Verdades profundas

Me ha parecido muy interesante lo que escribe Freeman Dyson a propósito de la enseñanza de las ciencias en su libro “De Eros a Gaia” que acabo de leer. Basándose en su propia experiencia y en la de otros eminentes científicos, piensa que hay que enseñar menos ciencia a los niños en las escuelas. Así, según su opinión, el aprendizaje informal en circunstacias aparentemente desfavorables pueden conducir a mejores resultados que la enseñanza formal en condiciones propicias. Pero al mismo tiempo, el propio Dyson está de acuerdo con la tesis defendida por Chiara Nappi, de que hay que enseñar más ciencia, y de manera sistemática y sostenida, en todos los niveles educativos. ¿Cómo se puede estar de acuerdo con estas dos proposiciones aparentemente contradictorias? Dyson lo explica así:

Mi propósito es explicar cómo puede suceder que dos juicios opuestos puedan ser igualmente ciertos. La clave de la explicación es el principio de la complementariedad de Niels Bohr, quien gustaba de aplicarlo a situaciones de ética y filosofía, lo mismo que a la física. La complementariedad dice que la naturaleza es demasiado sutil como para ser descrita desde cualquier punto de vista singular. Para obtener una descripción adecuada hay que mirar las cosas desde varios puntos de vista, aun cuando los diferentes puntos de vista sean incompatibles y no puedan ser simultáneos. Las afirmaciones que son ciertas cuando se ven desde un punto de vista pueden ser falsas cuando se las ve desde otro. No hay aquí contradicción lógica alguna, porque la conducta del objeto que se observa cambia al cambiar el punto de vista del observador. He aquí una cita de Niels Bohr:

«En el instituto de Copenhague era frecuente que riéramos contando chistes, entre ellos el viejo dicho de las dos clases de verdad. A una clase de verdad pertenecen los juicios tan simples y claros que la afirmación contraria no puede defenderse. A la otra clase, la llamada ‘verdad profunda’ pertenecen los juicios cuyos contrarios contienen también una verdad profunda».

Las mentes infantiles y las interacciones entre niños y maestros son tan sutiles y dinámicas que puede esperarse que la verdad profunda prevalezca.

La clave de la cuestión está en no empeñarse en tratar al niño como un ente simple  en abstracto cuando lo cierto es que, no solo cada niño es diferente, sino que tanto el pensamiento infantil como las relaciones que se establecen en los procesos educativos son de una complejidad extraordiaria. Yo diría que el problema del aprendizaje es el más complicado que existe y por eso tratarlo desde un único punto de vista sería absurdo. Dyson continúa así:

Nappi tiene razón cuando dice que la ciencia, impuesta imparcialmente a los niños por una autoridad docente centralizada, puede ser una fuerza poderosa que actúa a favor de la justicia social y de la igualdad de oportunidades (…). Yo tengo razón cuando digo que una minoría de niños liberados de la esclavitud de las aulas, como los que pasamos la guerra en Inglaterra, buscará la ciencia con un entusiasmo apasaionado que un aula entera llena de empollones especializados en aprobar exámenes no puede igualar. (…) No existe nada que se parezca a un niño en abstracto. Sólo hay niños particulares, todos ellos diferentes. Las prescripciones de Nappi son buenas para la gran masa de niños, las mías son buenas para la elite. Las suyas son buenas para la mayoría observante de la ley, las mías para los rebeldes y los sin ley. Pero no es posible dividir a los niños en una mayoría dócil y una minoría rebelde y tratarlos separadamente. Cada niño individual, como cada electrón individual, tiene cualidades complementarias de docilidad y rebeldía. Cada niño necesita disciplina y libertad al mismo tiempo. (…) De una manera u otra los maestros tienen que facilitar las dos cosas. Esa es la verdadera vocación del maestro, hacer que los niños empiecen a aprender con una dosis ecuánime de disciplina y que luego sepan cuando es el momento de cesar en la disciplina y empezar en la libertad. Es una vocación difícil, casi imposible. Razón por la cual los maestros merecen nuestro más profundo respeto.

Yo añadiría, aparte del obvio comentario de que desgraciadamente por estos lares la profesión de maestro  no es demasiado respetada, que además sería necesaria mayor flexibilidad en el sistema educativo. Pero no es nada fácil, desde luego.

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