Archivo diario: enero 16, 2013

La guillotina

Antoine Lavoisier es considerado el fundador de la química moderna. Entre otras muchas cosas, gracias al estudio sistemático de las reacciones químicas, descubrió que la masa siempre se conserva aunque la materia cambie de forma; explicó el proceso de la combustión y de la respiración; dio nombre al oxígeno y al hidrógeno, predijo la existencia del silicio y supo que el azufre era un elemento, no un compuesto; colaboró en la elaboración de una nueva nomenclatura química, muy similar a la actual, y elaboró la primera lista ordenada de elementos. En 1771 Lavoisier se casó con Marie-Anne Pierrette Paulze. Él tenía 28 años y la novia sólo 13. Desde el principio Marie-Anne se convirtió en una activa colaboradora de su marido, trabajando con él en el laboratorio y traduciendo al francés las obras de, entre otros, Joseph Priestley, Henry Cavendish y Georg Stahl, lo que sin duda fue de gran ayuda para Lavoisier.

Pero con Marie-Anne vino también un regalo envenenado: un trabajo en la Ferme Générale – la compañía que cobraba los impuestos para la monarquía a cambio de una generosísima participación en  lo conseguido -, donde también trabajaba su padre, suegro de Antoine. Los recaudadores, fermiers généraux,  tenían una pésima reputación entre la población sobre todo por la forma, a menudo brutal, que tenían de tratar a los contribuyentes. El caso es que, tras la revolución francesa, durante el reinado del terror, Antoine Lavoisier fue guillotinado por su condición de recaudador.

lavoisier

Retrato de Lavoisier – todavía con la cabeza sobre sus hombros – junto a su esposa, realizado por Jacques-Louis David en 1788.

Se cuenta que al tratar de interceder por Lavoisier apelando a sus geniales contribuciones a la química, los revolucionarios contestaron: “La República no necesita ni sabios ni químicos”. No hace falta decir que los logros intelectuales no hacen a nadie merecedor de un diferente trato ante la justicia – o la injusticia – pero desde luego es mal síntoma que una sociedad crea que no necesita sabios. O químicos.

Viendo el estado del sistema educativo español, no puedo evitar pensar en el pobre Lavoisier. A los 9 años el porcentaje de niños excelentes en lectura es en España del  4%, frente al 10 % del promedio de la OCDE, y la situación al cumplir los 15 años es muy similar. Como nada hace suponer que la proporción de personas con altas capacidades intelectuales – o la distribución de la inteligencia en general – sea distinta aquí  que en otros lugares, no queda otra que pensar que gran parte del talento es guillotinado por el sistema antes siquiera de que llegue a desarrollarse. España no necesita ni sabios ni químicos.

Me pregunto por qué en este país existe tanto miedo al diferente, sobre todo cuando la diferencia viene del logro intelectual. Decir que alguien es superdotado suele provocar irrisión o falta de comprensión en el mejor de los casos. Los escasos programas de atención a las altas capacidades, además de fallar en el diagnóstico, insisten en no separar a los superdotados de su barrio y de una escuela donde es imposible atenderlos. ¿Tan terrible sería crear aulas o  centros especiales para ellos? ¿A quién se pretende proteger con estas medidas, a estos chicos o a los que temen que el talento ajeno les pueda hacer perder sus privilegios? Para gran parte de la sociedad no hay mayor pecado que el mal llamado elitismo. Incluso hablar de inteligencia está mal visto por cierta pedagogía autodenominada progresista, como si se tratase de una condición vergonzosa que hubiera que esconder. Por mi parte, no tengo ningún problema en reconocer que hay muchísimas personas más inteligentes que yo, como asumo que hay gente más guapa, más ágil y que canta mejor que servidora (la humanidad entera en este último caso, me temo). Sin embargo, sufro al ver como hay cargos de responsabilidad ocupados por personas cuyas capacidades les llegan justitas para hacer la o con un canuto. O como se tiene la desvergüenza de llamar caza de  talentos al enchufismo y la corrupción. O como se ve natural que se sorteen los puestos de trabajo, aceptando con resignación que nuestro papel en la sociedad no depende de lo que sepamos hacer sino del azar en algunos casos, y de los contactos en otros. Un país que desprecia y margina a sus elementos más brillantes, que guillotina el ingenio, no puede aspirar a otra cosa que a seguir zozobrando en el mar de la mediocridad.

Como dijo Lagrange sobre Lavoisier: “Sólo ha hecho falta un instante para cortarle la cabeza; pero Francia no será capaz de producir otra semejante en un siglo”. Me pregunto cuánto tardará España en producir si quiera una cabeza semejante a las de estos dos genios.

Editado: me he enterado aquí de que hace poco salió un artículo en El País sobre este tema. Cae en un muchos tópicos (como la foto que lo ilustra) pero sirve para hacerse una idea del estado de la cuestión.

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