El problema con el que convivimos

A Ruby Bridges, de 6 años, le pareció muy extraño que unos señores blancos la fueran a buscar a casa para acompañarla al colegio en su primer día. Eran agentes federales.

Era 1960 y Ruby participaba en un programa de integración racial en Nueva Orleans promovido por la Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color (NAACP). Mediante una serie de pruebas de nivel, había sido seleccionada, junto a otros cinco niños negros, para asistir a escuelas “sólo para blancos”. Dos de estos niños siguieron en sus antiguos colegios para negros pero otros tres fueron matriculados en un centro para blancos y Ruby en otro,  la Escuela Elemental William Frantz. Aunque por entonces la segregación racial ya era ilegal en Estados Unidos, la población blanca seguía negándose  a compartir su espacio con la gente de color. Ruby cuenta que en su primer día vio como una multitud se agolpaba a las puertas de la escuela. Como estaban en Nueva Orleans pensó que era Mardi Grass… hasta que oyó como la insultaban. El momento en que la niña entra a la escuela por primera vez, acompañada por los agentes federales, ha quedado inmortalizado en el cuadro de Norman Rockwell “El problema con el que convivimos”.

"The Problem We All Live With" ("El problema con el que convivimos"), 1963, Norman Rockwell (imagen extraída de la wikipedia)

La vida escolar de Ruby no fue nada fácil. Se convirtió en la única alumna de la escuela Frantz porque todos los padres, ante la perspectiva de que fueran a tener una compañera negra, prefirieron sacar a sus hijos del colegio. Tampoco los profesores aceptaron trabajar con ella así que fue necesario que una maestra viniera expresamente de Boston para dar clase a la pequeña Ruby. La maestra, Barbara Henry, pasó el año escolar fingiendo que se dirigía a toda una clase cuando en realidad tenía una única alumna. Cada mañana se repetía la misma escena a la puerta del colegio: un grupo de personas, sobre todo amas de casa y adolescentes, gritaba frases insultantes y tiraba objetos a Ruby y a la comitiva que tenía que acompañarla para protegerla. El mismo John Steinbeck llegó a referirse a este grupo de energúmenos vociferantes como “las cheerleaders” (animadoras) en su crónica de viajes a través de Estados Unidos “Viajes con Charley”. Un día tuvo que ver como alguien blandía ante sus ojos un pequeño ataúd con una muñeca de color negro en su interior. Hasta llegó a sufrir un intento de envenenamiento por lo que fue autorizada a llevar cada día su propia comida de casa. Es difícil imaginar tanto odio y estupidez por parte de gente considerada “normal”. Desde luego tuvo que ser durísimo para Ruby y, sin embargo, los policías que se habían convertido en su  tristemente necesaria escolta, dijeron que jamás lloró y que siempre les admiró su valentía y dignidad.

Ruby Bridges tiene hoy 58 años. Después de trabajar en una agencia de viajes, se dedicó al cuidado de sus hijos hasta que pasó a presidir la “Fundación Ruby Bridges” dedicada a los valores de respeto a las diferencias.

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