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Día del libro

Vivir sin leer es peligroso, obliga a conformarse con la vida.

Michel Houellebecq

 

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Libros de texto

Me he enterado de que en la televisión pública española se emite ahora un programa —”Entre todos”, se llama— donde se dan a conocer los problemas de ciudadanos anónimos, a lo que supongo se prestan voluntariamente, con el fin de conseguirles ayuda económica. Se espera que esta ayuda venga de la gente corriente, gente que quizás sólo esté un poco menos necesitada que los que la reciben. En el artículo que leo sobre el tema encuentro lo siguiente: las ayudas que se piden son de lo más básico: ayuda para comprar libros de texto, para el comedor escolar de los niños, para comprar gasóleo para la calefacción del invierno, para reparar una casa que se muestra muy deteriorada, para montar una pequeña tienda de artesanía o un bar… Se podría escribir mucho sobre este tema pero yo me quiero detener en la siguiente frase: “las ayudas que se piden son de lo más básico: ayuda para comprar libros de texto.” ¡¿Libros de texto?! ¿Por qué se asume que los libros de texto son indispensables al mismo tiempo que se empuja a la caridad a quienes no los pueden pagar? ¿Cómo es posible que en un país donde se supone que la educación es universal y gratuita se obligue a las familias a comprar libros de texto y encima a precios desorbitados?

Yo creo que los libros —en general, no los de texto— sí son artículos de primera necesidad y, precisamente por eso, todos deberíamos tener acceso a ellos. Sin  caridad y sin chantajes, ni de las editoriales, ni de los responsables escolares. No es normal que niños de primero de Primaria, como ocurría el año que hice las prácticas, necesiten nada más y nada menos que diez libros de texto —¡diez!— de diferentes materias (en este caso: Lengua, Matemáticas, Conocimiento del Medio, Educación  Artística, Música, Inglés,  Lectura, Religión, uno con ejercicios de matemáticas y otro con ejercicios de lengua). No es normal pagar doscientos o trescientos euros en libros de texto para un niño de esa edad. ¿Por qué lo permitimos? A continuación voy a analizar algunas de las razones que se esgrimen para justificar este absurdo.

Biblioteca pública de Estocolmo. (Imagen extarída de http://es.paperblog.com)

Biblioteca pública de Estocolmo. (Imagen extraída de http://es.paperblog.com)

Los libros de texto son indispensables para aprender.

La familiaridad con los libros es indispensable para una buena educación, cierto. Obligar a comprar libros de texto por cantidades obscenas de dinero, a veces de dudoso contenido (aunque de formas innecesariamente lujosas) es bueno para las editoriales y cómodo para los profesores, pero no es ni mucho menos indispensable para el aprendizaje. Es curioso porque, a mi juicio, guiarse por un único y particular libro de texto va en contra del espíritu que se supone encarnan los libros. En España estamos acostumbrados a dar unos libros o unos apuntes y que haya que “aprendérselo” todo. Aunque siempre hay capítulos del libro que no da tiempo a “dar”, se considera innecesario  —y hasta dañino— consultar fuentes de información diferentes a las proporcionadas por el profesor. Los libros, sin embargo, enriquecen la versión que éste nos cuenta y permiten cierta independencia de criterio. Es verdad que en la mayoría de los casos será muy dificil para un niño de primaria consultar diversas fuentes,  investigar, sintetizar y formarse así una idea más o menos completa de un tema dado. Ahora bien, resulta que estas habilidades son fundamentales en la formación de una persona así que se deben practicar desde que los niños son pequeños.

—Las editoriales tienen derecho a cobrar por su trabajo.

Es indudable que todo el mundo tiene derecho a cobrar por su trabajo. En principio no se debería culpar a las editoriales. En un sistema capitalista serio se supone que hay libre competencia de modo que los consumidores puedan elegir aquello que les sea más conveniente. Las editoriales que ofrecieran buenos productos tendrían el favor de los consumidores y las que no, estarían abocadas a mejorar o desaparecer. Sin embargo, el mercado de los libros de texto, como tantos otros, está desvirtuado en tanto que el consumidor final no es libre de elegir. El resultado es que, aunque los libros de texto son caros y en general no demasiado buenos, los padres están obligados a comprarlos. Y como los padres están obligados a comprarlos, los libros seguirán siendo caros y no demasiado buenos.

El problema no está en comprar libros sino en que hayan reducido las ayudas.

Si seguimos creyendo que la educación debe ser universal y gratuita, y si se considera que los libros de texto son imprescindibles, está claro que deberían ser proporcionados por la misma institución que paga las escuelas y los maestros. ¿No sería ridículo que una familia de pocos recursos fuera a la tele pidiendo dinero para pagar su parte proporcional del sueldo de los maestros de los niños? Pues igual de triste debería parecernos que los libros tengan que pedirse por caridad. Así que definitivamente en un problema que hayan disminuido las ayudas  destinadas a material escolar en todos los casos, y es francamente perverso que se las hayan quitado a personas sin recursos. Ahora bien, las autoridades deberían cuidar de que las editoriales ofrecieran un buen servicio y que sus beneficios fueran ajustados. De no ser así, estarían incurriendo en una grave irresponsabilidad haciendo pasar dinero público a manos privadas recibiendo muy poco a cambio. Esto es lo que ocurría hace unos años cuando los libros de texto estaban subvencionados.

El problema está en que hablamos de libros en papel. Cuando se generalicen los libros electrónicos nadie tendrá dificultades para acceder a ellos.

Por ahora no parece haber ninguna diferencia entre los libros digitales y los de papel más allá de la obvia del soporte físico, así que los problemas son los mismos en uno y otro caso, me parece.

Hay padres que no compran libros porque dicen que son muy caros y después se gastan muchísimo más en una televisión de plasma.

Ni el niño tiene culpa de que sus padres no compren libros, ni se puede obligar a nadie a gastar su dinero —cantidades importantes, además— en algo que el estado, no sólo debe garantizar, sino que es obligatorio (afortunadamente,  añado, pensando sobre todo en los niños sin libros pero con televisión de plasma). El argumento me recuerda al de aquellos que dicen que no dan limosna si creen que el que pide se la va a gastar en vino en vez de en comida. Lo mismo que el que da limosna toma libremente la decisión de dar, el que la recibe es libre de decidir en qué gastarla. No existe un umbral de pobreza por debajo del cual las  personas queden incapacitadas para tomar sus propias decisiones, por mucho que haya quien crea que sí, y por mucho que pensemos que gastarse el dinero en vino es una mala idea. En conclusión: que en este caso es irrelevante lo que hagan los padres con el poco o mucho dinero que tengan, porque los derechos de los niños deben estar garantizados en cualquier caso.

– Por mucho que discutamos al final lo de los libros es lo práctico. ¿Qué propones tú que te crees tan lista?

Se me ocurren algunas cosas. Por ejemplo, combinar el material creado por el maestro, que de esa manera sí va a estar adaptado a sus alumnos, con los libros de la biblioteca escolar. Me parece fundamental contar con una biblioteca en cada aula con libros de texto variados —y de distintos niveles, porque no todos los niños van al mismo ritmo—, de consulta y de lectura. Comprar treinta ejemplares de “Platero y yo” supone una inversión importante pero no es nada si se piensa que lo van a poder leer diez o veinte generaciones de niños. Decía Benjamin Franklin que carecer de libros propios es el colmo de la miseria. Yo diría, sin embargo, que el colmo de la miseria es carecer de bibliotecas.

También se podrían escoger los libros que se consideren necesarios, según criterios pedagógicos y no porque la editorial regale una pizarra digital y comprarlos a cargo del colegio para los alumnos (seamos honestos, un libro con sumas y restas no sólo no es necesario, sino que no viene nada mal que un niño que está aprendiendo a escribir escriba todos los números en un cuaderno y no sólo los resultados en el libro). Así, los mismos libros se podrían usar cinco o seis años, con el compromiso por parte de los padres de reponerlos en caso de pérdida o deterioro.


Me he acordado de que en el siempre recomendable blog de Pseudópodo se debatió un día sobre este tema y hubo comentarios muy interesantes. Se pueden leer aquí.

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¿De qué están hechas las cosas? (Parte I)

Supongamos que dividimos una gota de agua en dos partes iguales, y después cogemos una de estas mitades y la volvemos a dividir para a su vez subdividir cada mitad y así sucesivamente. Cada vez tendremos gotas más pequeñas pero ¿habrá algún límite? ¿Se llegará a un punto en el que sea imposible seguir dividiendo? Demócrito, un filósofo griego que vivió en tiempos de Sócrates, hace unos dos mil cuatrocientos años, imaginó que ocurriría en una situación así y llegó a la conclusión de que ninguna sustancia podía dividirse infinitamente. Llegaría un momento, pensó Demócrito, en el que tendríamos un trozo muy pequeño que ya no podría ser dividido. A esa minúscula fracción indivisible, a esa pequeña partícula, la llamó átomo. Para él, el universo estaba constituido de átomos en el vacío. Todas las sustancias estaban formadas por partículas de distintos tipos – distintas en forma y tamaño, aunque con las mismas propiedades – que se ordenaban de distintas maneras. “Por convención el color, por convención lo salado, pero en realidad existen sólo átomos y vacío”, dijo Demócrito, que fue un adelantado al sugerir que la percepción podía ser una construcción mental. Demócrito, al parecer, llegó a formular una teoría del conocimiento bastante elaborada al afirmar que los fenómenos, lo perceptible, eran necesarios para conocer lo oculto pero, al mismo tiempo, la razón debía explicar cómo funcionan los sentidos y cómo se presentan ante ellos los fenómenos. Era sin duda un hombre sabio del que bien podíamos aprender para elaborar un curriculum escolar: “Son tres las consecuencias que se derivan de tener buen juicio: calcular bien, hablar bien y actuar como es debido.

    Imagen de demócrito en un antiguo billete griego de 100 dracmas. A la derecha se muestra un modelo atómico y el edifio de un institito griego de investigación nuclear. Imagen extrída de www-personal.umich.edu

Imagen de Demócrito en un antiguo billete griego de 100 dracmas. A la derecha se muestra un modelo atómico y el edifio de un institito griego de investigación nuclear. Imagen extrída de www-personal.umich.edu

Las ideas de Demócrito no prendieron entre los pensadores de su tiempo y de su obra sólo se conservan algunos fragmentos recogidos por Epicuro, gran admirador de Demócrito, quien fundó una escuela filosófica en Atenas casi un siglo después de morir este. Y si la obra de Epicuro ha llegado hasta nosotros, ha sido fundamentalmente gracias al libro “De rerum natura“, o “Sobre de la naturaleza de las cosas”, que el poeta y filósofo romano Tito Lucrecio Caro – o, simplemente, Lucrecio – escribió unos cincuenta años antes de Cristo. El libro de Lucrecio era en realidad una descripción del mundo físico en forma de poema. Llegó a ser muy popular pero también se hubiera perdido de no ser por Poggio Bracciolini, un latinista de Florencia y antiguo secretario de Papa, cuya afición a los libros lo llevó a emprender un viaje con la intención de buscar manuscritos de autores latinos en los monaterios europeos. La que probablemente fuese la única copia del poema de Lucrecio estaba en un monasterio alemán. Aunque nadie lo conocía, Bracciolini supo ver que estaba ante una obra excepcional. Tras mandarlo a copiar lo llevó a Florencia donde hicieron nuevas copias y, así, muy pronto empezó a circular entre los eruditos de la época. Cuando llegó la imprenta, fue uno de los primero libros en imprimirse. Se dice que “De rerum natura” ejerció una considerable influencia en el pensamiento occidental, hasta el punto de enterrar la Edad Media cambiando la concepción filosófica del mundo moderno.

Sello irlandés con Boyle y su famosa relación entre la presión y el volumen de un gas. Imagen extraída de communicatescience.eu.

Sello irlandés con Boyle y su famosa relación entre la presión y el volumen de un gas. Imagen extraída de communicatescience.eu

Pese a que Demócrito había señalado la importancia de la observación – lo perceptible para conocer lo oculto – su método, y el de los antiguos griegos en general, era teórico y especulativo. Como los griegos, los antiguos alquimistas también trataban de averiguar cuáles eran los elementos originarios de los que están hechos todas las cosas aunque, a diferencia de ellos, experimentaban con los materiales con los que especulaban. Especialmente cuidadoso en sus observaciones fue Robert Boyle, quien, ya en el siglo XVII, sentó las bases de la química moderna. En sus experimentos, Boyle anotaba todos los datos que creía relevantes: el lugar, el viento, la presión, la posición de la luna y el sol… Estudiando el aire, se preguntó por qué se podía comprimir y se le ocurrió – puede que rescatando la vieja idea de Demócrito – que quizás estaba compuesto de partículas que se iban juntando más y más con la compresión. Los éxitos de los alquimistas eran cada vez mayores a medida iban dejando a un lado la magia y adoptando el método científico. Por ejemplo, se hizo el intento de medir los pesos relativos de los componentes de las sustancias químicas. Así, Joseph Louis Proust, quien desarrolló casi toda su carrera en España, al estudiar la composición de diversos compuestos, descubrió que la proporción en masa de cada uno de los componentes se mantenía constante independientemente de las condiciones en las que se llevase a cabo el estudio. Por ejemplo, siempre que el cobre, el oxígeno y el carbono formaban carbonato de cobre, las proporciones de peso eran siempre las mismas: cinco unidades de cobre, por cuatro de oxígeno y una de carbono. La receta del carbonato de cobre era inmutable y la proporción era siempre la misma, 5:4:1, ni un poco más, ni un poco menos.

El científico inglés John Dalton fue todavía más allá con sus observaciones pese a que, según se decía, no era un experimentador demasiado riguroso y además tenía la dificultad añadida de confundir los frascos de reactivos porque no podía distinguir su color. Dalton era daltónico, como su nombre indica. El caso, es que no solo confirmó que en un compuesto las proporciones en peso de sus componentes eran siempre las mismas – como ya había dicho Proust – , sino que descubrió que cuando dos elementos se combinaban para originar distintos compuestos, dada una cantidad fija de uno de ellos, las diferentes cantidades del otro  estaban en relación de números enteros sencillos. Por ejemplo, el dióxido de carbono está compuesto por carbono y oxígeno en la proporción, por peso, de 3 unidades del primero por 8 del segundo, mientras que el monóxido de carbono también está formado por carbono y oxígeno pero en la proporción de 3 a 4. En el carbonato de cobre la proporción en peso de carbono y oxígeno era de 1 a 4 (que es lo mismo que de 3 a 12). Pensó entonces que esta norma podía explicarse suponiendo que la materia estaba formada por partículas y, como conocía la teoría de Demócrito, a estas partículas las llamó átomos. Si el átomo de carbono pesara 4 unidades, el dióxido de carbono tendría dos átomos y el monóxido de carbono uno. Según Dalton, cada elemento representaba un tipo particular de átomos y cualquier cantidad de este elemento estaba formada por átomos idénticos de esa clase. Lo que distinguía un elemento de otro era entonces la naturaleza de sus átomos y lo que diferenciaba a uno de otro era su peso. Así, los átomos de azufre eran más pesados que los del oxígeno, que a su vez eran más pesados que los del nitrógeno, más pesados que los del carbono, los cuales pesaban más que los del hidrógeno. De este modo Dalton estableció la primera teoría atómica de la materia.

Lista de elementos de Dalton, con sus símblos. Dalton pensaba que había tantos típos de átomos como elementos distintos.

Lista de elementos de Dalton, con sus símblos. Dalton pensaba que había tantos típos de átomos como elementos distintos. Imagen extraída de http://tableofelements.tumblr.com

En el siglo XX los físicos empezaron a utilizar métodos para descubrir que el átomo estaba constituido por partículas aún más pequeñas, pero esta ya es otra historia que contaremos en la segunda parte.

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El adversario y Monsieur Lazhar

Acabo de terminar “El adversario“, un libro de Emmanuel Carrère sobre la espeluznante historia de Jean-Claude Romand, el ciudadano francés que en 1993 mató a sus hijos, a su mujer y a sus padres, e intentó, sin éxito, quitarse la vida. Las investigaciones tras los asesinatos revelaron algo sorprendente: el doctor Romand no era quien decía ser. No era un alto funcionario de la Organización Mundial de la Salud en Ginebra; tampoco era médico; ni siquiera llegó jamás a aprobar el segundo curso de medicina. Jean-Claude Romand se inventó una vida entera. Hizo creer a todos que por su condición de funcionario de la OMS podía abrir cuentas en Suiza con condiciones ventajosas, y  amigos y parientes no dudaron en confiarle alegremente sus ahorros. De ellos vivía. Disfrutaba así de una situación acomodada, con casa y jardín, en un pueblo residencial de altos funcionarios y diplomáticos, próximo a la frontera. Todo parecía idílico. Pero llegó un día en que creyó no poder seguir sosteniendo la impostura y decidió matar a aquellos en los que veía reflejada su propia vergüenza.

Cubierta de la novela de Emmanuel Carrère, El adversario (imagen extraída de http://aventuraenlaisla.blogspot.com.es).

Cubierta de la novela de Emmanuel Carrère, El adversario (imagen extraída de aventuraenlaisla.blogspot.com.es).

Esta es una historia trágica que admite muchas lecturas. ¿Cuál es la naturaleza de los asesinos? ¿Quiénes somos realmente? ¿Qué define nuestra identidad? Sin embargo, a mí me ha hecho pensar en el desapego. Aunque no hay más culpable que el propio Jean-Claude, los sucesos nos muestran la cara amarga de una sociedad deshumanizada y aséptica. Porque, en el fondo, las mentiras del falso médico eran lo suficientemente chapuceras como para ser descubiertas por cualquiera que hubiera mostrado un mínimo interés por su vida. Pero nuestro protagonista tenía compañeros de estudios que no lo echaban de menos cuando faltaba a los exámenes. Tenía padres  a los que no extrañó su actitud huidiza. Tenía una mujer que jamás lo llamó al despacho ni lo acompañó al médico cuando este declaró – mintiendo nuevamente – padecer cáncer. Ni siquiera la amante pareció mostrar especial sensibilidad ante los problemas de salud de Jean-Claude, que ella creía reales. Me pregunto si el exceso de respeto hacia la individualidad ajena no esconde cierta dosis de egoísmo ¿Dónde termina la consideración y empieza la indiferencia?

Todo esto me ha hecho recordar una anécdota de la infancia. Cuando tenía cinco o seis años, me destrocé un pie al meterlo por accidente entre la cadena y la rueda de la bicicleta, yendo de paquete con mi hermana. Recuerdo que mientras mi padre me llevaba en brazos por el pasillo, en la que fue mi primera visita a un hospital, me decía que no mirara a las habitaciones, tratando de evitar, supongo, que viera alguna escena desagradable. La experiencia me sirvió para aprender dos cosas: en primer lugar, que el sufrimiento ajeno puede hacer daño y en ocasiones está permitido ignorarlo; y, en segundo lugar, que hay que mantener los pies alejados de las ruedas cuando se va en bicicleta. El caso es que, como en el hospital, en la hipercivilizada Europa del doctor Romand, nadie quiere mirar dentro de las habitaciones. Para no sentir la penosa emoción ante el dolor ajeno – la impaciencia del corazón decía Stephan Zweig –  la hemos  intelectualizado y transformado en corrección política. El egoismo se viste con la piel de cordero del supuesto respeto a la libertad individual. Nos hemos convertido en seres asépticos y plastificados con la mirada fija en el fondo del pasillo.

Esta situación se ha trasladado a la escuela, donde el espíritu Disney pugna por imponerse. El miedo, o quizás la impaciencia del corazón, llevan a los educadores a ocultar a los niños, con las mejores intenciones, el dolor, el sufrimiento y la muerte. Pero olvidan que muchos ya los llevan con ellos. Este es uno de los temas de la maravillosa película canadiense “Profesor Lazhar“. En una escuela primaria, un niño encuentra colgada de una viga a una maestra que se ha ahorcado en su propia aula. Se trata de situación traumática para todos, pero no se permite hablar abiertamente de ella. Las preguntas, el duelo, hay que dejarlos para la hora de después de matemáticas y antes del recreo, que es cuando la dirección del centro ha  programado unas clases especiales con una psicóloga. Trabajar con niños es como tratar con material radiactivo: no los puedes tocar, dice un profesor en la película refiriéndose al contacto físico, aunque bien podría haber hablado de las emociones: no se les puede tocar el alma.  Solo el sustituto de la profesora muerta, Monsieur Lazhar, quien a su vez vivió una situación muy dolorosa en Argelia que lo llevó al exilio, es capaz de acercarse a los temores de los niños, animándolos a contar sus experiencias. Su actitud choca con el entorno: queremos que enseñe a nuestra hija, no que la eduque, dicen unos padres, olvidando que tal cosa es imposible, porque todo educa, por acción o por omisión, para bien o para mal. La corrección política, el respeto mal entendido, están dejando a los niños sin el abrigo moral que necesitan.

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La curiosidad como fuerza vital

Acabo de terminar de leer “Dios, el diablo y la aventura“, un libro de Javier Reverte sobre las andanzas del jesuita español Pedro Páez, que a principios del siglo XVII se hizo cargo de la misión jesuita de Etiopía y logró la conversión al catolicismo del emperador Susinios y -por ende- de su pueblo. El Reino de Aksum, que abarcaba gran parte de la actual Etiopía, había adoptado oficialmente el cristianismo ya en el siglo IV. En los tiempos de Pedro Páez los etiopes eran ortodoxos, con un abuna, o arzobispo, nombrado por el patriarca copto de Alejandría. En la actualidad en el país hay mayoría de cristianos ortodoxos porque lo cierto es que la etapa católica duró muy poco: tras morir  Susinios, su hijo volvió rápidamente al redil copto. Dentro de las iglesias cristianas, la de Etiopía es la más cercana a la tradición judía, no en vano sus emperadores decían ser descendientes directos del Rey Salomón y la Reina de Saba. El último, Haile Selassie, es considerado además Mesías por los rastafaris.

La historia que cuenta el libro es apasionante, pero yo me he quedado fascinada sobre todo con la personalidad del protagonista, Pedro Páez. Este hombre, además de una inteligencia superior, tenía una curiosidad y unas ganas de aprender a prueba de bomba. Reverte escribe su historia basándose directamente en el libro “Historia de Etiopía” del propio Páez. Cuenta que en su primer intento de llegar a Etiopía desde Goa, él y su compañero, el también jesuita Antonio de Montserrat, fueron apresados por los turcos y posteriormente regalados como esclavos a un sultán árabe. Con él, descalzos y atados a la cola de un camello, atravesaron la región de Hadramaut y el desierto de Rub-al-Khali, que en árabe significa “habitación vacía”, en alusión a que es una extensión de arena absolutamente yerma y descomunal (es la mayor extensión de arena del mundo, de hecho). La zona es tan inhóspita que sólo tres siglos más tarde fue “descubierta” por exploradores europeos. Pues bien, Páez la atravesó en las circunstancias más penosas posibles y aún así tuvo presencia de ánimo para escribir sobre la naturaleza de la región y sus gentes, todo desde el punto de vista de un investigador. El siguiente destino de los jesuitas fue una prisión donde nuestro protagonista pasó los siguientes dos años encadenado a una pared de piedra (Montserrat se libró de las cadenas en consideración a su edad). Sobre esta etapa escribió: “Viendo que me daban tiempo mientras estábamos presos, procuré aprender la lengua árabe, y leer y escribir en ella, lo que nos aprovechó mucho después.” Por lo visto también aprendió hebreo y algo de chino. Lo increíble es que ¡sólo se le ocurrió destacar que le dio tiempo de aprender idiomas!

No dudo de que su fe le diera fuerzas para soportar todos estos padecimientos (al fin y al cabo era un sacerdote misionero) pero tengo la impresión de que lo que de verdad lo ayudó fue esa curiosidad y ganas de aprender que tenía. Por mi parte, no veo la vida como un valle de lágrimas pero desde luego creo que cultivar el cerebro -estudiar, pensar, aprender- es la mejor manera de sobrellevarla. Y es gratis. Y sólo depende de nosotros. La curiosidad es un gran incentivo para seguir adelante en los malos momentos (al menos es mejor que los power point con amaneceres y frases de Paulo Coelho, ¿no?).

Esto es lo que queda de la iglesia-palacio construida por Pedro Páez. La imagen es de Miquel Silvestre (extraída de su blog)

Esto es lo que queda de la iglesia-palacio construida por Pedro Páez. La imagen es de Miquel Silvestre (extraída de su blog)

Pedro Páez fue el primero en escribir sobre el café. Fue también el primer europeo que alcanzó a ver las fuentes del Nilo Azul (“confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver antiguamente el Rey Ciro y su hijo Cambises, el Gran Alejandro y el famoso Julio César”, escribió). Hizo los planos y dirigió la construcción de una iglesia-palacio, considerada por los etíopes como una de las maravillas del mundo -de estilo entre el clásico-renacentista y el barroco- , y además lo hizo con herramientas que él mismo construyó. Tradujo innumerables libros del amárico o gue’ez (el idioma litúrgico de la iglesia ortodoxa) a otras lenguas europeas y viceversa. Fue consejero del emperador y muchas cosas más.

Mientras esto ocurría, de España, -de Castilla-, se contaba(*) lo siguiente: “de los 11480 pobladores que había en Burgos en 1591, 8615 eran hidalgos, otros 1475 clérigos y 983 religiosos. Teniendo en cuenta que las gentes de la iglesia tenían también exención del trabajo y contaban con fueros propios -no podían, por ejemplo, ser juzgados en tribunales civiles o militares- los números están claros: sólo podían trabajar 407 personas de los 11480 habitantes de la ciudad y no sabemos cuántos de ellos eran mujeres, niños y ancianos. ”  ¿De aquellos barros, estos lodos?

(*) en el libro “Las comunidades de Castilla” de Antonio Maravall.

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Una temporada para silbar

Una temporada para silbar

Portada de “Una temporada para silbar” de Ivan Doig (imagen extraida de http://www.librosdelasteroide.com)

Acabo de terminar “Una temporada para silbar” de Ivan Doug, un autor que desconocía por completo. La verdad es que saqué la novela de la biblioteca prácticamente a ciegas pero he acabado encantada. Se trata de una delicioso relato sobre el papel de las escuelas rurales en la vida de las pequeñas comunidades, en este caso, del Salvaje Oeste Americano de principios del siglo XX.

Marias Coulee, Montana, 1909. Un granjero viudo y padre de tres hijos, contrata a un ama de llaves algo excéntrica que llega al pueblo con su hermano Morris, un relamido urbanita fuera de lugar en la rural Montana. Por azares de la vida – la maestra se fuga con el predicador – Morris acaba siendo contratado como profesor en la escuela local. Sus métodos encandilan a la chiquillería  en general y en particular al joven Paul, para cuya familia trabaja la hermana del maestro.

El libro destila mucho amor por la profesión de enseñante y por la naturaleza. Guarda cierto aroma a las historias del Gran Norte de Jack London, con quizás un toque de telenovela y algo de misterio. Me ha tenido enganchada un par de días.

En la página de la editorial he encontrado el enlace al siguiente vídeo. Se trata de una versión de “Follow the Drinking Gourd“, una de las canciones que los niños de la escuela rural de Marias Coulee cantaban en la “noche del cometa”, la fiesta que el maestro organizó con motivo del paso del Cometa Halley de 1910. Copio la nota del traductor (Juan Tafur) sobre esta canción:

Canción popular de la época de la guerra civil americana. Según la tradición, los esclavos que se fugaban de las plantaciones del Sur camuflaban en la letra los hitos de la ruta hacia el Norte, donde les aguardaba la libertad. El título “Sigue la calabaza del agua” hace referencia a las calabazas huecas que usaban para beber y era el nombre en clave de la Estrella Polar.

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Viejas tecnologías (IV)

Las cartas que copio a continuación se recogen en el libro ¡Ojalá lo supiera!, una recopilación de correspondencia mantenida por el premio Nobel de Física, Richard Feynman, y seleccionada por su hija Michelle. Además de por ser un grandísimo físico y una persona muy singular, Feynman es conocido por su contribución a la enseñanza de las ciencias. Se dice que estaba particularmente orgulloso de la Medalla Oersted a la Enseñanza que ganó en 1972. Entre otras curiosidades, en el libro se puede leer el análisis que hizo de una serie de libros de texto para enseñanza primaria a petición de la Junta de Educación del Estado de California. Las cartas que copio aquí me han hecho gracia, en primer lugar, por el entusiasmo de Feynman, y en segundo lugar, por lo primitivo que nos parece ahora el teléfono.

Carta enviada por un profesor de Física a Richard Feynman en 1966:

Estimado doctor Feynman:
Soy profesor de física en Northwestern Wisconsin, y doy cuatro clases de Física PSSC al día. Debido a nuestra situación geográfica, es extraordinariamente difícil para mis alumnos poder hablar o visitar fácilmente a científicos y personas que investigan.
He pensado que, con su cooperación, sería posible que tuvieran una experiencia que, estoy seguro, recordarán durante mucho tiempo. Me preguntaba si usted consideraría alguna vez en el futuro dar una charla a mis alumnos mediante una conexión telefónica a larga distancia a una hora convenida. Me daría una gran alegría si esa llamada encajara en su agenda y yo pudiera reunir a todos mis alumnos en nuestro auditorio de modo que pudieran escucharle y posiblemente hacerle algunas preguntas. Yo podría hacer todos los arreglos a través de nuestra compañía telefónica local. He pensado que, si usted quisiera, podría hablar a los estudiantes durante 20 o 25 minutos y darles luego la oportunidad de hacerle algunas preguntas. El tiempo total empleado sería de 35 a 40 minutos.
Esto es un experimento total por nuestra parte, pero pienso que sería muy estimulante para mis 130 alumnos de física, que representan la mitad de nuestra clase junior.
Si usted cree que podría robar tiempo a su apretada agenda para un experimento como éste, tendría mucho gusto en comunicarme con usted con más detalle cuando más le convenga. Agradeciendo su amable consideración, quedo atentamente,
Thomas J. Ritzinger

Y esta fue a contestación de Feynman:

Estimado señor Ritzinger:
¡Qué maravillosa idea! Suena terriblemente cara, pero si usted lo dice estoy de acuerdo.
En cualquier caso, intentemos esa gran llamada telefónica. Creo que funcionaría mejor si yo no hago otra cosa que responder a preguntas durante los 35 o 40 minutos. Probablemente me volveré loco tratando de explicar las cosas sin una pizarra. Pero suena divertido y me gustaría intentarlo.
Miércoles y jueves por la tarde y martes por la mañana son malos para mí. Otros momentos están bien, excepto 2 de abril y 22-27 de abril, en que voy a ir a Nueva York.
¡Una idea grande y original que nunca he oído antes! (¿cuánto cuesta?).
Afectuosamente,
Richard P. Feynman

El 25 de abril de 1966, Tom Ritzinger escribió para darles las gracias a Feynman. Decía que “los más jóvenes estaban muy emocionados y los comentarios tras nuestra conversación me demuestran que sacaron mucho provecho de sus respuestas y comentarios”.

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