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Educación, precariedad y clases sociales

La precariedad —aunque según algunos autores pudiera parecerlo— no es ninguna novedad ni el último grito en las relaciones laborales. La clase obrera la viene sufriendo desde que el que el capitalismo es capitalismo y el trabajo asalariado se convirtió en civilización y no es otra cosa que unas condiciones de trabajo lamentables y abusivas. Las jornadas de 14 horas en los telares, los mineros sin seguridad, los jornaleros que no cobraban si ese año la cosecha era mala, el servicio que vivía encerrado en la casa del señorito, el obrero subido en el andamio… ¿No es precariedad? Por supuesto que sí, no deja de ser curioso que Los santos inocentes se ubique cronológicamente en pleno auge fordista, benditas contradicciones postmodernas. Pero entonces llegó Negri (seguido por su coro de creyentes) y nos dijo que la precariedad era algo novedoso, tanto que acuñó un nuevo término: el precariado. En realidad —y es bastante significativo— el término proviene de la Fundación Friederich Ebert, vinculada al partido socialdemócrata alemán (SPD). Un nuevo tipo de asalariado que sufría la precariedad, es decir, unas condiciones laborales precarias, en el marco del nuevo capitalismo post-industrial caracterizado por su inmediatez, su flexibilidad y su prevalencia de lo simbólico sobre lo material. ¿Y esto cómo se traduce? En que mi madre friega platos ajenos y es clase obrera. Pero si la que friega platos ajenos es una joven con carrera y un máster que habla tres idiomas y milita en Juventud Sin Futuro no es clase obrera (y vaya por delante que me parece que hacen una grandísima labor) es un nuevo sujeto emergente, es precariado, intelectual además. Se traduce en que una camarera es clase obrera siempre y cuando sea una choni que será camarera el resto de su vida, si está de camarera para pagarse los estudios de Ciencias Políticas no es clase obrera, es un nuevo sujeto emergente incapaz de identificarse con la clase obrera insertado que refuerza el intelecto colectivo en el semiocapitalismo menuda tesis doctoral me está quedando bla bla bla.

La lectura es insultante: la clase obrera puede ser precaria, siempre lo fue, pero cuando la clase media (recientemente empobrecida) visita los infiernos de la precariedad y el abuso laboral, se deben parar las rotativas y la izquierda académica occidental —curiosamente proveniente en su mayoría de la clase media─ se pone a teorizar nuevos paradigmas. (…)

Un camarero siempre fue la clase obrera ya que no es dueño del medio de producción pero ahora no, ahora es precariado porque tiene dos carreras y desempeña un trabajo que no se corresponde con su formación. En realidad podría tener diez carreras, pero si trabaja de camarero y no es dueño del bar y por tanto del medio de producción, sigue siendo de la clase obrera. Pero por lo visto a la clase media le resulta incómodo identificarse con la clase obrera. (…)

Los datos no dejan lugar a dudas, el 24,9 % de los jóvenes españoles de entre 18 y 24 años no cursaban ningún tipo de ciclo educativo ni de formación en 2012. Sobra mencionar el estrato social al que pertenecen estos excluidos: son los que no ven La Tuerka ni emigran a Londres (…). Y un pequeño aviso para navengantes: será imposible una transformación social sin contar con ellos, por muy horteras que nos resulten sus Nike con muelles o sus zapatos de plataforma y sus colas de caballo. Ya en plena explosión de la Universidad de masas en los años sesenta, Bourdieu nos demostró empíricamente que la educación no es el dispositivo que de alguna manera facilita la movilidad social sino que de forma velada, reproduce y perpetúa el sistema de clases, convirtiendo la universidad en «la elección de los elegidos». De hecho en nuestro país y según datos del propio Ministerio de Educación, menos el 10% de universitarios son hijos de padres no universitarios. La obra llevaba el apropiado título Los Herederos: los estudiantes y la Cultura. Yo entiendo que estudios como el de Bourdieu o estos datos incomoden a cierta izquierda académica pero la realidad está ahí fuera y nuestro joven promedio no tiene dos carreras y emigra a Londres: no ha terminado la E.S.O. y fuma porros en el parque y sobre todo, Campofrío no le dedica un nauseabundo anuncio comercial. La laureada «generación mejor preparada de la historia» es una falacia. No es una generación, pues se trata de una minoría específica. En cambio una gran mayoría (invisible para los medios y la izquierda) no alcanza estudios universitarios, ni siquiera termina la secundaria. Aunque pudiera parecer lo contrario, en este país hay más jóvenes que abandonan la E.S.O. que jóvenes con dos másters, no en vano encabezamos la lista de fracaso escolar europeo. También es muy significativo que hoy se hable de «exilio económico» en referencia a los jóvenes altamente cualificados que emigran. En este país a los emigrantes andaluces que se buscaron la vida en Catalunya o a los millones de emigrantes que marcharon en los años 60 rumbo a Alemania o Francia nunca se les llamó «exiliados económicos», siempre fueron emigrantes. Por lo visto el calificativo de exiliado económico es sólo para los altamente cualificados.

Extracto del artículo “La clase obrera hoy:  canis e informáticos”.

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Ya es definitivo

Sólo a mí se me ocurre encontrar mi vocación justo cuando hay récord de desempleo en un país donde, por otro lado, nunca ha sobrado el trabajo (¿qué pasa en España? ¿es que no hay cosas que hacer?). Claro, que peor era cuando se pasaba “más hambre que un maestro de escuela”. O cuando se firmaban estos contratos(*).

(*) El contrato en cuestión parece ser una traduccion literal de un contrato de la provincia canadiense de New Brunswick, aunque otras páginas apuntan a Estados Unidos. En cualquier caso, ni se refiere a España ni se puede decir que fuera la norma para las maestras de la época. (editado)

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Cuitas laborales

En un país como España, con tantísimo paro, la competencia para encontrar trabajo es feroz. Según las leyes de la economía, cuanta más competencia haya, mejores serán los resultados, en este caso, más cualificación tendrán las personas que consigan ocupar esos puestos de trabajo que tan disputados están. No creo que sea así. De hecho, creo que la escasez de empleos acaba siendo contraproducente en lo que se refiere a la adecuación del trabajador al puesto. La situación me recuerda al juego de las sillas, solo que con muchísimas más personas que sillas: cuando para la música, los que tienen la suerte de sentarse no se moverán, aunque no estén cómodos en la silla que les ha tocado, porque nadie les asegura que vayan a encontrar un nuevo acomodo. Yo he tenido la suerte de encontrar silla, eso sí, siempre han sido asientos temporales aunque relativamente confortables. Pero desde hace tiempo tengo la sensación de que podría ser más feliz y – sobre todo –  más útil a la sociedad haciendo otra cosa. Puede que me equivoque, claro. Además a estas alturas sé que una persona no necesita ser feliz (sea lo que sea eso) ni estar motivada para hacer bien su trabajo. Pero ayuda, supongo. Algo parecido me decía el otro día una amiga, profesora de matemáticas de secundaria. Me comentaba que está hasta el gorro de la docencia y que, si por ella fuera, habría cambiado de trabajo hace años. El problema, claro, es que el panorama laboral es tan sombrío que las posibilidades de encontrar algo decente tienden a cero. Ignoro si mi amiga es buena profesora. Yo creo que sí, que es lo suficientemente profesional como para sacar lo mejor de ella pese a hacerlo con desgana. Lo que no sabremos – probablemente nunca – es si hubiera hecho algo más valioso en otro ámbito. Después he leído que los másters (¿o es másteres?) de formación del profesorado están saturados porque pese a los recortes la enseñanza sigue siendo una de las pocas opciones que tienen los licenciados de conseguir un trabajo con condiciones razonables. Pero, por una cuestión de números, es harto probable que la mayoría de los aspirantes a profesores no tengan ningún interés en la enseñanza, más allá del evidente – y comprensible – interés en ganarse la vida honradamente. No me cabe duda que, con ganas o sin ellas, entre estos chicos habrá excelentes profesionales… pero también los habrá pésimos. El drama es que aunque acaben descubriendo que la carrera docente no es para ellos, no tendrán otras alternativas. Y así las cosas, nos vamos dejando llevar por la inercia porque las bifurcaciones nos llevan por caminos demasiado resbaladizos.

Creo que la precariedad laboral, y quizás la tradición, hacen que en España los cambios de actividad profesional sean extremadamente difíciles. En Estados Unidos (que es un país con cosas muy buenas pese a sus evidentes defectos) conocí a un empresario que comenzó ilusionadísimo una nueva etapa como profesor a los cincuenta años, y a un empleado de banco que a esa misma edad dejó su empleo para comenzar un doctorado en biología. No sé de casos parecidos en España. Aquí nos hemos acostumbrado a usar el término ‘movilidad laboral’ como eufemismo de trabajo precario y despido libre. Pero no es eso. La movilidad es realmente enriquecedora siempre que aporte ideas frescas, un punto de vista diferente e ilusión. Claro, que aquí cualquiera se mueve, con la que está cayendo.

Yo no sé que voy a hacer en el futuro. Puede que estudiar magisterio no me lleve a ningún sitio. Creo que mi experiencia es valiosa y que tengo cosas que aportar pero por ahora no he encontrado ningún refuerzo positivo en la carrera, más bien todo lo contrario. Pero lo cierto es que yo me veo mejor en esto que en el trabajo con el que me gano la vida (y que socialmente está mejor valorado que el de maestra – aunque no debería ser así). Sin embargo, el feedback que recibo del entorno va en sentido opuesto y esto me desconcierta. Hace poco, en un debate en la página de Deseducativos, me llamaron inconstante (¡y resentida!). Puede que tengan razón y que esto que he escrito no sea más que un ejercicio ocioso de egocentrismo. Al fin y al cabo el asunto es muy simple: hay poco trabajo y muchos desempleados así que buscar la realización por el trabajo es ingenuo, cuando no frívolo.

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