En ocasiones leo libros

Recuerdo haber leído hace tiempo cómo Terenci Moix explicaba en sus memorias el modo en el que se acercó a las grandes obras de la literatura universal o, mejor dicho, cómo estas obras se acercaron a él. Fue en el cine. Quedó fascinado con la historia de “Romeo y Julieta” y pensó que los maravillosos diálogos que inesperadamente escuchaba no podían perderse con el fundido en negro final. Así que regresó al cine, ahora con un cuaderno y un bolígrafo, para ir anotando todas y cada una de las palabras que iba oyendo. Y volvía al mismo cine una y otra vez, siempre con su cuaderno, hasta que un día su madre le preguntó por qué iba siempre a ver la misma película.  Fue ella quien le explicó entonces que los diálogos que le habían fascinado estaban en un libro de un señor llamado Shakespeare – en la traducción de Astrana Marín en este caso – que se podía comprar o sacar de la biblioteca.

Yo creo que la escuela está, además de para preparar para la vida, para decirle a los niños que existe Shakespeare. Y que existen Cervantes, Borges, Platón, Mozart y Newton. O mejor, no decirles solo que existen, sino que además están entre nosotros. Que en ocasiones vemos muertos. Antes nos los podíamos encontrar en un cine de barrio y ahora quizás en internet, pero están ahí, todos los días, en todas partes. Y es que puede que exista un mundo académico diferente del mundo real, pero desde luego ambos están – tienen que estar – comunicados. Sería un éxito que todo escolar llegara a sentir que la cultura enriquece su vida. Y que se trata además de un enriquecimiento de primer orden, lineal: el placer como respuesta al estímulo cultural; la activación directa de la dimensión imaginativa necesaria para comprender y soportar el mundo. Sin embargo, hasta ahora, creo que la relación de la escuela con la cultura ha sido – por seguir con el símil físico-matemático – más bien de segundo orden. Se trataba de conseguir ciertos privilegios sobrevenidos gracias al barniz cultural que la escuela proporcionaba.

Niña dentro de su propio cuento. Crédito: Amy Stein.

Niña dentro de su propio cuento. Crédito: Amy Stein.

Puede ser que ahora los universitarios tengan menos reparos en admitir gustos e intereses más bien chabacanos, a veces – no siempre -, más en coincidencia con los de aquellos que no han recibido educación formal. Pero esto no es tanto el síntoma de la decadencia de la sociedad sino la constatación de que el sistema educativo no ha cumplido su función. Quiero decir, que lo terrible no es la exhibición más o menos consciente  de incultura y zafiedad, sino el saber que la educación formal no ha servido para abrir puertas al mundo. Sucede que mucha gente ha perdido la pose por la sencilla razón de que ya no se ve mal cierta actitud. Pero a mí personalmente no me parece ofensivo que quien quiera haga uso de su libertad y vea y disfrute de la prensa deportiva o de tal o cual programa de televisión. ¿Por qué iba a molestarme algo así? Simplemente me da pena que se robe a los niños algo que es esencial para vivir: la posibilidad de disfrutar aprendiendo y de enriquecer sus vidas con la experiencia cultural; de tocar la belleza, como dice Aute en su canción.

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3 Respuestas a “En ocasiones leo libros

  1. Yo creo que, con la mejor intención, se convierte “literatura” en “historia de la literatura desde el Mio Cid hasta la Generación del 27”, con sus fechas, sus esquemas y sus listas de características. De milagro si se leen unos cuantos libros (o se copian los resúmenes del Rincón del Vago, que tanto hace por nuestros adolescentes) y de milagro si no se le cogen asco.
    A veces se ha propuesto, por parte de gente con experiencia docente, que se debería enseñar la literatura de delante hacia atrás. Sería muy razonable, porque se empezaría por cosas más cercanas y más legibles, y luego podría irse excavando hacia el origen, en lugar de al revés.
    A lo mejor así los niños que se leen El Señor del los Anillos sin respirar a los diez años pero dejan de leer a los catorce, verían más incentivo en leer cosas de siglo XX.
    Fórmulas mágicas no hay. Solo profesores motivadores.

  2. Aloe, con la entrada quería reflexionar sobre la ‘utilidad’ de la cultura, de la literatura en particular, en nuestra vida y también sobre el papel de la escuela.

    Yo también creo que en las clases de literatura lo más importante debería ser leer. Leer y pensar. Ahora, el qué leer imagino que ha traído de cabeza a los profesores de literatura desde el principio de los tiempos pero no me parece mala ideo eso de ir de ‘atrás para delante’. Por mi parte, de mi corta experiencia (tres meses) con niños de primero de primaria, y viendo los libros para niños de las librerías, extraigo las siguientes conclusiones:

    – Hay un montón de intereses, primero económicos y después políticos, con esto de la literatura infantil. Todo tiene que exaltar, no ya la cultura y las costumbres locales, sino una idealización más próxima a la realidad de los campesinos del siglo XIX. Así, se leen libros de editoriales afines cuyo único mérito es estar protagonizados por un perenquén que vive en una platanera y se dedica al salto del pastor (aquí cada uno puede poner sus particularidades regionales). En este post escribí sobre esto (tras más de un año teorizando tiendo a la repetición). Después, el escritor afín gana un extra dando charlas de colegio en colegio. En definitiva, los libros son tostones bastante mediocres que no se eligen pensando en los niños.

    – En segundo lugar, creo que en muchos autores de literatura infantil confunden la imaginación con la incoherencia y la cursilada. No son raras cosas del estilo de un arcoiris que llora porque su amiga la cometa (que toca las chácaras) ha perdido la llave los sueños (?!). Un sinsentido. A los niños les gustan las historias coherentes, que tengan sentido. Y esto es algo a menudo ausente en los libros infantiles. Los libros que hoy se hacen para los más pequeños son muy bonitos, generalmente con ediciones muy cuidadas y estéticamente irreprochables, pero no cuentan historias. Aunque a los pobres niños los ahogan con merchandising (hablé del tema aquí), creo que a veces una historia del pato Donald puede ser más enriquecedora que un pretencioso cuento de artistillas modernetes.

    Sin caer en rollos roussenianos del buen salvaje, creo que los niños pequeños son muy curiosos, les gusta la lectura, y en general disfrutan aprendiendo. Creo que por eso me gusta tanto trabajar con críos. De hecho, es sabido que los niños son mejores lectores que los adolescentes y, como has recordado, no es raro el que se trague “El Señor de los anillos” a los diez años y deje de leer a los catorce. Entonces hay que intentar no estropearlos. Y tampoco es tan difícil. En el cole de las prácticas, en la otra clase de primero que no me asignaron a mí, tenían una pequeña biblioteca, con colchonetas y cojines en el suelo. Al terminar cada actividad los niños podían levantarse libremente y coger un libro o un juguete. Y veías a uno con una antología poética para niños, otro con un Tintín y a un tercero con un cuento clásico de hadas. Y estaban infinitamente más tranquilos que en mi clase donde todo estaba dirigido (a gritos). Este es el camino, supongo.

    Y este es el caso típico de comentario más largo que la entrada original 🙂

  3. No puedo más que darte la razón. Si se quieren conseguir buenos lectores, tendría que ser con buenos libros.
    Yo también recuerdo las tontás esas del arco iris cursi y demás estupideces (a veces te las regalan y no las puedes esquivar). Sin embargo es digno de notarse que los personajes, dibujos e historias para niños pequeños que se hacen realmente populares por el boca a boca y destacan de la masa-melaza informe son mejores que eso y suelen contener más talento (como pasó con Bob Esponja o con Toy Story) . Los niños son pequeños, pero para su edad no son tontos. Lo que les pasa es que son complacientes con los adultos y nos tienen mucha fe.
    Luego nos lo cobran con intereses en la adolescencia… 🙂

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