebla; y cuando fui otra vez hasta él en el pantano, allá donde hacían la vendetta, y en otras ocasiones parecidas.

Y siempre me llamaba su niño, y me mimaba, y hacía todo lo que se le ocurría por mí, y pensé en lo bueno que siempre era. Y por último, pasando revista, llegué al momento en que le había salvado cuando les dije a los hombres aquellos que teníamos la viruela a bordo, y él dio tantas muestras de agradecimiento, y dijo que yo era el mejor amigo que Jim había tenido jamás, y el único que tenía ahora. Y entonces levanté la cabeza y vi la carta.

Estaba cerca, la cogí y la levanté en la mano. Yo temblaba porque tenía que decidirme, de una vez y para siempre, entre dos cosas, y lo sabía. Pensé unos instantes, conteniendo el aliento, y después me dije:

—Bueno, pues iré al infierno entonces.

Y rompí la carta.

Un niño fumando y perdiendo el tiempo. Ilustración del libro 'Huckleberry Finn' de Mark Twain. Imagen extraida de gutenberg.org

Un niño fumando y perdiendo el tiempo.¡El horror! Ilustración del libro ‘Huckleberry Finn’ de Mark Twain. Imagen extraida de gutenberg.org

La empatía y la compasión requieren de una mente reflexiva. El cerebro, parece, reacciona muy rápidamente a las manifestaciones de dolor físico activando los centros primitivos del dolor incluso cuando son otros los que lo padecen. La respuesta ante el sufrimiento psicológico ajeno, sin embargo, depende de funciones más profundas. Se necesita reflexión para entender y sentir las dimensiones psicológicas y éticas de una situación. A una mente atolondrada le costará experimentar las formas más sutiles y más claramente humanas de la empatía y la compasión. La Señorita Watson no era obviamente una psicópata pero en términos absolutos se puede decir que su comportamiento era inmoral. Actuando dentro de las normas que la sociedad imponía, sin pararse a pensar en las implicaciones de tal comportamiento, había renunciado a parte de su humanidad. Con faldas largas, enaguas, encajes e impertinentes, estaba más embrutecida que los descalzos Huckleberry y Jim. Esta es la tesis arendtiana de la banalidad del mal: se puede hacer el mal por pura y simple irreflexión (que no estupidez o menor capacidad intelectual). El mal puede ser extremo pero no ser radical, decía Hannah Arendt: puede extenderse sobre el mundo entero y echarlo a perder precisamente porque actúa como un hongo que invade las superficies. Y desafía el pensamiento, porque el pensamiento intenta alcanzar cierta profundidad, ir a la raíz, pero cuando trata con la cuestión del mal esa intención se ve frustrada, porque no hay nada. Esa es su banalidad. Solamente el bien tiene profundidad y puede ser radical. En definitiva, renunciando al pensamiento, renunciamos en cierto modo a nuestra humanidad.

Es sabido que el entrenamiento militar exime al soldado de realizar cualquier esfuerzo intelectual para así  liberarlo de responsabilidad moral con el fin último de llevarlo a realizar acciones que, por su irracionalidad, le resultarían impensables en la vida civil. A nadie se le escapa que la educación escolar tradicionalmente ha compartido formas con el adiestramiento castrense. Se ha dicho, con razón, que cierto modelo de escuela autoritaria coarta la libertad del niño, que adoctrina más que educa. Sin embargo, a pesar de todas las críticas que puedan hacerse, hay que reconocer que la escuela tradicional es coherente. El sistema que se presenta como no democrático deja claro sus límites. El individuo, consciente de ser manipulado, sabe al menos contra qué se rebela aunque, en contrapartida, habrá de pagar un precio más alto por la rebelión. Huckleberry Finn estaba dispuesto a pagar con el infierno –o con el miedo al infierno, que no es poca cosa–, pero eso no le impidió actuar como creyó correcto.

El modelo de educación autoritarista tradicional ha sido continuamente revisado desde el surgimiento de los primeros sistemas educativos obligatorios a finales del siglo XVIII. Ahora podemos decir que vivimos en un nuevo paradigma pedagógico sustentado en valores democráticos y en el respeto a la libertad del alumno. En teoría. Como en tantas otras cosas de la vida, el cambio de formas no implica necesariamente un cambio en el fondo. Asistimos a un modelo de escuela –y de sociedad–  donde los mecanismos de control han tomado formas tan sutiles que en ocasiones ni siquiera somos conscientes de ellos. Y no hay que apelar a ninguna teoría conspirativa ni imaginar a los ideólogos del sistema conjurados para mantener dominados a los niños: ha sido por simple y pura comodidad, por motivos banales. Por ejemplo, a un niño se le ordena ponerse en fila, o permanecer sentado varias horas seguidas, o colorear un dibujo detrás de otro (no es una obsesión personal: es impresionante el tiempo que se dedica en educación infantil y primaria a una actividad tan alienadora como colorear figuras) porque es cómodo para el maestro, porque es muy difícil atender a veinte o treinta niños pequeños demandando atención, no como parte de un plan de adoctrinamiento infantil a gran escala.  Otro signo alarmante de militarización infantil es la desaparición del juego libre. El último grito en educación escolar, tengo entendido, es el llamado absurdamente “patio inteligente”. El patio inteligente consiste en programar actividades para los niños también a la hora del recreo. Lo que no se niega ni a los presos, un rato de relativa libertad sin nadie que dicte lo que se ha de hacer, queda así vetado a los niños. El cuadro castrense se completa con la exaltación de la camaradería (que no de la amistad). En la escuela hay auténtica obsesión con la integración en grupo, con la identificación con la masa, con “hacer piña”, normalmente más por oposición a otros que por afinidades propias. Tratar al niño como un soldadito, como pieza en una maquinaria, simplifica notablemente la vida del adulto, quien a su vez se autoengaña con discursos tranquilizadores –aunque vacíos– sobre la educación en valores, sobre libertad y sobre cualquier concepto que suene novedosos y progresista.

En la vida se nos plantean continuamente dilemas morales, algunos tan complejos como el de Huckleberry Finn —ahora la esclavitud es ilegal, pero se dispara a inmigrantes con balas de goma y pronto estará penado ayudar a aquellas personas que no tengan ciertos documentos administrativos—, a los que quizás no se pueda dar respuesta desde las normas establecidas. A veces hay que trazar una línea roja y decir que no se va a hacer algo que se considera manifiestamente inmoral. Decir “hay un límite que no puedo pasar”. La rebelión, decía Albert Camus, va acompañada de tener uno mismo, de alguna manera y en alguna parte, razón. Por eso es tan importante educar a los niños desde la razón.

Termino con una canción de José Mario Branco Sergio Godinho. Qué fuerza es esa que traes en los brazos que solo te sirve para obededer, que solo te manda a obdecer. Qué fuerza es esa, amigo, que te pone a bien con otros pero a mal contigo.

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9 Respuestas a “La línea roja

  1. Antes de ninguna otra cosa felicitarte. Me parece un post extraordinario. En su fondo y en su forma. Creo que pones el dedo en la llaga de nuestro tiempo: razón versus emoción. Lamentablemente la emoción lo ocupa todo.

  2. Gracias, Emilio. Me he acordado de esta entrevista a Jose Luis Sampedro, que venía a decir algo así.

  3. La emoción es necesaria. Sin ella no hay empatía, ni moral de ninguna clase, ni motivación humana. La oposición entre la razón y la emoción es un falso dilema.
    Educar desde la razón tiene sentido, para poder, a imagen de Huckleberry, profundizar en la comprensión de lo que significa nuestra conducta para los otros y lo que está bien o mal. Eso es lo que se dice, y es verdad.
    Pero justo en este caso la razón es la herramienta: lo que se profundiza es la empatía, la capacidad de ver a otro como a uno mismo.

  4. Aloe, Gracias por pasarte por el blog, que últimamente tengo bastante abandonado. En realidad no hablaba de contraponer razón a emoción. Me refería, más bien, a la diferencia entre pensar y que piensen por ti. En ir por la vida atolondrado, haciendo lo que el grupo espera de ti, o tratar de analizar las consecuencias de tus actos. Es más, diría que la emoción, en ocasiones, es producto de la razón. Lo que trataba de explicar es que por dejadez y por desidia se puede llegar a una situación similar al adoctrinamiento escolar y que este adoctrinamiento no es malo solo por cuestiones prácticas relacionadas con el aprendizaje -que lo es-, sino que puede tener consecuencias profundas en la ética del crío al que se está educando. En nuestra formación moral, creo, ha tenido más peso el método de enseñanza (pasivo, acrítico y repetitivo) que la ideología expresada explícitamente. Para transmitir valores éticos hay que cambiar lo primero. Las clases de Educación para la Ciudadanía, con un power point explicando lo bonita que es la libertad, no van a hacer que se entienda el concepto de libertad, si en el día a día no hay espacio para la reflexión.

    En el vídeo que enlacé, Jose Luis Sampedro criticaba entre otras cosas que los votantes respondieran más a campañas electorales diseñadas para apelar a los sentimientos, al modo de la publicidad de los bienes de consumo, en lugar de a cuestiones racionales. Pero esto no significa que haya una dicotomía entre razón y emoción, sino entre emociones superficiales, inanes, y emociones más profundas, propiamente humanas, a las que se llegan desde la razón.

  5. Sin el cerebro límbico el neocórtex no funciona, pero sin razón las emociones nos vuelven a la pura animalidad.

  6. No sé el neocórtex, pero está claro que Huckleberry tuvo que hacer el ejercicio mental de entender a Jim, y desde esa compresión fue capaz de empatizar con él.

  7. Esa es la parte emocional Cristina. Huck llegado un momento se dio cuenta que ante el ser maravilloso que era Jim lo que aparecía como la norma, como el no pecado, eso era lo incorrecto.

    Lo correcto era enfrentarse a ella y asumir el riesgo que supone ponerse del lado de la verdad y lo justo cuando eso no es lo establecido.

    Sin la fuerza del cariño y la empatía el gesto hubiera sido imposible, pero sin la fortaleza de entender que el mundo debería mirar esa cuestión de otra manera nunca habría roto la carta, era el mundo quien debía aprender una nueva forma de mirar ese asunto, aunque eso supusiese el riesgo de la exclusión y el castigo.

  8. Emilio, pues eso decía yo 🙂

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