Optimismo

Yo no sé nada de filosofía, ni de ética, así que pido que me perdonen si lo que  van a leer les suena obvio, excesivamente simple o insufriblemente cursi. Yo no sé nada de ética, repito, pero sí sé reconocer cuándo una persona es decente y cuándo una actitud es  coherente. Porque supongo que hay cosas que no se enseñan sino que se transmiten. Una aprende a ser honrada y a respetar el trabajo ajeno cuando su madre la envía a la tienda del barrio con un poco de dinero metido en un sobre, al descubrir que se han equivocado con el cambio a su favor.  Y a ser atenta con la gente al ver a su padre desvivirse por ayudar a un desconocido que ha encontrado perdido en la calle.  Y una aprende que para tener una buena vida no hacen falta grandes alharacas materiales ni por supuesto gastar lo que no se tiene. Y al final, una aprendió, si no a ser buena persona, al menos a que tiene el deber de intentarlo.

La bondad según El Roto (imagen extraída de notebloc.wordpress.com)

Siempre ha habido buenas y malas personas bajo este sol que nos alumbra. Sin embargo, creo que la bondad, como valor al que aspirar, cayó en desgracia en los tiempos de la burbuja que tan lejanos nos parecen ahora. Hablar de bondad pasó a ser cosas de monjitas y de abueletes sensibleros. Lo bondadoso se comenzó a identificar con lo estúpido y lo simplón. Solidario y tolerante, sí, que suena bien y no compromete a tanto, pero bueno no, que suena a película de Pablito Calvo. Unos confundieron la ética con la estética haciendo suyos ciertos valores, no por convencimiento, sino porque lo contrario suponía el suicidio social en ciertos ambientes. Así hubo quien proclamó la justicia social en eslóganes y camisetas aún careciendo de la más mínima empatía por el sufrimiento ajeno. Otros proclamaron – cínica aunque coherentemente – que la bondad era una debilidad impropia de personas triunfadoras y acuñaron el término ‘buenismo’, convirtiendo en defecto la virtud.

Y la escuela no ha sido ajena a los vaivenes sociales. Se empezó a hablar de que la formación humana es más importante a la formación en contenidos (¡como si ambas cosas fueran incompatibles!) pero los valores, digamos estéticos u ornamentales, como la tolerancia y el respeto a cualquier opinión, pasaron a dominar sobre la justicia y la búsqueda de la verdad, es decir, sobre aquello que nos hace verdaderamente decentes. Ahora hablamos de sostenibilidad mientras compramos cantidades ingentes de material escolar no reutilizable (ocho libros, ocho, para escribir y recortar tuvieron los niños de primero de primaria el curso que yo hice las prácticas). Encarecemos la creatividad y el sentido crítico pero nos basamos en actividades repetitivas y mecánicas e ignoramos al que destaca o es diferente. Consideramos encomiable la dedicación a los niños pero los sentamos a colorear (colorear fichas es el equivalente escolar de ponerlos delante de la televisión para que no molesten). Defendemos la escuela pública sólo porque ofrece mejores condiciones laborales que la privada, no porque le confiemos la educación de nuestros hijos. Criticamos  la sociedad consumista y materialista pero llevamos a los niños a Eurodisney en viaje de fin curso. Hablamos de libertad y espontaneidad pero les diseñamos la agenda como si de actividades cuarteleras se tratase. Hacemos proselitismo del diálogo y la no violencia pero nos dirigimos a ellos a gritos. Alabamos el arte y la alta cultura y decoramos las aulas con figuras sacadas de la televisión.

Decía Bertrand Russell que hay dos maneras de no hacer el bien: por maldad o por desconocimiento (Russell era un genio pero hay que reconocer que esto lo podría haber dicho cualquiera). Pues bien, la escuela tampoco parece ser capaz de ofrecer los conocimientos necesarios para conducirse por la vida de manera ética y racional. A los niños ya no se les habla de la maravillas de la naturaleza. No, ahora ya no se explica cómo son y cómo viven los gorilas y los delfines: sólo se dice que hay que protegerlos. No se les cuenta lo necesaria que es el agua y qué propiedades tiene: se les cuenta que hay que ahorrarla.

A falta de ejemplos y de conocimientos, intentamos transmitir valores con presentaciones PowerPoint o con dibujos para colorear, como si el contacto directo con las personas nos fuera a manchar las manos. Nos han hecho pensar que los principios éticos elementales definen esta o aquella postura ideológica y ahora nos da miedo defenderlos, no vaya a ser que nos acusen de politizar la escuela. Y tanta asepsia al final sólo lleva a una sociedad compuesta por individuos sin valores.

– Interlocutor: ¿Y por qué has llamado optimismo a esta entrada si has pintado un panorama desolador?
– Cristina: Porque en estos tiempos que corren un título así de impactante puede hacer subir las visitas del blog.  Porque creo sinceramente en la bondad individual como motor de la sociedad (de una sociedad justa, se entiende). Porque no debemos subestimar la importancia que tienen las pequeñas acciones en los grandes cambios. Y, sobre todo, porque creo que en la educación está la solución a mucho de nuestros males. Si no lo creyera, no hubiera pensado jamás en dedicarme a esto. Porque al final tienen que ganar los buenos.

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2 Respuestas a “Optimismo

  1. Magníficas palabras las tuyas. Pero, ¿al final tienen que ganar los buenos?… ¿Es eso algo más que un deseo?, ¿se fundamenta en alguna intuición profunda?… Ojalá, Cristina, ojalá…

  2. Ay, Nicolás, pues es un deseo. Ya se sabe que de los buenos será el reino de los cielos, pero eso no consuela a todo el mundo, claro.

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