El injusto olvido del laboratorio escolar

España es un país aconfesional y su sistema educativo es constructivista. No lo digo yo, lo dice la ley. Ahora bien, ¿de qué se habla cuando se habla de constructivismo? Honestamente creo que nadie termina de tenerlo claro. El constructivismo tal y como se explica en las escuelas de Magisterio es, desde mi punto de vista, totalmente inviable. Porque no se puede construir de ‘la nada’. Para construir realmente algo hace falta tener cierto andamiaje, entendido no sólo una serie de conocimientos previos sino también como un conjunto habilidades, digamos intelectuales, que un niño pequeño no tiene y que cuesta años desarrollar. Un constructivista coherente tendría que dedicar años y años a intentar que cada niño diese un pequeñísimo paso en el conocimiento, en una suerte de reinvención continua de la rueda, y es evidente que algo así no funcionaría. Con todo, el paradigma constructivista tiene cosas positivas, como la importancia de los preconceptos  en el aprendizaje y la pedagogía activa. Además, creo que todos estamos de acuerdo en que el aprendizaje tendrá que acabar siendo significativo (aunque quizás haya que asumir que no siempre se pueda llegar a él de modo directo sino haciendo escalas). El constructivismo no es sinónimo de activismo pedagógico pero entiendo que una pedagogía constructivista debería ser fundamentalmente activa. Y sin embargo no es esto lo que se fomenta. Si fuera así, las escuelas estarían llenas de talleres y laboratorios y los niños pasarían más tiempo pensando e investigando. Pero ya no hay laboratorios en los colegios (al menos en el colegio donde hice las prácticas no lo había). Por el contrario, y por motivos que se me escapan, la Congregación del Santo Constructivismo ha eliminado los laboratorios escolares de sus altares para sustituirlos por los nuevos ídolos de pies de silicio: las tecnologías de la información y la comunicación (Santa Tic y San Pecé). Me resulta paradójico que se hable de constructivismo al mismo tiempo que se le da un valor desmesurado a la información, sobre todo si viene de Internet y se presenta en forma de fragmentos deslavazados y dispersos. Así, ha ganado fuerza el llamado maestro mediador, representado por figuras tan pintorescas como la del curador de contenidos o el profesor DJ, al mismo tiempo que la del maestro activo, o maestro que-prepara-actividades-y-enseña, ha caído en desgracia. Creo que es un error. Y por eso concluyo al final que yo debo de ser más constructivista que los mismísimos logsianos. La pedagogía te da sorpresas, sorpresas te da la pedagogía.

Para llegar aquí no me he caído de ningún caballo (como hice la EGB con las monjas puedo dar un montón de referencias bíblicas y parecer culta – tomen nota los diseñadores del currículo) sino  que modestamente he tratado de usar el sentido común. Y el sentido común dice que para enseñar algo primero hay que entenderlo, después pensar qué es exactamente lo que queremos que los niños aprendan y para qué, y ahí diseñar el método más adecuado considerando las características de cada uno. Así, teniendo en cuenta que  un niño de primaria normalmente tendrá dificultades para asimilar contenidos con alto nivel de formalización, lo mejor es basar las clases de ciencia en experimentos donde haya que manipular. Hands-on science, como dicen los anglófonos. ¿No es absurdo enseñar un youtube con las partes de una flor pudiendo ver  y tocar la flor?

Modelo con luz de las fases lunares de la empresa japonesa ArTec (imagen tomada de su página web)

Veamos un ejemplo. El otro día Pseudópodo comparaba en su blog dos diagramas aparecidos en libros de texto para explicar las fases de la luna. Uno era de 1964 y otro de hace un año o dos. El segundo era más simple pero mucho más confuso hasta el punto de entorpecer, más que ayudar, la comprensión de las fases lunares. El esquema antiguo tampoco era especialmente clarificador pero al menos no contenía errores graves. El caso es que puede que ahora seamos constructivistas pero seguimos usando los mismos métodos que hace cincuenta años. ¿No sería muchísimo mejor usar un modelo de este estilo (como el de la figura) para mostrar las fases de la luna y una vez comprendidas pasar a manejar esquemas más abstractos? Cualquier maestro medio mañoso puede fabricar algo así con una lámpara y dos pelotitas de corcho, en caso de que la escuela no pueda gastar los 9.99 dólares (más gastos de envío) que cuesta el juguete. No niego que haya buenos libros o vídeos como éste, aunque sigo pensando que en este caso la manipulación, entendida en su sentido literal, es más efectiva y más estimulante porque pone a funcionar las neuronas. Un proyecto interesante sería el de coger el curriculum de ciencias de Primaria (de Conocimiento del Medio, sección ciencia) y construir, para cada tema, pequeños experimentos o  modelos con materiales sencillos. ¿No sería mejor apoyar al gremio de los ferreteros en lugar de al de los editores?

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10 Respuestas a “El injusto olvido del laboratorio escolar

  1. Yo al final le expliqué a mi hijo las estaciones (que también las explicaban fatal en su libro) con una naranja (en la que pinté los continentes) y un flexo. Luego hizo falta algún croquis en el papel, para veer qué son los trópicos, por ejemplo. Por cierto, que según el libro, los trópicos son los lugares en los que “el sol cae verticalmente en los solsticios”, ¡sin dar mayores explicaciones!. Es completamente imposible, para un niño o para un adulto, entender esto sin pensar un rato sobre un dibujo…

    Lo que me faltó es poner una pelota de ping pong dando vueltas alrededor de la naranja…pero parece que las fases de la luna, a pesar del libro, si las entendía, supongo que porque lo habíamos hablado otra vez.

  2. Ah, y ¡qué razón tienes con la superstición de internet! Ahora cualquier profesor piensa que ha cumplido pidiéndoles que “lo busquen en internet”. ¡Hasta la pronunciación del verbo être la hemos tenido que buscar en internet!

  3. Hace 4 años, en mi primer destino definitivo (me encanta esa concatenación de palabras), tenía una clase muy pequeña de 3º de E.S.O., solo eran 13 alumnos (este año tengo 31, también en 3º). Un día que acabamos pronto el trabajo programado, aprovechando que ya no se trabaja la combinatoria enumerativa les propuse el típico problema de cuántas ordenaciones posibles hay para la llegada de los Reyes Magos. Después de resuelto avanzamos añadiendo más personas al problema. Como casi todos habían cogido la idea, les pedí una estimación para el tiempo que se tardaría en hacer todas las ordenaciones de los 13 alumnos de la clase. La más pesimista venía siendo un mes. Para tener una estimación del tiempo que llevaría cambiar de una ordenación a otra, los hice levantar, ponerse de un modo y recolocarse para obtener otro orden. Finalmente creo que nos daba algo así como 20 años para todas las ordenaciones. Moraleja (que ya va tardando): cuatro años después nadie recuerda la estrategia de resolución, pero muchos de ellos recuerdan lo bien que se lo pasaron levantándose y poniéndose en fila.
    En realidad yo no tengo una opinión muy definida sobre el constructivismo, digamos que aún estoy formándola. Hace unos meses, en uno de mis comentarios sin respuesta por uno de esos blogs de profesores que hay por la red adelante, coloqué este enlace, que sí comparto. A ver qué te parece a ti:
    An anti-cultural aspect of Constructivism
    Por cierto, si cut the knot ya era una gozada para los aficionados a las Matemáticas, sus Insights suman interés educativo.

  4. Buena idea lo de la naranja, Pseudópodo. El cambio de estaciones también tiene su enjundia, aunque parezca que no. El otro día en Valencia un taxista me decía con mucha convicción que cuando allí era invierno en Canarias era verano y viceversa. Yo le explicaba que en las islas las estaciones están menos marcadas porque estamos más cerca del ecuador pero que también estamos en el hemisferio norte y que por tanto eran las mismas que allí. No logré convencerlo… aunque tampoco era cosa de sacarle una naranja al hombre.

    Coquejj, creo que entiendo tu moraleja pero en este caso no se trata de ‘dinamizar’ la clase o hacer una actividad diferente más divertida, sino de explicar lo mismo usando modelos. No creo que el mecanismo por el que cambian las fases de la luna sea olvidable si se ha llegado a ‘ver’. Estoy segura que el taxista del que acabo de hablar no hubiera tenido esa confusión de haber visualizado el modelo de una esfera con el eje de rotación inclinado. Y no es que me haya vuelto constructivista, sino que abogaba por una pedagogía activa al mismo tiempo que señalaba una de las paradojas de los constructivistas. Creo que la crítica que hace el artículo que has enlazado es más o menos la misma que hago yo: un niño no puede deducir leyes generales a partir de la experimentación. Lo que sí puede es experimentar para ayudarse a entender conceptos. (¡Ahí va! Coquejj me ha llamado constructivista :-))

  5. Bueno, pues seguramente mi objeción esté “cogida con pinzas”. De lo que sí estoy seguro es de que cualquier método de enseñanza puede fracasar en ciertas condiciones, no podemos subestimar la capacidad del ser humano para huir del conocimiento.
    Yo sigo buscando métodos para que mis alumnos adolescentes “vean” que no deben calcular el 30% de los 42 € que pagan por un pantalón que ha sido rebajado un 30% para saber cuánto costaba antes. Y créeme que he llegado a simular etiquetas de tiendas con precios tapados/borrados (algo hablo de eso en mi último post, btw). Pero no hay manera. Quizás los gurús illuminatics me dirían que sería mejor hacerlo en Flash… o mejor, que si los alumnos piensan eso, habría que aplicarlo en la economía.
    Por último, no te he llamado constructivista (jamás osaría), ni siquiera tengo una opinión clara. Y mira que lo intento.

  6. Yo creo que laboratorios y talleres se han ido eliminando de secundaria por logistica y presupuesto, más que por intención pedagógica deliberada. Cuestan dinero, complican los horarios, llevan tiempo, requieren desdobles o maestros de taller… un follón, que con doce asignaturas comprimidas en 6 horas se hace inviable.
    En primaria no sé si los hubo aguna vez.
    En cualquier caso, el desprecio por la importancia que tiene “aprender con las manos” es revelador de lo poco que ha cambiado la enseñanza en el largo plazo, porque eso es un clásico en España desde hace siglos.

  7. Coquejj, una cosa es la teoría y otra la práctica y si algo se puede decir de la enseñanza es que no hay un sólo método ni guruses que valgan. Peeeeeero… digo yo que darle vueltas a un modelo y pensar sobre él ayuda más que mirar una figura que encima no está muy allá. Y, hombre, seguro que lo de las etiquetas le fue útil a más de uno. Eres muy duro contigo mismo 🙂

    Aloe puede ser, aunque se me está ocurriendo ahora que con la LOGSE se introdujo en secundaria la asignatura de Tecnología cuya filosofía (creo) era la de llegar a los conceptos científicos a través de sus aplicaciones técnicas. Y en principio no me parece mal, lo que no sé es si realmente se está haciendo eso. En primaria tampoco sé si hubo/ha habido planes de dotar a los centros de laboratorios escolares (me da que no). En cualquier caso, ni siquiera sería necesarios laboratorios tal cual sino llevar las experiencia a las aulas.

  8. Puedo decir que gran parte de la asignatura de Tecnología consiste en llenar pizarras y examinar luego de ellas, acerca de las centrales electricas, las estructuras de los puentes y cosas así: es decir, más teoria. En realidad, física aplicada.
    Yo quitaría esa asignatura y la uniría a una asignatura generica de “ciencias naturales”, que incluyera pŕacticas y laboratorio.
    Pero ya sé que tiendo al radicalismo, así que no habrá que tenérmelo e cuenta. Bueno, realmente yo no sé por qué tiendo al radicalismo, a mi me parece que soy una moderada: ni siquiera quiero cargarme la escuela como tal.

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