Sobre cómo Mary Poppins tomó la escuela

Voy a hacer una confesión: en ciertos ambientes me da vergüenza decir que quiero ser maestra, hasta el punto de que algunas personas de mi entorno más cercano no saben que he pasado los últimos tres años estudiando la carrera de Magisterio. Sé que decir esto no habla demasiado bien de mí y es algo que tendré que trabajar, pero además de mi posible falta de madurez – que no niego – está el hecho de que el oficio de maestro tiene muy poca consideración social. Y no debería ser así. No porque yo crea que merezca el aplauso de nadie – mi egocentrismo tiene un límite – sino porque detrás de la falta de aprecio a la profesión están muchos de los problemas de la educación en España. Hoy parece haber unanimidad en señalar que la clave del éxito del sistema educativo finlandés está en la preparación de sus maestros y en el reconocimiento social que estos tienen. Yo añadiría que el valor que la sociedad da al conocimiento y al esfuerzo tienen también mucho que ver (todo está relacionado, de hecho), pero no es viable esperar a que cambie la sociedad para que cambie el sistema educativo. Lo más probable es que ocurra al revés, y que sea la mejora de la enseñanza la que impulse un cambio de valores de la sociedad en su conjunto ¿Que ocurre para que la figura del maestro sea tan poco valorada? ¿Siempre ha sido así?

La primera pregunta es más difícil de contestar así que voy a empezar por la segunda. No siempre ha sido así. Cuando una parte importante de la población era analfabeta, es de suponer que cualquier profesión letrada tuviera cierto prestigio. Los maestros cobraban poco pero gozaban de más consideración de la que se les tiene hoy. Además, antes de que el acceso a la educación superior se generalizase, sólo las escuelas de magisterio, y quizás los seminarios, actuaban como trampolín social porque ofrecían a los niños de las clases populares la oportunidad de beneficiarse de unos estudios a los que de otra forma no hubieran tenido acceso. Así, por pura estadística, es de imaginar que en la selección de los maestros hubiera un cierto sesgo positivo porque a las escuelas normales accedían los individuos de mayor capacidad y no los más pudientes, como ocurría en las otras carreras. Creo, sin embargo, que lo anterior era aplicable a los hombres pero no a las mujeres. Antes, cuando la educación segregada era la norma, ser maestra y ser maestro no era de hecho la misma cosa. De las primeras no se esperaba que tuvieran especiales conocimientos de nada porque a las niñas bastaba con enseñarles lo más básico. No hay que olvidar que hasta 1910 no se permitió la matriculación de alumnas en la universidad. Si había selección para el acceso de las mujeres a la profesión, no era tanto por los  méritos intelectuales, sino por cuestiones de orden social: las maestras eran jovencitas antes de encontrar marido o mujeres que no podían – o querían – casarse. Este fue el caso de Gabriela Mistral, quien nunca me ha gustado como poeta y quien, dicho sea de paso, empezó a ejercer sin haber estudiado si quiera Magisterio porque no tenía dinero para pagarse la carrera. Se me ocurre que la consideración que tenía el maestro no la tenía la maestra, cuya situación puede que incluso moviera a compasión al pensarse que no había podido formar una familia y había tenido que conformarse con cuidar a los hijos de otros. Todo esto a grandes rasgos. Habrá quien me diga que he simplificado mucho las cosas pero no creo que la realidad se alejara mucho de la situación que he descrito.

Mary Poppins

Mary Poppins herself (imagen extraída de http://www.laverdadyotrasmentiras.com).

¿Y qué ocurrió después? Pues creo que a medida que la educación superior se fue generalizando, aquellos hombres que aspiraban a un oficio no manual tuvieron muchas más facilidades para acceder a los estudios correspondientes y se decantaron mayoritariamente por profesiones más prestigiosas y mejor pagadas que la de maestro. Mientras tanto, las mujeres se siguieron acercando al magisterio a mi juicio por razones diversas: porque hasta quizás los últimos años setenta del siglo pasado todavía había ciertas reticencias a que las mujeres aspiraran a otro tipo de carreras; por las facilidades para conciliar ese trabajo con la vida familiar; porque muchas veces el empleo de la mujer ha sido ‘complementario’ por lo que en sus elecciones han tenido menos peso cuestiones como el prestigio y el salario; y, por último, quizás por una preferencia innata de las mujeres hacia el trabajo con niños. Así, la enseñanza primaria se fue feminizando al mismo tiempo que la presencia mayoritaria de mujeres en las primeras etapas educativas coincidía con el triunfo de las  modernas pedagogías del ‘café para todos’, del desprecio a los conocimientos y de la falsa igualdad, un escenario que encaja perfectamente con el de la escuela entendida como mundo de mujeres donde lo que cuenta no es tanto la formación de la maestra y su capacidad sino el cumplir un cierto rol maternal. Esta escuela, de la que no se espera que sea lugar de enriquecimiento sino de recogida de niños, precisa de maestros – no necesariamente mujeres – que sean como Mary Poppins, es decir, cuidadores alegres y pizpiretos. El sistema no necesita profesores que enseñen sino que asuman el papel de madre – aun siendo eventualmente hombres, insisto – porque de lo que se trata es de cuidar a los niños, no de enseñar. Esto quedó claro cuando Esperanza Aguirre (que acaba de dimitir) sugirió que los profesores de primaria cuidaran los comedores escolares. ¿Se le hubiera ocurrido a alguien pedir a los médicos que repartieran la comida en los hospitales? El maripopismo, que yo defino como aquella ideología que tiene a Mary Poppins como referente, ha triunfado en el sistema educativo. Y yo no me identifico con este modelo. No quiero decir que no pueda ser ‘maternal’ como la que más, pero pienso que el papel de un maestro no es el de decirle a un niño que se coma la sopa. Mientras esta siga siendo la filosofía que guíe nuestro sistema educativo, no debemos esperar grandes cosas de él.

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12 Respuestas a “Sobre cómo Mary Poppins tomó la escuela

  1. El maripopismo quizás esté también influido por corrientes pedagógicas, que impregnan nuestras leyes educativas y el contenido de algunas materias, y que señalan que lo importante es educar las emociones de los alumn@s. Lo de saber sumar y restar y mantener un espíritu crítico racional no interesa a los diseñadores progresistas de nuestro sistema educativo. Cultivar la emocionalidad y el ensimismamiento personal produce mayores réditos políticos a largo plazo. ¿En qué se basan ciertas reivindicaciones nacionalistas?. En la emocionalidad extrema.

    (Modo irónico on) Como nos recuerda la literatura de género, es la mujer y su superior inteligencia emocional la que parece estar mejor preparada entonces no ya para ejercer el papel de madre y dar la sopita a nene en el cole (sus papis y mamis necesitan todo el tiempo del mundo para ganar dinero, consumir y pagar impuestos), sino para actuar de censora sobre emociones positivas y negativas y potenciar aquellas que ayuden a configurar las nuevas utopías auspiciadas desde el poder. (Modo irónico off).

  2. Plutarco, mi tesis, que al releerme pienso que quizás no expliqué bien, es que para mantener un sistema educativo con las características descritas y con algunas de las que acertadamente has apuntado tú, es necesario fomentar entre el profesorado un perfil maripopista. El papel del maestro queda devaluado desde el momento en que se empiezan a demandar más cuidadores de niños que educadores. Esto modelo encaja mejor con cierto perfil de maestra, como consecuencia, no como causa.

    De todas maneras, lo de manipular apelando a las emociones o al sentimentalismo no es nada nuevo. Ahí están las exaltaciones patrióticas, tanto o más habituales en épocas pasadas.

    • Efectivamente, manipular las emociones no es nada nuevo ni deseable, aunque se haya hecho en el pasado (o precisamente porque se ha hecho en el pasado con los resultados tan nefastos que conocemos, sobre todo en el siglo XX, época de grandes totalitarismos emocionales). Dudo en cualquier caso que el nivel con el que ahora se recurren a ellas en todos los ámbitos de nuestra vida sea menor. Es más, creo que la emocionalidad es un “valor” en alza.

      Y mis palabras tampoco sitúan a las maestras como causa, es más bien el perfil que demandan las nuevas pedagogías y el maripopismo (¿puedo apropiarme de esta acertada expresión?) imperante. ¿Podrás ajustarte a ese perfil cuando ejerzas?. 🙂

  3. Cristina, a mi la de maestro me parece una de las profesiones más honrosas que hay. Y no hay que olvidar que, fuera de la enseñanza oficial, “maestro” es el apelativo más respetuoso y hasta reverente al que se puede aspirar en cualquier arte.
    La cuestión que no citas respecto al descrédito de la profesión es el poco nivel que se espera y exige en las escuelas de Magisterio. Levantar eso es imprescindible, no ya por el status y esas cosas, sino por la necesidad que tenemos de buenos maestros para nuestros niños.
    Yo espero que no te conformes (como otros maestros que conozco no se conforman) con ser lo que una amiga mía, maestra ella, llama “maestras sin estudios”. Eso significa personas -de cualquier sexo- que se quedaron en el barniz que les dio la escuela hace tropecientos años y no les has vuelto a ver leyendo más que el Marca o el Hola desde entonces.

    Con el resto de tu entrada no estoy muy de acuerdo. No me parece que haya ninguna incompatibilidad entre enseñar bien y hacerlo con cuidado y poniendo cariño. Todo lo contrario.
    Saludos

  4. Glups, acabo de leer en el lateral que eres física. Me disculpo por no haberlo leído antes, si no ya hubiera visto que la falta de compromiso con estudiar te queda muy lejos.

  5. Aloe, lo peor no es ya el poco nivel que se exige a los estudiantes en las escuelas de Magisterio sino el nivel paupérrimo que tienen los propios profesores encargados de formar a los futuros maestros. El asunto de las carencias formativas de los maestros es básico y de hecho es el leitmotiv del post y algo que está implícito en todo el escrito (o al menos pretendí que lo estuviera). No niego que el cariño, el cuidado, y hasta la implicación en la vida personal de los niños que el estado deja en manos de los maestros no sé cuántas horas al día, sean necesarios… pero desde luego no son suficientes. La pedagogía moderna (uso este término por simplificar) pone el énfasis en la formación humana del alumno, en que crezca feliz. Y me parece una aspiración encomiable con la que estoy totalmente de acuerdo. Lo que me chirría es que enfrenten la capacidad de dar amor con la de dar estímulos intelectuales; la capacidad de cuidar con la de enseñar; la posibilidad aprender con la de crecer feliz… como si fueran cosas totalmente opuestas. ¿Cómo se puede hablar de formación humana olvidando la dimensión intelectual de la persona? ¿Cómo puede crecer feliz aquel al que le impiden llegar hasta donde por capacidad y por esfuerzo debería aspirar? Por algún motivo la sociedad y/o los responsables educativos se han formado una imagen totalmente maniquea e ingenua de los maestros: o cuidadores amables y cariñosos pero poco formados, estilo Mary Poppins, o profesores con muchos conocimientos pero incapaces de dar al niño esa ‘formación humana’ de la que hablamos. Una dicotomía tan falsa como la de escuela antigua y escuela moderna con todo lo que estas denominaciones implican. Lo que siempre ha existido son escuelas buenas y escuelas malas, del mismo modo que siempre ha habido maestros buenos y maestros malos. Eso sí, lo que creo es que lo que las autoridades educativas actuales – y es posible que muchos padres – esperan de los maestros tiene más que ver con Mary Poppins que con aquel maestro inteligente y de formación sólida que quizás algunos idealizamos. La enseñanza primaria es España bebe de la tradición de las escuelitas donde los niños – sobre todo las niñas – pasaban el rato al cuidado de maestras voluntariosas pero escasamente formadas. Por eso se acepta con alegría – o al menos no con especial disgusto – que puedan existir maestros que lo más complejo que hayan leído en su vida sea el especial de navidad de la revista Hola, con tal de que sean cariñosos y consigan que los niños se coman la sopa a la hora del comedor.

    A mí la profesión de maestro me parece preciosa y muy honrosa… pero hay que reconocer que la consideración social que tiene es más bien escasa. En cualquier caso, supongo que el asunto del respeto es de doble vía: para que el sistema funcione los padres y los niños tienen que reconocer la autoridad – aunque sea provisional – de los maestros, al mismo tiempo que estos tienen que ganársela con su formación y con su trabajo.

  6. En su brevedad esta entrada de El Café de Ocata explica bien lo que ha pasado:
    http://elcafedeocata.blogspot.com.es/2012/10/et-vos-enfants-ne-sauront-pas-lire-ni.html

  7. Cristina, no puedo más que estar de acuerdo con lo que dices.
    De todas formas, en mi opinión esa falsa dicotomía quienes la airean de continuo y le dan carta de naturaleza son los que defienden que ellos quieren disciplina, rigor y autoridad y que eso está reñido con lo que podríamos llamar peyorativamente “buenrollismo”. MI experiencia como madre y como alumna es que los maestros que “no se hacen con la clase” no es porque tengan un exceso de buenas intenciones, sino un defecto de capacidad profesional y de esfuerzo. Y al contrario, al menos en Primaria, un maestro(a) que se hace respetar es adorado por sus alumnos, que son capaces de llorar a moco tendido el día que se jubila (verídico). Claro que hacerse respetar es una cuestión algo más compleja que castigar mucho, poner cerros de deberes y no escuchar a nadie.
    Del pésimo nivel de los profesores de las E. de Magisterio, mi opinión es que tiene que ver sobre todo con la radical depuración que se hizo en la posguerra, y que extirpó para décadas cualquier atisbo de calidad. Es fácil cargarse una tradición académica, y difícil volverla a levantar.
    Pero muy dudosamente los maestros sin exigencia y con poca formación que empezaron a salir después de eso adolecían de exceso de cariño. Si tengo que juzgar por los míos, creo que no… 🙂

  8. Hablando de esa entrada en donde el señor Ocata, mis hijos aprendieron a ler sin silabeo, y a uno le costó mucho y a otro poco. No tengo datos para decir qué metodo da mejores resultados, ni con qué alumnos (en caso de que haya diferencias). Pero esas cuestiones son, o debieran ser, empíricas, no ideoíógicas. Si se demuestra que un método es o no mejor que otro, eso debiera hacerse no mediante discusiones sobre quien es más guay, sino con pruebas.
    Tampoco las anécdotas ni la creencia de cada uno son pruebas. Si necesitamos cosas como estadística, grupos de control, doble ciego y todo eso, es porque los sesgos de confirmación nos impiden valorar esas cosas a “ojo de buen cubero”, por mucha experiencia que tengamos trasegando toneles.

  9. Emilio, al leer la entrada que has enlazado (que he tenido que meter en el traductor de google porque lamentablemente no sé francés) lo que he pensado es que en la carrera nadie me enseñó cómo enseñar a leer a un niño. Ni qué métodos existen, ni que problemas puede haber en el aprendizaje de la lectura, ni nada de nada. Además de lo que he leído por mi cuenta, estudié algo al respecto porque venía en el temario oficial, pero por lo visto ni se explicaba en clase ni se pedía en los exámenes. Este es uno de los dramas de la enseñanza en España, que la formación de los maestros deja mucho que desear. Por lo demás, le doy la razón a Aloe en que para estas cosas se debería usar un método objetivo. Yo conozco a un niño que aprendió a leer solo antes de cumplir tres años, a otro que aprendió sin silabeo a los cinco, a otro que con seis años todavía tenía dificultades para reconocer las letras… Al final, siempre pienso que en educación no puede haber un único método para todo.

  10. Aloe, puede ser que los que promuevan el conflicto entre dos posturas enfrentadas sean los del ‘bando’ de la autoridad y los viejos métodos… pero en la escuela a día de hoy predomina el llamado ‘buenrollismo’. En cualquier caso, de nada nos saca posicionarnos en un bando u otro, aunque yo a veces caigo también en eso. Lo que sí creo que es cierto es que partiendo de ideas equivocadas no se puede llegar muy lejos por muy buena voluntad que se tenga. Por ejemplo, si se parte de un enunciado como ‘todos los niños son iguales y tienen las mismas capacidades’ y se construye una pedagogía a partir de él, el resultado es el que es. Y esto está ocurriendo.

  11. Gracias Cristtina, por tu comentario.
    Solo añadiria que no creo que pedadogía alguna diga que todos los niños son iguales (en el sentido que aquí se trata) y aprenden igual. Todas dirán de boquilla que hay niños “especiales”, o que hay que tratar con “la diversidad” (esto último creo que es lo modelno), y tan ricamente. Aunque a todos los métodos les gusta la uniformidad y la medición ¿no? Es humano: queremos orden, filas y cantidades. (Y en la escuela francesa, ni digamos)

    Luego depende en la realidad de cada maestro ¿no es cierto? si tiene en cuenta o no la diferencia en el grado de maduración, o si reconoce a un disléxico, etc. La educación trata con personas, no con bacterias en un portaobjetos.
    Claro que ayudará la calidad de la formación que le hayan dado, y la exigencia del centro que le emplee, y el ejemplo de sus compañeros. como en todos los trabajos.
    Pero al final, ¿qué teoría pedagógica en un libro (que no es más que bla-bla lejano) impedirá a un buen maestro enseñar bien y qué teoría conseguirá hacer milagritos con un mal maestro?

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