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La otra cara de la educación emocional

No somos robots. La experiencia humana no puede entenderse sin emociones. La cuestión no es pues si el conocimiento y la gestión de los propios estados afectivos aportan algo a la educación o —por extensión— a la vida: la respuesta es sí; la cuestión es cómo puede ayudar la escuela a conseguirlo. Para esto, los responsables educativos del gobierno de Canarias han creído necesario introducir en las escuelas primarias de las islas una nueva asignatura a la que han bautizado como Educación Emocional y para la Creatividad, o EMOCREA. Me parece una mala idea.

En primer lugar, aun sin saber cuáles van a ser los contenidos concretos de la materia (da la impresión de que en realidad nadie lo sabe), me atrevo a decir que es un disparate ponerse a teorizar, con niños de entre seis y doce años, sobre cuestiones que están tan íntimamente imbricadas en la experiencia que difícilmente pueden separarse de ella como material de estudio, no al menos para las edades de las que estamos hablando. ¿A alguien se le ocurriría tratar de enseñar a nadar a un niño explicándole la mecánica del sistema muscular y el principio de Arquímedes? Por otro lado, aunque la propuesta de una asignatura para la educación emocional parece radical, de ninguna manera va al fundamento del problema, de hecho, refuerza lo que funciona mal del sistema, que es mucho. Hay una verdad que me ha sido recientemente revelada: las modas pedagógicas son profundamente conservadoras, en el sentido de que, pese al lenguaje supuestamente innovador, no han pretendido nunca cambiar nada. Son inocuas porque están vacías y se pueden llenar con cualquier cosa, como se ha visto claro ahora, cuando se las ha hecho encajar sin problemas en la nueva retórica neoliberal. Desgraciadamente, ridiculizar las ocurrencias de los pedagogos es muy sencillo —yo también lo he hecho—, pero creo que los árboles de la crítica fácil no nos han dejado ver el bosque de la realidad y quién sabe si no será esta la razón, además de las habituales, por la que se permite que individuos manifiestamente incompetentes sigan teniendo puestos de responsabilidad en el sistema educativo. ¿Y cuál es esa realidad profunda? Creo que el mayor reto que tiene la escuela, y que todavía no ha sido superado con éxito, es el de transmitir auténtico conocimiento, el de hacer que la instrucción consista en algo más que en compartir un cierto código considerado erudito pero que poco tiene que ver con la vida real; el reto, en definitiva, de enseñar a pensar. Por eso, considero que con la asignatura de EMOCREA, fragmentando aún más el conocimiento para transformarlo en contenido académico separado de la experiencia, nos alejamos aún más de ese objetivo, con el agravante de que la naturaleza de las emociones lo hace más complicado si cabe. Hablamos, no lo olvidemos, de niños de seis a doce años. ¿Se puede enseñar psicología a un niño que todavía no ha desarrollado el pensamiento abstracto?

La parcelación del conocimiento en materias académicas no tiene otra justificación que la meramente organizativa, creo yo. Por eso, no deja de sorprenderme que las propuestas de mejora del sistema educativo, supuestamente innovadoras, pasen siempre por la creación de nuevas asignaturas. Y a todos nos parece que lo que a nosotros nos gusta es indispensable para los estudiantes, ya sea el ajedrez, el latín, el folclore regional, la electrónica o el tiro con arco. Incluso se lamentaba alguien el otro día de que no hubiera clases de enología en educación primaria. Sin embargo, al final, con suerte se consigue que los críos aprendan a leer y escribir con corrección. Quizás el enfoque tradicional no sea el adecuado. De tanto compartimentar, no somos capaces de ver que al mismo tiempo que se enseñan matemáticas —u otra asignatura, pero las matemáticas son las más sospechosas de no tener alma— se enseña también a tratar con las emociones. Por ejemplo, se encuentra seguridad al reparar en el orden de la naturaleza; se hace patente que para resolver  problemas es necesario razonar y que para razonar es preciso tener concentración; encontrar la solución a un problema refuerza la autoestima. Quizás para lidiar con los problemas originados por el déficit del llamado “factor E”, que decía José Antonio Marina en su artículo, sea suficiente con enseñar bien matemáticas. Es curioso que su conclusión sea que saber gestionar las emociones es bueno para aprender matemáticas, pero no se le ocurriera pensar que las matemáticas pueden ser buenas para aprender a gestionar las emociones. Por otro lado, ¿nadie ha pensado tampoco que para conocer la naturaleza humana hay pocas cosas mejores que la literatura? Enseña más un solo poema de Antonio Machado o un párrafo de una novela de Dostoievski que toda la bibliografía de Elsa Punset junta.  Las buenas lecturas deberían ser irrenunciables en la escuela, no solo por cultura, sino por autoconocimiento y conocimiento de las emociones humanas.

En cuanto al contenido de EMOCREA, es cierto que todavía no sabemos en que va a consistir, sin embargo, cuando se oye a los ideólogos de la asignatura hablar como coaches, cabe sospechar que el enfoque que se le va dar no va a ser muy diferente al de Elsa Punset, gurú (hereditaria) de la inteligencia emocional con espacio propio en Televisión Española. Al nombrarla no pretendía ridiculizar la asignatura gratuitamente, sino ilustrar una tendencia. Quizás yo sea muy mal pensada, pero me llama bastante la atención el repentino interés de los poderosos por estos temas. Justo ahora, cuando más hundidos estamos en la crisis económica y no hay crédito ni para las empresas ni para las familias, el Banco de Santander financia una cátedra sobre inteligencia ejecutiva. Coca-Cola, la misma empresa que pretendía echar a no sé cuántos trabajadores a la calle, patrocina, a través de su “Instituto de la felicidad”, sendos estudios sobre la felicidad liderados uno por un equipo de Psicología de la Universidad Complutense, y otro por un grupo de investigación interdisciplinar de la Universidad de Barcelona. A ver si va a resultar al final que la emoción que se pretende gestionar es la resignación. ¿No será que lo que se quiere es hacer que los niños se adapten mejor a la precariedad? Algo similar puede decirse respecto al fomento de la emprendeduría. El que lo critique no tiene nada que ver con que piense que todos los empresarios son unos explotadores —de hecho, no lo pienso—. Lo critico porque creo que es una manera de desentenderse de los ciudadanos: el que quiera comer, que se busque la vida. ¿Saben ustedes dónde hay un montón de emprendedores? En México, donde muchísima gente tiene negocios para la venta ambulante, para meter la compra de los clientes de los supermercados en bolsas, o para ayudar a aparcar coches en descampados. Por supuesto, los “emprendedores” no tienen ningún tipo de cobertura social porque todo no se puede en esta vida. Es bastante irresponsable animar a que monte una empresa gente que no tiene ni dinero, ni patrimonio, ni contactos, como si tuvieran alguna oportunidad de competir con las Elsas Punset de la vida. La cosa funciona así:

Frase motivacional para el emprendedor: “No son los golpes ni las caídas las que hacen fracasar al hombre; sino su falta de voluntad para levantarse y seguir adelante.

La realidad del emprendedor: Sin contactos en el ayuntamiento, no le conceden una licencia que necesita; la factura de la luz se dispara; los clientes no pagan; el banco no le presta dinero para  ir haciendo frente a los gastos; embargan el local y la vivienda del emprendedor, que estaba como aval. Imposible levantarse y seguir adelante. Como al emprendedor se le ha hecho creer que ha fracasado a causa de su falta de voluntad, el ayuntamiento, la compañía eléctrica, los clientes y el banco pueden seguir tranquilos porque nadie les reclamará nada.

En resumen, una sociedad que crea necesitar una asignatura para la educación emocional es una sociedad enferma. Si los niños tienen problemas para gestionar bien sus emociones, quizás sea señal de que el entorno donde crecen y la manera como se les trata no son los más adecuados para ellos. El caso me ha recordado a aquella ley que se promulgó en el Reino Unido a principios del siglo XX que obligaba a los niños de clase obrera a llevar las cabezas rapadas para evitar las epidemias de piojos  y sobre la que Chesterton escribió: Los pobres se encuentran tan presionados desde arriba, en submundos de miseria tan apestosos y sofocantes, que no se les debe permitir tener pelo, pues en su caso eso significa tener piojos. En consecuencia los médicos sugieren suprimir el pelo. No parece habérseles ocurrido suprimir los piojos. Del mismo modo, a los ideólogos de EMOCREA no se les ha ocurrido suprimir las condiciones que hacen que los niños tengan problemas para gestionar sus emociones y han preferido sacrificar su formación. Pero si algo se puede aprender de la historia de los piojos y los suburbios, decía Chesterton, es lo siguiente: lo que está mal son los suburbios, no el pelo.

Les dejo con una bonita canción de Calexico:

Entradas reacionadas:

 

Bob Esponja® y Hello Kitty® van a la escuela

Hace poco una amiga me contaba que en la escuela infantil de su hija habían bautizado las aulas de los más pequeños como ‘Piolín’ y ‘Hello Kitty’. La niña, que a sus tres años  está completamente obsesionada con la gata japonesa y tiene de todo – desde pijamas hasta galletas – de esa marca, se había cogido un disgusto tremendo porque el azar hizo que le tocara en la ‘Clase Piolín’. Por lo visto hay padres de alumnos de la ‘Clase Hello Kitty’ a los que tampoco les ha hecho gracia el reparto de aulas porque a sus retoños, varones, les había tocado en una clase con nombre de cosas de niñas. ¡Vaya por Dios! ¿Estamos todos locos?

Primero, es francamente inquietante que una niña de tres años valore un producto, no por lo que es, sino por lo que aparenta y por el estatus que consigue al poseerlo. Y es que para ella una mochila no es bonita o fea, es guay o es cutre. Por no hablar de los estereotipos sexistas que muchos productos comerciales fomentan. Hay que decir que esta niña no es, ni mucho menos, una excepción: con demasiada frecuencia la autoestima de los críos y la imagen que se forman del prójimo se basa en los productos que usan, en las marcas que llevan. Naturalmente los expertos en marketing lo saben como también saben que los pequeños son un público – un target – tan vulnerable como fiel. Pero si esto es inquietante, el hecho de que se promueva desde la escuela me parece siniestro, además de que denota una pobreza cultural y un menosprecio a la inteligencia de los niños alarmante. ¿Es que los responsables de esa escuela no conocían – qué sé yo – nombres de flores, de animales o de personajes importantes? ¿Es que es necesario transformar el entorno de los niños en un parque temático continuo? Como me comentaba otra amiga, dar a los niños productos de marca por el valor añadido que tienen en cuanto que signos de diferenciación social, es como ofrecerles tabaco. Pero en lugar de pensar sobre las implicaciones que la incitación al consumismo tiene en los más pequeños, muchas escuelas se limitan a organizar talleres sobre ‘educación del consumidor’.

Tengo que decir que la escuela de la que he hablado es privada. El vídeo que muestro a continuación fue sin embargo creado en un colegio público.

A muchos les ha emocionado. Todos los comentarios que he leído sobre él son elogiosos e incluso un catedrático de cierta facultad de educación lo ha aplaudido vehementemente. Quizás no sepan que que se trata de una copia (¿versión?¿adaptación?) de un anuncio de Coca-Cola®. Yo no puedo dejar de preguntarme hasta que punto es educativo copiar las estrategias publicitarias, es decir, apelar al sentimentalismo – no a la razón – para hacernos llegar un mensaje.  Lo terrible es que el reclamo de Coca-Cola® es muy bonito y nos emociona… al mismo tiempo que nos miente de manera descarada. Si no lo han visto, el anuncio dice cosas como: “Por cada persona corrupta hay 8000 donando sangre”. Pues bien, de acuerdo a la ‘Federación española de donantes de sangre‘ en Canarias hubo 72604 donaciones en el 2010 por lo que según Coca-Cola® en las islas hubo sólo 9 personas corruptas ese año. En fin, ojalá tuvieran razón. ¿Por qué los responsables de la escuela del vídeo han escogido la misma estrategia torticera? ¿Por qué dice todo el mundo que este colegio es un ejemplo a seguir cuando en realidad no tenemos elementos para juzgarlo puesto que sólo han hecho publicidad? Dicen que hay razones para creer en una escuela mejor pero no exponen cuáles son (que “muera un hada en el país de Nunca Jamás” no es una razón, es una metáfora vacía de contenido). Aunque supongo que movidos por buenas intenciones, han preferido la apariencia a la realidad y no me parece honesto. ¿O es que ahora la demagogia es un valor educativo?