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Leo Messi en el equipo del barrio

Ahora que los resultados del FC Barcelona lo colocan como el mejor equipo de fútbol del mundo, todos alaban su programa de formación de futbolistas y en particular su academia conocida como La Masía. En la Masía conviven, separados de sus familias, niños y jóvenes con especiales cualidades para el fútbol que aspiran a ser profesionales de este deporte. Allí el club les ofrece una excelente formación deportiva a juzgar por el número de jugadores de la primera división que han pasado por esa escuela, entre ellos Leo Messi, considerado el mejor del mundo a día de hoy.

Plantilla del equipo Alevín A del FC Barcelona de fútbol (foto extraída de la página oficial del equipo: fcbarcelona.es)

A nadie se le ocurre decir que en esa academia se segrega a los niños, que no es igualitaria, que no está bien enviar a los chicos fuera de casa porque lo bueno es que crezcan en su barrio, en el entorno que conocen. Nadie va a pensar tampoco que lo importante no es el rendimiento de los muchachos sino su interés en el fútbol. Ni que sus entrenadores tienen que motivarlos en lugar de exigirles esfuerzo.  Y es que, curiosamente, en los sitios como La Masía no se practica el constructivismo ni se considera que la exigencia atenta contra la libertad y la espontaneidad de los chicos. Como dice Jean-Claude Michéa en “La escuela de la ignorancia“, el Capital no bromea con la pedagogía cuando se trata de asuntos serios que necesitan resultados reales, como cuando el deporte deja de ser un juego y una fiesta y se convierte en una industria donde sólo es rentable la victoria. Además, resulta extraño que en estos casos el origen popular de la mayor parte de los deportistas nunca se contemple como un impedimento para este rigor pedagógico tradicional.

Siempre me ha llamado la atención los diferentes códigos que rigen cuando se trata de educación deportiva o intelectual. Por algún motivo, el rigor pedagógico ha pasado de las escuelas a los campos de  deporte. Obviamente una sociedad sana debería tener un sistema educativo donde tengan cabida todos, también los menos dotados para los asuntos académicos, y cuanto mejor sea la educación ofrecida, mejor. Pero un buen sistema debería al mismo tiempo intentar que cada alumno llegue hasta donde su capacidad y su mérito le permitan. Pienso en los niños – llamados ahora – de altas capacidades intelectuales, e imagino que tienen que ser muy frustrante para ellos, no solo no encontrar estímulos intelectuales de ningún tipo en la escuela, sino además sentir el propio talento como un lastre. El de ellos es un camino solitario y además lo saben. Por eso me cuesta entender que los programas de atención a la diversidad en España se insista tanto en no separar a los chicos de altas capacidades de sus compañeros, de su barrio y de una escuela donde es imposible atenderlos. Se dice que es por su estabilidad emocional pero no sé qué estabilidad pueden tener unos muchachos que sienten la soledad más extrema porque son conscientes de que sus compañeros no los pueden acompañar, y no digo solo acompañarlos a la hora de resolver problemas de matemáticas, sino, sobre todo, en sus miedos y en su particular visión del mundo. ¿Por qué la sociedad ve normal que los niños dejen su casa para darle patadas a un balón o para coger una raqueta de tenis y ve aberrante que existan programas especiales para los que tienen altas capacidades intelectuales? Y, yendo mucho más a ras de suelo, ¿por qué cuando yo entrenaba a baloncesto en el colegio se veía lógico que hubiera varios equipos separados por niveles que incluso entrenaban en patios diferentes, y hubo que dar marcha atrás – por la oposición de los padres – al proyecto  de hacer clases especiales de ampliación de diferentes disciplinas académicas?

Dejando a un lado la cuestión de las aspiraciones y las frustraciones personales, la realidad es que para que una sociedad funcione, se deberá asegurar que los puestos de mayor responsabilidad en todos los ámbitos estén ocupados por la gente realmente más capaz. Si tuviera que ser sometida a una operación quirúrgica (toquemos madera) obviamente querré que el médico que me atienda esté realmente preparado; querré que tenga todas las cualidades que se necesitan para su profesión y además que haya recibido una educación rigurosa y exigente, no que en la escuela haya mostrado una actitud dialogante en la resolución de conflictos e interés  por las manifestaciones folclóricas de su región. Y es que la búsqueda de la excelencia nos beneficia a todos, y no necesariamente más a los más dotados intelectualmente. De hecho, creo que es evidente que la sociedad se enriquecería infinitamente más de una élite científica, técnica y de gestión que fuera realmente sobresaliente, de lo que lo hace de una élite deportiva. Al fin y al cabo, los éxitos deportivos alimentan la vanidad de los deportistas y alegran algunas tardes de domingo a algunas personas (asuntos contra los que no tengo nada que objetar, conste); sin embargo, la excelencia en otros ámbitos se traduce en bienestar real para todos. Yo no creo que España sea un país mejor desde que tiene una selección de fútbol campeona del mundo, un jugador de tenis excelente, un piloto de Fórmula 1 y no sé cuántos deportistas con opciones de medalla en las olimpiadas: para mí estas cuestiones son anecdóticas. España seguirá siendo un país de pena con carencias importantes mientras su sistema educativo siga maltratando a los individuos de mayor capacidad.

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