En la imposición está el gusto

El decreto 126/2007, del 24 de mayo, recoge los objetivos de la educación primaria en Canarias. Uno de estos objetivos es el siguiente:

Conocer, apreciar y respetar los aspectos culturales, históricos, geográficos, naturales, sociales y lingüísticos más relevantes de la Comunidad Autónoma de Canarias, así como de su entorno, valorando las posibilidades de acción para su conservación.

Y digo yo que conocer está bien y respetar también, pero… ¿apreciar? ¿Es legítimo fijar como objetivo que el alumno aprecie algo? Quizás esté buscando tres pies al gato, pero noto cierta prepotencia al exigir actitudes que deben ser manifestación exclusiva de la voluntad del individuo y no de una imposición externa. Una cosa es considerar que algo es digno de estima y otra bien distinta que haya que estimarlo por decreto. Por no hablar de la parte de “la Comunidad Autónoma de Canarias, así como de su entorno” (¿es que hay que apreciar la cultura de – digamos – Cabo Verde y Mauritania pero no la andaluza y la francesa?). En fin, que tire la primera piedra quien esté libre de localismos más o menos folclóricos. El caso es que, a veces con buena voluntad y a veces sin ella, la moderna pedagogía no solo pretende regular las acciones de educandos y educadores, sino también sus pensamientos. Hace unos días, la profesora de una de esas asignaturas de “rellenar papeles” (que suspendí), me decía que para aprobar tenía que gustarme la disciplina que ella impartía. Lo cierto es que suspendí porque lo hice fatal, no porque no me gustara, pero no dejan de sorprenderme las convicciones casi religiosas que tienen algunos sobre temas que caen fuera de su competencia. O peor, el que no se den cuenta de que hay temas que no son de su competencia.

Paisaje, obra de Banksy (extraída de igargoyle.com)

Obviamente, es inevitable que la escuela acabe por moldear cierta visión del mundo: la escuela influye – en cierto modo condiciona – y no puede ser de otra manera dada su naturaleza. El papel adoctrinador de la institución escolar es conocido y tan viejo como el mundo. Sin embargo, creo que las pretensiones de cientificidad de las actuales corrientes pedagógicas las están haciendo derivar hacia posiciones autoritarias precisamente porque tratan de ocultar la ineludible dimensión ideológica de la educación. Quiero decir, que la inevitable presencia de lo ideológico en los discursos pedagógicos no tiene por qué ir en su contra sino que, paradójicamente, es la negación de esa presencia lo que vuelve ilegítimas y peligrosas las teorizaciones. La pedagogía no es una ciencia, como tampoco lo son la filosofía y el derecho, por mucho que así lo piensen muchos pedagogos movidos, creo, por un lamentable complejo de inferioridad. Tratar de aplicar el método científico en cualquier ámbito, y a toda costa, no trae nada bueno como desgraciadamente sabemos los que sufrimos los nada predecibles vaivenes del “mercado” y como saben en otras latitudes – o longitudes – aquellos que han padecido los caprichos del materialismo dialéctico.

Pero bueno, bien pensado, creo que mi profesora se equivocaba radicalmente: mi problema no es que no me gusten las cosas de la pedagogía sino que me las tomo demasiado en serio. Al fin y al cabo, hay asuntos que ni siquiera tienen la entidad suficiente como para que valga la pena divagar sobre ellos. Debería haber hecho como todo el mundo y haber memorizado los ítems que tuvo a bien de escribir en los powerpoints que puso a nuestra disposición. Ay.

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