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El Jonathan y la Jessica

A muchos de los profesores que conozco les encanta contar anécdotas sobre los alumnos de entornos marginales o, simplemente, de clase media-baja. Las Jessicas y los Jonathan, los llaman. La Jessica se enteró por el Tuenti que el novio se los ponía con la Melanie y acabaron enganchadas de los pelos en el patio. El Jonathan estaba viendo un vídeo de zombies en clase de tecnología. A los Jonathanes y a las Jessicas no les gusta leer, mucho menos estudiar; su vocabulario es muy limitado y no suelen prestar atención a lo que se les dice. Y los padres son todavía peores, nos cuentan. ¿Te puedes creer que sólo vienen a preguntar por qué has suspendido al niño? Concluyen los profesores que es muy difícil trabajar con chicos así, que no se esfuerzan, que no tienen interés por nada y que encima faltan al respeto. Con las aulas llenas de Jessicas y Jonathanes ¿a quién le extrañan los resultados de PISA?

Y es verdad: tiene que ser muy difícil trabajar con chicos así. Dificilísimo. Tan difícil que es posible que ni siquiera el mejor profesional con la mejor voluntad del mundo consiga hacer de ellos unas personas mínimamente formadas y responsables. Pero desde luego Jonathan y Jessica no son los enemigos. Tampoco se merecen ser carne de chascarrillo clasista escasamente disimulado. De hecho, el sistema se debe, sobre todo, a las Jessicas y los Jonathanes de este mundo, porque son los que menos recursos tienen, si no de dinero, sí culturales. Por eso, artículos como este publicado hace ya algún tiempo en la web de Deseducativos, donde un profesor se lamentaba de que sus alumnos arrabaleros no sabían tomar apuntes, me producen desasosiego. Primero, porque el recurso supuestamente humorístico de referirse a los estudiantes como Jennifer – ¿será la hermana de Jessica? – y Jonathan, denota en realidad una actitud bastante soberbia y clasista. Lo que viene a decir nuestro indignado profesor, en el fondo, es que con unos hipotéticos Borja Mari y Mari Pili, estas cosas no pasarían, porque de todos es sabido que los que no han crecido en un polígono tienen otras inquietudes de orden superior. Segundo, porque el discurso esconde una de la mañas más rancias de la tradición educativa española: no es malo que los alumnos no entiendan lo que leen y no sean capaces de hilvanar dos pensamientos, no, lo realmente terrible es que no sepan tomar apuntes. Apuntes que, al tratarse de un material propio, es mucho más sencillo su estudio, su comprensión y su memorización. El pensamiento de Platón condensado en los cinco ítems expuestos por el profesor. No cuatro, ni seis: cinco. Tomen nota, muchachos.

En la misma línea va este extracto de un artículo de Le Monde que he encontrado en el blog de Sergio del Molino (los invito a que lean su post, que es mucho más interesante y está mejor escrito que este):

Nuestra época tiene la pasión del documento “bruto”. Tiende a creer que para asir el mundo “real” son preferibles las anécdotas vacuas y las citas soltadas tal cual, a las investigaciones eruditas. De ahí la proliferación de publicaciones que husmean en los archivos o de testimonios sin acompañamiento de un elemental aparato crítico. Incluso se reivindica esta actitud: en este libro, dicen los autores, no hemos teorizado, eso se lo dejamos a los “especialistas”. Pero llega el caso en el que esa postura se vuelve contra su autor.

Vean el breve volumen publicado bajo el título Mots d’excuse (Notas de excusa). Antiguo docente, Patrice Romain propone una selección de los correos que los padres de sus alumnos le han enviado en el transcurso de dos decenios de enseñanza. Después de mucho tiempo, el profesor de escuela había cogido la costumbre de exhibir estas pequeñas notas en la sala de los profesores para hacer reír a sus colegas. Un día, tuvo la idea de publicarlas, con su sintaxis y ortografía originales. Después de su aparición, el 26 de agosto, el librito ha encontrado un fuerte eco. Periódicos y radios citan jugosos extractos y su autor ha sido invitado al Telediario de France 2. Interrogado por Le Monde, confía: “Este libro ha sido escrito con mucha ternura, he elegido los textos más pintorescos, es un guiño destinado a hacer sonreír”. Pero en la lectura no hay nada que produzca realmente regocijo. Página tras página, estas notas voladas, estas palabras íntimas que no estaban destinadas a ser publicadas hacen aflorar la vida frágil, la violencia de lo cotidiano. ¿Quieren reírse? “Señor director, disculpe a Sophie V. por su ausencia no he podido presentarme con ella porque su padre me ha encerrado y no puedo salir”. ¿Una buena carcajada? “Aura que es el ramadan, ¿ba ha dejarnos tranquilos con sus istorias de vurlarse de brahim? Espero que sí. Grassias por su respeto”. ¿Aún no se han reído? “Como nos han echado de la seguridad social, no he podido llevar a Cyril al médico. Espero que me disculpe por su diarrea”.

Como prueba de esa “ternura”, Patrice Romain confiesa que, progresivamente, él mismo ha cambiado su forma de ver estas notas de excusa: “Es verdad, en la relectura, es menos divertido, uno se dice: “Esto refleja la miseria de nuestra sociedad. Es un poco duro, pero es una fotografía”. Cierto. Pero toda la perversión viene justamente del hecho de que ninguna fotografía es neutra, y estas se presentan sin leyenda. En su desorden aparente, las “notas de excusa” dejan entrever una sociedad de orden, un universo donde cualquier reto a las reglas se sanciona con la exclusión de los más débiles, los que son “inexcusables”. Para entenderlo, habría hecho falta inscribir estas escrituras precarias en su contexto cultural y social. “La restitución fascinada no es suficiente”, remarcó la historiadora Ariette Fargue en su magnífico ensayo Le Goût de l’archive. Decididamente, el documento bruto no es más “objetivo” ni más “verdadero”. Simplemente, es “brutal”.

Citando una vez más a Camus, el profesor debe hacer sentir a los niños que son dignos de descubrir el mundo.  Pero, ¿cómo hacerlo cuando los mundos parecen tan diferentes? Yo no tengo la solución. Tampoco estoy segura de poder hacerlo mejor que otros. Lo que sí sé es que Jessica y Jonathan no son un lastre para el sistema. Son, por el contrario, los que con más fuerza justifican la existencia de un sistema público, obligatorio y gratuito. Conviene no olvidarlo.

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El adversario y Monsieur Lazhar

Acabo de terminar “El adversario“, un libro de Emmanuel Carrère sobre la espeluznante historia de Jean-Claude Romand, el ciudadano francés que en 1993 mató a sus hijos, a su mujer y a sus padres, e intentó, sin éxito, quitarse la vida. Las investigaciones tras los asesinatos revelaron algo sorprendente: el doctor Romand no era quien decía ser. No era un alto funcionario de la Organización Mundial de la Salud en Ginebra; tampoco era médico; ni siquiera llegó jamás a aprobar el segundo curso de medicina. Jean-Claude Romand se inventó una vida entera. Hizo creer a todos que por su condición de funcionario de la OMS podía abrir cuentas en Suiza con condiciones ventajosas, y  amigos y parientes no dudaron en confiarle alegremente sus ahorros. De ellos vivía. Disfrutaba así de una situación acomodada, con casa y jardín, en un pueblo residencial de altos funcionarios y diplomáticos, próximo a la frontera. Todo parecía idílico. Pero llegó un día en que creyó no poder seguir sosteniendo la impostura y decidió matar a aquellos en los que veía reflejada su propia vergüenza.

Cubierta de la novela de Emmanuel Carrère, El adversario (imagen extraída de http://aventuraenlaisla.blogspot.com.es).

Cubierta de la novela de Emmanuel Carrère, El adversario (imagen extraída de aventuraenlaisla.blogspot.com.es).

Esta es una historia trágica que admite muchas lecturas. ¿Cuál es la naturaleza de los asesinos? ¿Quiénes somos realmente? ¿Qué define nuestra identidad? Sin embargo, a mí me ha hecho pensar en el desapego. Aunque no hay más culpable que el propio Jean-Claude, los sucesos nos muestran la cara amarga de una sociedad deshumanizada y aséptica. Porque, en el fondo, las mentiras del falso médico eran lo suficientemente chapuceras como para ser descubiertas por cualquiera que hubiera mostrado un mínimo interés por su vida. Pero nuestro protagonista tenía compañeros de estudios que no lo echaban de menos cuando faltaba a los exámenes. Tenía padres  a los que no extrañó su actitud huidiza. Tenía una mujer que jamás lo llamó al despacho ni lo acompañó al médico cuando este declaró – mintiendo nuevamente – padecer cáncer. Ni siquiera la amante pareció mostrar especial sensibilidad ante los problemas de salud de Jean-Claude, que ella creía reales. Me pregunto si el exceso de respeto hacia la individualidad ajena no esconde cierta dosis de egoísmo ¿Dónde termina la consideración y empieza la indiferencia?

Todo esto me ha hecho recordar una anécdota de la infancia. Cuando tenía cinco o seis años, me destrocé un pie al meterlo por accidente entre la cadena y la rueda de la bicicleta, yendo de paquete con mi hermana. Recuerdo que mientras mi padre me llevaba en brazos por el pasillo, en la que fue mi primera visita a un hospital, me decía que no mirara a las habitaciones, tratando de evitar, supongo, que viera alguna escena desagradable. La experiencia me sirvió para aprender dos cosas: en primer lugar, que el sufrimiento ajeno puede hacer daño y en ocasiones está permitido ignorarlo; y, en segundo lugar, que hay que mantener los pies alejados de las ruedas cuando se va en bicicleta. El caso es que, como en el hospital, en la hipercivilizada Europa del doctor Romand, nadie quiere mirar dentro de las habitaciones. Para no sentir la penosa emoción ante el dolor ajeno – la impaciencia del corazón decía Stephan Zweig -  la hemos  intelectualizado y transformado en corrección política. El egoismo se viste con la piel de cordero del supuesto respeto a la libertad individual. Nos hemos convertido en seres asépticos y plastificados con la mirada fija en el fondo del pasillo.

Esta situación se ha trasladado a la escuela, donde el espíritu Disney pugna por imponerse. El miedo, o quizás la impaciencia del corazón, llevan a los educadores a ocultar a los niños, con las mejores intenciones, el dolor, el sufrimiento y la muerte. Pero olvidan que muchos ya los llevan con ellos. Este es uno de los temas de la maravillosa película canadiense “Profesor Lazhar“. En una escuela primaria, un niño encuentra colgada de una viga a una maestra que se ha ahorcado en su propia aula. Se trata de situación traumática para todos, pero no se permite hablar abiertamente de ella. Las preguntas, el duelo, hay que dejarlos para la hora de después de matemáticas y antes del recreo, que es cuando la dirección del centro ha  programado unas clases especiales con una psicóloga. Trabajar con niños es como tratar con material radiactivo: no los puedes tocar, dice un profesor en la película refiriéndose al contacto físico, aunque bien podría haber hablado de las emociones: no se les puede tocar el alma.  Solo el sustituto de la profesora muerta, Monsieur Lazhar, quien a su vez vivió una situación muy dolorosa en Argelia que lo llevó al exilio, es capaz de acercarse a los temores de los niños, animándolos a contar sus experiencias. Su actitud choca con el entorno: queremos que enseñe a nuestra hija, no que la eduque, dicen unos padres, olvidando que tal cosa es imposible, porque todo educa, por acción o por omisión, para bien o para mal. La corrección política, el respeto mal entendido, están dejando a los niños sin el abrigo moral que necesitan.

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Sobre la ortografía: una postura iconoclasta

La ortografía es el conjunto de normas que regulan la escritura de una lengua.  Estas normas son necesarias pero no conviene olvidar que se han establecido por convenio. Y tampoco que tienen una finalidad fundamentalmente práctica: en primer lugar facilitar la lectura de un texto y en segundo, como efecto secundario, señalar el estatus del que escribe.  Escribo esto a propósito de un debate – que empezó aquí y siguió aquí – donde se hablaba de la supuesta finalidad ética de la ortografía, en cuanto relación de amor con el lenguaje. Decían quienes defendían esta postura que escribir bien es un deber del que escribe y un derecho del que lee, que lo que importa en la ortografía es la atención al detalle, el respeto por la tradición cultural y la cortesía hacia el lector.  Yo creo que debemos escribir bien no sólo para hacernos entender sino por una cuestión estética y de respeto al lector, además de que la atención al detalle es importante  así que,  definitivamente, creo que la corrección ortográfica debería ser un objetivo básico de la educación escolar.  Pero no termino de estar de acuerdo con la idea de que la ortografía tenga una finalidad ética.

Esta tienda estaba en la calle principal de una ciudad mexicana donde viví un tiempo.

Tienda situada en la calle principal de una ciudad mexicana donde viví un tiempo. Esta es una buena “ocación” para poner la foto en el blog.

Primero por lo que respecta a las tradiciones. Las tradiciones  son buenas para actuar en ‘piloto automático’ porque dan una respuesta inmediata al trasmitir la experiencia de los que vivieron antes que nosotros. Nos ayudan a andar con cautela, como si alguien nos dijera ‘oye, piensa esto un poco que si la humanidad lleva siglos haciendo lo mismo, será por algo’. Y por supuesto tienen la ventaja de ser un saber compartido. Pero las tradiciones tienen el alcance que tienen y no está claro cuándo empieza una tradición y cuándo termina algo que simplemente se ha hecho repetidamente por alguna razón o sin ella. Es más, las normas ortográficas se deben a la tradición hasta cierto punto. No olvidemos que en última instancia las fija – y da esplendor – una comisión de supuestos expertos, de manera creo que bastante arbitraria. Aquí se recogen los cambios más importante de la última reforma, que yo ahora no sigo, aunque reconozco que me tendría que regir por las nuevas normas si me tocara enseñar.

Las dos posturas sobre la ortografía me han recordado a las diferencias entre los iconódulos y los iconoclastas. Los primeros veneran imágenes por considerarlas un recordatorio de realidades espirituales verdaderas que creen que éstas representan. Los iconoclastas, sin embargo, no atribuyen ningún valor sagrado a las imágenes y no le rinden culto o veneración. Yo soy iconoclasta de la palabra.  Conozco el maravilloso poder que tiene – la palabra es un poderoso soberano, que con un pequeñísimo e invisible cuerpo realiza empresas absolutamente divinas. En efecto, puede eliminar el temor, suprimir la tristeza, infundir alegría, aumentar la compasión, dijo Gorgias – pero no venero su forma, su ortografía. Un iconódulo de la palabra, por el contrario, ve virtud en la imagen. Igual que un sacerdote bendice una talla de madera que será venerada por los fieles, un académico “bendice” una norma a la que habría igualmente que rendir culto. Esta sacralización tiene el  peligro de hacernos confundir lo accesorio con lo importante,  el rito con la realidad, de dejarnos aplastar por la carga de la palabra. Cortazar en “Rayuela” usaba la hache, a través del personaje de Oliveira, a modo de penicilina contra la rigidez mental sobrevenida al atribuir cierto carácter sagrado al lenguaje:

En esos casos Oliveira agarraba una hoja de papel y escribía las grandes palabras por las que iba resbalando su rumia. Escribía, por ejemplo: “El gran hasunto” o “la hencrucijada”. Era suficiente para ponerse a reír y cebar mate con más ganas. “La hunidad”, hescribía Holiveira. “El hego y el hotro”. Usaba las haches como otros la penicilina. Después volvía más despacio al asunto, se sentía mejor. “Lo himportante es no hinflarse”, se decía Holiveira. A partir de esos momentos se sentía capaz de pensar sin que las palabras jugaran sucio.

Andrés Bello propuso una simplificación de la ortografía que fue seguida entre otros por Juan Ramón Jiménez aunque no tuvo apoyo académico. También Gabriel García Márquez dijo en este discurso: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?” ¿Amaban menos el lenguaje que los académicos? Lo dudo. De hecho, podrían seguirse estas recomendaciones como ahora seguimos otras. Es un convenio, ni más ni menos, ni menos ni más.

Respecto a la enseñanza de la ortografía, siempre me ha llamado la atención que haya personas cultas y buenos lectores que siguen teniendo problemas con ella. Imagino que será una cuestión de memoria visual. A este respecto, comparto la opinión del autor de este maravilloso blog en el que a veces consulto algunas dudas:

Estoy convencido de que el problema de la mayor parte de las explicaciones ortográficas que manejamos es que son sencillamente irrelevantes. Durante miles de años los seres humanos se han servido de trucos mnemotécnicos que eran efectivos. La enseñanza tradicional incluía todo tipo de imágenes visuales, metáforas, rimas, canciones…, pero en las últimas décadas parece que hemos ido dejando arrumbadas estas formas sencillas, prácticas e incluso divertidas de aprender las cosas. Quizás vaya siendo el momento de desempolvar algunas y de ir inventando otras.

Editado (29/1/2013): he puesto una entrada en mi otro blog sobre un método para mejorar la ortografía: el dictado dibujado (Método Poz).

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¿Tenemos remedio?

Viendo los acontecimientos político-criminales que últimamente inundan la vida de este país llamado España – que, por otro lado, nunca ha sido ejemplar -,me pregunto si la educación escolar puede contribuir a mejorar la salud ética de la sociedad o si somos así y ya está.  O sea, ¿tenemos remedio o somos un caso perdido? Y es que es un hecho incontrovertible que la corrupción ha sido tradicionalmente tolerada por un amplio sector de la población. Porque hay que reconocer que, aunque  ahora nos escandalicemos, aquí el escaqueo, el fraude y la picaresca han sido siempre moneda común. No nos olvidemos que este es el país de las cajas B y del ¿con IVA o sin IVA? (IGIC para mis lectores canarios).

¿Por qué esta comprensión a las actitudes corruptas? Se me ocurren varias razones. En primer lugar la nula o escasa tradición política y democrática. Se intenta conseguir ciertos fines mediante  artimañas deshonestas porque, o bien no se conocen los mecanismos de acción política, o bien no se confía en las instituciones. Yo sé de gente que vota una y otra vez al mismo alcalde corrupto porque sabe que por esa misma condición puede conseguir de él algún favor en un momento dado. Es más, hay tan poca cultura democrática, que en ocasiones lo que se piensa favor es en realidad un deber del servidor público al que le interesa que parezca lo primero. En cualquier caso, lo habitual es valorar los intereses individuales, del grupo familiar, o del ‘clan’, por encima de los intereses de la comunidad, sin tener en cuenta que normalmente las actitudes de cooperación son más ventajosas también para los individuos. Del mismo modo, hay quien no percibe  lo público como necesario para el bien general de modo que las trabas morales que normalmente impiden el robo de la propiedad privada desaparecen, o son menores, cuando se trata de bienes públicos. Sin olvidar lo poco que se valora el esfuerzo y el conocimiento como medios para la mejora personal: en el imaginario del pícaro, una persona de éxito es aquella que consigue lo que quiere sin esfuerzo.

Crédito: Sharad Haksar.

Niño retratando las fauces de la corrupción. Crédito: Sharad Haksar.

En este clima, es complicado que la actuación de la escuela sirva para cambiar el modo en que la gente percibe la corrupción. A grandes rasgos, las acciones deberían perseguir la consolidación de actitudes solidarias, participativas y críticas, y la valoración del esfuerzo y de lo público. Fácil de escribir, muy difícil de hacer.

En la escuela se da una curiosa paradoja. Por un lado, la socialización se ha convertido en objetivo prioritario hasta el punto de que a veces da la impresión de que lo único importante es aprender a formar parte de un grupo, a estar siempre a gusto entre una masa de gente. Sin embargo, no se fomenta la colaboración y la ayuda mutua. Se premia la docilidad en medio de un rebaño, no el civismo. En este sentido, sería importante promover iniciativas de participación ciudadana como, por ejemplo, programar actividades en las que los niños preparasen escritos a las administraciones públicas con sus quejas y sugerencias. En cuanto a la actitud crítica (eso por lo que dicen abogar los pedagogos pero que en el fondo tan poco desean), no es otra cosa que el afán de entender y explicar la realidad confrontando lo que se va conociendo con lo que se observa; el intento de actuar movidos por motivos racionales, no emocionales. Es imprescindible entonces una formación sólida en contenidos y en estrategias de razonamiento. Sin esto, difícilmente se puede hablar de educación cívica.

Para finalizar, y tratando de concretar algo más, un tema que siempre me ha escandalizado es el de la alegría con la que nuestras instituciones educativas aceptan la corrupción en forma de plagio académico o de copia en exámenes. Hay por ahí un caso de una profesora de la Facultad de Educación – dando ejemplo – promovida a catedrática aún habiéndose probado que presentó a concurso un proyecto docente plagiado. No debe de ser ni mucho menos un hecho aislado. Es algo gravísimo que se debería tomar mucho más en serio, no sólo exigiendo absoluta corrección y trasparencia en la administración (da vergüenza que haya que recordar este tipo de cosas) sino también en la escuela, imponiendo un estado de tolerancia cero – como se dice ahora – al fraude académico en todas sus formas. Así como es frecuente que las escuelas lleven a cabo campañas de reciclaje y concienciación del deterioro medioambiental (que se combinan sin rubor con todo tipo de actitudes consumistas y derrochadoras – pero este es otro tema) debería haber programas específicos para enseñar a los niños, desde que son pequeños, que hacer trampas está muy feo y que el empleo de chuletas no tiene gracia ninguna. Ser honrado es guay, queridos niños y niñas.

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No le robéis a los niños

Que una mala educación condiciona el futuro de una persona, al no dejarle desarrollar todas sus capacidades, es cosa sabida. Sin embargo, una mala educación puede afectar a niveles mucho más profundos. Y es que creo que se está robando a los niños algo muy importante. Me refiero a la posibilidad de disfrutar aprendiendo, de explorar esa dimensión imaginativa necesaria para comprender el mundo y para soportarlo. Vivimos – hemos vivido – en una sociedad consumista donde lo importante es rodearse de objetos. La alegría se compra. No hay felicidad sin gasto. Los mundos imaginarios son creados por otros, para después ser construidos a medida y ofrecidos como parques temáticos en paquetes con todo incluido. Vivimos  como consumidores, no como ciudadanos, y educamos a los niños en consecuencia. En el colegio donde hice la prácticas llevaron a los niños de sexto – en temporada de clases, para más inri – a Disneyland® Resort Paris, popularmente conocido como Eurodisney. Algunos salían de la isla por primera vez, y quién sabe cuando volverán a hacerlo al precio que se está poniendo volar, pero no visitaron ningún parque natural, ningún pueblo o ninguna ciudad real: se metieron en una especie de escenario, concebido por los creativos de Disney S.A., donde obtuvieron diversión a cambio de dinero y se llevaron fotos y merchandising en lugar de auténticas vivencias. Yo no voy a decirles a los padres lo que tienen que hacer con sus hijos, pero me parece que la escuela no debería fomentar estas cosas que, como poco, denotan una pobreza cultural alarmante cuyas consecuencias pagarán al final los niños. La infancia ha pasado a ser un segmento del mercado sobre el que se han edificado emporios empresariales y,  como los adultos, los más pequeños han aprendido a valorar los productos, no por lo que son, sino por el estatus que se consigue al poseerlos. Pero si formar consumidores es cuestionable, formar consumidores, cuando deja de haber medios para consumir, es criminal.

Disneyland Paris (imagen extraída de http://www.pequeocio.com)

Porque estamos hablando de niños que crecerán en el país de la eurozona con más desigualdad social, donde los servicios sociales atienden ya a ocho millones de personas, donde una de cada cuatro personas en edad de trabajar está desempleada (una de cada tres en Canarias) y donde un tercio de los que trabajan queda al borde de la pobreza al cobrar a lo sumo el salario mínimo. Esto no quiere decir que echarse en brazos del consumismo desaforado sea bueno mientras haya posibles. Lo que ocurre es que, cuando no los hay, la situación de indefensión de los niños se hace más evidente. No hay nada más irresponsable que educar a un niño para hacerle creer que su propia autoestima depende de tener tal o cual y después arrancárselo o no dejarle acceder a esos bienes cuyo valor se ha sobredimensionado más allá de lo razonable. Por eso me ponen de mal humor los vídeos como el que colgué el otro día, un nuevo ejemplo de publicidad encubierta en supuestos valores educativos. ¿Qué pinta Telefónica en la escuela? Hay que asumirlo: los placeres que se pueden conseguir con dinero cada vez estarán al alcance de menos personas. Ahora podemos seguir alimentando el sistema con consumidores frustrados o cambiar el paradigma y educar para disfrutar de lo que no cuesta nada pero vale mucho.

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Optimismo

Yo no sé nada de filosofía, ni de ética, así que pido que me perdonen si lo que  van a leer les suena obvio, excesivamente simple o insufriblemente cursi. Yo no sé nada de ética, repito, pero sí sé reconocer cuándo una persona es decente y cuándo una actitud es  coherente. Porque supongo que hay cosas que no se enseñan sino que se transmiten. Una aprende a ser honrada y a respetar el trabajo ajeno cuando su madre la envía a la tienda del barrio con un poco de dinero metido en un sobre, al descubrir que se han equivocado con el cambio a su favor.  Y a ser atenta con la gente al ver a su padre desvivirse por ayudar a un desconocido que ha encontrado perdido en la calle.  Y una aprende que para tener una buena vida no hacen falta grandes alharacas materiales ni por supuesto gastar lo que no se tiene. Y al final, una aprendió, si no a ser buena persona, al menos a que tiene el deber de intentarlo.

La bondad según El Roto (imagen extraída de notebloc.wordpress.com)

Siempre ha habido buenas y malas personas bajo este sol que nos alumbra. Sin embargo, creo que la bondad, como valor al que aspirar, cayó en desgracia en los tiempos de la burbuja que tan lejanos nos parecen ahora. Hablar de bondad pasó a ser cosas de monjitas y de abueletes sensibleros. Lo bondadoso se comenzó a identificar con lo estúpido y lo simplón. Solidario y tolerante, sí, que suena bien y no compromete a tanto, pero bueno no, que suena a película de Pablito Calvo. Unos confundieron la ética con la estética haciendo suyos ciertos valores, no por convencimiento, sino porque lo contrario suponía el suicidio social en ciertos ambientes. Así hubo quien proclamó la justicia social en eslóganes y camisetas aún careciendo de la más mínima empatía por el sufrimiento ajeno. Otros proclamaron – cínica aunque coherentemente – que la bondad era una debilidad impropia de personas triunfadoras y acuñaron el término ‘buenismo’, convirtiendo en defecto la virtud.

Y la escuela no ha sido ajena a los vaivenes sociales. Se empezó a hablar de que la formación humana es más importante a la formación en contenidos (¡como si ambas cosas fueran incompatibles!) pero los valores, digamos estéticos u ornamentales, como la tolerancia y el respeto a cualquier opinión, pasaron a dominar sobre la justicia y la búsqueda de la verdad, es decir, sobre aquello que nos hace verdaderamente decentes. Ahora hablamos de sostenibilidad mientras compramos cantidades ingentes de material escolar no reutilizable (ocho libros, ocho, para escribir y recortar tuvieron los niños de primero de primaria el curso que yo hice las prácticas). Encarecemos la creatividad y el sentido crítico pero nos basamos en actividades repetitivas y mecánicas e ignoramos al que destaca o es diferente. Consideramos encomiable la dedicación a los niños pero los sentamos a colorear (colorear fichas es el equivalente escolar de ponerlos delante de la televisión para que no molesten). Defendemos la escuela pública sólo porque ofrece mejores condiciones laborales que la privada, no porque le confiemos la educación de nuestros hijos. Criticamos  la sociedad consumista y materialista pero llevamos a los niños a Eurodisney en viaje de fin curso. Hablamos de libertad y espontaneidad pero les diseñamos la agenda como si de actividades cuarteleras se tratase. Hacemos proselitismo del diálogo y la no violencia pero nos dirigimos a ellos a gritos. Alabamos el arte y la alta cultura y decoramos las aulas con figuras sacadas de la televisión.

Decía Bertrand Russell que hay dos maneras de no hacer el bien: por maldad o por desconocimiento (Russell era un genio pero hay que reconocer que esto lo podría haber dicho cualquiera). Pues bien, la escuela tampoco parece ser capaz de ofrecer los conocimientos necesarios para conducirse por la vida de manera ética y racional. A los niños ya no se les habla de la maravillas de la naturaleza. No, ahora ya no se explica cómo son y cómo viven los gorilas y los delfines: sólo se dice que hay que protegerlos. No se les cuenta lo necesaria que es el agua y qué propiedades tiene: se les cuenta que hay que ahorrarla.

A falta de ejemplos y de conocimientos, intentamos transmitir valores con presentaciones PowerPoint o con dibujos para colorear, como si el contacto directo con las personas nos fuera a manchar las manos. Nos han hecho pensar que los principios éticos elementales definen esta o aquella postura ideológica y ahora nos da miedo defenderlos, no vaya a ser que nos acusen de politizar la escuela. Y tanta asepsia al final sólo lleva a una sociedad compuesta por individuos sin valores.

- Interlocutor: ¿Y por qué has llamado optimismo a esta entrada si has pintado un panorama desolador?
- Cristina: Porque en estos tiempos que corren un título así de impactante puede hacer subir las visitas del blog.  Porque creo sinceramente en la bondad individual como motor de la sociedad (de una sociedad justa, se entiende). Porque no debemos subestimar la importancia que tienen las pequeñas acciones en los grandes cambios. Y, sobre todo, porque creo que en la educación está la solución a mucho de nuestros males. Si no lo creyera, no hubiera pensado jamás en dedicarme a esto. Porque al final tienen que ganar los buenos.

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La cultura del “copia-pega”

Leo en la red que la nueva tendencia (primavera-verano) para los docentes 2.0 es la de actuar como disc-jockeys de discoteca. La metáfora del DJ, la llaman. El párrafo que sigue lo he copiado de aquí:

(…) Al igual que los DJ que crean su “propia música” a partir de trozos o piezas de otros discos existentes (a partir de su  base de datos musicales o discoteca) creando una experiencia única para su audiencia en una sala de baile, el profesor debiera actuar (metafóricamente hablando) de modo similar seleccionando y mezclando piezas o unidades culturales que están distribuidas por Internet, pero que al mezclarlas en un mismo entorno digital generan una experiencia de aprendizaje específica para su grupo de alumnos. Es la cultura del remix aplicada a la educación donde el docente aparece como maestro de ceremonias o druida que mezcla adecuadamente los ingredientes culturales que habrán de ser experimentados por su alumnado.

Si de lo que se trata es de que el profesor busque contenidos y recursos de distintas fuentes para formarse si fuera preciso y elaborar materiales adaptados a los alumnos y al trabajo concreto que va a realizar, no tengo nada que objetar. De hecho, es lo deseable e imagino que es lo que los buenos profesores vienen haciendo desde mucho antes de que inventara la cosa del dos-punto-cero. La metáfora del DJ, sin embargo, no presupone necesariamente la elaboración de un discurso coherente sino que habla de mezclar piezas o ‘unidades culturales’ (sic). La diferencia no es trivial: el remix no tiene en cuenta las nociones de jerarquía y categorización. Y resulta que el conocimiento no es un puzle que se forma pegando trocitos de información deslavazada: para aprender hay que pensar y para pensar hay que ser capaz de ordenar las ideas de forma coherente. ¿De qué manera puede entonces un DJ ayudar al aprendizaje si no tiene en cuenta la propia idea de orden?

Me resulta paradójico que se hable de constructivismo y de “aprender a aprender” al mismo tiempo que se le da un valor desmesurado a la información, sobre todo si viene de Internet y se presenta en forma de fragmentos dispersos, estén o no previamente sampleados por el profesor-diyei.  Aunque en general creo que doy más importancia a los contenidos de lo que lo hace la pedagogía en boga, pienso también que uno de los objetivos más importantes de la escuela es el de ayudar a formar y ordenar ciertas estructuras mentales necesarias para pensar y asentar los aprendizajes, es decir, para entender el mundo buscando niveles profundos de significado. Y este es un objetivo que dificilmente se puede conseguir hilvanando retales de información. Por algo los griegos consideraban que la retórica, como disciplina que trata de expresar las ideas de forma coherente y ordenada, era un arte. No todas las ideas pueden ser condensadas en piezas. No necesariamente se puede tratar cualquier tema copiando y pegando fragmentos en  un “entorno digital de aprendizaje”.

Además, me parece estupendo que un profesor tenga soltura en el manejo de las TIC pero limitarse al contenido que está en la red no es sino otra forma de empobrecimiento. Normalmente los que escriben libros sobre un tema dado profundizan más y son más rigurosos que los que lo hacemos en blogs (aunque hay bitácoras muchísimo más serias que trabajos pretendidamente académicos). Buscar en google es muy cómodo pero si despreciamos los libros de toda la vida  corremos el riesgo de que ocurran estas cosas. Y por último, en todo esto del profesor DJ hay una cuestión ética que quizás se nos escapa: copiar y pegar contenidos de la red no deja de ser una forma de plagio, por mucho que lo asimilemos a un  “maestro de ceremonias” que hace un “remix“. A veces nos olvidamos de que los contenidos de Internet los crea alguien – a menos que se hayan copiado y pegando previamente en un ciclo sin fin, claro -  y lo sano es reconocer, si no la autoría, sí al menos las fuentes. Cuando lo se quiere es educar en la llamada cultura digital, más que saludable es totalmente imprescindible.

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Ser y parecer

Hace unos años, cuando estudiaba Física, seguíamos un programa aparentemente exigente. Recuerdo que los estudiantes extranjeros con los que trataba se asombraban del alto nivel del libro de Mecánica Cuántica que teníamos como referencia. Pero en realidad no se nos pedía entender algo de aquel manual sino hacer unos problemas tipo – de forma repetitiva y mecánica – en el menor tiempo posible. Parecía que éramos estudiantes avanzados, que realmente dominábamos aquello, pero nuestra única habilidad era la de completar una suerte de sudokus cuyo significado y utilidad ignorábamos completamente. Es un lugar común decir que la enseñanza universitaria se ha degradado pero creo que antes tampoco podíamos presumir de nada. A mí me exigían hacer a mano problemas de forma mecánica y ahora quizás se hace más hincapié en usar determinado software. Pero ni antes ni ahora, creo, se exigía al estudiante que supiera: con que lo pareciera era suficiente.

Cuando empecé a estudiar Magisterio, se hizo habitual que me bajaran las calificaciones por no asistir a clase. “Es que hay que premiar a los que demuestran interés”, decían. Yo siempre he pensado que si el estudiante llega a los mismos resultados sin ayuda pues mejor para él, pero esta no parece ser una opinión muy popular. En un memorable debate por internet, los que eran mis compañeros consideraban que quien copiaba en un examen merecía más indulgencia que quien no asistía a clase por la razón que fuera. De nuevo, parece aceptado que lo importante es parecer y no ser.

Hay quien colecciona cursos de formación continua para promocionar en el trabajo. Todos necesitamos seguir formándonos a lo largo de nuestra vida: no hay duda de que intentar mejorar es digo de elogio. Sin embargo, siempre he tenido la impresión de que a nadie importa si esos cursos son realmente formativos. Desde el momento en el que lo que se evalúa es tener un título acreditativo y no la mejora real que tal curso posibilita, más que una impresión es un hecho. Pero, al final, las partes implicadas parecen estar conformes con el arreglo: unos ganan dinero ofreciendo un producto y otros ganan puntos para el currículum. No se aprende, pero ese no parece ser el objetivo. Yo he caído en el error de hacer algunos cursos sobre temas que me interesaban y lo único que he aprendido es que para tirar el dinero lo más práctico es apuntarse a un gimnasio, como se ha hecho de toda la vida de Dios. En el país de la apariencia, se da la paradoja de que es fundamental tener títulos, aunque se valoran de forma desigual: ¿es normal que en la fase de concurso de unas oposiciones – un concepto que hoy se me figura tan obsoleto como los videocasettes – un doctorado puntúe igual que un puñado de cursos de la entrañable Radio Ecca?

No sé dónde leí que las críticas negativas hacían parecer a una persona mucho más inteligente de lo que es. A juzgar por mi blog, yo debo de parecer una lumbrera. Pero no lo soy.

Post post: No es oficial, pero parece que ya he completado todos los créditos de la carrera. Que he terminado, vaya.

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La fuerza del clan

Ayer venía en El País un artículo donde cinco padres, con niños escolarizados en países diferentes a los suyos de origen, contaban sus experiencias en lo relativo a la educación de sus hijos. No sé hasta qué punto es posible hacerse una idea de los distintos sistemas educativos a partir de datos anecdóticos. Probablemente no lo sea. En cualquier caso, me han llamado la atención las palabras del corresponsal de ‘The Guardian’, Giles Tremlett, sobre el colegio de sus hijos en España:

«Pero uno de los objetivos fundamentales era su socialización. Los niños debían aprender a formar parte de grandes grupos con alegría, estar siempre cómodos en una masa de personas (a menudo ruidosas y metidas en un autocar). Leer en solitario durante el recreo estaba mal visto. Lo importante era formar grupo. “Pensad que todos serán amigos cuando lleguen a nuestra edad”, como suspiró una madre mientras los despedíamos.»

Creo que da en el clavo. Mi impresión siempre ha sido que en España hay verdadera obsesión con la integración en el grupo. Se suele ver con desconfianza al que destaca – a menos que lo haga en fútbol o algún otro deporte – y, cuando no se niega directamente la diferencia, la prioridad es que el individuo acabe identificado con la masa. No creo que sea cierto que la escuela pretenda fomentar la originalidad, el pensamiento crítico o la -  llamada ahora pomposamente – excelencia académica. Nunca lo ha sido. De hecho, las evidencias así lo muestran. Hace tiempo que el aborregamiento (bienintencionado) se ha institucionalizado en los centros educativos. Pero así como pienso que el individualismo extremo y la competitividad feroz no son valores que deban promoverse en una escuela democrática, tampoco desde la falsa igualdad es posible alentar actitudes solidarias y cooperativas. Básicamente porque un modelo así no es verdaderamente equitativo, entendido como aquel que permite que cada alumno llegue hasta donde su capacidad y su mérito le permitan. Porque para que esto ocurra, un primer paso – necesario – es aceptar que en las aulas realmente coexisten individuos con diferentes capacidades y no piezas intercambiables de la maquinaria social. La sobrevaloración del grupo nos lleva a un modelo, además de ineficiente, terriblemente insolidario y clasista. Insolidario porque se suele definir más por oposición a otros que por afinidades propias, y clasista porque si no se tienen en cuenta los méritos personales no hay movilidad social posible. Creo que siempre es preferible la amistad a la camaradería; la independencia de criterio al adocenamiento; el civismo a la docilidad.

No son directores de Cajas de Ahorro sino líderes de clanes escoceses (foto extraída de http://www.clancurrie.com)

No sé por qué mecanismo mental, estas consideraciones me han llevado a pensar que la identificación con un grupo, y no tanto con una comunidad más amplia, está detrás de muchos de los problemas de este país conocido como España. Normalmente el español no cree en la sociedad sino en su grupo, ya sea su familia o sus compañeros de colegio. Por eso, mucha gente no ve mal saltarse alguna norma si es por ayudar a un familiar o a un conocido aunque así se perjudique a un tercero (¿quién ve mal pedir a un amigo médico que le cuele en una lista de espera?). Y, por eso, España es el país de Europa donde más trabajadores afirman haber conseguido su empleo gracias a algún contacto personal y no tanto por méritos propios (tenía una estadística al respecto pero desgraciadamente no la encuentro). De hecho, esta es una característica de una sociedad poco desarrollada: es de esperar que cuanto más se sigan devaluando los servicios públicos, más importante será pertenecer a una red social bien conectada. Así, muchos ven fundamental crear estos lazos desde la escuela y es sabido, de toda la vida de Dios, que hay padres que eligen el colegio de sus hijos en función de los compañeros que puedan encontrar en él y no tanto por consideraciones académicas. Y una cosa nos lleva a la otra: de los compañeros de colegio que compran empresas privatizadas – al mejor precio – se llega a los ‘amiguitos del alma‘. Me pregunto igualmente cuántos de los gestores de las Cajas de Ahorros, cuya penosa gestión nos está llevando a todos a la ruina, fueron elegidos simplemente por ser amigos de alguien. No sé si quiero saber la respuesta. Eso sí, para estas cosas, no hay diferencias políticas: como en Escocia, aquí también hay clanes de todos los colores.

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Mini miscelánea (III)

(En la clase de Primero de Primaria.)

Relaciones personales (homosexuales):

-Cristina: A ver, Ernesto, no puedes copiar siempre lo que hace Pedro. Imagínate cuando seas grande y estés trabajando en una oficina  tener que llamar a Pedro para que te resuelva cada problema. (Quizás no sea pedagógico esto de pedir a los niños que imaginen su futuro pero así me salió.)

- Ernesto: Pues lo llamo porque va a ser mi novia, porque seremos maricas.

- Cristina: Dirás que va a ser tu novio.

- Ernesto: No, novia, porque seremos maricas.

- Cristina: Ya te había oído la primera vez, pero igualmente sería tu novio porque Pedro es un chico. Además, eso será si Pedro quiere ¿no te parece?

Relaciones personales (heterosexuales):

- Cristina (a dos niñas que discuten con gestos propios de programas del corazón): ¿Y a ustedes dos que les pasa que llevan toda la mañana discutiendo?

- Carla: Es que Paola me quiere quitar a Axel (Axel es el niño más popular de la clase, básicamente porque es sueco y muy, muy rubio).

- Paola: No, porque Axel ahora es mío.

- Cristina (más escandalizada por dentro de lo que deja mostrar): Pero, pero, pero… ¿qué es esto de que si es mío, o me lo quiere quitar? Las personas no son de nadie. Axel, igual que ustedes, es libre de decidir con quién estar… y etcétera, etcétera.

Roles de género:

- Juan: En mi cumpleños quiero que me regalen una bicicleta. Es que ya tengo una pero era de mi hermana y todos se rien de mí porque es rosa y pone Barbie.

(Le he explicado que el color da igual, que lo importante es que la bicicleta funcione pero después, viendo que él no lo veía así, le he aconsejado tapar lo de Barbie con cinta aislante negra. No sé si he hecho bien.)

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