El hábito de lectura (I): el papel de la escuela

Mucho ha sido el empeño que generaciones de maestros han puesto para transmitir a los niños el amor a la lectura. Y, viendo los resultados, muchos han sido los errores que han cometido. En primer lugar, hablamos de “transmitir” cuando lo cierto es que no se puede transmitir algo que no se tiene: ni la formación ni los criterios de selección del personal docente, aseguran que los maestros sean buenos lectores o que tengan si quiera cierta cultura literaria. Es decir, pese a los decretos, el propio sistema no da valor a lo que después pretende que sí sea valorado en la escuela. Si los adultos a los que se les encomienda la educación de las nuevas generaciones no leen, ¿por qué iban a hacerlo los niños? En segundo lugar, se puede pensar que el amor a los libros sólo se puede inculcar desde casa, con el ejemplo. Un niño que vea a sus padres disfrutar de la lectura tiene más probabilidades de convertirse él mismo en un buen lector. Aunque la realidad nos dice que esta implicación existe, aceptarla como única situación posible, conlleva admitir el fracaso del sistema educativo. Precisamente, cuanto peores son las circunstancias familiares, más necesaria es la intervención escolar. Por eso creo que los argumentos tipo “en las escuelas tiene que haber ordenadores, internet y televisión porque es lo que los niños tienen en casa y es lo que exige la vida moderna” me parecen un error: precisamente porque eso es lo que tienen en casa, es nuestra obligación ofrecerles estímulos diferentes con los que enriquecer sus vidas.

Tradicionalmente, el tema de la animación a la lectura se ha tratado desde dos ángulos diferentes. Por un lado, la llamada escuela tradicional aboga por lecturas comunes a todo el grupo, acompañadas de actividades relacionadas (resúmenes, preguntas de comprensión, descripción de personajes…). Este enfoque tiene la ventaja de ser sistemático y de trabajar a la vez otros contenidos como sintaxis y vocabulario, por ejemplo. Sin embargo, no toma en consideración la diversidad de intereses y capacidades que indefectiblemente se reúnen en un aula, pero sobre todo tiene, a mi juicio, la gran desventaja de relacionar la lectura con las tareas escolares, ingratas para el común de los niños. Las nuevas tendencias pedagógicas, por otro lado, basan sus estrategias de animación a la lectura en juegos y estímulos que poco o nada tienen que ver con el acto de leer (escuchar a un cuenta cuentos, diseñar una campaña publicitaria animando a la lectura, ver dibujos animados basados en alguna novela…). Aunque es de agradecer un planteamiento más lúdico, no está claro de qué manera pueden estas actividades fomentar la lectura entre los niños: que se disfrute de una película no implica lo mismo de un libro. Además, si de gozar se trata, hay que reconocer que los libros no pueden competir con los dibujos animados en la tele, los videojuegos, las búsquedas en internet y todo eso que los niños tienen en casa. O mejor, no podrán competir mientras los críos no tengan la destreza y la comprensión lectora suficiente para conseguir experimentar el placer de ir adentrándose poco a poco en una historia. Y entonces entramos en un círculo vicioso: no leen porque no les gusta y no les gusta porque no leen. Y aun así a algunos nos les gustará nunca.

Supongo que a la postre se trata de acercar estas dos posturas que, pese a parecer enfrentadas, envían en realidad el mismo mensaje: “leyendo no hay diversión”, la primera, y “donde hay diversión no hay lectura”, la segunda. Primero hay que asumir que en la escuela (y en la vida) no todo tiene que ser divertido (¡anda, lo que ha dicho!) aunque tampoco esté de más investigar qué es lo que produce placer y en qué condiciones. Así por ejemplo, si no a todos nos gustan los mismos libros, lo lógico es que los niños tengan libertad para escoger sus propias lecturas; si los adultos agradecemos un consejo sobre una obra que desconocíamos y que al cabo acabamos disfrutando, también los niños pueden apreciar que les presentemos nuevos autores. En cualquier caso, la regla de oro es la siguiente: nunca se debe subestimar la capacidad de un niño.

A este respecto, me gustaría compartir dos reflexiones. La primera es de Albert Camus, que en su libro “El primer hombre” (que recomiendo fervientemente) escribió:

“No, la escuela no sólo les ofrecía una evasión de la vida de familia. En la clase del señor Bernard por lo menos, la escuela alimentaba en ellos un hambre más esencial todavía para el niño que para el hombre, que es el hambre de descubrir. En las otras clases les enseñaban sin duda muchas cosas, pero un poco como se ceba a un ganso. Les presentaban un alimento ya preparado rogándoles que tuvieran a bien tragarlo. En la clase del señor Bernard, sentían por primera vez que existían y que eran objeto de la más alta consideración: se los juzgaba dignos de descubrir el mundo.”

La segunda reflexión la tomo prestada del blog “El Café de Ocata“.  Su autor escribe:

Cada vez que oigo a un educador defender que el fin principal de la educación es hacer felices a los niños, me entran unas ganas enormes de preguntarle: “¿Y por qué se cree usted con derecho a poner tan bajo el listón de aspiraciones de sus alumnos?”.

Decía Goethe que la felicidad es una aspiración plebeya. Lo es, sobre todo, cuando se confunde con un confort de aspiraciones minimalistas: tener lo suficiente para vivir sin apreturas, no meterse con nadie y que nadie se meta con uno. O sea, con un autismo apolítico (pero a ser posible, subvencionado). Es, en este sentido, la aspiración de quien renuncia a vivir a la intemperie y busca refugio en la jibarización de su alma. ¡Para ser feliz de esta manera con ser inconsciente, insensible y no pasar hambre ya hay suficiente! (…)

Anuncios

2 Respuestas a “El hábito de lectura (I): el papel de la escuela

  1. El ordenador generalmente es “una lapicera sofisticada” y no la gran herramienta pedagógica. Una vez me emocioné cuando vi que unos alumnos habían decorado su aula con el sistema planetario a escala hecho con papel de periódico. No creo que hubieran aprendido mejor con un ordenador.

  2. Me ha encantado lo de “lapicera sofisticada”. A veces nos deslumbramos y pensamos sólo por hacer clic con un ratón ya estamos aprendiendo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s