¿Qué hacemos con los niños?

Mi amiga K. me manda un texto que no puede dejar indiferente a nadie. ¿Qué estamos haciendo con los niños?


Hace algún tiempo que me vienen preocupando diversas cuestiones relacionadas con lo que hoy en día llamamos educación, y se me ocurre que este blog puede ser un buen lugar para comentar mis dudas, recibir consejos, intercambiar angustias e indignaciones y quizás – al menos esa es mi secreta esperanza- contactar con algunas personas que estén interesadas en “hacer algo”. Mis preocupaciones van en la línea: Hiperactividad, Autismo, críos medicados… ¿qué diablos estamos haciéndoles a los niños?

Quiero empezar resumiendo mi experiencia como madre. Desde hace poco más de cuatro años soy la mamá de un niño muy inteligente; un crío, al que hoy en día, dados como somos a poner etiquetas, se clasificaría como “superdotado” o “de altas capacidades”. Como la gran mayoría de estos críos, fue un bebé “complicado”, entendiéndose por complicado enormemente exigente: dormía poquísimo, requería constante atención, muchísimo contacto físico así como incesante estimulación. ¡Pero, ojo!, que con estimulación no me refiero ni mucho menos a toda esa serie de paquetes de “estimulación precoz” y chorradas varias que saturan actualmente los mercados … A mi hijo, lo que lo hacía feliz, era simplemente que le hiciéramos caso: que lo cogiéramos en brazos, le sonriéramos, jugáramos con él y, sobre todo, que constantemente le contáramos y explicásemos; y daba completamente igual el qué, porque evidentemente, con sus pocos días de vida, todo para él era nuevo y excitante:

– “Ahora cielito, vamos a prepararte el baño; como tú eres chiquitín, no te bañas aquí, en esta bañera tan grandota, como papá y mamá, sino que tienes una bañerita especial, chiquita como tú … mira, y ahora la llenamos de agua ¿ves? Y la temperatura debe ser de unos 37 grados … mira, esto es un termómetro, que es un aparatito que se usa para medir la temperatura”.- Y el nené, con un par de semanas, escuchaba atentamente con los ojitos de par en par, mientras daba manotazos y pataditas de entusiamo.

– “Ahora te vamos a preparar la comidita, ¿vale rey?; un potajito, muy rico … y ¿qué necesitamos? Mira, estos son unas papitas, mira, aquí están …tócalas tú, ¿ves? … y esto unos tomatitos, mira son rojos y redonditos, a ver ¡acarícialos así! Ves, que suavitos son … “- Y el nené miraba super concentrado y tocaba obediente los tomates .” y aquí, las zanahorias .. mira, naranjadas y alargadas (anda una rima)” – ¡Y aquí ya sí que el niño se partía de risa!.

En fin, que mientras todo fuera así (y todo esto, por supuesto, con él en brazos, para que no se perdiera detalle), él era la mismísima imagen de la felicidad: el bebé más tranquilo y encantador del mundo. Ahora bien ¡ay de quien intentara “aparcarlo” ni por un minuto!

Otra de sus particularidades era que le molestaban enormemente el desorden y el ruido. Para estar feliz el niño necesitaba una vida bien estructurada, en la que personas y cosas estuvieran “en su sitio”. Cualquier alteración del entorno (que yo cambiara los muebles de sitio al limpiar, o que pusiera el jarrón en otra mesa) iba acompañado de explosiones de llanto. De la misma manera lo alteraban los cambios en las costumbres o la rutina diaria. Siempre fue un bebé grande, fuerte y lleno de energía, así que sus explosiones podían convertirse en verdaderos dramas … a menos que, uno entendiera lo que le pasaba y se lo explicase.

Les pongo un ejemplo. Un buen día me levanto de la cama, voy al baño y cuando vuelvo, el niño empieza a llorar; no me deja acercarme y me mira con verdadero terror; no hay manera de calmarlo, no sabemos que hacer y nos comienza a rondar la idea de llevarlo a urgencias. Pero yo no creo que le duela nada, parece más bien que algo no le gusta (o mejor dicho, que lo asusta). Intentamos hablar con él “¿qué te molesta cariño?” y parece que se calma por un segundo … le voy señalando partes de mi cuerpo, el pelo, las manos, los pies – ninguna reacción-, pero en cuando me toco la camiseta se calla y me mira atentamente; me quito la camiseta, la tiro al suelo y el nené sonríe aliviado y extiende los bracitos a mamá; ya en brazos y entre mimos le pregunto que le daba tanto miedo ¿no le gustaba la camiseta ? – se pone serio-, ¿era el color? ¿tenía manchas? Y él señala a la camiseta y a su padre: y caigo en la cuenta : ¡es que con las prisas me puse la camiseta de su papá! Se lo digo, y sonríe y suspira aliviado como alguien a quien acaban de quitar un enorme peso de encima. Y entonces le explicamos, entre mimos y caricias, que las cosas se pueden compartir y que papá me presta la camiseta con gusto. ¡y ya está, se acabó el drama! El nené tenía 8 meses.

Anécdotas de estas podría contar muchísimas; se fueron repitiendo hasta que después de muchas muchas explicaciones y muchos mimos, desaparecieron; supongo que simplemente cuando el crío acumuló la experiencia necesaria para procesar todo lo que le extrañaba. A los dos años era en ese sentido un niño de lo más normal.

Como ya he dicho, además del desorden, también reaccionaba violentamente ante el ruido; en particular al ruido de fondo: lloraba si encendíamos la radio en casa o en el coche (con la TV ni siquiera lo intentamos) y se asustaba en cumpleaños y reuniones. Y palabras como muerte, guerra, accidente o dolor no se podían mencionar en su presencia. Así que apagamos la radios, no fuimos a muchas fiestas y nos abstuvimos de hablar de determinados temas delante del niño. Y a todo se fue acostumbrando poco a poco.

Pero lo que a mí me parece importante resaltar en nuestra experiencia, es que lo difícil no ha sido ocuparse del niño, sino luchar contra “la reacción del medio”. Médicos, familia, amigos … todo el mundo vio desde el principio en nuestro hijo a un niño problemático (y, por supuesto, hiperactividad, autismo o asperger eran palabras que salían en cada conversación). El niño se desarrollaba además de manera muy rápida y sus habilidades motoras y cognitivas eran las de un crío mucho mayor: con nueve meses ya correteaba por la casa y con un añito sus juguetes preferidos eran los legos, los juegos de construcción en general – con los que levantaba ya torres tan altas como él, los puzles (de 30-40 piezas) y los libros, reconocía las letras, los números y las figuras geométricas y distinguía perfectamente los colores.

Y un niño así, que probablemente hace treinta o cuarenta años hubiera despertado comentarios – al menos en el ambiente de pueblo en el que yo me crié- del estilo: “Mira tú, que espabilado que es el jodío” o “anda con el niño, este llega lejos ¿eh?” Hoy en día no ha dejado de oír: “¡Uy! Pero que crío más raro ¿no?” , “anda, otro Asperger”. Y, por cierto, debo apuntar que no me muevo en un ambiente especialmente “marginal”; tanto el padre como yo somos físicos y trabajamos en la Universidad. Y no bastaba con calificar al niño de loco y autista, sino que además, todo el mundo sabía cual era el camino a seguir con él: que el niño lloraba porque el jarrón no estaba en su sitio, pues nada, a sentarlo delante del jarrón hasta que se acostumbre; que no le gusta la música de fondo, pues a ponérsela, y alto; que no le gusta la palabra muerte, pues a hablar de asesinatos delante de él; que llora si ve imágenes violentas, pues a sentarlo delante de la tele cuando pasan el telediario: ¡Ah! Es que a todo ha de acostumbrarse. Porque eso es justo lo que hoy en día se espera de los críos: que a todo se acostumbren, que aguanten todo sin rechistar; que sean “funcionales”, que no molesten, y lo más importante, que se puedan dejar “aparcados” la mayor parte del tiempo en guarderías, colegios, clases de inglés o campamentos de vacaciones.

Ni que decir tiene que no hicimos caso y seguimos tratando al niño como nosotros creíamos que se debería hacer. Como probablemente lleven haciendo los padres desde que el mundo es mundo: siempre ha habido niños que duermen 18 horas y otros que no pegan ojo, niños que no sueltan la teta y niños a los que no es posible amamantar, niños tranquilitos, a los que sientas en una sillita y allí te esperaban pacientes y niños que en cuanto te despistas un segundo andan ya haciendo equilibrios en la escalera. Antes, a lo sumo, había críos más fáciles y más difíciles, niños tranquilos y niños inquietos, niños fuertes y niños mimosos, niños malos y niños buenos… Hoy en día hay niños normales y niños enfermos. Y a los “enfermos” se les droga.

A los dos años, cuando ya leía y contaba, el pediatra nos aconsejó consultar con un psiquiatra infantil: teníamos un niño superdotado, nos dijo, y hoy en día se sabe que estos críos son muy sensibles y es aconsejable que uno los tenga digamos “controlados”. Curiosa nuestra experiencia en la consulta. A la psiquiatra no le faltó sino llorar cuando nos dijo que teníamos, efectivamente, un hijo superdotado. Con cara de circunstancias y como quien transmite una condena, nos comunicó que nuestro hijo era un genio: que jamás había visto nada parecido y que ¡qué pena! ¡pobrecito el nene y pobrecitos sus padres! ¡qué desgracia!¡qué dura es la vida que le espera! ¡jamás se va a integrar en un grupo!¡el colegio para él será un pesadilla!- ¿Ustedes se imaginan esta charlita con el papá de Leonardo Da Vinci, de Goethe o de Newton?. Yo, la verdad es que no. No sé que en que mundo hemos llegado a vivir, en el que la inteligencia se considera un problema ¡y bien gordo!… Y después de eso, hemos pasado por muchos psicólogos, pedagogos, pediatra … y todos con la misma cantinela … ¡ay, qué pena de niño, tan pequeñito y leyendo y multiplicando! (Y no estoy exagerando ni fisco!)

Eso sí, una vez los médicos hubieron puesto la etiqueta de “superdotación”, no se cansaban de repetirnos lo bien que lo habíamos hecho. Porque claro, no hay quien discuta que cuanto más inteligente es un crío, más temprana y más notable es su reacción al medio: más son las cosas que percibe y más violentamente reacciona si algo no le gusta. De hecho, es un clásico de los niños precoces el reaccionar a palabras como muerte (entienden conceptos abstractos, pero no tienen la experiencia para “procesarlos”), es también típico que les moleste el desorden (simplemente se quedan con todo y se quejan cuando uno se los ha cambiado), y el ruido, por supuesto, ya que un niño espabilado intenta entenderlo todo y claro, si recibe demasiados estímulos, pues se confunde y se cansa.

Pero lo más sorprendente de todo es que después de haber hablado con decenas de psiquiatras, psicólogos y pedagogos, de haber visitado decenas de colegios (muchos con programas especiales para niños de altas capacidades), después de asociarme a distintos grupos de papás de niños de altas capacidades, es que, increíblemente, no he conseguido encontrar un sólo crío como el mío. Por lo visto, estos niños hoy en día no existen. Hay por supuesto, muchos adolescentes y jóvenes, que fueron niños así. Pero, niños pequeños, no hemos conseguido hasta hoy encontrar ninguno.

Lo que a mí me preocupa, lo que me quita el sueño es ¿dónde están los demás niños como él? ¿qué estamos haciendo con ellos?

Desde mi experiencia, lo único que se me ocurre es que muchos niños no están preparados para la vida que les queremos dar. No resisten las horas delante del televisor, el estrés de levantarse temprano y estar todo el día alejados de sus seres queridos, el continuo ajetreo de una guardería, donde al menos veinte críos lloran, saltan y se quejan a la vez… Se frustran, se cansan, se llenan de miedos y angustias desde temprano… y cuando llega la hora del cole, y no conseguimos que se comporten como soldaditos, cuando no bailan al son que nuestro absurdo y frenético ritmo les marca, cuando los pobres,como pueden, se intentan quejar … entonces le cae el famoso diagnóstico: TDAH. Y la pastillita …

Entradas relacionadas:

17 Respuestas a “¿Qué hacemos con los niños?

  1. Cristina, me parece muy interesante la reflexión de tu amiga. Dediqué una entrada de mi blog a un asunto muy similar: http://profesoratticus.blogspot.com.es/2013/04/medicando-el-fracaso.html

    Un saludo

  2. Gracias por tu comentario, Profesor Atticus.

    (He borrado los que aparecían repetidos por error)

  3. Desde la ignorancia de haber criado a dos hijos no superdotados, pero cada uno con sus idiosicrasias, puedo decir que algunos de los fenómenos de que se queja tu amiga K. son generales.
    Por ejemplo, toooodo el mundo tiene opinión sobre lo mal que lo estás haciendo y cómo deberías hacerlo. Tooodo el mundo tiene diagnósticos preparados sobre tus nenes. Tooodo el mundo se permite entrometerse y dar su opinión censuradora y no pedida: “Pero ¿cómo lo llevas en una mochila? Eso debe ser fatal para su espalda, con lo bien que están en su cochecito” “¡El niño está saltando el escalón y se va a caer! ¿Es que no lo ve?” “Pero ¿le das el pecho a cualquier hora? Muy mal ¡Se tienen que acostumbrar a un horario!” “ese niño no va abrigado, desde luego como son algunas madres, claro, ellas con su buen forro”. Y así día tras día, con la ropa, la comida, los orinales, las guarderías, los horarios, el dormir, etcetera. Para unos eres una blanda porque le dejas bajar resbalando por la rampa de la escalera y ensuciarse, para otros eres una arpía porque le dejas sin comer si no come lo que hay.
    La tendencia a medicalizar todos los problemas (algunos reales, otros no) también me parece general. A mi también me preocupa el sobrediagnóstico de TDAH y de otras cosas. Algunos niños lo que necesitarían es mucho más ejercicio físico libre, no medicación y castigos alternativamente.

    Yo he desarrollado dos argumentos para consolarme o preocuparme menos: uno, que los niños aguantan muchísimo y son muy adaptables (no a todo, y no a que no les quieran ni les cuiden, pero sí a muchas otras cosas). Con el tiempo, se recuperan de casi todas nuestras gilipolleces, menos mal.
    Otro, que lo hagamos como lo hagamos, en algo la pifiaremos y lo estaremos haciendo mal, pero nadie es perfecto y los que presionan desde el “común consenso” medicalizante y pseudoacadémico, tampoco.
    Antes igual la gente criaba seis u ocho hijos, que prácticamente se educaban unos a otros porque bastante era darles de comer a todos. Y mira, salían en todos los colores, pero a menudo bastante bien. Los que vamos a quedarnos con dos, lo tendremos que compensar con más cuota de atención individual pero procurando no ponernos histéricos por estado de sobrealarma y sobreprotección permanente.

    Entiendo que tener un niño sobredotado puede ser agotador y duplicar todas las perpeljidades habituales, pero en conjunto a mi me parece como para felicitar a K. Otros padres se ven sobredemandados y preocupados, pero porque su hijo tiene un problema real de salud o un trastorno real. Ya querrían ellos verse como K.
    ¿Donde están los otros niños como el hijo de K? Pues igual son el hijo de un parao que no tiene para especialistas ni colegios chulis, la niña un poco rarita de alguien que la machaca a diario para que sea “una niña normal” y los vecinos no hablen, y el segundo hijo de unos padres calladitos que no quieren hacer alharaca ni distinciones, porque bastantes celos tiene ya el mayor. A saber.

  4. Desde luego, mientras un niño esté sano, feliz y lo estén educando bien no entiendo esa manía de la gente de meterse dónde no les llaman y cuestionar la manera que tienen los padres de criarlo. Cada uno lo hará lo mejor que pueda de acuerdo con su carácter, sus ideas, sus posibilidades… No creo que ningún padre quiera nada malo para sus hijos.
    La niña un poco rarita de alguien que la machaca a diario para que sea “una niña normal”: conocí un caso así y no tengo claro que los padres estuvieran haciendo lo mejor para su hija, pero me quedé calladita porque, como he dicho en el párrafo anterior, no soy yo quien detenta la patria potestad de esa persona ni quien tiene que tomar decisiones a veces difíciles. Al respecto el otro día oí en una serie una frase que me gustó: “Mi abuela siempre decía que lo normal es lo que le va bien a cada uno”.
    En cuanto a K., poco puedo decir puesto que no sé nada de casos así. A lo sumo, me atrevo a opinar que los padres están actuando con sentido común y que la psiquiatra que vaticinaba desastres me pareció un tanto catastrofista. Por lo demás, les deseo lo mejor a ellos y a su hijo y que, si necesitan ayuda, encuentren la más adecuada.

  5. Me resultó muy triste leer la respuesta de Aloe, y el tono que desde la primera frase domina “desde la ignorancia de haber criado a hijos no superdotados” … a mí no me gustan las etiquetas, y muchos menos las que hoy en día huelen a “diagnóstico” … yo prefiero decir que algunos niños son más inteligentes que otros, otros más sensibles, otros más curiosos … ¿o es que todos los críos son igual de altos o igual de rubios? ¿hay superaltos y superrubios? Me cansa que la primera respuesta que se me dé, en cuanto abro la boca sea: “todos tenemos problemas” ¿Crees que los problemas de los que hablo son generales? ¡Tanto peor! Porque yo estoy hablando de niños a los que les destrozamos la vida desde pequeñitos porque no encajan en los estándares actuales: superdotados, listos, rápidos o lentos, da igual como los llamemos. Hoy en día, las cada vez más apretadas agendas de los papás, obligan a “aparcar” a los niños donde se pueda desde muy pronto. Y dejémonos de historias: si los críos van a las guarderías, es porque le resulta “eficiente” al sistema: una persona se encarga de cuidar a veinte niños. Y la eficiencia se consigue precisamente eliminando los “casos particulares”, que dan más trabajo. Los niños muy inteligentes (lo mismo que los muy tímidos, los asustadizos, los sensibles o los rebeldes) no encajan, así que se les obliga a amoldarse. No se busca lo mejor para los niños, sino para sus cuidadores o padres.

    Y no, dejémonos de tonterías … los niños no aguantan lo que les echen. Ni los de antes ni los de ahora. Yo no sé en que ambiente te criaste tú, yo me crié en un pueblo en los setenta españoles … y mis dos vecinitas más cercanas se embarazaron en el instituto, dos chicos del barrio de suicidaron en la adolescencia y no te quiero ni contar cuántos cayeron a consecuencia de la heroína. Mi abuela perdió a tres hermanos de tuberculosis, y una de sus mejores amigas contaba siempre que parió cinco hijos en la postguerra y diez años más tarde no le quedaba ni uno. Y sí, la especie sobrevive. Esas cosas no nos llevan a la extinción. De hecho, ni siquiera un exterminio programado ha conseguido acabar con nosotros. Pero me parece que no se trata de eso … o?????

    Por cierto, si en mi entrada hubiera tratado de niños disminuidos físicos, o psíquicos a nadie se le hubiera ocurrido decirme: “mira, desde la ignorancia de no tener un niño síndrome de Down, te diría, que todos tenemos problemas, así que alégrate, que podría ser peor” … ¿a qué no? ¡Dios mío! ¿Por qué hoy en día el término inteligencia despierta tanto resquemor? Los niños inteligentes son tan niños, tan graciosos, tan mimosos y tan inocentes como los demás; no veo por qué el hecho de que sean inteligentes los hace menos merecedores de nuestra compasión si los atiborran a pastillas con siete un ocho años de edad. No me indigna que no los manden a colegios chulis, ni tan siquiera que les peguen y los ridiculicen en el cole … ¡se trata de que los drogan!. Estoy hablando de que hoy en día a un nené que alborota, que no se está quieto, que no se interesa por “colorear” las láminas de turno, y que no se pone en fila cuanto toca, le cae con enorme facilidad el diagnóstico de TDAH.

    Y en cuanto a que “igual son el hijo de un parado que no tiene para especialistas ni colegios chulis, la niña un poco rarita de alguien que la machaca a diario para que sea “una niña normal” y los vecinos no hablen, y el segundo hijo de unos padres calladitos que no quieren hacer alharaca ni distinciones, porque bastantes celos tiene ya el mayor. A saber.” Evidentemente. Son esos, y de esos estoy hablando. Son esos los niños que me preocupan: a mi hijo nadie le va a poner la etiqueta de TDAH o recetarle drogas. Pero al del parado, a la de la mamá que la machaca o a la de los papás calladitos, probablemente sí. Y por eso hablo, con la esperanza de que los papás de algún nené al que le haya caído un TDAH no se dejen convencer: diferente no significa enfermo. Y si hay niños que no encajan en nuestra “vida moderna”, a los que hay que abrazar todo el día, coger en brazos y mimar … pues no pasa nada, no están enfermos y, dándole la atención y el amor que nos piden, se van acostumbrando a todo a su debido tiempo. Y si quieren saltar, que salten, y si quieren correr, que corran. Que hay niños a los que no le va nuestro estrés y nuestro ruido .. pues no los atosiguemos desde que aterrizan en este planeta ¡por favor! Y, sobre todo ¡no los droguemos!

  6. En Finlandia los niños no se incorporan al cole hasta los 6 años. Les va de maravilla. La sociedad distingue perfectamente el papel de los padres y el del cole. En nuestro país todo se fía al acortamiento de la edad de entrada en el colegio aunque los resultados no ayuden. Ahora hay una batalla abierta por escolarizar desde los 0 años.

    Desde luego si a tu hijo le tocase ese régimen no quiero pensar lo que podría haber pasado, a tenor de lo que estamos viendo con edades superiores. En mi opinión hasta una determinada edad los niños con quien mejor están es con sus padres. Nuestro hijo sufrió lo indecible en la guardería sencillamente porque no dormía la siesta y eso alteraba el “orden” de las cuidadoras.

    Lo sacamos de allí cuando un día al ir a recogerlo sus abuelos, que lo conocían perfectamente, y sabían de su inapetencia y su incapacidad para dormir la siesta, a la cuidadora no se lo ocurrió otra cosa que explicarles lo bien que comía y lo tranquilo que dormía la siesta. En ese momento entendieron el ímpetu con que el niño se abalanzaba hacia ellos nada más verlos y por qué daba tantas muestras de pasarlo mal en la guardería.

  7. Desde luego, mi hijo no fue a guardería y al cole no va a ir hasta los seis añitos … tiene sus amiguitos, hace sus actividades, pero en grupitos pequeños y un poco “a la antigua” … que si nos vamos al bosque de excursión, que si plantamos en el jardín con los amiguitos… simplemente no resistiría ni la guardería ni una escolarización a los tres años … pero ahí tenemos nosotros mucha suerte, porque podemos permitirnos el que uno se quede en casa (un tiempo estuvo el papá y ahora estoy yo) … y, me temo, que tal como está el patio, eso no es lo estándar

  8. Aloe, la verdad es que con lo crítica que eres con el sistema educativo, me sorprende tu resignación en este tema. Completando lo que ha escrito la propia K., creo que no somos conscientes de lo que tiene de distópica una sociedad que medica a los niños que no encajan en ciertas estructuras. Desgraciadamente el soma que inventó Huxley se parece mucho a la pastillita del TDAH. Imaginemos que el estado medicara a los elementos más críticos con el gobierno y con el sistema económico y político que nos ha llevado a la ruina, y no se conformara con llamarlos perroflautas, nazis y terroristas (que ya es bastante malo). Pues con los niños más sensibles, más rebeldes o, simplemente, más ‘niños’, se está haciendo eso, con la única diferencia de que no hay intencionalidad en los comportamientos de los críos y que además dependen de los adultos y confían en ellos.

    Por otro lado, es interesante analizar qué comportamientos se ‘toleran’ y cuáles no. Se fomentan la docilidad y la competitividad extrema pero ¡ay de quien sea más sensible o del que no respete según que normas! A mí no me gusta ver deportes pero sí me interesan los reportajes sobre la vida de los deportistas (una tiene sus debilidades). Ontológicamente competir por quién mete más goles es lo mismo que hacerlo por ver quién es el que come más huevos duros, pero al primero se le llama héroe y al segundo cretino. La retórica del héroe, la épica del campeón, explica mucho sobre la condición humana. Pues bien, recuerdo que en un reportaje sobre la vida de Messi, su madre contaba, no sin cierto orgullo, com el pequeño Lionel no soportaba perder así que cuando esto ocurría destrozaba los juguetes, insultaba a los compañeros de juego y se cogía unos berrinches épicos, con pataleos y lanzamiento de objetos incluidos. En su día este comportamiento era valorado positivamente por su entorno porque el crío ya despuntaba en el fútbol. Al mismo tiempo, a un niño que se aísla porque no soporta el ruido, que prefiere corretear a estar sentado coloreando una ficha o que se asusta si escucha la palabra ‘muerte’ se le diagnostica una enfermedad y se le medica. Vaya sociedad de porquería, ¿no?

    Y, como dice Kassandra, todo es para la comodidad del adulto. Porque dar una pastilla es muchísimo más fácil que dedicar tiempo y esfuerzo a un niño. Un maestro que a veces visita este blog cuenta en este artículo la situación tal como él la ve.

    Aurora, la verdad es que es difícil ver donde termina el interés legítimo en la vida del prójimo y donde empieza el entrometimiento en los asuntos ajenos. Yo también me suelo quedar calladita pero pienso que quizás tenemos la obligación moral de denunciar ciertas cosas. Y creo que la sobremedicación es maltrato infantil. Igual que ahora nos escandalizaría que unos padres escondieran en casa a un hijo con síndrome de Down, como se hacía antes, debería escandalizarnos también que se ‘esconda’ a base de medicación la personalidad de algunos niños. A mí me sorprende lo poco que se protege a los niños. Parece que ahora se ha cambiado la ley de violencia de género para incluirlos. O sea, ¡que antes no se hacía! Dice la propia K. que el problema es que los niños no votan, y puede que sea así. En cualquier caso, me quedo con la frase de tu abuela.

    Emilio, tienes razón. No sé ni como se plantea en serio lo de escolarizar a los niños desde que son bebés. Como siempre, supongo que es más fácil y barato para todos – incluidos padres, gobierno y empresarios -, montar algo así que poner en marcha verdaderas medidas de conciliación familiar y laboral que permitan a los padres quedarse en casa con los críos.

  9. Ni tan siquiera creo que sea más barato Cristina, sencillamente es más cómodo y responde mejor a determinados intereses ideológicos y políticos. En relación a lo que dices de la violencia de género y los niños, lamentablemente estamos ante una nueva vuelta de tuerca de una ideología que parece haber convencido a muchos de que únicamente los padres varones pueden hacer daño a sus hijos. Algún día quedará patente para todos que se trata de una engañifa, pero a estas alturas resulta imparable la ideología de género.

  10. Kassandra, lamento haber entristecido. No era mi intención, como tampoco la de transmitir la idea “total, nunca pasa nada”, ni la de que todos los niños sean iguales. Pero tampoco entiendo bien tus críticas.
    ¿Donde me crié yo? En una familia de siete hermanos, en algunos aspectos muy, muy sobreprotegidos (y con una madre full time) y en otros mucho menos que la mayoría de los niños de ahora. Tuve poco ortodoncista, pocos test psicológicos y poca “atencion profesional” en general, de esa que ahora cunde tanto pero no siempre con empatía y precaucion. Tuve mucha restricción de movimientos (nada de jugar en la calle ni de dormir fuera, por ejemplo) y mucha exigencia escolar. Tuve cariño, cuidados y dedicación, pero un séptimo del total, por lo que en muchos aspectos crecí bajo reglas uniformadas tipo cuartel (“a las nueve y diez te toca baño y sin rechistar, diez minutos y deprisita”). Yo he fregado cada domingo los cacharros de diez personas a una edad en que tenía que subirme a un taburete para llegar al fregadero (lo cual me sentó educativamente muy bien, por cierto), y para obtener atención especial primero tenia que coger una amigdalitis de 39 de fiebre. He tenido un poco de estilo cuartelero pero también mucha protección (demasiada en algunos aspectos). Y muchos hermanos, que es algo que compensa casi todo y educa una barbaridad (ahora está fuera de nuestro alcance).
    Mis padres acertaron con algunas cosas y con otras no. Pero me han querido y cuidado, con sinceridad y dedicación, y eso, al final, es lo fundamental para cubrir el ochenta o el noventa por cien del éxito en la tarea. El cien por cien no está al alcance de los humanos, por lo general.

    Los niños son diferentes entre sí, y lo siguen siendo incluso con un tratamiento relativamente uniforme. Encontrar el equilibrio entre “eres como todos, y ponte en la fila con todos, majo” y “eres un individuo único, y como tal te tratamos” no es fácil siempre, y a veces es particularmente dificil.
    Yo doy por sentado, cuando digo cosas como que al final, los niños se recuperan de la educación que les damos (que es un poco en broma) que hablamos de familias que quieren a sus hijos, que las necesidades materiales están cubiertas, y que el pediatra está ahí para cuando lo necesitemos. La mortalidad infantil no es en España como en la posguerra (nunca daremos bastantes gracias por ello), y si la poca atención es un problema para algunos niños, la sobreprotección y la nula exigencia es un problema actualmente para muchos mas (quizá esto a más edad de la que tiene el tuyo).
    Dentro de los parámetros de familias normales que se esfuerzan por sus hijos y les quieren de verdad (que es lo fundamental), hay mucha variación y muchas formas de meter la pata por exceso y por defecto. Desde niños que a los cuatro años siguen tomando la fruta en biberón hasta niños que se crían prácticamente con ls abuelos. Desde niños con actividades extraescolares excesivas hasta niños que a los siete años hacen su santa voluntad con los padres. Desde niños disléxicos sin diagnosticar para los que la escuela es un infierno, hasta niños cuyos padres creen que es Mozart y que sus profesores no los comprenden.
    Lo único que podemos hacer es quererlos y hacerlo lo mejor posible. Y está bien plantearnos los defectos colectivos que como sociedad tenemos como educadores. Pero la perfección no la vamos a conseguir, y la angustia al respecto no ayuda.
    Y sí, algunas veces ves los niños no pueden compensar por sí solos las carencias y las cosas no salen bien. De eso debemos preocuparnos. Pero, en conjunto, salen mejor que antes, mejor que en medio de la pobreza extrema y del riesgo extremo para su vida (como sucedia antes y bien señalas, y sigue sucediendo en buena parte del mundo).

    Espero no entristecerte maś aún con este comentario. La cosa da para mucho, pero ya me he extendido demasiado.

  11. Cristina, respecto a tu comentario, yo spy crítica con el sistema educativo precisamente en el tema del que estamos hablando: la falta de atención individualizada, la falta de respeto a la idiosicrasia de cada niño, la comodidad del sistema y sus funcionarios por encima de las necesidades de los niños, y la sobrevaloración de las cualidades que le vienen bien al sistema disciplinario que en definitiva es la escuela (mientras se castigan demasiado característícas contrarias, aunque tengan su lado positivo).
    Lo que pasa es que tampoco me parece que se deba mezclar todo. Quiero decir, que aunque el equilibrio sea difícil, un poco de tratamiento uniforme, un poco de “descuido” (que deje un poco de margen al niño para no estar siempre vigilado) es inevitable y seguramente positivo.
    Por otra parte, la familia es una cosa y la imposición legal de escuela y educación uniforme, otra distinta. La primera debería ser mucho mas respetada y mucho más autónoma de lo que es (sin serlo del todo, porque hay familais disfuncionales, adultos chiflados y cosas así). Las familias se equivocan, pero su interés y conocimento de sus hijos son mucho mas estrechos y maś directos. Y se adaptan más a cómo son individualmente, lo cual no puede hacer tanto ni la mejor escuela.

  12. Cristina, la frase no es mía, la escuché el otro día en una serie de la tele, pero me quedé con ella porque me pareció que tenía su enjundia, especialmente a la hora de tratar con personas que intentan imponerte su modo de ver la vida o hacer las cosas sin pensar que puede haber otros perfectamente válidos y respetables.
    En cuanto a lo de hablar o estar callado, es un terreno pantanoso. En el caso que comento, se trataba de una familia que conocía y la niña no estaba medicada, aunque sí presionada. Como ni siquiera teníamos relación de amistad, difícilmente habría podido decir algo sin que los padres se hubieran sentido ofendidos.
    Los diagnósticos de TDAH al por mayor con o sin medicación probablemente darían para escribir un libro, si no es que ya se ha escrito alguno. Por lo que tengo visto y oído, la casuística puede ser de lo más variada. Para muestra, tres botones.
    Los trastornos de tiroides en los niños pueden presentar síntomas parecidos a los descritos para el TDAH, no hay que pensar sólo en el cretinismo. En estos casos el endocrino detectaría el problema en un análisis de sangre y lo solucionaría con medicación. Es muy importante además, para el correcto desarrollo de un niño, que su tiroides funcione como debe.
    Conocí un caso diagnosticado de TDAH sin medicar en que el padre intentaba poner unos límites y normas al niño y la madre se lo consentía absolutamente todo a espaldas del padre. Llegado a determinada edad, el niño hacía lo que le daba la gana y la madre se las arregló para que un especialista emitiera un diagnóstico de TDAH. A mí siempre me dio la impresión de que en este caso el problema estaba en la educación del niño. No creo que tuviera TDAH.
    En una ocasión, una psicopedagoga conocida mía me contó desesperada el siguiente caso. Trabajaba como interina en un instituto de secundaria y había un alumno muy conflictivo (insultaba y amenazaba a los profesores y cosas por el estilo) que tardó poco en llegar a sus manos. La madre se presentó con un diagnóstico de TDAH de un afamado especialista, que atendía a lo más granado y florido de esa población, para exculparlo de todos sus desmanes. Tras examinar al alumno, mi conocida llegó a la conclusión de que ese alumno era conflictivo por otras razones, pero en ningún caso tenía TDAH. Ahora bien, la madre se reunió con el director y a continuación se conminó a la psicopedagoga a no llevar la contraria a un reputado especialista o ya habría quien se encargara de que tuviera problemas. Sin comentarios.
    Y sí, Cristina, creo que se diagnostican casos de TDAH que no lo son. He llegado a ver, incluso, un diagnóstico de síndrome de Tourette que al final resultó no serlo (¡!). Seguramente haya muchos niños sobremedicados, pero no se me ocurre cuál puede ser la solución, pues al fin y al cabo los que dicen sí o no a la medicación son los padres, que son los que detentan la patria potestad. Me consta que hay padres que rechazan la medicación y no se la dan a sus hijos, pero también que hay otros que llegan al médico intentando forzar el diagnóstico de TDAH y que mediquen a su hijo porque ellos no lo soportan. Creo que el cuadro es bastante complejo y que aún pasarán años hasta que se encuentre un punto de equilibrio. A mí ahora mismo no sé me ocurre cómo lograrlo.

  13. Los comentarios de Aurora me parecen eminentemente sensatos y me gusta además su tono general.
    Por cierto, uno de mis hijos ha tenido durante toda su estancia escolar el tipo de problemas continuos que te llevan a pasarte el día en el colegio en conferencia con tutoras y directores, a agobiarte muchísimo pensando qué estás haciendo mal para que tu hijo se comporte así (y algunas veces, alternativamente, aguantando las ganas de decirle a alguna maestra que es tonta de capirote porque su forma de afrontar a sus alumnos es defensiva, sin recursos y estúpida) y… por supuesto… a pasar por el intento de que diganostiquen TDAH y le receten cosas. Así que un poco sí que sé de qué hablo y no le quito importancia.
    Lo que yo hice fue empeñarme en buscar un diagnóstico bien hecho y más opiniones, y estas fueron unánimes: no había TDAH porque no había ni déficit de atención ni otros síntomas asociados. Solo un niño que necesitaba mucha actividad física, que tenía poca paciencia para estar sentado y que siempre ha sido nervioso. Ni de coña dejé que le dieran medicación. En cambio, observé que dándole un masaje por la noche al acostarse dormía mejor y estaba más tranquilo (no soy experta en dar masajes, pero hacía lo que podía).
    Las cosas han ido mejorando según se ha hecho mayor, aunque en la ESO también las hemos pasado de varios colores.

    Mi conclusión provisional es que uno tiene que hacer todo lo que puede, angustiarse lo menos posible y tener paciencia y fe en que el niño madurará y se adaptará a la vida en la sociedad que le toca. Y que los errores que una haya podido cometer, inevitables, no tienen por qué causar males irreversibles o algo así. En cuanto al TDAH, estoy de acuerdo con lo que dice Aurora.
    Al final, la familia es el principal defensor y baluarte de un niño frente a la burocracia y a la comodidad de los adultos, pero la familia también puede no ser buena, o no lo suficiente, o equivocarse. Si hubiera una receta mágica no habría problema.

  14. Un punto de vista diferente (opuesto) sobre el exceso de diagnóstico de TDAH. No me convence del todo, pero quien lo defiende es un psiquiatra infantil especialista y vale la pena ver los “otros” argumentos:
    http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/05/13/actualidad/1368469480_760418.html

    En el propio articulo enlazado vienen enlazados a su vez articulos relacionados, uno de ellos sobre exceso de diagnóstico (en USA). Las cifras que se manejan no tienen nada que ver con las de aquí, son mucho más altas y realmente ponen los pelos de punta. Si esa es la tendencia, hay que pararse como sea antes de llegar ahí, pero aparentemente estamos muy lejos:
    http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/04/02/actualidad/1364903542_739753.html

    En fin, por aportar algo, y que haya más “materia prima” para la reflexión…

  15. Gracias por los enlaces, Aloe (creí que había puesto un comentario en su día diciendo que los había encontrado francamente interesantes, pero se ve que no) y Pseudópodo. No estamos al nivel de EEUU, pero la situación es muy preocupante.

  16. Sí lo habías puesto, pero en otra entrada.🙂

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s