Archivo mensual: noviembre 2011

El plagio, la copia y los valores éticos

Si algo me llama la atención de las películas americanas de estudiantes, además de las referencias al béisbol y los bailes de graduación con sus ramitos de flores asidos a la muñeca, es el drama que se monta cuando descubren que un alumno ha plagiado un trabajo académico o ha copiado en un examen. Recuerdo en una serie de adolescentes que vi hace poco, y cuyo nombre me da vergüenza escribir, que a una de las protagonistas le impedían graduarse, y de camino entrar en una universidad de prestigio en donde había conseguido plaza, porque se descubrió que había entregado una redacción copiada (al final se supo que no fue ella, sino su novio que había dado el cambiazo al quedarse dormida y bla, bla). El caso es que en los países anglosajones parecen ser increíblemente rigurosos con estos temas. De hecho, he encontrado publicados en internet códigos de conducta de distintas universidades estadounidenses y británicas y en todas se recogen procedimientos muy estrictos, que prevén la expulsión definitiva del estudiante en algunos casos, para lidiar con los plagios académicos. Confieso que me dan envidia.

No hace falta decir que en España la situación es bien distinta. Claro que los buenos profesores hacen hincapié en que los trabajos de los alumnos tienen que ser originales, aunque quizás más por intentar que la actividad sea pedagógica que por cuestionar la falta de ética que supone dar por propio el trabajo ajeno. De cualquier modo, esta es una batalla perdida y la situación de mi serie de adolescentes americanos es totalmente inimaginable en España (sin mucho esfuerzo puedo visualizar al padre de la chica amenazando al profesor, a los compañeros del claustro presionándolo, etcétera). Plagiar un trabajo académico es tan habitual en todos los niveles educativos —y más ahora que con google sólo hay que copiar y pegar un texto— que hasta me atrevería a decir que muchos alumnos ni siquiera saben que hacerlo no está bien. Un estudio con una muestra de casi 40000 estudiantes universitarios arroja el (nada sorprendente) dato de que un 60% admite haber copiado sus trabajos académicos de  páginas de internet tipo “El rincón del vago”  (¿hay portales equivalentes en otros idiomas?). Es más, está tan aceptado, que hasta hay casos en la universidad española (esa pintoresca institución) de profesores que han sido promocionados a catedráticos aun habiéndose probado que el proyecto docente que presentaron al concurso había sido plagiado.

En cuanto a la copia en los exámenes, pues otra que tal baila. Es una práctica tan ‘nuestra’ que hay miles de ejemplos en la cultura popular de historias sobre como pasar chuletas, o ingenios similares, sin que se cuestione jamás la integridad del estudiante pícaro. En un debate por internet con algunos de mis compañeros de clase, me llamó la atención que justificaran la copia en los exámenes como una opción válida. Si no te pillan, comentaban, es que has tenido suerte y no hay nada malo en eso. Incluso llegaron a decir que era más justo que se le restara nota a un alumno que no va a clase que a uno que hubiera sido sorprendido copiando.

¿Y por qué me dan envidia los sistemas que amenazan con expulsar a los alumnos tramposos? Pues porque de aquellos barros, estos lodos, y no hace falta ser un lince para comprender que la falta de ética en los asuntos académicos deviene fácilmente en falta de ética y corrupción generalizada. Los valores humanos se trasmiten con el ejemplo, desde que somos niños, y no basta con poner un PowerPoint de diez a once explicando lo bonita que es la honestidad: entre todos tenemos que intentar que el sistema sea coherente y aprecie la honestidad y la integridad como valores a los que aspirar. Al revés que la mujer del César, el sistema no sólo tiene que parecer honrado, sino serlo. Paradójicamente, los amigos del PowerPoint con moralina son los que repiten como un mantra aquello de “es más importante la formación humana que el conocimiento”, afirmación que, dicho sea de paso, supone implícitamente que ambos conceptos están enfrentados, vaya usted a saber por qué. En resumen, creo que el sistema debe dejar claro que ciertas práctica son graves y no meros ‘pecadillos de estudiante’. Obviamente no hablo de expulsar del centro a un niño de primaria que haya copiado de la wikipedia su redacción sobre la fotosíntesis (algo que además de absurdo es ilegal) pero sí de hacer ver muy claramente, mucho más de lo que es habitual, la importancia de la ética en el trabajo.

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El Sistema Solar para niños

Como trabajo de clase he creado una web educativa, en este caso sobre el Sistema Solar,  usando material que ya había publicado en el blog. Puedes acceder pinchando sobre la imagen:

He usado una de las plantillas de wix.com que es un sitio que permite crear páginas directamente en flash y que, además de ser relativamente sencillo, tiene iconos y gráficos muy atractivos. He descubierto también un generador de tests online realmente fácil de usar. Aunque me he quedado contenta con el resultado desde el punto de vista estético, me parece que presentar el texto de esta manera no tiene ventajas evidentes sobre hacerl0 en papel. En cualquier caso, creo que de las actividades y de la sección de historia se puede extraer material interesante para una clase.

Viejas tecnologías (I)

Al final el libro resultó ser una tecnología con bastantes prestaciones:

  • Para acceder a la información sólo hay que abrirlo.
  • Puede almacenar cientos de páginas de texto.
  • Se puede avanzar y retroceder en el texto con un simple movimiento de muñeca.
  • La información queda almacenada todo el tiempo que uno quiera.

El lado oscuro de la red

El uso masivo de ordenadores  en las aulas, en lo que se ha venido llamando escuela 2.0, es una experiencia relativamente nueva en España. Hace algún tiempo, sin embargo, que se llevan a cabo planes menos ambiciosos para dotar a muchos centros de equipos informáticos ofreciendo elementos para evaluar el potencial de esas  tecnologías en la enseñanza. Con todo, no parece que hasta ahora se haya hecho ningún estudio sistemático sobre los efectos de los ordenadores en el aprendizaje. En general se habla de alfabetización digital dando por supuesto que tiene ventajas educativas adicionales pero sin citar ninguna investigación que lo corrobore. Y paradójicamente los pocos estudios que se han hecho en España han encontrado una correlación entre el número de ordenadores por centro y el bajo rendimiento de los alumnos. Es más, en otros países, donde hace ya muchos años que las nuevas tecnologías en las escuelas – más o menos avanzadas según la época – son una realidad, los resultados tampoco han sido los esperados. A continuación he copiado un fragmento del libro “Superficiales”, de Nicholas Carr, donde habla de la dificultad de los alumnos para comprender textos cuando se presentan en formato digital con hipervínculos.

Allá por los años ochenta, cuando los centros educativos comenzaron a invertir seriamente en informática, reinaba el entusiasmo respecto las aparentes ventajas de los documentos digitales sobre los impresos en papel. Muchos educadores estaban convencidos de que la introducción de hipervínculos en el texto que mostraban las pantallas iba a ser una bendición para la enseñanza. Argumentaban que el hipertexto fortalecería el pensamiento crítico de los alumnos, al ofrecerles la oportunidad de permutar fácilmente distintos puntos de vista. Liberados de la finitud de la página impresa, los lectores establecerían todo tipo de nuevas conexiones intelectuales entre distintos textos. El entusiasmo que el hipertexto suscitaba en el ámbito académico se avivó aún más debido a la creencia, acorde con las teorías posmodernas entonces en boga, de que el hipertexto derrocaría la autoridad patriarcal del autor, transfiriendo el poder al lector.  Iba a ser una teoría de la liberación. (…)
Hacia el final de la década el entusiasmo había empezado a disiparse. La investigación pintaba un cuadro más completo y muy diferente de los efectos cognoscitivos del hipertexto. Resultó que evaluar enlaces y navegar por una ruta a través de ellos implicaba la realización de muy exigentes tareas de resolución de problemas ajenas al acto de leer en sí mismo. Descifrar hipertextos es una actividad que incrementa sustancialmente la carga cognitiva de los lectores; de ahí  que debilite su capacidad de comprender y retener lo que está leyendo. Un experimento de 1989 demostró que los lectores de hipertextos a menudo acababan vagando distraídamente “de una página a otra en lugar de leerlas atentamente”. Otro experimento, de 1990, reveló que los lectores de hipertextos, a menudo “no eran capaces de recordar lo que habían leído y lo que no”. En un estudio de ese mismo año, los investigadores hicieron que dos grupos de personas respondieran una serie de preguntas mediante consultas a un conjunto de documentos. Un grupo consultó documentos electrónicos dotados de hipertextos, mientras que el otro consultó documentos tradicionales impresos en papel. El grupo que consultó documentos impresos superó en rendimiento al grupo dotado de hipertextos a la hora de realizar una tarea. Al revisar los resultados de estos y otros experimentos, los editores de un libro de 1996 sobre hipertexto y cognición escribieron que, puesto que el hipertexto “impone al lector una carga cognitiva más alta” no es sorprendente que las comparaciones empíricas entre la presentación en papel (una situación familiar) y el hipertexto (una situación nueva y exigente desde el punto de vista cognoscitivo)  no siempre favorezcan al hipertexto”. Pero predijeron que a medida que los lectores fueran adquiriendo una “mayor alfabetización en hipertextos”, los problemas cognoscitivos probablemente disminuirían.
No ha sido así. Aunque internet haya convertido al hipertexto en un lugar común, incluso ubicuo, las investigaciones no dejan de demostrar que la gente que lee texto lineal entiende más, recuerda más y aprende más que aquellos que leen texto salpimentado de vínculos dinámicos

Sorprendentemente, tales evidencias no han hecho replantearse a las autoridades educativas la conveniencia de acometer un plan tan ambicioso como el de la escuela 2.0. Es cierto que en los tiempos que corren las tecnologías de la información y la comunicación son omnipresentes en nuestra sociedad, pero también es cierto, como decía Neil Potsman, que todo cambio tecnológico implica un compromiso. La tecnología da y la tecnología quita. Esto significa que para cualquier ventaja que la tecnología ofrece, siempre existe su correspondiente desventaja. Ahora hay que decidir si las ventajas superan a los inconvenientes. Y, al menos en la escuela primaria, el uso de ordenadores como herramienta habitual en el trabajo del día a día, tiene un costo demasiado alto que quizás no debamos asumir.

Niños dispersos, adultos sumisos

No cabe duda de que con internet se ha generalizado el acceso a la información. Ahora todos tenemos la posibilidad de conocer un montón de datos y opiniones que hace unos años eran patrimonio exclusivo de una cierta élite cultural. No es extraño que los pedagogos se maravillen del tremendo potencial educativo de la red. Que lleven su entusiasmo hasta el punto de pensar que las nuevas tecnologías de la información provocarán el advenimiento de una nueva generación de humanos libres, racionales y críticos, es más difícil de entender. Sorprendentemente, muchos piensan que, gracias a internet, la mente queda liberada de tener que retener grandes cantidades de información y así, simplemente conociendo la dinámica de los procesos en los que ésta se encuadra, los niños son capaces de desarrollar sus capacidades mentales y producir una calidad superior de razonamiento (algo así he leído por ahí). Es curioso considerar que la información es un lastre para el aprendizaje y al mismo tiempo sobrestimar su valor de esta manera. También es curioso, cuando no terriblemente ingenuo, pretender estimular el razonamiento profundo y la capacidad de análisis a través de la acumulación pasiva y acrítica de datos. Se olvidan de que la información no vale nada si no se transforma en conocimiento. Y para hacerlo, es preciso, primero, saber distinguir el trigo de la paja y después saber digerirlo e incorporarlo a la propia experiencia. No basta pues con generalizar el acceso a la información sino que se necesita atención, comprensión y reflexión, tres cosas que internet no fomenta precisamente. Como se dice en un reciente artículo de opinión aparecido en El País: “Internet facilita el acceso a la información, pero el acceso al conocimiento aún tiene que alcanzarse a través de los usos de siempre. Leer con concentración, atención y en silencio todavía no es algo arcaico y prescindible, se haga a través de cualquier soporte. Lo mismo que la lectura debe ser total y no parcial. La cultura y el conocimiento siempre se obtendrán estudiando: es decir, leyendo. (…) Internet ofrece tal cantidad de posibilidades que finalmente acaba distrayendo la atención antes reflexiva, concentrada, atenta de la mente lineal ahora desplazada por otra nueva que quiere diseminar información resumida, superficial, poco conflictiva.”

Viñeta de El Roto. Pinchando sobre la imagen se ve más grande.

La capacidad de análisis crítico no surge de la asimilación de información, por el contrario, para poder asimilar la información es necesario saber analizarla críticamente. Está claro que el mundo ahora es y será distinto. Los archivos digitales difundidos en la red tienen cada vez más peso como transmisores de la cultura. Siempre se dice que la escuela no puede dar la espalda a los avances tecnológicos y es cierto: hay que preparar a los niños para que sepan desenvolverse en el mundo que les ha tocado vivir. Pero, precisamente por la sobreexposición continua de información que la tecnología facilita, el mundo en el que nos está tocando vivir necesita más que nunca de personas críticas para lo que es imprescindible, insisto, desarrollar la capacidad de atención y reflexión. Es decir, paradójicamente, para que internet acabe siendo un medio realmente enriqucedor, es necesario primero que el niño se haya formado en los usos de siempre (lectura comprensiva, memorización por ejemplo de poemas – actividad hoy con muy mala prensa pero que era uno de los pilares de La Institución Libre de Enseñanza, análisis crítico de textos…), y no exponerlo a caudales de datos dispersos  que generalmente no podrá asimilar porque no tiene la madurez, la formación y, sobre todo, los esquemas mentales para hacerlo. No por miedo a las tecnologías, sino por una simple cuestión de prioridades: la escuela debe, en primer lugar, enseñar a pensar para formar ciudadanos libres, que es lo que se pretende, ¿o no?