Mucho, mucho ruido

En este país, encontrar un lugar donde no se oiga otra cosa que los sonidos de la naturaleza es tremendamente difícil, por no decir imposible.  Los inevitables sonidos propios de la actividad humana cotidiana son con frecuencia superados por los ruidos que impone el sector de la ciudadanía que no reconoce el derecho ajeno a disfrutar del silencio. Aunque este derecho se ve recogido en leyes y ordenanzas municipales, lo cierto es con frecuencia las normas son incumplidas por los propias instituciones públicas (basta echar un vistazo a los programas de las fiestas de cualquier municipio – en las fiestas de mi ciudad se obliga a los vecinos a convivir durante un mes, ¡un mes!,  con espectáculos musicales de todo tipo). Es más, se diría que los niños son adoctrinados desde pequeños con actividades en las que se relaciona la diversión con la música o los sonidos estridentes. No se conciben actividades infantiles, desde talleres de pintura hasta partidillos de baloncesto, sin música machacona, bocinas y altavoces con gritos o comentarios de algún animador sociocultural. Ahora parece que los niños tienen que vivir en medio de un parque temático continuo, todo luces, colores y música. No sé cuantas veces tuve que escuchar este verano cierta canción de Rihanna, que la hija de tres años de una amiga bautizó como “Caca, jamón”, como fondo de actividades infantiles que se podrían – deberían – haber desarrollado en silencio (que, a propósito de la canción, menos mal que normalmente los niños no saben inglés porque tela con la letra – daba pena ver a los chiquillos con su plastilina y de fondo no sé qué de “me excitan las cadenas”… y no sigo que me censuran el blog. En fin). Y si esta es la situación en la calle, en casa la cosa no es mucho mejor. No son raros los hogares donde la televisión está encendida a todas horas. Hoy todos nos escandalizamos porque hay niños en las ciudades que nunca han visto animales de granja y piensan que los huevos se fabrican  y que la leche viene del mismo sitio que la Coca-Cola. De lo que a veces no nos damos cuenta, es de que hay niños que probablemente no saben lo que es el silencio porque jamás han tenido la oportunidad de sentirlo. El silencio forma parte del patrimonio natural que negamos sistemáticamente a nuestros hijos.

"White Noise", foto de Vietkatthroughlense (http://vietkatthroughlense) bajo licencia Creative Commons.

Pero, ¿por qué debería importarnos esto? No es sólo que a mí me moleste el ruido (que me molesta) o que me haya convertido en la típica cascarrabias (que no lo he hecho), el tema es que tantos estímulos banales no son buenos para la salud mental de nadie y menos la de los niños. La continua falta de atención de los más pequeños y su incapacidad para concentrarse mínimamente en cualquier actividad empieza a ser preocupante. Y, desde luego, llegar a la escuela y perderse en Internet tampoco ayuda. Y es que hoy sabemos que estar en un entorno tranquilo ayuda a mejorar la atención, la memoria y en general la cognición. Pero no sólo el pensamiento profundo requiere una mente tranquila y atenta, también la empatía y la compasión. Por ejemplo, el trabajo del neurólogo portugués Antonio Damasio indica que cuanto más distraídos nos volvemos, más nos cuesta experimentar las formas más sutiles y más claramente humanas de la empatía, la compasión y otras emociones. En medio de una confusa sucesión de estímulos cambiantes es difícil reflexionar sobre nuestras propios sentimientos y asimilar las emociones ajenas. Concluir que vivir rodeados de ruidos nos hace peores personas sería quizás caer en el sensacionalismo. Lo que está claro es que la tranquilidad es un derecho y así debemos hacérselo sentir  a nuestros hijos.

PD: Hay un artículo muy interesante sobre este mismo tema aquí.

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