El mal ojo de Percival Lowell

Cuentan que hasta al menos los años cincuenta del siglo pasado, la idea de que la superficie marciana estaba surcada por canales para llevar agua de un punto a otro del planeta estaba tan arraigada en el gran público que en todos los artículos y conferencias sobre Marte, los autores comenzaban desmintiéndola. Eran los tiempos en los que la emisión radiofónica de “La guerra de los mundos” sembraba el pánico en Nueva York. Quizás ahora suene ingenuo, pero para mí que temer una invasión de marcianos es muchísimo más interesante y lógico que tener miedo a que suba la prima de riesgo. Los miedos ya no son lo que eran. ¿Qué efecto tendría hoy en día la retrasmisión de una invasión marciana vía Twitter?

Para entender la locura marciana hay que remontarse a 1877 cuando el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli escribió que la superficie del planeta rojo estaba cubierta por unas manchas oscuras y alargadas a las que llamó canali. La palabra italiana canali fue traducida al inglés como canal – que parece que tiene la connotación de estructura de origen artificial – en lugar de como channel, que hubiera sido lo más adecuado. El asunto de los canali alimentó la fantasía de Percival Lowell, un rico bostoniano aficionado a la astronomía, quien construyó su propio observatorio en Flagstaff, Arizona, para investigar el fenómeno. Y fue allí mismo donde años más tarde se descubriría el planeta Plutón, pero esto es otra historia.

Percival Lowell observando Marte con su telescopio en Flagstaff, Arizona. (Foto extraída de la wikipedia).

Aunque ya a finales del siglo XIX se empezaron a usar placas fotográficas en astronomía, Lowell miraba directamente por el ocular de su telescopio y trataba de dibujar al mismo tiempo lo que iba viendo. Para poder observar Marte con detalle esperó a que el planeta estuviera en su punto más próximo a la Tierra y además había elegido Flagstaff por su cielo oscuro, limpio y estable. Pero, pese a todo, es de imaginar que a Lowell no le fuera nada fácil hacer un mapa detallado de la superficie del planeta. Al final, adonde no llegó su ojo, sí lo hizo – desgraciadamente – su imaginación, y así pudo trazar mapas de Marte donde identificaba más de quinientos canales. Estos trabajos fueron recogidos en un libro publicado en 1894 al que tituló – cómo no – ‘Marte’, que dio alas a la idea de que el planeta rojo albergaba vida inteligente. En este libro se basó H.G. Well para escribir su famosa novela “La guerra de los mundos“.

Uno de los mapas de Marte dibujados por Lowell (imagen extraída de oneminuteastronomer.com).

Ya entonces muchos astrónomos negaron la existencia de los canales marcianos, alegando que se trataba de ilusiones ópticas: pequeñas manchas oscuras e irregulares pueden ser interpretadas por el cerebro como líneas largas y rectas. Al astrónomo británico Edward Maunder se le ocurrió poner a prueba esta hipótesis, dibujando unos círculos con marchitas borrosas e irregulares en su interior y pidiendo a los niños de una escuela que dibujasen lo que veían: todos los niños dibujaron líneas rectas, similares a las que habían trazado Schiaparelli y Lowell en sus mapas.

La historia de los canales marcianos es bastante conocida. Lo que menos gente sabe es que Lowell también creyó encontrar canales en Venus. Tampoco hay canales en este planeta pero esta vez lo que Lowell vio sí fue algo real y no una mera ilusión óptica. Para entender qué ocurrió hay que empezar diciendo que Lowell necesitaba ver con mucho detalle la superficie de los planetas y por lo tanto las imágenes tenían que ser lo más nítidas posible. Como es inevitable que la turbulencia atmosférica las degrade, los astrónomos tienen bastante cuidado de emplazar sus telescopios en aquellos lugares donde la atmósfera no molesta demasiado. Por eso Lowell se fue a Arizona, aunque ahora se sabe que su elección no fue la más adecuada. Además, el telescopio de Flagstaff era realmente grande para la época. Tenía una lente de 61 centímetros de diámetro y eso era muy bueno porque permitía recoger mucha luz de las fuentes. Lo que ocurre es que cuanto mayor es la apertura del telescopio, mayor es la masa de aire potencialmente turbulenta que tiene que atravesar la luz, y por tanto peor es la calidad de la imagen obtenida. Por eso Lowell tenía la costumbre de diafragmar o reducir la apertura de su telescopio. Así obtenía una una imagen más nítida aunque a costa de perder luz. Era tanto su afán por observar los más mínimos detalles de Venus, que redujo la apertura de su telescopio hasta los 5 cm. Él no lo supo, pero diafragmando su telescopio de este modo tan radical, había construido un oftalmoscopio. El oftalmoscopio es el instrumento que permite ver ampliado el fondo del ojo, donde se encuentra la retina. Los canales venusianos que Lowell creyó ver no eran otra cosa que los vasos sanguíneos de su propio ojo irrigando la retina. Lo curioso es que estas venas se ven mucho más claras en personas hipertensas y Lowell lo era. De hecho, murió años más tarde de un ataque al corazón.

A la izquieda, uno de los dibulos de Lowell de la superficie de Venus y a la derecha una fotografía de la retina de un ojo, irrigada por una red de vasos sanguíneos procedentes del nervio óptico (imagen extraída de asociacionhubble.org)

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7 Respuestas a “El mal ojo de Percival Lowell

  1. En esta pequeña noticia (http://www.skyandtelescope.com/news/3306251.html?page=1&c=y) especifican que el dibujo lo realizó Percival Lowell en 1896. Tal vez esto no le hubiera pasado si hubiera podido leer lo que, un decenio más tarde, iba a escribir Antonio Machado:

    El ojo que ves no es
    ojo porque tú lo veas;
    es ojo porque te ve.

    (…)

    Mas busca en tu espejo al otro,
    al otro que va contigo.

    (…)

    Ese tu Narciso
    ya no se ve en el espejo
    porque es el espejo mismo.

    (…)

    En mi soledad
    he visto cosas muy claras,
    que no son verdad.

    (Athini Glaucopis)

  2. Bueno, hace unos meses un conocido economista remandó fingir una invasión extraterrestre “a la Orson Wells” (http://www.huffingtonpost.com/2011/08/15/paul-krugman-fake-alien-invasion_n_926995.html), para estimular la economía. Por supuesto, se trataba de una analogía, pero surgieron las habituales teorías conspiranoicas.

    Gracias por esta entretenida y completa entrada sobre las “locuras marcianas”.

  3. remandó—–>recomendó.

  4. Athini, la verdad es que el poema parece escrito para Lowell. Obviamente no es así pero me pregunto si Machado sabría algo sobre la ciencia de su época. ¿Sabría quién era Einstein? ¿Habría oído hablar del desarrollo de la física cuántica? Le tocó una época apasionante, en lo que a la historia de la ciencia se refiere. En cuanto a la historia de España… pues eso, España.

    Gracias, Plutarco. Ahora que lo dices, he encontrado algo parecido pero con final trágico. En México usaron twitter para describir unos supuestos ataques terroristas y la cosas acabó un poco mal.

    • Para saber sobre Einstein recomiendo el libro de Walter Isaacson.

    • Sí, puedes estar segura de que Antonio Machado era un hombre bien informado, y no sólo de cuestiones “de letras” (en la época, además, aún no era tan marcada esta ominosa escisión entre letras y ciencias que nuestras autoridades académicas se empeñan en ensanchar cada día más). Su abuelo había sido catedrático de medicina. Antonio siempre estuvo muy interesado por la filosofía en el sentido amplio. En París asistió a las clases de Bergson, y en Madrid trató mucho y durante muchos años a Ortega, que fue una de las primeras personas en España en interesarse por las teorías de Einstein, y que se esforzó mucho por divulgarlas.

      Es significativo que hayas pensado en Einstein al leer esos versos de Antonio Machado. Seguro que no es casualidad que estén explícitamente dedicados a Ortega.

      Hay que reconocer, eso sí, que los catedráticos de instituto de la época tenían un horario que les permitía ser señores de amplia cultura. Don Antonio, por ejemplo, en aquel su primer destino en el instituto de Soria tenía el siguiente horario: lunes, miércoles y viernes de doce a dos, un total de seis horitas de trabajo a la semana, según descubro en la preciosa bitácora del poeta y profesor Enrique Baltanás (como visites esa bitácora te va a ser difícil salir de ella, tantas sorpresas atesora):

      http://almargendelosdias.blogspot.com.es/2007/05/tal-da-como-hoy.html

      Gracias en gran parte a Ortega, por cierto, Einstein llegó a ser tan popular en la España de la época, que incluso hubo negociaciones para traérselo de catedrático a Madrid…, y casi lo consiguen.

  5. Athini, hace tiempo lei la biografía de Machado, escrita por Ian Gibson, y no lo tenía por un hombre interesado por la ciencia – a Machado – aunque sí es verdad que era un hombre muy bien informado en general.

    Hablando de la relación de Einstein con España, hay que señalar que visitó nuestro país en 1923 y su anfitrión fue el físico canario Blas Cabrera, una figura que debería ser reivindicada.

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