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El hijo del obrero, ¿a la universidad?

Cuando Vanessa terminó la ESO el año pasado, sus profesores le aconsejaron hacer un ciclo de FP en lugar del bachillerato. No había mostrado ser una estudiante brillante, pero tampoco lo contrario. Sus notas nunca fueron una maravilla y sin embargo siempre pasó de curso sin repetir, algo que solo consiguió el 66% de los graduados en ESO, según las estadísticas.

Vanessa vive en un polígono con su hermano y su madre. El padre se fue un día, probablemente a comprar tabaco. A la madre la sacaron de la institución donde vivía a los catorce años para ponerla a limpiar, actividad con la que se gana la vida a día de hoy. No terminó la EGB. Algún fin de semana Vanessa la acompaña, sobre todo cuando le dan ataques de lumbalgia.

Viendo los antecedentes de Vanessa, yo diría que es una chica bastante espabilada, y sin embargo sus profesores han considerado que es mejor para ella no hacer ninguna carrera. Que los estudios profesionales son tan dignos como los universitarios es completamente cierto, pero ¿a un chico de clase media le hubieran dado el mismo consejo que a Vanessa? Lo dudo. Yo al menos no conozco ningún caso, ni siquiera cuando el chico en cuestión ha sido un pésimo estudiante. Aunque es posible que a Vanessa le hayan hecho un favor. Bien pensado, y tal como está panorama laboral, le puede ser muchísimo más útil su ciclo profesional que un título universitario, porque incluso en el caso de que consiguiera beca para un máster, sus posibilidades de enriquecer el curriculum con algo que la distinga de las masas de titulados que cada año salen de las universidades españolas son más bien escasas: ni se puede pagar estudios de idiomas en el extranjero, ni puede permitirse unas prácticas sin remunerar, y desde luego tampoco tiene contactos que la puedan recomendar en algo que no sea la limpieza de escaleras.

Mientras esperamos (sentados) a que haya igualdad de oportunidades, o algo parecido, pido un favor a nuestros ciudadanos de bien: si un día van al barrio de Vanessa y la ven sentada en la plaza, con un par de aros en las orejas, comiendo pipas y escuchando reggaetón, tengan la decencia de no despreciarla. Gracias.

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Dos carreras y un máster

Benjamín Serra tiene dos carreras y un máster. Vive en Londres y trabaja en una cafetería donde, entre otras tareas, limpia los baños del local. Esto es lo que contó él mismo en un mensaje que se ha difundido ampliamente por las redes sociales. Todos hemos escuchado historias como esta. Chicos con estudios que no encuentran trabajo o que tienen que hacerlo en condiciones penosas y con sueldos de miseria. España se indigna. Con casi un 60% de paro juvenil hay razones para indignarse, qué duda cabe. A mí también me enfada y entristece que a muchos se les niegue un medio para ganarse la vida, o que haya quien se aproveche de la desesperación ajena. ¿Es esta la queja de Benjamín?

Mensaje de Benjamín Serra, ampliamente difundido en la red. (Extraído de aquí)

Mensaje de Benjamín Serra, ampliamente difundido en la red. Se puede ampliar pinchando sobre la imagen. (Extraído de aquí)

Benjamín podría haber escrito “tengo un trabajo pero apenas gano para vivir” o “limpio baños y no me gusta hacerlo”, sin embargo, lo que leemos es “tengo dos carreras y un máster y limpio WCs”. Es decir, parece que lo terrible no es que existan trabajos duros y mal pagados (entiendo que el de Benjamín es un trabajo duro y mal pagado) sino que le haya tocado a él, que tiene dos carreras y un máster. Dice que no se avergüenza de hacerlo, que limpiar es muy digno, pero que cuando un cliente lo mira por encima del hombro siente ganas de sacar sus títulos y ponérselos en la cara. Por lo visto para este chico sus diplomas no solo avalan cierta cualificación profesional acorde a las dos carreras y el máster que ha terminado, sino que certifican que se ha convertido en un ser humano digno: sin ellos parece que sería lógico que lo trataran mal. Vaya. Por si la idea no hubiera quedado clara, escribe al final del texto: “Yo creía que merecía algo mejor después de tanto esfuerzo en mi vida académica. Parece ser que me equivocaba”. Te equivocabas, Benjamín, te equivocabas. Pero porque tú mereces algo mejor por el hecho de ser persona, no por tener dos carreras y un máster. Todos merecemos algo mejor. Dar por buena la explotación laboral cuando los explotados son otros no es otra cosa que clasismo. Es fácil dar la vuelta a la frase de Benjamín: “no tengo ni carrera ni máster, y por eso limpio WCs”. ¿Significa eso que alguien sin preparación puede realizar un trasplante de hígado, diseñar una central nuclear o gobernar un país? ¿Significa que nadie puede limpiar baños? Por supuesto que no, ni una cosa ni la otra. Significa que nada justifica la explotación laboral, tampoco la falta de cualificación, ni siquiera suponiendo –que ya sería suponer muchísimo– que todos hemos tenido las mismas oportunidades en la vida. Si el discurso del precariado, que tan bien ejemplifica Benjamín, denunciara las malas condiciones laborales en general, me lo creería más. Pero lo que nos cuentan no es que cada uno deba tener responsabilidades acordes a su formación y capacidad –una idea perfectamente lógica y razonable– sino que la dignidad del trabajador depende del estatus social, ya sea heredado o adquirido mediante un título académico. Yo honestamente creo que los trabajos más penosos y alienantes deberían estar mejor pagados que aquellos con mayor margen para la realización personal, a modo de compensación. Lo habitual es lo contrario, desgraciadamente.

En cualquier caso, entiendo el desconcierto de los jóvenes titulados. Hicieron lo que se esperaba de ellos y ahora no encuentran la recompensa que les dijeron tendrían. Este desconcierto, creo, es fruto de un malentendido. Es una idea común pensar en los estudios como una prueba que hay que pasar para disfrutar de una buena calidad de vida. Creer que un título académico es como una valla que hay que saltar para llegar al soñado prado de la placidez laboral. Hace treinta años bastaba con saltar una valla y ahora resulta que ni siquiera pasar tres o cuatro asegura la entrada. De ahí la perplejidad de Benjamín y de muchos otros jóvenes precarios. Sin embargo, aunque parezca una perogrullada, lo cierto es que se estudia para aprender. Ni más ni menos. El estudio es un medio de enriquecimiento personal –por supuesto no el único– y como tal deberíamos verlo. Requiere esfuerzo, claro que sí, pero se supone que es satisfactorio por su propia naturaleza, independientemente de las oportunidades laborales que nos pueda permitir. Nada de esto se comenta en la carta de Benjamín. Por el contrario, da a entender que se ha esforzado mucho, que ha sufrido, y que encima su sacrificio no le ha servido para nada. Está descontento con su trabajo –tiene razones para estarlo– pero podría pensar que al menos tuvo la oportunidad de formarse, de aprender, de crecer como persona, de disfrutar, de enriquecer su vida. No es así y eso me entristece. Su discurso pide un “al menos”, no un “encima que”. También sería posible, por supuesto, que se sintiera decepcionado porque la universidad no dio respuesta a sus inquietudes, porque no cumplió su función formativa. Sin embargo, tampoco parece ser el caso. De hecho, esta es una crítica que se oye muy poco, y desde luego no porque falten razones, como sabe cualquiera que conozca el sistema educativo español.

En definitiva, Benjamín tiene todo el derecho del mundo a luchar, a no resignarse. Él, como tanto otros, merece una vida mejor. Cuenta con todo mi apoyo. Como trabajador, no por tener dos carreras y un máster.

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Educación, precariedad y clases sociales

La precariedad —aunque según algunos autores pudiera parecerlo— no es ninguna novedad ni el último grito en las relaciones laborales. La clase obrera la viene sufriendo desde que el que el capitalismo es capitalismo y el trabajo asalariado se convirtió en civilización y no es otra cosa que unas condiciones de trabajo lamentables y abusivas. Las jornadas de 14 horas en los telares, los mineros sin seguridad, los jornaleros que no cobraban si ese año la cosecha era mala, el servicio que vivía encerrado en la casa del señorito, el obrero subido en el andamio… ¿No es precariedad? Por supuesto que sí, no deja de ser curioso que Los santos inocentes se ubique cronológicamente en pleno auge fordista, benditas contradicciones postmodernas. Pero entonces llegó Negri (seguido por su coro de creyentes) y nos dijo que la precariedad era algo novedoso, tanto que acuñó un nuevo término: el precariado. En realidad —y es bastante significativo— el término proviene de la Fundación Friederich Ebert, vinculada al partido socialdemócrata alemán (SPD). Un nuevo tipo de asalariado que sufría la precariedad, es decir, unas condiciones laborales precarias, en el marco del nuevo capitalismo post-industrial caracterizado por su inmediatez, su flexibilidad y su prevalencia de lo simbólico sobre lo material. ¿Y esto cómo se traduce? En que mi madre friega platos ajenos y es clase obrera. Pero si la que friega platos ajenos es una joven con carrera y un máster que habla tres idiomas y milita en Juventud Sin Futuro no es clase obrera (y vaya por delante que me parece que hacen una grandísima labor) es un nuevo sujeto emergente, es precariado, intelectual además. Se traduce en que una camarera es clase obrera siempre y cuando sea una choni que será camarera el resto de su vida, si está de camarera para pagarse los estudios de Ciencias Políticas no es clase obrera, es un nuevo sujeto emergente incapaz de identificarse con la clase obrera insertado que refuerza el intelecto colectivo en el semiocapitalismo menuda tesis doctoral me está quedando bla bla bla.

La lectura es insultante: la clase obrera puede ser precaria, siempre lo fue, pero cuando la clase media (recientemente empobrecida) visita los infiernos de la precariedad y el abuso laboral, se deben parar las rotativas y la izquierda académica occidental —curiosamente proveniente en su mayoría de la clase media─ se pone a teorizar nuevos paradigmas. (…)

Un camarero siempre fue la clase obrera ya que no es dueño del medio de producción pero ahora no, ahora es precariado porque tiene dos carreras y desempeña un trabajo que no se corresponde con su formación. En realidad podría tener diez carreras, pero si trabaja de camarero y no es dueño del bar y por tanto del medio de producción, sigue siendo de la clase obrera. Pero por lo visto a la clase media le resulta incómodo identificarse con la clase obrera. (…)

Los datos no dejan lugar a dudas, el 24,9 % de los jóvenes españoles de entre 18 y 24 años no cursaban ningún tipo de ciclo educativo ni de formación en 2012. Sobra mencionar el estrato social al que pertenecen estos excluidos: son los que no ven La Tuerka ni emigran a Londres (…). Y un pequeño aviso para navengantes: será imposible una transformación social sin contar con ellos, por muy horteras que nos resulten sus Nike con muelles o sus zapatos de plataforma y sus colas de caballo. Ya en plena explosión de la Universidad de masas en los años sesenta, Bourdieu nos demostró empíricamente que la educación no es el dispositivo que de alguna manera facilita la movilidad social sino que de forma velada, reproduce y perpetúa el sistema de clases, convirtiendo la universidad en «la elección de los elegidos». De hecho en nuestro país y según datos del propio Ministerio de Educación, menos el 10% de universitarios son hijos de padres no universitarios. La obra llevaba el apropiado título Los Herederos: los estudiantes y la Cultura. Yo entiendo que estudios como el de Bourdieu o estos datos incomoden a cierta izquierda académica pero la realidad está ahí fuera y nuestro joven promedio no tiene dos carreras y emigra a Londres: no ha terminado la E.S.O. y fuma porros en el parque y sobre todo, Campofrío no le dedica un nauseabundo anuncio comercial. La laureada «generación mejor preparada de la historia» es una falacia. No es una generación, pues se trata de una minoría específica. En cambio una gran mayoría (invisible para los medios y la izquierda) no alcanza estudios universitarios, ni siquiera termina la secundaria. Aunque pudiera parecer lo contrario, en este país hay más jóvenes que abandonan la E.S.O. que jóvenes con dos másters, no en vano encabezamos la lista de fracaso escolar europeo. También es muy significativo que hoy se hable de «exilio económico» en referencia a los jóvenes altamente cualificados que emigran. En este país a los emigrantes andaluces que se buscaron la vida en Catalunya o a los millones de emigrantes que marcharon en los años 60 rumbo a Alemania o Francia nunca se les llamó «exiliados económicos», siempre fueron emigrantes. Por lo visto el calificativo de exiliado económico es sólo para los altamente cualificados.

Extracto del artículo “La clase obrera hoy:  canis e informáticos”.

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Valorar el dinero

Pequeña princesa con papeletas para convertirse en niña de papá. Crédito: Saverio Truglia.

Pequeña princesa valorando el dinerillo. Crédito: Saverio Truglia.

No sé muy bien como ocurrió, pero el otro día me topé en Internet con un programa de tele-realidad llamado ‘Hijos de papá’, que quizás ya no se siga emitiendo. Y no sólo lo vi, sino que busqué otros capítulos. (Hecha esta bochornosa confesión, aprovecho para decir también que me gusta una canción de El Puma). El caso es que los protagonistas del programa en cuestión son jóvenes retoños de padres ricos que aparentemente viven sin más preocupación que la de en qué gastar dinero. Ninis con Lamborghinis. Los muchachos sobreactúan y es evidente que ninguno tiene muchas luces. Todo está montado para que el espectador se escandalice y se sienta moralmente superior a los hijos de papá. Las escenas de superficialidad y lujo se suceden con algún que otro momento emotivo que responde al clásico ‘los ricos también lloran’. Nada nuevo bajo el sol. Y, también, como muchos otros productos televisivos, la cosa tiene intención moralizante. El espectador debe saber que la actitud de los jóvenes imitadores de Paris Hilton no es la adecuada y hay que ayudarlos, por tanto, a corregir su comportamiento. Y aquí viene lo más sorprendente. Porque parece ser que lo único susceptible a ser reformado, el único problema de estos chicos, es que no valoran el dinero. Y el dinero, por lo visto, ha de ser valorado. Los padres ricos – en su mayoría empresarios de la construcción y la hostelería – sí lo valoran y piden a los señores de la tele que los ayuden a enderezar a sus retoños para que terminen haciendo lo propio. Ellos son padres ejemplares – superpapás que han dado una vida maravillosa a sus hijos (sic) – que dan tanto valor al dinero que pasan el tiempo ganándolo, y no estando con ellos (los ricos en ocasiones lloran), y que dedican su esfuerzo a sobornar concejales, defraudar a hacienda y evadir capitales (afirmaciones que en este país no son prejuicios, sino, desgraciadamente, verdades estadísticas). ¿Y cómo pueden aprender sus frívolos vástagos a valorar el parné? Pues los papás han de buscarles trabajos donde hacer el paripé mientras van valorando el dinerito que, mira niño, a algunos les cuesta mucho ganar. Porque por algún motivo es mejor simular que se trabaja, apartando a otros que sí son capaces de aportar algo con su esfuerzo, que vivir tranquilamente del cuento. Para mí es menos dañino ser parásito social que saboteador: se empieza así, y se acaba en un consejo de administración de algo o de asesor en Telefónica. Pero debe ser que yo tampoco valoro el dinero (y así me va). Por otro lado, y como todo el mundo sabe, lo valorable se valora mejor cuando el simulacro sucede ante la mirada del telespectador que con bastante  probabilidad estará en el paro (otra verdad estadística).  Sin olvidar que también se aprende a valorar el dinero conociendo las verdades de la vida. Igual que María Antonieta tuvo que aprender que los pobres no tenían pan (pues que coman pasteles), nuestros ninis-chic han de saber que hay pobres que no tienen casa. Afortunadamente no faltan desahuciados a los que ir a visitar con cámaras de televisión para valorar un rato con ellos. Quién sabe si el incidente que María Antonieta tuvo con la guillotina, no se debió a que no valoró lo suficiente. Una vez valorado el asunto, ya no hay problema en seguir consumiendo hasta el paroxismo y en tener la cabeza vacía. Y, sobre todo, no hay problema en que sus papás sigan explotando al prójimo. En definitiva, que al final acabé empatizando con los hijos de papá, porque al menos ellos sí saben que el dinero no tiene ningún valor.

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Niños como adultos y adultos como niños

Niño vestido de adulto o viceversa.

Adulto vestido de niño o viceversa.

En mi empresa existe un programa de ‘acción social’ de ayuda económica a los trabajadores para gastos que normalmente no cubre el sistema público, como dentistas, guarderías para los hijos, asistencia a familiares discapacitados… Uno de los apartados prevé ayudas para los estudios de los hijos hasta veintisiete años. Repetimos: veintisiete años. Todo el mundo lo ve normal.

Un compañero me contaba que en la sección ‘Jóvenes emprendedores’ del periódico local había aparecido un reportaje sobre el proyecto empresarial de una conocida común. La ‘joven’ emprendedora en cuestión cumple este año los cuarenta.

Estos son dos ejemplos entre muchos de como esta sociedad – consciente o inconscientemente – ha infantilizado a buena parte de la población. No hay duda de que a los veintisiete años un adulto puede necesitar ayuda por diversos y variados conceptos, pero debería poder hacerlo por él mismo, no por ser ‘hijo de’. También es cierto que dada la esperanza de vida actual alguien de cuarenta años gozará en general de buena salud y estará aun en la mitad de su vida,  pero desde luego no es lógico que a esa edad esté todavía comenzando una carrera laboral. Solo desde la negación del adulto joven como adulto independiente, se explica que un hecho absolutamente escandaloso, una anomalía sin par en el mundo civilizado, como es que el paro juvenil supere el 50%, pase relativemente desapercibido.

Al mismo tiempo y en el mismo país, bebés desde los tres meses de edad son enviados a instituciones – guarderías – donde, pese a las más que probables buenísimas  intenciones de los cuidadores, es imposible prestarles atención individualizada. Para que aceptemos con alegría semejante aberración, nos han hecho creer que los niños necesitan socializar (¿alguien de verdad se cree que un bebé de cinco meses puede ‘socializar’?) y ser autónomos. Autonomía que por lo visto no está mal perder a los veintisiete años. Solo desde el engaño colectivo se explica que las medidas de conciliación laboral (muy necesarias) apunten al requerimiento de más guarderías y de ayudas para gastos en guarderías, en lugar de a la demanda de permisos laborales para que las madres y los padres puedan quedarse con sus hijos.

El mundo al revés: los niños son tratados como adultos y los adultos como niños. Y lo peor es que gran parte de la sociedad lo ve normal.  El futuro que auguran estas políticas no es demasiado halagüeño.

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No le robéis a los niños

Que una mala educación condiciona el futuro de una persona, al no dejarle desarrollar todas sus capacidades, es cosa sabida. Sin embargo, una mala educación puede afectar a niveles mucho más profundos. Y es que creo que se está robando a los niños algo muy importante. Me refiero a la posibilidad de disfrutar aprendiendo, de explorar esa dimensión imaginativa necesaria para comprender el mundo y para soportarlo. Vivimos –hemos vivido– en una sociedad consumista donde lo importante es rodearse de objetos. La alegría se compra. No hay felicidad sin gasto. Los mundos imaginarios son creados por otros, para después ser construidos a medida y ofrecidos como parques temáticos en paquetes con todo incluido. Vivimos  como consumidores, no como ciudadanos, y educamos a los niños en consecuencia. En el colegio donde hice la prácticas llevaron a los niños de sexto –en temporada de clases, para más inri–  a Disneyland® Resort Paris, popularmente conocido como Eurodisney. Algunos salían de la isla por primera vez, y quién sabe cuando volverán a hacerlo al precio que se está poniendo volar, pero no visitaron ningún parque natural, ningún pueblo o ninguna ciudad real: se metieron en una especie de escenario, concebido por los creativos de Disney S.A., donde obtuvieron diversión a cambio de dinero y se llevaron fotos y merchandising en lugar de auténticas vivencias. Yo no voy a decirles a los padres lo que tienen que hacer con sus hijos, pero me parece que la escuela no debería fomentar estas cosas que, como poco, denotan una pobreza cultural alarmante cuyas consecuencias pagarán al final los niños. La infancia ha pasado a ser un segmento del mercado sobre el que se han edificado emporios empresariales y,  como los adultos, los más pequeños han aprendido a valorar los productos, no por lo que son, sino por el estatus que se consigue al poseerlos. Pero si formar consumidores es cuestionable, formar consumidores, cuando deja de haber medios para consumir, es criminal.

Disneyland Paris (imagen extraída de http://www.pequeocio.com)

Porque estamos hablando de niños que crecerán en el país de la eurozona con más desigualdad social, donde los servicios sociales atienden ya a ocho millones de personas, donde una de cada cuatro personas en edad de trabajar está desempleada (una de cada tres en Canarias) y donde un tercio de los que trabajan queda al borde de la pobreza al cobrar a lo sumo el salario mínimo. Esto no quiere decir que echarse en brazos del consumismo desaforado sea bueno mientras haya posibles. Lo que ocurre es que, cuando no los hay, la situación de indefensión de los niños se hace más evidente. No hay nada más irresponsable que educar a un niño para hacerle creer que su propia autoestima depende de tener tal o cual y después arrancárselo o no dejarle acceder a esos bienes cuyo valor se ha sobredimensionado más allá de lo razonable. Por eso me ponen de mal humor los vídeos como el que colgué el otro día, un nuevo ejemplo de publicidad encubierta en supuestos valores educativos. ¿Qué pinta Telefónica en la escuela? Hay que asumirlo: los placeres que se pueden conseguir con dinero cada vez estarán al alcance de menos personas. Ahora podemos seguir alimentando el sistema con consumidores frustrados o cambiar el paradigma y educar para disfrutar de lo que no cuesta nada pero vale mucho.

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Ya es definitivo

Sólo a mí se me ocurre encontrar mi vocación justo cuando hay récord de desempleo en un país donde, por otro lado, nunca ha sobrado el trabajo (¿qué pasa en España? ¿es que no hay cosas que hacer?). Claro, que peor era cuando se pasaba “más hambre que un maestro de escuela”. O cuando se firmaban estos contratos(*).

(*) El contrato en cuestión parece ser una traduccion literal de un contrato de la provincia canadiense de New Brunswick, aunque otras páginas apuntan a Estados Unidos. En cualquier caso, ni se refiere a España ni se puede decir que fuera la norma para las maestras de la época. (editado)

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