Burbujas

En esta entrada iba a hablar de jazz pero me temo que voy a acabar yéndome por las ramas. Pensaba en alguna actividad para mostrar esta música a los niños, desde mi perspectiva, que es la de una persona a la que le encanta la música pero de nulo talento y escasa formación musical. Reflexionando sobre este tema, me he acordado de la primera vez que escuché jazz conscientemente. Fue en la radio. Mi hermana, bastante mayor que yo, andaba siempre con un transistor a cuestas y recuerdo que elaboraba – a mano – una lista con las canciones de cierta radiofórmula. También escuchaba cadenas no comerciales como una a donde fue a leer un poema con el que ganó un premio en el instituto. En una de estas emisoras escuché por primera vez a Sonny Rollins y me maravilló.  Memoricé su nombre pero no volví a saber nada de él hasta años después. Era la época anterior a Internet. Cosas de la vida, hace algo más de un año, Sonny tocó en Barcelona y pude asistir al concierto (la foto es de su actuación – ya sé que no está bien sacar la cámara en un concierto… lo siento, Sonny). Cuento esto, no por el interés de la batallita (que reconozco no es mucho) sino porque me ha llevado a hacerme la siguiente pregunta: ¿enriquece Internet nuestro universo cultural? La respuesta para mí es que no necesariamente.

Sonny Rollins (foto propia)

Internet es una maravilla, sobre todo para los que vivimos en regiones alejadas de los grandes centros culturales. Gracias a la red  podemos escuchar infinidad de música, encargar libros (o bajar e-books, pero a mí los libros me siguen gustando en papel) y ver películas y series de televisión, esto último, además, en  versión original, algo que, al menos en las ciudades pequeñas, es casi imposible por otros medios. Por no hablar del acceso instantáneo a información de todo tipo. De haber existido Internet cuando yo era pequeña, a los pocos minutos de haber escuchado a Sonny Rollins en la radio ya hubiera sabido la vida de este músico, los discos que grabó y podría haber escuchado un montón de temas suyos, por ejemplo en  Spotify (todo legal)… lo que no sé es si hubiera llegado a conocerlo. Quiero decir, que Internet es genial para buscar y profundizar sobre temas que ya conoces pero para conocer algo nuevo, creo, seguimos dependiendo del azar o de que alguien nos lo enseñe. Está bien buscar y escuchar la música que nos gusta pero hay un montón de música que no sabemos si nos gusta simplemente porque no la conocemos. Por eso, yo sigo escuchando la radio y navegando de blog en blog de vez en cuando: siempre hay perlas esperando a ser descubiertas. Pero el caso es que las aplicaciones de Internet cada vez son más inteligentes (bueno, los programadores son cada vez más hábiles) hasta el punto de que los motores de búsqueda guardan nuestras preferencias para ofrecernos solo lo que supuestamente nos interesa. Al final, corremos el riesgo de quedar atrapados en nuestra propia burbuja de intereses. Hay quien ve en esto una nueva forma de censura.

Pienso ahora en las escuelas donde los niños tienen acceso a Internet y por tanto, en teoría, acceso ilimitado a contenidos culturales de todo tipo. Hay más facilidades ahora que en ninguna época de nuestra historia sin excepción y, sin embargo, el mundo de los chicos es en general muy pobre, quizás más pobre que en épocas anteriores (y mira que no me creo eso de que toda época pasada fue mejor). Con la red, los chicos se sumergen en lo que ya conocen y aprecian, lo que suele coincidir, cuando no hay estímulos ni referentes culturales, con los  productos difundidos por los medios de masas y la publicidad para entretener a los niños y adolescentes. Al menor descuido, acaban viviendo dentro de una burbuja que, eso sí, gracias a Internet, pueden amueblar cómodamente y siempre a su gusto. Desde luego  tampoco ayuda la actual corriente pedagógica que dice que los temas tratados en la escuela tienen que ser cercanos a los intereses de los niños. Y es que no dudo que ciertos conceptos se transmitan mejor partiendo de ejemplos y situaciones próximas a su realidad pero, por otro lado, me parece que la escuela tiene la obligación de ofrecerles estímulos diferentes con los que enriquecer sus vidas. Después cada uno acaba formando su criterio, obviamente, y nadie es mejor porque le guste la ópera y no el fútbol  del mismo modo que se pueden adorar los productos Disney y ser una bella e interesantísima persona. Ahora bien, a todos los niños se les debe ofrecer la oportunidad  de ser snobs llegado el caso.  🙂

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2 Respuestas a “Burbujas

  1. Como amante del jazz, agradezco esta entrada que difunde cierta sensibilidad hacia este estilo musical (mis gustos son más bien años 20-30).

    Interesante lo que comentas sobre la nueva censura. Es una especie censura autoimpuesta por las elecciones que hacemos cuando navegamos por Internet. Así, si mantenemos un punto de vista sobre algún tema, Internet nos proporcionará material de lectura que continuamente lo refuerza, creando de esta manera “bandos de opinión” cada vez más atrincherados. Por eso creo que la lectura de material escrito escogido por nosotros en el mundo real de las librerías y bibliotecas de toda la vida sigue siendo un factor poderoso para escapar a esa “visión de túnel”. Sobre este tema hay varios libros publicados en Amazon (gran paradoja, ya que esa tienda virtual diseña sus recomendaciones de lectura según nuestro historial de compra).

  2. Cierto, Plutarco. Imagino que todos tenemos tendencia a meternos en un círculo de ideas y gustos semejantes para reafirmarnos en nuestras convicciones. Pero normalmente se tiene conciencia de ello. Con Internet, sin embargo, se me ocurre que es más fácil perder la perspectiva porque no controlamos el proceso. Yo honestamente creía que google daba siempre los mismos resultados para las mismas palabras clave en cada idioma pero resulta que tiene en cuenta las preferencias previas. Y algo así hacen también los buscadores de Amazon y otras tiendas online, como has comentado. También es conveniente asumir que no todo está en Internet. Parece una obviedad pero como la información es inabarcable es fácil dejarse engañar.

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